RENÉ MERINO MONROY DESCUBRIÓ CAMPAMENTO OCULTO DE LA MS-13 LO QUE ENCONTRARON LOS DEJÓ SIN PALABRAS
Atención, porque lo que acaba de pasar en El Salvador no es un operativo cualquiera. Es el momento en que el ministro de Defensa, René Merino Monroy, destapó un campamento clandestino completo de la Mara Salvatrucha escondido en el monte alto de Olocuilta. Y según se ha reportado lo que encontraron dentro dejó al propio Bukele sin palabras.
Drogas listas para distribuir, munición de calibre militar, equipo logístico completo, todo eso oculto en un punto del país donde la pandilla creyó que nadie los iba a encontrar. Pero lo que casi nadie está contando todavía es el detalle exacto que llevó al ministro hasta ese campamento y por qué la reacción del presidente al conocer el material de comisado cambió por completo el tono dentro del propio gobierno y aquí te vamos a contar cómo se cayó ese campamento, qué encontraron arriba en el monte y por qué este caso marca un antes
y un después en la guerra contra los remanentes. Si a usted le da orgullo ver como por fin tenemos un ministro de defensa y un presidente que no se arrugan frente a nadie, suscríbase ahora mismo, porque aquí vamos a seguir contando todas las victorias que el resto de medios cuenta a medias o directamente prefiere callar.
El nombre de René Merino Monroy probablemente no es el más conocido fuera del Salvador, pero dentro del país pesa lo suyo. es el ministro de Defensa Nacional, el hombre que coordina la fuerza armada, el que recibe las órdenes directas del presidente Bukele cuando se trata de operativos militares contra las maras y según se ha reportado, fue él quien confirmó en su cuenta verificada en la red social X que el pasado 10 de mayo en el monte alto de la lotificación Casaloma en Olocuilta, departamento de La Paz, las tropas habían desmantelado
un campamento clandestino completo de la maravatrucha. Y sabes cuál fue el detalle exacto que mencionó el ministro en ese mensaje que ningún medio internacional ha querido destacar. Para entender por qué este caso es distinto a cualquier otro de los últimos meses, hay que ubicarse primero en Olocuilta.
Es un municipio del departamento de La Paz, conocido en todo el país por sus pupucerías de carretera, por su cercanía al aeropuerto internacional, por ser ese punto donde todo salvadoreño que viaja al sur del país se detiene al menos una vez. Es un lugar familiar, trabajador, lleno de gente humilde que vive del comal, del comercio chico, del paso constante de buses y camiones, pero arriba en las alturas del municipio, en una lotificación que se llama Casa Loma.
La realidad era muy distinta. Según las versiones que han trascendido, los remanentes de la Mara Salvatrucha habrían estado montando un campamento clandestino en terreno alto, en un punto donde la maleza se cierra, donde subir cuesta y donde las patrullas urbanas comunes no llegan. Y aquí viene la parte que me parece importante señalar contigo, porque cuando uno escucha que la Mara Salvatrucha está intentando esconderse en el monte, en zonas rurales de difícil acceso, copiando tácticas que en los años 80 usaban las guerrillas, a
uno se le revuelve el estómago. Yo te voy a ser sincero, pensar que después de todo lo que este país ha sufrido durante 30 años con esta gente, todavía hay remanentes que creen que pueden reorganizarse desde un cerro. le hierve la sangre a cualquiera y por eso lo que hizo el ministro Merino Monroy esa madrugada del 10 de mayo no es un detalle menor.
Es la confirmación de que la doctrina de seguridad de este gobierno no tiene zonas vetadas, no tiene terreno demasiado alto, no tiene monte demasiado cerrado. Pero lo que el ministro detectó antes de dar la orden de subir ese dato concreto que activó toda la operación es lo que de verdad cambia esta historia. Para preparar este caso, revisamos durante días la cobertura de cinco medios salvadoreños que documentaron el operativo desde diario la página y la noticia SB hasta Infobae DI R O1 y el Metropolitano Digital. Cruzamos cada dato del decomiso
con la declaración oficial que el ministro Merino Monroy publicó en su cuenta de X y con los antecedentes documentados de operativos similares en Jquilisco a principios de este año y en San José Villanueva meses antes. Y lo que se ha llegado a saber al juntar todas las piezas coincide en algo que no se puede pasar por alto.
