Posted in

El teorema de la caña y el abismo de la duda

Parte 1: El teorema de la caña y el abismo de la duda

El “Bar Lolo” no era un lugar para los débiles de espíritu, ni para los que buscaban una experiencia gastronómica con espumas de nitrógeno. Era un templo de lo real. El aire olía a una mezcla reconfortante de aceite de freidora que pedía la jubilación, serrín humedecido y el aroma rancio del éxito moderado. Javi estaba allí, sentado en un taburete cuya pata derecha cojeaba con una rítmica insistencia, clavándose en su paciencia como una metáfora de su propia vida. Delante de él, una caña de cerveza empezaba a perder su corona de espuma, transformándose lentamente en ese líquido tibio y triste que nadie quiere beber pero que todo el mundo acaba pagando.

Javi no miraba la cerveza. Miraba el vacío, o quizá una mancha de grasa en el azulejo de la pared que, si entrecerrabas mucho los ojos, se parecía vagamente al mapa de Extremadura. Tenía esa expresión de quien está intentando resolver una ecuación de tercer grado mientras le hacen cosquillas en los pies. Estaba en el limbo. En ese espacio en blanco donde las decisiones importantes van a morir.

Entonces entró Paco.

Paco no entraba en los sitios; Paco los reclamaba. Con una chaqueta de pana que había visto mejores décadas y unas llaves colgando del cinturón que tintineaban como un rebaño de cabras bajando por el monte, se plantó a su lado. Paco era el tipo de amigo que tiene una opinión inamovible sobre todo: desde cómo se debe jugar un 4-4-2 hasta la forma correcta de podar un geranio.

—¿Qué pasa, Javi? Tienes una cara que si te la ve un poeta, escribe un drama de cinco actos y se tira por un puente —dijo Paco, dándole una palmada en la espalda que casi le hace tragar el palillo que Javi no sabía que tenía en la boca.

—Estoy dándole vueltas a lo de mudarme con Elena, Paco. No sé. Un día me despierto y digo: “Venga, a por todas, compramos las cortinas en el IKEA y que Dios nos pille confesados”. Y al siguiente… al siguiente me entran unos sudores fríos que parece que me va a dar un parraque.

Paco pidió un corto de cerveza con un gesto de la mano que el camarero, un hombre llamado Manolo que parecía haber nacido ya con sesenta años y un delantal sucio, entendió sin necesidad de palabras. Paco esperó a que le sirvieran, le dio un trago largo, se limpió el bigote con el dorso de la mano y miró a Javi con una lástima infinita.

—Javi, hijo mío, eres más simple que el mecanismo de un chupete —sentenció Paco—. Escucha lo que te voy a decir, porque esto es una verdad universal, como que el sol sale por el este y que el IVA siempre sube. Apunta: Si dudas, ya es un no.

Javi parpadeó, procesando la frase. La contundencia de Paco tenía un peso gravitatorio.

—¿Cómo que si dudo es un no? —preguntó Javi, arrugando la frente—. Las cosas no son blancas o negras. Hay matices, Paco. Hay… circunstancias. Hay que sopesar los pros, los contras, el precio del alquiler en el centro, si ella va a dejar sus pelos en el sumidero de la ducha…

—Matices, mis cojones —interrumpió Paco con una elegancia puramente castiza—. Los matices son para los pintores franceses. En la vida real, el instinto es un bicho muy sabio. Si tu cuerpo te está mandando señales de humo, si tienes el estómago como si te hubieras tragado una hormigonera en marcha, eso no es reflexión, Javi. Eso es tu subconsciente gritándote que te quedes donde estás. La duda es la forma elegante que tiene el cerebro de decirte: “Cuidado, que te la vas a pegar”. Si dudas, es que no estás convencido. Y si no estás convencido, la respuesta es no. Punto pelota.

Manolo, el camarero, que pasaba por allí con una bayeta que parecía haber sobrevivido a la Guerra de la Independencia, se detuvo un segundo.

—En eso tiene razón el Paco, chaval —gruñó Manolo sin mirarles—. Yo dudé si casarme con la Puri en el 84. Treinta y dos años después, aquí me tienes, cerrando el bar a las dos de la mañana para no tener que escuchar cómo me explica que el gato tiene depresión. Si dudas, corre. Corre como si hubieras robado un banco.

Javi miró a uno y a otro. Se sentía como un náufrago al que, en vez de lanzarle un salvavidas, le lanzan un yunque de hierro fundido para que “deje de sufrir”.

—Pero es que no es tan fácil —insistió Javi, alzando un poco la voz sobre el ruido de la máquina tragaperras que acababa de dar un premio de tres euros en monedas de veinte céntimos—. No es que no quiera estar con ella. Es que me da vértigo. Es un cambio de vida, Paco. Dejar de ser un ente individual para convertirme en una unidad de convivencia donde hay que negociar hasta la marca del papel higiénico. Eso acojona a cualquiera.

Paco se terminó su corto y pidió otro con un movimiento de cejas.

—A ver, Javi, analicemos la jugada —dijo Paco, adoptando un tono de estratega militar—. Tú dices que es miedo. Yo digo que el miedo es la excusa que usamos para no admitir que la respuesta es negativa. El miedo es una señal. Es como el testigo del aceite del coche. Si se enciende, puedes decir: “Uy, es que el coche tiene miedo de quedarse seco”. No, tonto de las tres, es que le falta aceite. El miedo también dice mucho. Y lo que te está diciendo a ti es que no estás preparado, o que Elena no es la persona, o que tú prefieres seguir viviendo en ese piso de soltero que huele a calcetín usado y libertad.

Javi se hundió un poco más en su taburete. El bar se estaba llenando. Unos jubilados en la esquina discutían sobre si las pensiones daban para un viaje a Benidorm o si tenían que conformarse con ver las palomas en el parque. El ambiente era denso, vibrante, puramente español. Y en medio de todo aquel caos cotidiano, Javi sentía que su vida se estaba decidiendo entre una ración de bravas y un palillo de dientes.

Read More