El “Bar Lolo” no era un lugar para los débiles de espíritu, ni para los que buscaban una experiencia gastronómica con espumas de nitrógeno. Era un templo de lo real. El aire olía a una mezcla reconfortante de aceite de freidora que pedía la jubilación, serrín humedecido y el aroma rancio del éxito moderado. Javi estaba allí, sentado en un taburete cuya pata derecha cojeaba con una rítmica insistencia, clavándose en su paciencia como una metáfora de su propia vida. Delante de él, una caña de cerveza empezaba a perder su corona de espuma, transformándose lentamente en ese líquido tibio y triste que nadie quiere beber pero que todo el mundo acaba pagando.
Javi no miraba la cerveza. Miraba el vacío, o quizá una mancha de grasa en el azulejo de la pared que, si entrecerrabas mucho los ojos, se parecía vagamente al mapa de Extremadura. Tenía esa expresión de quien está intentando resolver una ecuación de tercer grado mientras le hacen cosquillas en los pies. Estaba en el limbo. En ese espacio en blanco donde las decisiones importantes van a morir.
Entonces entró Paco.
Paco no entraba en los sitios; Paco los reclamaba. Con una chaqueta de pana que había visto mejores décadas y unas llaves colgando del cinturón que tintineaban como un rebaño de cabras bajando por el monte, se plantó a su lado. Paco era el tipo de amigo que tiene una opinión inamovible sobre todo: desde cómo se debe jugar un 4-4-2 hasta la forma correcta de podar un geranio.
—¿Qué pasa, Javi? Tienes una cara que si te la ve un poeta, escribe un drama de cinco actos y se tira por un puente —dijo Paco, dándole una palmada en la espalda que casi le hace tragar el palillo que Javi no sabía que tenía en la boca.
—Estoy dándole vueltas a lo de mudarme con Elena, Paco. No sé. Un día me despierto y digo: “Venga, a por todas, compramos las cortinas en el IKEA y que Dios nos pille confesados”. Y al siguiente… al siguiente me entran unos sudores fríos que parece que me va a dar un parraque.
Paco pidió un corto de cerveza con un gesto de la mano que el camarero, un hombre llamado Manolo que parecía haber nacido ya con sesenta años y un delantal sucio, entendió sin necesidad de palabras. Paco esperó a que le sirvieran, le dio un trago largo, se limpió el bigote con el dorso de la mano y miró a Javi con una lástima infinita.
—Javi, hijo mío, eres más simple que el mecanismo de un chupete —sentenció Paco—. Escucha lo que te voy a decir, porque esto es una verdad universal, como que el sol sale por el este y que el IVA siempre sube. Apunta: Si dudas, ya es un no.
Javi parpadeó, procesando la frase. La contundencia de Paco tenía un peso gravitatorio.
—¿Cómo que si dudo es un no? —preguntó Javi, arrugando la frente—. Las cosas no son blancas o negras. Hay matices, Paco. Hay… circunstancias. Hay que sopesar los pros, los contras, el precio del alquiler en el centro, si ella va a dejar sus pelos en el sumidero de la ducha…
—Matices, mis cojones —interrumpió Paco con una elegancia puramente castiza—. Los matices son para los pintores franceses. En la vida real, el instinto es un bicho muy sabio. Si tu cuerpo te está mandando señales de humo, si tienes el estómago como si te hubieras tragado una hormigonera en marcha, eso no es reflexión, Javi. Eso es tu subconsciente gritándote que te quedes donde estás. La duda es la forma elegante que tiene el cerebro de decirte: “Cuidado, que te la vas a pegar”. Si dudas, es que no estás convencido. Y si no estás convencido, la respuesta es no. Punto pelota.
Manolo, el camarero, que pasaba por allí con una bayeta que parecía haber sobrevivido a la Guerra de la Independencia, se detuvo un segundo.
—En eso tiene razón el Paco, chaval —gruñó Manolo sin mirarles—. Yo dudé si casarme con la Puri en el 84. Treinta y dos años después, aquí me tienes, cerrando el bar a las dos de la mañana para no tener que escuchar cómo me explica que el gato tiene depresión. Si dudas, corre. Corre como si hubieras robado un banco.
Javi miró a uno y a otro. Se sentía como un náufrago al que, en vez de lanzarle un salvavidas, le lanzan un yunque de hierro fundido para que “deje de sufrir”.