Este no es un caso aislado, es un patrón y el ministro lo sabía antes de subir. ¿Y tú qué pensarías si te enteraras de cuántas semanas llevaba la inteligencia militar siguiendo el rastro de ese campamento antes de dar la orden de entrar? La elección del terreno alto por parte de los remanentes no fue casualidad, fue cálculo frío.
La lotificación Casaloma, según se desprende de los reportes, está ubicada en un punto donde la vegetación se cierra de tal forma que desde abajo es prácticamente imposible ver lo que ocurre arriba. Para llegar hay que subir por caminos de tierra, rodear Montecerrado, pasar tramos donde un solo vehículo apenas cabe. Los pandilleros eligieron ese lugar precisamente porque pensaban que la dificultad del acceso les iba a comprar tiempo, porque creyeron, según las versiones que han trascendido, que la fuerza armada no iba a tener la voluntad ni la logística de

subir hasta allá arriba a buscarlos uno por uno. Y mira, no sé tú, pero a mí me parece que ese cálculo es el mismo que la Mara hizo durante 30 años con todo este país. Subestimar al Estado, pensar que nadie se iba a atrever. Y lo que no calcularon es que esta vez el ministro de Defensa ya tenía las coordenadas exactas y la orden firmada del propio Bukele.
Aquí entra Bukele y entra con todo el peso que su figura tiene en este tipo de decisiones. Porque el presidente lo ha dicho de mil formas distintas a lo largo de los últimos años y el mensaje siempre es el mismo. No hay un solo metro cuadrado de El Salvador donde un pandillero pueda esconderse sin que el Estado lo encuentre.
No hay barrio, no hay colonia, no hay cárcel, no hay carretera y ahora queda confirmado, no hay monte. Esa orden política, esa voluntad de no negociar con criminales y de cerrar cada espacio donde antes ellos se movían con libertad es la que ha permitido que ministros como Merino Monroy tengan el respaldo total para ejecutar operativos donde antes habría sido impensable subir.
Lo que durante 30 años nadie quiso tocar, ahora se está desmontando hasta en los lugares donde la mara creyó que estaba salvo. Cuando los soldados llegaron al claro del campamento esa madrugada, lo que encontraron no es algo que se pueda explicar como un escondite improvisado. Era una operación pensada, 29 porciones de crack listas para distribuir, 44 cartuchos y aquí viene el dato que más le importa a los que entienden de seguridad, el calibre de esos cartuchos, 5,56 mm y 22.
El 5,56, para que quede claro, es la munición que usan los fusiles de asalto, los rifles de guerra, el armamento militar. No es munición de cacería ni de pistola común, es munición de fusil de guerra. Eso significa, según se desprende de los reportes, que estos remanentes tenían o tenían acceso a fusiles de asalto.
Y eso, en manos de gente acorralada que ya no tiene nada que perder, es exactamente el tipo de amenaza que el ministro de Defensa no podía permitirse pasar por alto. ¿Y de dónde crees que habrían sacado munición de calibre militar unos remanentes que llevan más de 3 años escondidos sin estructura visible? Además del armamento en el campamento se decomizaron dos teléfonos celulares, una báscula y utensilios de limpieza de armamento.
Cada uno de esos objetos, según se ha llegado a saber, terminó siendo una pieza clave de rompecabezas que el ministro presentó después en su informe. Los celulares, porque demuestran que el campamento no estaba aislado, que había comunicación constante con alguien afuera, que había una red activa sosteniendo el punto, la báscula, porque significa que ahí se medía droga.
Se preparaba para vender, se generaba dinero para mantener al grupo y los utensilios de limpieza de armamento, esos son los que pintan el cuadro completo. Porque limpiar armas no es algo que hace alguien escondido, temblando de miedo. Limpiar armas es algo que hace alguien que las usa con frecuencia y que tiene planeado seguir usándolas.
Si usted llevaba años esperando ver caer cada rincón donde estos remanentes intentaban reorganizarse, suscríbase. Aquí vamos a contar. Uno por uno cada operativo que les va cerrando la puerta. Sigamos. Y aquí es donde la historia se pone realmente seria, porque cuando el ministro Merino Monroy presentó al presidente Bukele el inventario completo de lo que se había encontrado en ese campamento, la reacción dentro del gobierno fue, según se ha reportado, distinta a la de operativos anteriores.
