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Verónica Castro: Encubrió a su golpeador y ya no quiere vivir mássss

Verónica Castro: Encubrió a su golpeador y ya no quiere vivir más

Verónica Castro. Eso es lo que confesó Cristian en televisión nacional, mirando directo a la cámara sin el menor titubeo, que le propinó cuatro bofetadas a su madre y la jaló del cabello, a la mujer que lo sacó adelante completamente sola durante 33 años. Pero lo realmente perturbador no es esa confesión de 2008, sino lo que otras personas aseguran que ocurrió posteriormente.

 En 2024, Yolanda Andrade lanzó una versión distinta, que él la golpeó a patadas, que ella misma tuvo que llevarla al hospital. Patadas, hospital. Y Verónica les mintió a los médicos diciéndoles que había sufrido un asalto, todo para encubrir al hijo que acababa de agredirla. Luego, en 2025, Cristian lo desmintió todo de raíz. Nunca jamás golpes.

 ¿Quién miente entonces? ¿El Cristian que lo admitió frente a las cámaras o el Cristian que hoy se lava las manos? Actualmente, Verónica tiene 72 años. vive sola en Acapulco con una columna de titanio y según alguien cercano a ella, ha reconocido que ya no tiene deseos de vivir, ya no desea vivir. ¿Cómo se llegó hasta aquí? Hoy vas a conocer cuatro cosas que nadie ha reunido en un mismo relato.

 Cuatro cosas que van a transformar para siempre. La imagen que tienes de Verónica Castro, la primera, las palabras exactas que Manuel el Loco Valdés le dijo cuando ella le comunicó que estaba embarazada, la humillante propuesta que le hizo y la decisión que ella tomó y que la marcaría de por vida. La segunda, ¿qué fue lo que realmente sucedió en 2004? Encima de ese elefante durante la final de Big Brother Beep.

 El video existe, puedes verlo en YouTube. Lo que ese accidente le hizo a su cuerpo es devastador y hay algo en esa historia que nadie ha relacionado hasta ahora. La tercera. Las dos versiones completamente opuestas sobre la golpiza de 2008. Lo que Cristian Castro reconoció en televisión abierta, lo que cambió en su relato 17 años más tarde, lo que Yolanda Andrade afirma haber presenciado con sus propios ojos y la mentira que Verónica contó en el hospital.

 para proteger a quien la agredió. La cuarta, ¿qué está pasando hoy con Verónica Castro? ¿Por qué ha puesto distancia con sus propios hijos? ¿Por qué alejó a sus nietos? Lo que sus amigos más íntimos están diciendo sobre su estado mental y por qué hay quienes sienten que la están perdiendo. Te voy a señalar cuando llegue cada una de estas revelaciones, pero primero necesitas entender algo esencial sobre Verónica Castro.

Si te gusta este contenido, suscríbete para no perderte ninguna historia oculta. Verónica aprendió a cargar sola desde los 8 años y nunca dejó de hacerlo. 1960, Ciudad de México. Verónica tenía 8 años cuando su padre tomó una decisión que lo cambiaría todo. Fausto Sainz era ingeniero.

 Socorro Castro era ama de casa. Tenían cuatro hijos. Vivían en la colonia San Rafael, una familia de clase media sin mayores complicaciones, hasta que Socorro descubrió que Fausto tenía otra mujer. Hubo gritos, hubo llanto, hubo reclamos. Y Fausto, en lugar de pedir perdón, en lugar de quedarse por sus hijos, en lugar de intentar salvar lo que quedaba, se marchó, agarró sus cosas y se fue con la otra.

 Y de un día para otro, cinco personas que compartían una casa terminaron asinadas en un cuarto de servicio. Un cuarto, cinco personas. Imagina eso. Cinco seres humanos viviendo en un espacio pensado para guardar escobas y trapeadores, sin intimidad, sin lugar para jugar, sin dónde hacer la tarea, sin nada. Verónica lo contó décadas después en Ventaneando con Pat Chapoy.

 No teníamos dinero y vivíamos en un cuarto de servicio. Mi mamá nos dejaba encerrados hasta con llave para que no se le fuera a escapar ninguno. Encerrados con llave, como si fueran prisioneros, porque Socorro no tenía a nadie con quien dejarlos. No había familia que ayudara, no había amigas que pudieran cuidarlos unas horas, no había dinero para una niñera, no había absolutamente nada.

Solo cuatro hijos y un cuarto de servicio. Socorro tuvo que aprender taquigrafía para conseguir trabajo. Entró como secretaria a la UNAM. Trabajaba todo el día, salía cuando los niños dormían y regresaba cuando ya era noche cerrada. Y la cena, una mamila de café con leche de chinos y un bisquet. Eso era lo que cenaban todos los días.

Cuatro niños en pleno crecimiento durante años esperando a su madre con ansia porque de comida de verdad no había mucho de que hablar. Café con leche, un bisquet diario. ¿Y quién cuidaba a los hermanos menores mientras Socorro trabajaba sus 12 horas? Verónica. Mi mamá trabajaba y yo tenía que hacer prácticamente de mamá de mis hermanos.

 A los 8 años ya cocinaba lo poco que había, cambiaba pañales, bañaba a sus hermanos, los vestía, los peinaba, los llevaba a la escuela, les ayudaba con la tarea, los acostaba. A los 8 años, Verónica dejó de ser niña. Se convirtió en madre de sus propios hermanos, mientras su padre vivía feliz con otra mujer, sin mandar un peso, sin preguntar cómo estaban, sin que le importara nada.

 ¿Sabes qué es lo más cruel de todo esto? Lo más injusto de la historia entera. Verónica venía de una familia de artistas por parte del padre, el mismo padre que las abandonó, el mismo que prefirió irse con otra como madre. Asquisistoadados, su abuela paterna, Socorro Astol, era dueña de una compañía artística reconocida en México.

 Su tío era Fernando Soto Mantequilla, uno de los comediantes más célebres de la época de oro del cine mexicano. Una leyenda, un nombre que abría puertas. Verónica tenía sangre de artista, tenía conexiones, tenía una red familiar que podría haberla impulsado, pero como el padre las abandonó, jamás tuvo acceso a nada de eso.

 Nunca conoció a esa familia, nunca pudo aprovechar esas conexiones, nunca tuvo las puertas abiertas que su apellido debería haberle garantizado. Mientras otros artistas heredaban contactos y oportunidades, ella heredó abandono. tuvo que construirlo todo desde cero, sola, desde el cuarto de servicio, desde el café con leche y el bisquet, desde los 8 años siendo madre de sus hermanos, mientras otras niñas jugaban todo sola, sin ayuda de nadie.

 Y aprendió algo que la destruiría después, que las mujeres cargan, que las mujeres aguantan, que las mujeres no piden ayuda, que las mujeres sacan adelante a todos, aunque ellas se estén hundiendo. Lo vio en su madre cada día durante 10 años. Socorro nunca se quejó, nunca pidió nada, nunca dijo, “No puedo más.

” Sonreía para sus hijos, aunque por dentro estuviera destrozada. Y Verónica absorbió todo eso. Cada sacrificio silencioso, cada lágrima escondida, cada estoy bien que era mentira. y lo repitió el resto de su vida con el padre de su hijo, con los hombres que la usaron, con la industria que la explotó, con el hijo que la golpeó, con todos.

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