—Pero es que no es tan fácil —insistió Javi, alzando un poco la voz sobre el ruido de la máquina tragaperras que acababa de dar un premio de tres euros en monedas de veinte céntimos—. No es que no quiera estar con ella. Es que me da vértigo. Es un cambio de vida, Paco. Dejar de ser un ente individual para convertirme en una unidad de convivencia donde hay que negociar hasta la marca del papel higiénico. Eso acojona a cualquiera.
Paco se terminó su corto y pidió otro con un movimiento de cejas.
—A ver, Javi, analicemos la jugada —dijo Paco, adoptando un tono de estratega militar—. Tú dices que es miedo. Yo digo que el miedo es la excusa que usamos para no admitir que la respuesta es negativa. El miedo es una señal. Es como el testigo del aceite del coche. Si se enciende, puedes decir: “Uy, es que el coche tiene miedo de quedarse seco”. No, tonto de las tres, es que le falta aceite. El miedo también dice mucho. Y lo que te está diciendo a ti es que no estás preparado, o que Elena no es la persona, o que tú prefieres seguir viviendo en ese piso de soltero que huele a calcetín usado y libertad.
Javi se hundió un poco más en su taburete. El bar se estaba llenando. Unos jubilados en la esquina discutían sobre si las pensiones daban para un viaje a Benidorm o si tenían que conformarse con ver las palomas en el parque. El ambiente era denso, vibrante, puramente español. Y en medio de todo aquel caos cotidiano, Javi sentía que su vida se estaba decidiendo entre una ración de bravas y un palillo de dientes.
Parte 2: La anatomía del miedo y el fantasma de la libertad
Paco se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la barra de zinc con tal fuerza que parecía que iba a soldarse a ella. Su mirada era la de un hombre que ha visto demasiados programas de debate nocturno y se cree poseedor de una lógica infalible.
—Mira, Javi, te lo voy a explicar con una analogía que hasta tú puedas entender —continuó Paco, bajando el tono como si estuviera revelando un secreto de Estado—. Imagínate que vas a un restaurante. Uno de esos modernos donde te sirven la comida en una teja o en una piedra de río. Miras la carta. Ves “Delicias de buey con reducción de algo que no sabes pronunciar”. Y dudas. Te quedas ahí, mirando el papel, pensando: “¿Me gustará? ¿Valdrá los treinta euros que me van a clavar? ¿O me voy a quedar con un hambre que voy a tener que atracar una gasolinera al salir?”.
Javi asintió lentamente, fascinado por la capacidad de Paco de llevar cualquier conflicto existencial al terreno de la comida.
—Si dudas tanto, Javi, es porque en el fondo sabes que prefieres un filete con patatas. Pero te da vergüenza admitirlo. Pues con la mudanza es lo mismo. Elena es la “reducción de no sé qué” y tu piso de soltero es el filete con patatas. El miedo que sientes no es miedo al compromiso, es miedo a perder el filete. Y ese miedo te está diciendo: “No lo hagas, que vas a pasar hambre emocional”.
—Pero Paco, que la comparación es una mierda, tío —protestó Javi, recuperando un poco de espíritu—. Elena no es un plato de comida. Es una persona. Y yo la quiero. Lo que pasa es que me agobia la logística. Me agobia pensar que ya no voy a poder jugar a la Play hasta las tres de la mañana un martes sin que alguien me pregunte si no tengo que trabajar al día siguiente.
—¡Ahí lo tienes! —exclamó Paco, señalándole con el dedo índice, que tenía una mancha de tinta de haber hecho el crucigrama del Marca—. ¡El miedo habla! Y te está diciendo que tu Play es más importante que el despertar al lado de Elena. ¿Ves cómo el miedo no es solo miedo? El miedo es información privilegiada. Es como si tu cerebro te enviara un WhatsApp desde el futuro diciendo: “Javi, colega, que te vas a arrepentir”.
En ese momento, un hombre bajito y con gafas de culo de vaso, apodado “El Tiri” por su afición a tirar las cartas en la asociación de vecinos, se acercó a la barra.
—Perdonad que me meta —dijo El Tiri con una voz aflautada—, pero yo escuché una vez en un podcast de esos de psicología que el miedo es la antesala del crecimiento. Que si no tienes miedo, es que el paso que vas a dar no es lo suficientemente importante.
Paco miró al Tiri como si fuera un extraterrestre que acabara de aterrizar en medio de la M-30.