Algo en ese material de comisado cambió la conversación interna. Algo en la combinación de droga, munición militar, equipo logístico y comunicación activa hizo entender a las autoridades que lo que estaba pasando en Oloculta era solo una pieza de un cuadro mucho más grande. Y lo que se ha llegado a saber sobre cómo reaccionó Bukele al ver ese material sobre la conversación que habría tenido después con el ministro y sobre lo que se decidió hacer en las siguientes horas dentro del gobierno, se lo cuento ahora mismo. Vamos a meternos
ahora en lo que de verdad pesa de esta historia, porque la reacción dentro del gobierno cuando el ministro Merino Monroy presentó el inventario completo del campamento no fue como la de cualquier otro operativo de los últimos meses, según las versiones que han trascendido en medios salvadoreños como la página y la noticia SB, lo que el ministro llevó a la mesa esa misma tarde fue una colección de objetos que vistos por separado podían parecer un decomiso más, pero vistos juntos contaban una historia distinta, una historia de
planificación, de paciencia criminal, de intento serio de reorganización. Y eso en un país que durante tres décadas vivió bajo el yugo de la Mara Salvatrucha no es un detalle menor. ¿Y sabes qué fue lo primero que pidió el presidente Bukele cuando vio las fotografías del material decomizado encima de la mesa? Para entender por qué este caso golpeó como golpeó dentro del gobierno, hay que ponerlo en contexto con lo que ya había pasado antes.
A principios de este año, en la zona de Jiquilisco en Usulután, las autoridades habrían desmantelado. Otro punto donde un grupo de remanentes intentaba lo mismo, esconderse en zona rural, montar un pequeño centro logístico, almacenar droga y armas y desde ahí intentar reactivar lo que la pandilla había perdido en las ciudades.
Y meses antes, en San José Villanueva, en La Libertad, otro operativo similar había dejado en evidencia un patrón muy parecido, tres puntos, tres zonas rurales, tres campamentos. Y yo te voy a ser sincero, cuando uno ve esos tres lugares en un mapa del Salvador, Jiquilisco al oriente, San José Villanueva al occidente y ahora Olocuilta al sur, uno entiende inmediatamente que no estamos hablando de coincidencias.
Pero el hilo que conecta esos tres campamentos entre sí, ese detalle que el ministro de Defensa habría señalado en privado al presidente, es lo que de verdad cambia el cuadro completo. Y aquí entra el papel del Estado, que es lo que de verdad ha hecho posible. que este patrón salga a la luz, porque hace 5 años, hace 10 años, hace 20 años, un grupo de pandilleros podía meterse al monte y nadie iba a subir a sacarlos.
Las autoridades de aquellos tiempos no tenían la voluntad política, no tenían la coordinación entre ministerios, no tenían el respaldo del ejecutivo para subir hasta lo más alto de un cerro a buscar a unos remanentes que, según la lógica de antes, total no estaban haciendo daño visible en la ciudad. Esa era la doctrina vieja, la doctrina que durante 30 años permitió que la Mara creciera, se reorganizara y volviera salir con más fuerza cada vez que parecía estar acabada.
Pero según se ha reportado, esa doctrina se enterró el día en que Bukele asumió la presidencia. La orden es perseguirlos hasta donde estén, sin importar el terreno, sin importar el costo logístico, sin importar cuánto cueste su vida hasta allá arriba. ¿Y tú qué hubieras pensado si hace 10 años alguien te decía que un ministro de defensa iba a coordinar personalmente una operación para subir al monte a desmantelar un campamento de la maravatrucha? La investigación que llevó a Merino Monroy hasta ese campamento no fue improvisada. Fue el resultado de semanas
de seguimiento de inteligencia paciente de información cruzada entre la Fuerza Armada y la Policía Nacional Civil. Lo que se ha llegado a saber es que las autoridades habrían venido detectando movimientos extraños en esa zona desde hace varias semanas antes del operativo. Vehículos que subían y bajaban por caminos donde normalmente no pasaba nadie.
Compras de víveres en cantidades que no encajaban con el perfil de la zona alta, personas que aparecían y desaparecían sin explicación lógica. Pequeños detalles que para un vecino común habrían pasado desapercibidos, pero que para un equipo de inteligencia militar entrenado son banderas rojas claras. Y todos esos datos, según se desprende de los reportes, se fueron sumando hasta dibujar en un mapa el punto exacto donde estaba el campamento.
