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EL SANTO : SE REVELÓ EL ASQUEROSO SECRETO DETRAS DE SU MUERTE

EL SANTO : SE REVELÓ EL ASQUEROSO SECRETO DETRAS DE SU MUERTE

El ídolo más grande que ha tenido México se quitó la máscara en televisión nacional un viernes de enero de 1984. 7 días después estaba muerto y la versión oficial dice que fue su decisión. Es la mentira más asquerosa que se ha contado sobre él. Al santo lo tenían agarrado del cuello, le habían quitado el dinero, le habían quitado la casa y la última semana de su vida le dieron a elegir entre dos formas de morir.

Eligió la peor. Lo que nadie se atrevió a contar es quién le hizo eso, qué tenían guardado para hundirlo y por qué su hijo, 40 años después sigue sin poder hablar. Quédate hasta el final. Pero antes de llegar a esa noche del 26 de enero en el estudio 4 de Televisa Chapultepec, hay algo que tienes que entender, porque el hombre que se quitó la máscara delante de millones de personas no era el mismo que había entrado a esa misma cadena de televisión 50 años antes.

 Ya no era el dios enmascarado del cine mexicano. No era el héroe. un hombre de 66 años con el cuerpo molido, con problemas para subir las escaleras de su propia casa y con una deuda que no podía pagar. Para entender por qué subió a ese plató, hay que volver a una colonia obrera del centro de México. Hay que volver a tulancingo.

 Guarda esto en tu mente porque va a regresar al final un contrato firmado a 3 años de su muerte. Tulancingo, Hidalgo. Un de septiembre de 1917. Una casa de adobe, suelo de tierra apisonada, lámpara de petróleo encima de una mesa de madera sin pintar. En esa casa nació Rodolfo Guzmán Huerta, hijo de Ignacio Guzmán y de Josefina Huerta, quinto de siete hermanos.

En una época en que México todavía no había salido de la revolución, cuando los hombres de Tulancingo trabajaban en los telares o se iban a la capital con un costal hombro a buscar la vida, la familia Guzmán Huerta se fue a la ciudad de México a finales de los años 20. Se instalaron en la colonia Tepito, en una vecindad que ya no existe, en la calle de Tenochtitlan, cuartos pequeños, patio común, lavadero compartido y Rodolfo, que entonces tenía 11 o 12 años, empezó a te hacer lo que hacían todos los muchachos de Tepito en

aquellos años, pelear en la calle sin guantes contra otros muchachos del barrio, porque era la única manera de no ser víctima. A esa edad, en esa colonia, un muchacho aprende dos cosas. Una, que los hombres se imponen con los puños. Y dos, que el respeto no se pide, se gana o se pierde para siempre.

 Rodolfo aprendió las dos. Y aquí es donde empieza la primera mentira que la prensa contó toda su vida, la del muchacho humilde que llegó a ser ídolo limpio. Porque la verdad de aquellos años en Tepito es más sucia que el guion oficial. Rodolfo no llegó a la lucha libre por vocación. Llegó porque era la única manera de no terminar en la cárcel o muerto en una pelea callejera.

 En 1934, con 16 años empezó a entrenar en un gimnasio de la colonia Doctores y a los pocos meses ya estaba peleando profesional bajo nombres distintos. El hombre rojo, el demonio negro, el enmascarado. Cambió de personaje seis veces antes de encontrar el nombre que lo cambiaría todo. Fue en una pelea en la Arena México en 1942 cuando un promotor llamado Jesús Lomel sugirió la idea.

 Le dijo que necesitaba un personaje con peso moral, un personaje al que el público pudiera ver como un héroe, algo que sonara a justicia. divina. Y Rodolfo, después de pensarlo, eligió un nombre que sonaba a algo más grande que él. El santo, tenía 25 años, una máscara plateada que le había mandado a hacer un artesano de la lagunilla, un traje plateado, botas plateadas y una idea que en aquel momento parecía una locura.

 No quitarse nunca la máscara, ni en la calle, ni en su casa, ni delante de su esposa, ni delante de sus hijos, nunca. Esa decisión tomada a los 25 años fue la que lo convirtió en leyenda y fue la misma que 42 años después le iba a costar la vida porque la máscara no era un accesorio, era un contrato silencioso con el público mexicano.

 Y romper ese contrato tenía un precio que él, ya viejo, no calculó. Los primeros años fueron de su vida lenta. El santo peleaba en arenas pequeñas, cobraba poco. Su esposa, María de los Ángeles Rodríguez, lo había conocido antes de la máscara. Era una de las pocas personas que sabía su cara. Tuvieron 10 hijos, cinco varones, cinco mujeres.

 Y durante años, el santo entraba a su propia casa con la máscara puesta porque los niños eran muy chicos y él no quería que se enteraran. cenaba con máscara, veía la televisión con máscara, se quitaba la máscara solo en el baño, con la puerta cerrada o ya en la cama con la luz apagada. Imagina lo que es eso.

 Un padre que sus propios hijos no conocen la cara. Una mujer que solo ve a su marido sin máscara en la oscuridad. Una casa donde la cara real del hombre que la mantiene es un secreto que se guarda hasta de los hijos. Esa fue la vida del santo durante 40 años y por mucho tiempo no fue un sacrificio, fue un negocio, porque la máscara, además de ser identidad, era contrato.

 Cada película que filmó, cada cinturón que ganó, cada lonchera de plástico que se vendió en los puestos del mercado, cada figurita de cartón, cada cómic, cada función de circo, todo dependía de que esa máscara no se quitara nunca. Y aquí entra el primer hilo del problema, porque el santo nunca fue dueño completo de su propio nombre y eso en 1981 le iba a costar todo.

 Vamos al cine porque eso es lo que muy poca gente sabe del santo. Hizo 52 películas entre 1958 y 1982. 52. Una cifra que ni los actores mexicanos más prolíficos de Hollywood alcanzaron. Películas con monstruos, películas con vampiros, películas con momias, películas con mujeres lobo, películas filmadas en 15 días con presupuestos miserables, con doblajes apurados, con escenas grabadas en cuevas reales de Hidalgo para no pagar la escenografía.

 Y en cada una de esas películas, el santo ganaba un sueldo fijo, no porcentaje, no regalías, sueldo. El productor era el que se quedaba con los derechos de la imagen. El productor era el que vendía la película a Estados Unidos, a Argentina, a Venezuela, a España. El productor era el que cobraba cuando la película pasaba en televisión 5 años después.

 El santo, ¿no? Cuando un fan le pedía un autógrafo y le decía, “Señor santo, gracias por tantas películas”, el santo sonreía debajo de la máscara y firmaba. Pero por dentro sabía que esas películas no eran suyas, eran de otros, y que él después de filmarlas no veía un peso más. Y aquí es donde aparece por primera vez el nombre del hombre que iba a destruirlo.

No es el hombre que esperas. Pero te aviso una cosa, cuando sepas quién fue, vas a entender por qué la familia legítima del Santo lleva 40 años callando. A finales de los años 70, el santo ya tenía 60 años. El cuerpo le pesaba. Las funciones de lucha libre eran cada vez más cortas. Las películas habían dejado de funcionar en taquilla.

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