—Tiri, por el amor de Dios, deja de escuchar esas cosas que te reblandecen el seso. Aquí estamos hablando de la vida real, no de un libro de autoayuda de esos que venden en la sección de saldos del Corte Inglés. El miedo es una alarma, no una invitación a una fiesta. Si vas caminando por el campo y ves un toro de quinientos kilos mirándote con mala leche, ¿tienes miedo? Sí. ¿Es una señal de crecimiento? ¡No! Es una señal de que como no corras, te va a poner la cornamenta de bufanda.
Javi suspiró. La conversación estaba entrando en ese bucle infinito de las tardes de bar donde se dice mucho y no se soluciona nada.
—O sea, que según tú, Paco, la duda es una condena —dijo Javi—. Si dudo, estoy sentenciado. No hay margen para el error, ni para el aprendizaje. O lo tienes claro como el agua o te quedas en tu casa viendo Netflix hasta que te salgan raíces en el sofá.
—Exactamente —confirmó Paco, orgulloso de su extremismo—. La vida es para los decididos. Los que dudan se quedan en la orilla viendo cómo pasan los barcos. Pero ojo, que quedarse en la orilla no es malo. Al menos no te mareas ni te hundes. Lo que no puedes hacer es subirte al barco temblando, porque al primer mareo vas a echar la pota sobre el capitán. Y el capitán, en este caso, es Elena. Y no creo que a Elena le guste que le vomites tus inseguridades en la alfombra nueva del salón.
Javi se quedó pensativo. Había algo en la lógica bruta de Paco que, a pesar de ser irritante, tenía un poso de honestidad que no encontraba en los consejos edulcorados de su madre o de sus otros amigos. El miedo también dice mucho. Esa frase se le quedó grabada. ¿Qué le decía su miedo? ¿Le decía que Elena no era la elegida, o le decía que él era un cobarde que no quería madurar?
—¿Y tú, Paco? —preguntó Javi con un toque de malicia—. ¿Tú nunca has dudado? Porque te recuerdo que estuviste tres años para decidir si te comprabas un coche diésel o gasolina, y al final te compraste una bici eléctrica que tienes cogiendo polvo en el trastero.
Paco se puso digno. Se ajustó la chaqueta y miró al horizonte (o al cartel de “Prohibido fiar” que colgaba sobre la cafetera).
—Lo mío con la bici fue una decisión estratégica, Javi. No fue duda, fue estudio de mercado. Y al final, el miedo a que me atropellara un camión me dijo que mejor fuera andando. ¿Ves? El miedo me salvó la vida. Si hubiera dudado y me hubiera comprado el coche, ahora estaría pagando el seguro, la letra y la gasolina a precio de sangre de unicornio. Mi miedo fue sabio. Mi duda fue un no rotundo al consumismo desenfrenado.
—Eres un demagogo de categoría mundial, Paco —rio Javi por primera vez en toda la tarde—. Tienes una respuesta para todo.
—Es que la vida es un examen tipo test, chaval —dijo Paco, pidiendo una ración de aceitunas para acompañar la tercera ronda—. Si te quedas mirando la pregunta sin marcar ninguna casilla, suspendes igual. Así que elige: o marcas la A de “Adelante, Elena, destruye mi libertad” o la B de “Búscate a otro, que yo me quedo aquí con Paco y el Manolo”. Pero no te quedes en blanco, que eso es de cobardes.
Parte 3: El clímax de la incertidumbre y el factor Manolo
La tarde avanzaba y la luz que entraba por el ventanal del bar empezaba a adquirir ese tono anaranjado y melancólico que hace que hasta el tipo más duro se ponga a recordar a su primera novia. Javi ya iba por su segunda caña, y el alcohol empezaba a lubricar las piezas oxidadas de su razonamiento.
—Vale, Paco, aceptamos barco —dijo Javi, gesticulando con una aceituna pinchada en un palillo—. Si dudar es un no, y el miedo es una señal de alarma… ¿qué pasa con el riesgo? ¿Acaso no vale la pena arriesgarse aunque uno esté cagado de miedo? Porque si solo hiciéramos las cosas de las que estamos cien por cien seguros, nadie se casaría, nadie tendría hijos, y nadie se pediría una ración de oreja a la plancha en este bar sin conocer el historial médico del cerdo.
Paco soltó una carcajada que hizo que Manolo se girara con el ceño fruncido.
