El sol de justicia de las cuatro de la tarde rebotaba contra el toldo mugriento del Bar Lolo, un establecimiento que presumía de tener el suelo más pegajoso de todo el barrio de Prosperidad y las servilletas de papel más inútiles de la historia de la celulosa. Esas servilletas que, en lugar de limpiar, esparcían la grasa de los torreznos con una eficiencia casi artística. Javi, con la parsimonia de quien no tiene prisa por enfrentarse a la vida adulta, observaba las burbujas de su caña subir hacia la superficie con una intensidad casi religiosa. Frente a él, Nacho sudaba la gota gorda, no solo por los treinta y cinco grados a la sombra, sino por el esfuerzo titánico que estaba haciendo para convencer a su amigo de que su vida había dado un giro de ciento ochenta grados.
— Que te digo que ya no es la misma, Javi. Es otra persona. De verdad. El otro día, sin ir más lejos, se levantó a las seis de la mañana para hacer yoga. ¡A las seis! ¡Elena! Que antes, si le hablabas antes de las diez, te lanzaba un cenicero a la cabeza o te pedía el divorcio por vía de apremio.
Javi levantó la mirada lentamente, dejando que un silencio dramático flotara entre ambos, solo interrumpido por el sonido de la máquina tragaperras al fondo, que soltaba su cantinela de “¡Premio Especial!” con la misma falsedad que las promesas de un político en campaña.
— Nacho, por favor. No me hagas hablar. Que nos conocemos desde que hacíamos botellón en el parque del Retiro y aún llevabas aparato. A las seis de la mañana no se levanta nadie por placer a menos que trabaje en el mercado de abastos o tenga un brote psicótico.
— No es un brote, es evolución —insistió Nacho, dando un manotazo a la mesa que hizo bailar el plato de aceitunas—. La gente evoluciona, tío. Se da cuenta de que la vida no es solo salir de cañas y quejarse del jefe. Ella ha leído ese libro, el del monje que vendió su Ferrari, y se lo ha tomado a pecho. Ahora desayuna gachas de avena que parecen cemento armado y dice que se siente “conectada con su centro energético”.
Javi soltó una carcajada que resonó en todo el bar, haciendo que Lolo, el dueño, levantara la vista del periódico con un gesto de desaprobación. Javi se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa de aluminio frío, y clavó sus ojos en los de su amigo con la severidad de un juez de la Audiencia Nacional.
— Escúchame bien lo que te voy a decir, porque esto es una verdad universal, como que la tortilla de patatas lleva cebolla o que el AVE siempre llega tarde: Tu pareja no cambia, Nacho. Solo actúa.
Nacho se quedó petrificado, con una aceituna a medio camino de la boca.
— ¿Cómo que actúa? ¿Me estás diciendo que Elena lleva tres meses fingiendo que le gusta el yoga y la avena solo por fastidiarme?
— No por fastidiarte, alma de cántaro. Por conveniencia —sentenció Javi, dándole un sorbo largo a su cerveza—. Es una “performance” de larga duración. Como esas obras de teatro alternativo que duran seis horas y no entiendes nada, pero aplaudes al final por no parecer un paleto. Elena no ha cambiado su esencia. Elena sigue siendo la misma tía que se zampaba un kebab mixto con extra de salsa picante a las cuatro de la mañana después de cerrar el Fabrik. Lo que pasa es que ahora, por la razón que sea —probablemente porque ha visto un documental en Netflix o porque su prima la de Albacete se ha puesto fit—, ha decidido que le conviene ser “Elena la Mística”. Y tú, como eres un romántico de manual, te lo has tragado con patatas.
— Eres un cínico, Javi. Un cínico de los de antes, de los que ya no quedan. ¿Me estás diciendo que no crees en el crecimiento personal? ¿En que uno puede ver la luz y decidir ser mejor?
— Yo creo en la gravedad, en la ley de la oferta y la demanda, y en que si dejas un cartón de leche fuera de la nevera en agosto, se convierte en queso en media hora. Eso son hechos. Lo de Elena es… escenografía. Es el “método Stanislavski” aplicado a la convivencia en un piso de sesenta metros cuadrados. La gente no cambia el motor del coche, Nacho; como mucho, le dan una capa de pintura metalizada y le ponen un ambientador de pino nuevo para que parezca otro. Pero por dentro, el embrague sigue rascando igual.