Y la última pieza, la que terminó de confirmar la ubicación con precisión absoluta, según se ha llegado a saber, vino de un lugar que ninguno de los remanentes se habría imaginado. Hay un elemento de esta historia que merece ser señalado con claridad porque marca una diferencia fundamental con cualquier otro operativo de los últimos años y es el componente militar.
Esto no fue una operación de la Policía Nacional Civil. Esto fue una operación coordinada directamente por el Ministerio de Defensa Nacional, ejecutada por tropas de la Fuerza Armada del Salvador. Eso significa que el Estado salvadoreño considera la amenaza de estos remanentes lo suficientemente seria como para activar al ejército, no solo a la policía común.
Y eso en términos de seguridad nacional dice muchísimo, porque cuando un gobierno activa al ejército contra un grupo criminal, está reconociendo que ese grupo ya no es un problema de seguridad pública ordinaria, sino una amenaza estructural territorio mismo. Y eso es lo que estaban siendo estos remanentes, según las autoridades, no simples delincuentes escondidos, sino una amenaza que había que arrancar de raíz antes de que volviera a crecer.
Y lo más fuerte de todo es que el momento exacto en que las tropas rodearon el campamento, según se ha reportado, ocurrió justo cuando los remanentes estaban a punto de mover toda la logística a otro punto del país. Yo te quiero ser honesto en algo porque creo que vale la pena decirlo y compartirlo contigo.
Hay partes de esta historia que probablemente nunca sabremos del todo y eso está bien reconocerlo. No sabemos con certeza absoluta cuántos pandilleros usaban exactamente ese campamento como base. No sabemos cuánto tiempo llevaba operando. No sabemos quién daba las órdenes desde afuera ni quién financiaba el sostenimiento del punto.
Lo que se ha llegado a saber es lo que las autoridades han querido hacer público hasta ahora y eso ya es bastante para entender la magnitud del caso. Pero hay capas de esta historia que solo van a salir a la luz con el tiempo, conforme avance la investigación y conforme caigan más nombres conectados con esta red.
Lo que sí está claro, sin necesidad de más detalles, es que ese campamento ya no existe, ese refugio ya no está disponible, esa logística ya no se puede usar. Y sabes lo que apareció en uno de los celulares de comisados cuando los técnicos militares empezaron a revisar el contenido horas después del operativo. Hay una pregunta que a estas alturas todo el mundo se está haciendo y es perfectamente legítima.
¿De dónde sacaban estos remanentes el dinero y los recursos necesarios para sostener un campamento así durante semanas, posiblemente meses? Porque mantener un punto en el monte, aunque sea pequeño, cuesta. Cuesta comida, cuesta agua. Cuesta combustible para subir y bajar, cuesta munición de calibre militar, cuesta droga para venderla y reciclar el dinero generado.
Y eso significa inevitablemente que en algún lugar hay alguien que les estaba pasando la logística desde afuera, alguien que sigue libre en este momento, alguien que probablemente vive en una colonia tranquila de San Salvador, de Santa Tecla, de Soyapango y que de día se ve como un vecino más, pero que de noche, según se ha reportado en casos similares anteriores, estaba moviendo lo necesario para que ese campamento siguiera funcionando y el nombre que habría empezado a aparecer en el expediente ente que el ministro entregó al
presidente, según se ha llegado a saber, conecta este caso con otros operativos que la mayoría de la gente ni siquiera relaciona entre sí. Mira, hay algo que a mí personalmente me llama mucho la atención de toda esta historia y te lo voy a compartir porque creo que vale la pena pensarlo juntos y es la sangre fría que tiene que tener una persona para subirse a un monte alto, montar un campamento, dormir ahí, limpiar fusiles ahí, sabiendo que en cualquier momento la fuerza armada le puede caer encima sin previo aviso. Eso solo se hace
cuando uno ya no tiene salida, cuando uno sabe que su nombre está en una lista, que su cara está en un sistema, que ya no puede caminar tranquilo por ninguna calle del país. Esos remanentes que estaban en Casa Loma no son los cabecillas históricos que daban órdenes desde un palacio. Son los últimos peones de un tablero que ya perdieron.