—¡El riesgo! —exclamó Paco—. ¡Habló el aventurero! ¡El Indiana Jones de Alcorcón! El riesgo se corre cuando tienes una recompensa clara, Javi. Si te tiras en paracaídas, el riesgo es que no se abra, pero la recompensa es la adrenalina. Pero tú no estás hablando de tirarte en paracaídas. Estás hablando de meterte en una hipoteca emocional compartida. Ahí el riesgo es que el paracaídas se abra, pero que te quedes colgado de un árbol para el resto de tus días escuchando cómo alguien te pregunta por qué no has bajado la basura.
Javi negó con la cabeza.
—Es que eres un cínico, Paco. Un cínico y un solitario. Te da miedo que alguien se acerque lo suficiente como para ver que debajo de esa pana hay un corazón de mantequilla. Por eso atacas mi duda. Porque mi duda te recuerda que al menos yo tengo algo por lo que dudar. Tú no dudas porque no tienes nada que perder.
El silencio que siguió a esas palabras fue denso. Paco dejó de reír. Miró su copa vacía como si buscara una respuesta ingeniosa en el fondo del cristal, pero por primera vez en la tarde, no la encontró de inmediato. Manolo, que estaba limpiando unos vasos a tres metros de distancia, dejó de frotar.
—Tocado y hundido —murmuró El Tiri desde su esquina, sin levantar la vista del periódico.
Paco suspiró. Se rascó la nuca y miró a Javi con una seriedad que no le conocía.
—A lo mejor tienes razón, Javi. A lo mejor no dudo porque me he vuelto un experto en decir “no” antes de que me hagan la pregunta. Es más seguro. No hay riesgo de incendio si nunca enciendes la cerilla. Pero estamos hablando de ti, no de este pobre viejo. Tú estás en el lío. Y el hecho de que estemos aquí, discutiendo esto durante dos horas en vez de estar tú con Elena ayudándola a empaquetar cajas, me da la razón.
Paco hizo una pausa dramática, recuperando su tono de predicador de taberna.
—Si estuvieras seguro, no estarías aquí. Estarías allí. La duda es un síntoma de falta de fe. Y en una pareja, cuando se pierde la fe en el proyecto común, lo que queda es inercia. Y la inercia es el principio del fin. Así que volvemos a lo de antes: dudar es una señal. Es el semáforo en ámbar. Puedes acelerar y jugártela a que te lleve por delante un camión, o puedes frenar y esperar a que la calle esté despejada.
Manolo se acercó entonces, dejando dos trozos de tortilla sobre la barra, cortesía de la casa.
—Tomad, comed algo, que se os está secando el cerebro —dijo el camarero—. Yo solo os digo una cosa. En este bar he visto pasar a cientos de parejas. He visto a los que venían aquí a celebrar que se iban a vivir juntos, con esos ojos de cordero degollado y esa alegría que da asco verla. Y luego los he visto volver dos años después, por separado, a beberse las penas porque resulta que convivir no era solo desayunar juntos. Los que dudaban al principio suelen ser los que más tardan en volver. Porque al menos sabían a lo que se exponían. El problema son los que no dudan. Esos son los peligrosos. Los que van de cabeza a la piscina sin mirar si hay agua.
Javi miró la tortilla. Estaba poco hecha, como a él le gustaba.
—¿Ves? —dijo Javi, señalando a Manolo—. Manolo dice que dudar es bueno porque significa que eres consciente de la realidad. Que no eres un inconsciente.
—No, no me malinterpretes —cortó Manolo—. He dicho que son los que más tardan en volver. Pero vuelven igual. Aquí al final volvemos todos. La duda no te salva del desastre, solo te lo retrasa. Si vas a decir que no, dilo ya. Y si vas a decir que sí, hazlo sabiendo que te vas a equivocar. Pero no me des la tarde con el “no sé qué hacer”. Eso es lo que no aguanto. La indecisión me pone de los nervios. Me recuerda a los clientes que se tiran diez minutos mirando el menú del día para acabar pidiendo lo de siempre. ¡Decídete, coño!
Parte 4: La resolución del conflicto y el veredicto del bar
La tensión en la barra del Bar Lolo había llegado a su punto de ebullición. Javi se sentía como un acusado en un juicio donde el fiscal era Paco, el juez era Manolo y el jurado era un grupo de jubilados que ya ni siquiera recordaban por qué estaban allí.
—Vale —dijo Javi, poniéndose de pie y dejando unas monedas sobre la barra—. Lo tengo claro. O al menos, tengo claro que no voy a sacar nada en limpio aquí.