Nacho suspiró, frotándose la cara con las manos. Conocía a Javi lo suficiente como para saber que, cuando se ponía en plan filósofo de barra de bar, era más difícil de mover que un piano de cola. Pero algo dentro de él se negaba a aceptar esa visión tan sombría de la naturaleza humana.
— Pero es que la veo convencida, tío. Se ha comprado una esterilla de color lila y una aplicación que le dice cuándo tiene que respirar. ¡Incluso me ha pedido que meditemos juntos!
— ¡Peligro! —Javi levantó un dedo índice en señal de advertencia—. Ahí es donde empieza el drama. La fase de proselitismo. Cuando el actor no solo quiere que te creas su papel, sino que quiere que tú también te disfraces y salgas a escena. No te engañes, Nacho. ¿La gente cambia de verdad? Ni de coña. Solo se adaptan al medio para sobrevivir o para conseguir algo. Es darwinismo social puro y duro, pero con leggings de marca.
El ambiente en el bar se volvió más denso. Un grupo de obreros entró en tromba, pidiendo bocadillos de calamares y botes de cerveza, rompiendo la burbuja de la conversación. Javi esperó a que el ruido bajara un poco, deleitándose con la cara de desconcierto de su amigo. Para él, Nacho era el ejemplo perfecto del optimista antropológico, ese tipo de persona que cree que si plantas un palo de escoba en el jardín y le hablas con cariño, acabará dando limones.
— Mira —continuó Javi, bajando la voz como si estuviera revelando un secreto de Estado—. ¿Te acuerdas de mi ex, Marta? La que decía que se había vuelto “ecofriendly” y que no podíamos tener plásticos en casa?
— Sí, la que te obligó a llevar una bolsa de tela a todos lados que ponía “I love the Planet”.
— Esa misma. Pues durante seis meses vivimos en un santuario de bambú y cristal reciclado. Yo no podía ni comprarme una bolsa de patatas fritas sin sentirme un criminal de guerra. ¿Y qué pasó cuando lo dejamos? A la semana me la encontré en el súper comprando tres packs de vasos de plástico, platos de usar y tirar y pajitas de las que matan tortugas solo por el placer de no fregar. ¿Cambió? No. Actuó mientras le convino para quedar bien en Instagram y para darme la tabarra a mí. En cuanto se quitó el público de encima, volvió a ser la misma cómoda de siempre que odia lavar los platos.
Nacho se quedó pensativo, mirando al vacío. Empezaba a ver las grietas en el muro de su optimismo, pero se resistía a caer en el foso de la desesperanza.
— No todas las personas son como Marta, Javi. Hay gente que toca fondo y decide que no quiere seguir así. La gente evoluciona porque el dolor de seguir siendo el mismo es mayor que el miedo a cambiar.
— Bonita frase. ¿De qué azucarillo la has sacado? —Javi sonrió con malicia—. Escucha, que la gente “evolucione” es el mayor mito del siglo XXI, justo después de lo de que el desayuno es la comida más importante del día. Lo que tú llamas evolución es simplemente el agotamiento de una etapa o el inicio de un interés nuevo. Pero la esencia… el “software” básico, ese que viene instalado de fábrica y que te hace ser un impuntual crónico o un tacaño redomado, ese no se desinstala ni formateando el disco duro.
— ¿Entonces qué? ¿Estamos condenados a ser siempre los mismos imbéciles?
— Exacto. Solo que con los años nos volvemos unos imbéciles más sofisticados. Aprendemos a camuflarnos. Es como el camaleón, Nacho. El camaleón no cambia de color porque se sienta artista, cambia porque no quiere que se lo coma un pájaro. Elena no hace yoga porque haya encontrado la paz interior; hace yoga porque en su entorno ahora lo que se lleva es ser espiritual, y ella no quiere ser la única que sigue comiendo torreznos mientras sus amigas hablan de los chakras. Es pura supervivencia social.
Lolo pasó por su lado con una bayeta que había visto tiempos mejores y les dejó otra ronda sin que la pidieran. En el Bar Lolo, el servicio era telepático o, simplemente, Lolo sabía que aquellos dos iban para largo.