Y verlos arrinconados en el monte intentando jugar a la guerrilla rural es la prueba más clara de que la Mara como estructura nacional ya no existe. Lo que queda son pedazos, pedazos que el ministro Merino Monroy está recogiendo uno por uno bajo las órdenes directas de Bukele. Y el momento en que el ministro decidió subir él mismo a supervisar parte del operativo, según se ha reportado, marcó algo dentro de las tropas que vale la pena contar.
Mientras tanto, en la cuenta oficial verificada del ministro Merino Monroy, en la red social X salió la confirmación pública del operativo con un mensaje claro, directo y sin adornos innecesarios. Según las versiones que han circulado, el ministro habría señalado que el Estado va a seguir actuando con la misma firmeza en cada rincón del país, sin importar si es zona urbana o zona rural, sin importar si es cantón de fácil acceso o Monte Alto Cerrado.
Y esa frase, aparentemente sencilla, es la confirmación pública de algo que en privado ya se sabía dentro del gobierno, la doctrina militar y de seguridad de la administración. Bukele no admite excepciones geográficas. No hay zona vetada, no hay terreno demasiado alto, no hay monte demasiado cerrado. Donde haya un remanente intentando reorganizarse, va a haber un operativo coordinado para desmantelarlo.
Pero la verdadera traición que terminó cerrando este caso, esa que casi ningún medio ha mencionado todavía en los reportes, viene desde un lugar que ninguno de los remanentes se habría imaginado. Y aquí es donde la historia se pone realmente seria, porque toca lo más sensible de todo este operativo. Según las versiones que han trascendido en los últimos días en círculos cercanos al caso, la información concreta y precisa que permitió al ministro Merino Monroy ubicar el campamento con exactitud no vino de un dron ni de una

patrulla aérea rutinaria ni de una vigilancia satelital. vino de adentro de alguien que sabía exactamente dónde estaba ese punto, qué hora era la mejor para entrar sin disparos, cuántas personas dormían ahí cada noche y dónde estaban guardadas las armas dentro del campamento. Esa persona, según los reportes, habría sido pieza clave para que todo el operativo se ejecutara sin víctimas y sin que ninguno de los remanentes pudiera huir hacia la maleza cerrada.
Y esa madrugada del 10 de mayo, cuando las tropas comenzaron a moverse por el monte en silencio absoluto, todo estaba ya preparado para que lo que iba a pasar en las siguientes horas terminara cerrando el caso de manera definitiva. Lo que ocurrió esa noche desde el primer movimiento silencioso de las tropas hasta el momento exacto en que los remanentes se dieron cuenta de que estaban completamente rodeados.
Es lo que viene a continuación. Esa madrugada del 10 de mayo, mucho antes de que el primer rayo de sol apareciera por encima de los cerros de la paz, las tropas de la fuerza armada coordinadas bajo las órdenes del ministro René Merino Monroy, ya se estaban moviendo en silencio absoluto. Por las laderas de Olocuilta subieron por rutas estudiadas durante semanas, evitando cada punto donde los remanentes habrían podido tener vigías ocultos entre los árboles.
El silencio era total. Solo se escuchaba el crujido de las ramas bajo las botas y la respiración contenida de los hombres avanzando en formación cerrada. Según se ha llegado a saber, el equipo había recibido la orden clara de no usar luces ni radios hasta el momento exacto del cierre del perímetro.
Y mientras los pandilleros dormían arriba, confiados en que el Monte Alto los protegía como había protegido a otros, antes abajo, se iba apretando un cerco militar que ya no tenía vuelta atrás. ¿Y sabes en qué momento exacto se dieron cuenta esos remanentes de que el ministro de Defensa había ordenado subir personalmente a por ellos? Cuando las tropas llegaron al claro donde estaba montado el campamento, el amanecer apenas empezaba a colarse entre las ramas cerradas del monte.
Los remanentes despertaron rodeados. No hubo tiempo para correr hacia la maleza. No hubo tiempo para esconder el material. No hubo tiempo siquiera para alcanzar las armas que tenían a unos metros de las hamacas donde dormían. Esa imagen, según las versiones que han circulado, lo dice todo de cómo terminó la historia. Los que durante años creyeron que podían reorganizar a la maravatrucha desde la montaña, los que limpiaban fusiles convencidos de que iban a seguir usándolos.