—¿A dónde vas? —preguntó Paco, sorprendido—. Todavía no hemos llegado a la conclusión. Nos falta analizar el impacto socioeconómico de tu decisión en el mercado del alquiler.
—Voy a ver a Elena —declaró Javi con una determinación que ni él mismo se creía—. Voy a decirle que tengo miedo. Que tengo una duda que me llega desde los pies hasta las orejas. Y que si eso significa que es un “no”, pues que me lo diga ella. Porque prefiero equivocarme con ella que tener razón contigo en este bar.
Paco se quedó callado un momento. Luego, una sonrisa burlona se dibujó en su rostro.
—Míralo. El guerrero del amor. Se va con el rabo entre las piernas pero con el pecho por fuera. Me gusta. Es patético, pero heroico.
—Escúchame, Javi —dijo Paco, dándole un último consejo mientras Javi se dirigía a la puerta—. Si llegas allí y ella te abre la puerta, y en ese preciso instante vuelves a dudar de si llamar al timbre o darte la vuelta… recuerda lo que te he dicho. Ese microsegundo de duda es el resumen de tu futuro.
Javi se detuvo en el umbral. La luz de la calle, ya casi nocturna, proyectaba su sombra sobre el suelo del bar. Se giró hacia su amigo.
—¿Sabes qué, Paco? He llegado a una conclusión. Tú dices que si dudo es un no. Y que el miedo también dice mucho. Pero te olvidas de una cosa fundamental.
—¿De qué, sabihondo?
—De que dudar también es humano. Y que si no dudara, si no tuviera miedo, no sería un hombre, sería un robot o un imbécil. Prefiero ser un hombre que duda que un imbécil que está seguro de todo. El miedo me dice que esto me importa. Y si me importa tanto como para hacerme dudar, es que quizá, solo quizá, vale la pena intentarlo.
Paco alzó su copa en un brindis silencioso.
—Vete ya, anda. Que te estás poniendo sentimental y me vas a estropear la cerveza. Pero si en una semana estás durmiendo en el sofá porque habéis discutido por el color de las toallas, no vengas aquí a llorar. O mejor dicho, ven, pero trae dinero, que la próxima ronda la pagas tú por no haberme hecho caso.
Javi salió del bar. El aire fresco de la noche le golpeó la cara, despejándole un poco la neblina del alcohol y de la retórica de Paco. Caminó hacia el coche, sintiendo todavía ese nudo en el estómago. ¿Era miedo? Sí. ¿Era duda? También.
Pero mientras arrancaba el motor, se dio cuenta de algo. Paco tenía razón en una cosa: el miedo dice mucho. Pero lo que no le había dicho es que el miedo no es un muro, es una brújula. Si algo te da miedo, es porque estás cerca de algo que puede cambiarte la vida. Y las cosas que no te dan miedo, las cosas seguras, suelen ser las que no te llevan a ninguna parte.
En el Bar Lolo, la vida seguía igual. Paco pidió una tapa de jamón, El Tiri seguía con su periódico y Manolo continuaba pasando la bayeta por la barra, borrando las huellas de una conversación que, como tantas otras, se perdería en el humo de la historia de barrio.
—¿Tú crees que lo hará, Manolo? —preguntó Paco, mirando hacia la puerta vacía.
Manolo se encogió de hombros.
—Dudará hasta el último momento. Y luego lo hará. Y luego se arrepentirá. Y luego se alegrará. Así es la vida, Paco. Los que no dudáis sois los que os perdéis lo mejor. Porque nunca sabéis lo que es el alivio de cuando la duda por fin se calla.
Paco asintió, masticando una aceituna.
—Si dudas, ya es un no —repitió para sí mismo, como un mantra que le protegía del mundo—. Pero qué aburrido es estar siempre en lo cierto, ¿verdad, Manolo?
El camarero no contestó. Se limitó a servir otra caña, porque en ese rincón del mundo, las únicas certezas que quedaban eran que la cerveza debía estar fría, la tortilla poco hecha y que, al final del día, todos necesitamos a alguien con quien discutir nuestras dudas, aunque no tengan solución.
La duda, al fin y al cabo, no era una señal de stop. Era simplemente el motor de la conversación más larga del mundo: la que mantenemos con nosotros mismos mientras esperamos a que alguien nos diga que, a pesar de todo, todo va a salir bien. O al menos, que no vamos a estar solos cuando salga mal.