— Piénsalo, Nacho. Solo cuando le conviene. Esa es la clave de todo. Si mañana se pusiera de moda volver a fumar en los aviones y comer panceta para desayunar, Elena sería la primera en quemar la esterilla lila y pedirse un Marlboro. Y tú estarías ahí, flipando de nuevo, diciendo: “¡Cómo ha evolucionado! ¡Ahora es una rebelde retro!”.
Nacho agarró el botellín con fuerza, sintiendo el frío en la palma de la mano. La sombra de la duda ya no era una sombra, era un nubarrón negro sobre su cabeza.
— Me estás destrozando la tarde, ¿lo sabes, no?
— Te estoy salvando de la próxima decepción, que es muy distinto. Bebe, anda, que se calienta. Y prepárate, porque ahora viene la segunda parte de mi tesis: Por qué esa supuesta “evolución” de Elena te va a acabar costando el dinero, la paciencia o ambas cosas.
Parte 2: La arqueología de los fracasos pasados
Nacho dio un trago largo a su cerveza, intentando digerir la bilis intelectual que Javi acababa de escupir sobre la mesa. Le molestaba la seguridad con la que su amigo hablaba, esa especie de autoridad moral que se autoconcedía por el simple hecho de haber tenido tres relaciones desastrosas y haber leído un par de libros de Schopenhauer mal subrayados.
— Eres un exagerado, tío —dijo Nacho, limpiándose la espuma del labio—. No puedes comparar lo de Marta con Elena. Elena tiene… no sé, tiene otra profundidad. Además, no es solo el yoga. Ha dejado de quejarse de su madre. ¿Sabes lo que es eso? ¡Tres meses sin oír un reproche sobre doña Virtudes! Eso no es actuación, eso es un milagro de la Virgen de Fátima por lo menos.
Javi puso los ojos en blanco, como si estuviera escuchando a un niño de cinco años explicar cómo funciona el sistema de pensiones.
— No ha dejado de quejarse de su madre, Nacho. Ha cambiado la táctica. Ahora “gestiona su energía” con respecto a ella. Es lo mismo, pero con otro envoltorio. Seguramente ahora, en lugar de decir “mi madre es una pesada”, dice “mi madre tiene un campo vibratorio que no resuena con mi momento actual”. Es el mismo veneno, pero con etiqueta de zumo de chía. No te engañes, la guerra sigue ahí, solo que han firmado un armisticio temporal porque ella está ocupada con su nueva identidad de “ser de luz”.
Javi se recostó en la silla, que emitió un crujido de protesta.
— Pero hablemos de la “evolución”, ya que tanto te gusta esa palabra. Vamos a hacer arqueología, Nacho. Vamos a excavar en el pasado, como en Atapuerca, pero con menos huesos y más ridículo. ¿Te acuerdas de 2022? La fase de la “Gluten-Free Elena”.
Nacho palideció. Se acordaba perfectamente. Había sido un año de buscar pan de molde que sabía a cartón piedra por todo Madrid y de cenar pizzas cuya masa parecía hecha de serrín prensado.
— Eso fue por una intolerancia —balbuceó Nacho—. Se encontraba mal.
— ¡Mentira! —gritó Javi, señalándolo con un palillo—. Se encontraba perfectamente. Lo que pasaba es que su jefa de entonces, la tal Begoña, se había vuelto celíaca de repente y Elena, en un alarde de mimetismo profesional, decidió que el gluten era el demonio encarnado. ¿Qué pasó cuando despidieron a Begoña? Que a los tres días Elena se estaba metiendo entre pecho y espalda un bocata de panceta en este mismo bar, delante de mis propios ojos, Nacho. ¡Delante de mis ojos! No hubo transición, no hubo “reintroducción gradual del trigo”. Fue un “¡viva el pan!” en toda regla.
Nacho bajó la mirada a sus aceitunas. El argumento de Javi tenía el peso de una losa de hormigón.
— Bueno, todos tenemos fases… —intentó defenderse.
— No son fases, Nacho. Son campañas de marketing personal. La gente no evoluciona, se “rebrandea”. Como cuando el Santander cambió el logo o cuando una empresa de petróleos dice que ahora son “verdes” porque han puesto tres molinos de viento en una foto. Elena es una experta en marketing emocional. Se adapta a lo que cree que le va a dar más beneficios en cada momento. Ahora le conviene ser zen porque, admítelo, su grupo de amigas de ahora son todas unas “intensas” que hacen retiros espirituales en la sierra de Gredos y toman infusiones de jengibre.