Los que pesaban droga en una báscula soñando con reactivar el negocio criminal de antes. Esa mañana se vieron tirados boca abajo en el suelo con las manos en la nuca mirando a soldados que no negocian, que no aceptan promesas, que no escuchan sobornos. Y mientras tanto, los oficiales empezaron a documentar uno por uno los 29 trozos de crack, los 44 cartuchos de calibre militar, los dos celulares, la báscula y los utensilios de limpieza de armamento, cada objeto fotografiado, cada prueba asegurada para el informe que iba directo al ministro Merino Monroy y
desde ahí al propio Bukele. Y lo que apareció dentro de uno de esos celulares, al revisarlo horas más tarde, según se ha reportado, conecta este caso con nombres que todavía están bajo investigación activa. El traslado fue tan silencioso como la entrada de las tropas. Los remanentes bajaron del monte esposados, custodiados por los soldados, cargando ellos mismos el peso de su propia caída por el mismo camino de tierra por el que habían subido semanas antes, pensando que era su refugio definitivo. Al final del trayecto los
esperaba el vehículo que los iba a llevar a procesamiento. De ahí, según el procedimiento que marca la ley salvadoreña en estos casos, el destino casi siempre es el mismo, el Secot, es el lugar donde no hay celdas con ventanas al exterior, donde la luz artificial no se apaga ni de día ni de noche, donde la cama es de metal y el uniforme es blanco, donde todos los que entran terminan iguales, con la cabeza rapada, con la mirada al suelo, con el silencio donde antes había gritos y amenazas, de aquí no se sale, de aquí no
se manda. De aquí no se decide nada. Esa frase que el Estado salvadoreño ha repetido tantas veces a lo largo de estos años encontró otra vez su confirmación esa mañana de mayo en Holocuilta. Y mientras esos remanentes empezaban su camino hacia el Secot, en los cantones cercanos a Olocuilta empezaba a pasar algo que la gente del lugar llevaba meses esperando.
Mientras allá arriba se cerraba el campamento y se aseguraba AC la prueba, abajo en Holoquilta, en los cantones cercanos, en las pupucerías que rodean la carretera, la gente empezaba a enterarse del operativo. Y según se ha llegado a saber por testimonios que han recogido los medios locales, la reacción fue de un alivio profundo y silencioso, porque la gente de esa zona sabía, lo sabía desde hacía meses.
Sabía que algo raro estaba pasando arriba en el monte. Sabía que había movimiento extraño de vehículos y personas en horarios que no encajaban. Pero también sabía por la experiencia acumulada de tres décadas de terror que era mejor no preguntar, no comentar, no mirar dos veces hacia donde no debían mirar.
Esa mañana, cuando se confirmó que el campamento había caído gracias a la operación coordinada por el ministro Merino Monroy, bajo las órdenes directas de Bukele, las señoras que sirven pupusas en la carretera respiraron distinto. Los padres que mandan a sus hijos al colegio respiraron distinto. Los conductores de bus que cruzan la zona respiraron distinto porque por primera vez en mucho tiempo supieron que arriba donde antes había un peligro silencioso, ahora ya no había nada.
Lo que durante 30 años nadie quiso tocar, esa madrugada de mayo se vino abajo y el gobierno cumplió otra vez con la promesa que hizo el primer día. Y mientras estos remanentes ya están camino al SECOT, con la cabeza rapada y sin volver a decidir nada por su cuenta nunca más, hay algo que pocos están comentando todavía sobre toda esta historia.
Cuando el ministro Merino Monroy presentó al presidente Bukele el informe completo del operativo, junto con las fotografías del material de comisado y los primeros datos extraídos de los celulares incautados, la reacción dentro del gobierno habría sido, según se ha reportado, distinta a la de operativos anteriores.
Algo en ese material cambió el tono de la conversación interna sobre los remanentes. Algo en la combinación de munición militar, equipo logístico y comunicación activa hizo entender que lo que pasaba en Holoquilta no era un incidente aislado, sino la confirmación de un patrón rural mucho más amplio. Y eso significa que esta historia no terminó esa madrugada en Casaloma, porque la guerra contra los remanentes apenas está entrando en una fase nueva y lo que vienen los próximos operativos coordinados por el Ministerio de Defensa podría ser todavía más fuerte que lo que
acabas de escuchar. Si esta noticia le impactó, no se pierda el siguiente video del canal, porque ahí seguimos contando cómo el Estado salvadoreño le va cerrando cada puerta a los últimos pandilleros sueltos del país. Yes.