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Farah Diba: La Emperatriz que Escapó de Irán con Solo las Joyas que Llevaba

Fara se dio, se puso su único vestido elegante, un vestido negro simple que había comprado de segunda mano en el Marché Opuses y fue a la embajada sin expectativas. En esa recepción estaba Mohamad Resa Palabi, el sha de Irán, de visita oficial en Francia. Él tenía 40 años. Había sido ya desde 1941 y acababa de divorciarse de su segunda esposa Soraya Esfandiari, porque ella no había podido darle un heredero varón.

[música] El monarca estaba inquieto esa noche, aburrido de las conversaciones diplomáticas vacías cuando vio a una joven estudiante de arquitectura que hablaba con pasión sobre los nuevos movimientos artísticos en Europa. La atracción no fue instantánea como en las películas, fue gradual como el amanecer. El Sha la invitó a un café, luego a otro, luego a caminar por los jardines de Luxemburgo.

Hablaban de arte, de la modernización de Irán, de los sueños que cada uno tenía para su país. Fara no se comportaba como las otras mujeres que el Sha había conocido. No adulaba, no fingía interés en temas que no comprendía. Cuando el Sha hablaba de política, ella preguntaba sobre educación. Cuando él mencionaba economía, ella cuestionaba sobre cultura.

Era refrescante, incluso desafiante. Y el Sha, acostumbrado a que todos le dijeran que sí, encontró en esa resistencia intelectual algo irresistible. Corría el mes de abril de 1960 cuando el Sha le propuso matrimonio. Fara tenía 21 años. 21. la edad en que la mayoría de las personas apenas están descubriendo quiénes son y le estaban ofreciendo convertirse en emperatriz de una nación de 25 millones de personas.

La decisión era imposible. Aceptar significaba abandonar sus estudios, abandonar su vida independiente en París, abandonar sus sueños de ser arquitecta. Rechazar significaba, bueno, ¿quién rechaza al Sha? Su madre le dijo que decidiera con el corazón. Fácil decirlo, más difícil hacerlo cuando el corazón está dividido entre el amor emergente por un hombre y el amor establecido por una vida propia.

Pero Fará dijo que sí. Años después admitiría que no fue solo por amor, aunque el amor estaba allí, [música] fue por la visión. El Sha hablaba de transformar Irán en una potencia moderna de educación universal, de derechos para las mujeres, de llevar a Persia al siglo XX, sin perder su alma milenaria.

Y Fara vio en ese proyecto algo más grande que ella misma. Vio la oportunidad de usar su posición para hacer lo que una simple arquitecta nunca podría, cambiar la vida de millones. Es curioso cómo las decisiones que tomamos a los 21 definen el resto de nuestras vidas, ¿verdad? [música] En ese momento Fara pensó que estaba eligiendo un futuro.

No sabía que estaba eligiendo un destino. La boda se celebró el 21 de diciembre de 1959 en el palacio de Golestán en Teerán. Fue un espectáculo que el mundo nunca había visto. Fara llevaba un vestido diseñado por Ives Saint Lauren que pesaba 22.5 5 kg, bordado con perlas, diamantes y hilos de plata, con una cola de 6 m de largo que necesitó cuatro pajes para sostener.

La corona que colocaron sobre su cabeza contenía 1653 diamantes con un total de 1469 kilates. Era tan pesada que Fara desarrolló una migraña que duró 3 días. Las joyas del tesoro imperial de Irán, acumuladas durante siglos de dinastías, fueron desplegadas en toda su gloria obscena. Había collares que habían pertenecido a Ner Shah, brazaletes que datan del siglo XVII, tiaras que pesaban más que bebés.

La fastuosidad era abrumadora, casi vulgar en su exceso. Pero detrás de todo ese brillo, Fara era una niña jugando a disfrazarse. [música] Tenía que aprender a caminar con 20 kg de vestido sin tropezar, a sonreír durante horas, hasta que le dolían las mejillas, a mantener la cabeza erguida bajo el peso de una corona que amenazaba con romperle el cuello.

La transformación de estudiante de arquitectura a emperatriz de Irán no sucedió en una noche, por más mágica que fuera la ceremonia. Sucedió en los meses siguientes, cuando Fara tuvo que aprender protocolos que databan del Imperio Persa, memorizar genealogías de familias nobles que se remontaban 1000 años.

entender las intrincadas dinámicas del poder en una corte donde cada sonrisa escondía una daga. Y entonces, el 31 de octubre de 1960, apenas 10 meses después de la boda, Fara [música] dio a luz al príncipe Rea Sirio, un heredero varón. Lo que dos esposas anteriores no habían logrado en años, ella lo logró en menos de un año. El alivio en el palacio era palpable.

El sha, que había sido presionado por décadas para producir un sucesor, finalmente podía respirar. Fara pasó de ser una esposa a ser la madre del futuro de la dinastía. Su posición se solidificó de manera que ninguna cantidad de coronas o joyas habría podido lograr. [música] Un bebé había hecho lo que la política no pudo asegurar su lugar en la historia de Irán.

Los años 60 fueron la época dorada del reinado de Fara. Si el Sha la nombró emperatriz regente en 1967, la primera vez en 2,500 años de historia persa que una mujer recibía ese título. No era solo simbólico. Si el sha moría, Fara gobernaría hasta que Resa tuviera edad suficiente para asumir el trono. da un poder [música] inmenso, un reconocimiento extraordinario en un país donde las mujeres acababan de obtener el derecho al voto apenas 3 años antes.

Fara no desperdició la oportunidad. Lanzó programas educativos que construyeron cientos de escuelas en zonas rurales. Fundó el Museo de Arte Contemporáneo de Teerán, llenándolo con obras de Picasso, Warhall, Rodo, Jackson Polock. compró arte occidental y persa con presupuestos que hacían palidecer a museos europeos.

Quería que Terán se convirtiera en el París de Medio Oriente, un centro cultural que rivalizara con las grandes capitales del mundo. Mientras tanto, viajaba [música] París, Londres, Nueva York, Washington. En cada capital era recibida como una estrella. Los diseñadores peleaban por vestirla. Dior, Giivani, Valenciaga creaban colecciones especialmente para ella.

Las revistas de moda la fotografia constantemente. Bog la puso en portada tres veces. [música] Era hermosa, sí, pero más que eso, era elegante en una manera que el dinero no puede comprar. Había algo en la forma en que sostenía su cabeza, en cómo elegía sus palabras, en su mirada directa y sin disculpas, que comunicaba poder sin arrogancia.

O al menos eso es lo que veía el mundo exterior. Lo que el mundo no veía era el precio de esa perfección. Fara se levantaba a las 5 de la mañana para revisar documentos antes de que los niños despertaran. Che tenía cuatro hijos para entonces, Resa, Farajnas, Aliraza y Leila. Cada uno necesitaba atención, amor, tiempo, cosas que una emperatriz con miles de responsabilidades no tenía en abundancia.

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