— Mis amigas no son intensas… —protestó Nacho, aunque sin mucha convicción.
— Son tan intensas que, si las dejas solas en una habitación con una vela, acaban levitando. Y Elena, que es más lista que el hambre, sabe que para encajar y para que tú no le des problemas, tiene que adoptar esa fachada. Pero espera a que llegue un conflicto de verdad. Espera a que se le pinche una rueda en la autopista o a que le den mal la cuenta en el restaurante. Ahí verás cómo el “namasté” se va por el desagüe y sale la Elena de siempre, la que tiene el carácter de un general de la Legión un lunes por la mañana.
Javi se detuvo para observar la reacción de su amigo. Nacho estaba en esa fase peligrosa de la duda donde uno empieza a repasar mentalmente cada conversación de los últimos meses, buscando pruebas del engaño.
— Es que me duele pensar que nada es real —dijo Nacho con un hilo de voz—. Si la gente no cambia, ¿qué sentido tiene intentarlo? ¿Para qué nos esforzamos en ser mejores parejas, mejores amigos, mejores personas?
— ¡Ahí está el error! —exclamó Javi, golpeando la mesa de nuevo—. El error es creer que el objetivo es ser “mejor”. El objetivo es ser funcional. Nos adaptamos para que la vida sea más fácil, no para ser santos. Yo, por ejemplo, cuando estoy con mi madre, actúo. No soy el mismo Javi que está aquí contigo diciendo tacos y bebiendo cerveza como si no hubiera un mañana. Con ella soy el “hijo responsable” que sabe qué es el Euríbor y que se come las lentejas sin rechistar. ¿He evolucionado? No. Me he adaptado al entorno para evitar que me dé la chapa durante tres horas sobre mi futuro. Es supervivencia, Nacho. Pura y dura.
— Pero eso es fingir, Javi. Eso es vivir una mentira.
— No, eso es educación y pragmatismo. La honestidad absoluta es el camino más corto hacia la soledad extrema. Si todos fuéramos nosotros mismos al cien por cien todo el tiempo, el mundo estallaría en pedazos en diez minutos. El “cambio” que tú ves en Elena es su forma de negociar con el mundo. Ella te ofrece una versión “zen” porque sabe que así tú estás más tranquilo, que hay menos broncas y que, probablemente, tú también te esfuerzas más en casa para no romper su “paz interior”. Es un trato, Nacho. Un contrato no escrito. Pero no me digas que ha cambiado de verdad, porque me entra la risa floja.
Nacho se quedó callado, observando a una pareja que acababa de entrar en el bar. Parecían felices, cogidos de la mano, riéndose de alguna tontería. Se preguntó cuánta “actuación” habría en ellos. ¿Él también estaría actuando sin darse cuenta?
— ¿Y yo? —preguntó Nacho—. ¿Tú crees que yo no he cambiado? Desde que estoy con ella bebo menos, voy más al cine, ya no juego tanto a la consola…
Javi lo miró con una mezcla de lástima y afecto.
— Nacho, tío… Tú no has cambiado. Tú estás en “modo ahorro de energía”. Has cedido terreno para que la convivencia sea viable. Has aparcado la Play porque ella te ponía caras de perro cada vez que encendías el mando, no porque de repente te interese más el cine iraní en versión original. El día que ella no esté, o el día que te canses de fingir, volverás a pasarte los domingos en calzoncillos jugando al FIFA y comiendo pizza fría. Y lo sabes. Lo sabes perfectamente.
Nacho soltó un suspiro derrotado. Se sentía como si le hubieran quitado el envoltorio a un regalo y dentro solo hubiera un calcetín desparejado.
— Es una visión muy triste de la vida, Javi. Muy deprimente.
— Al revés, hombre. Es liberadora. Si aceptas que la gente no cambia, dejas de esperar milagros. Dejas de frustrarte porque tu pareja vuelve a cometer el mismo error por decimoquinta vez. Simplemente lo aceptas como parte del “pack”. Elena es la que es. Tiene sus cosas buenas y sus neurosis de siempre. Ahora están escondidas bajo una capa de incienso y frases de Paulo Coelho, pero están ahí. Y si tú lo sabes, puedes disfrutar de la “performance” sin llevarte sorpresas cuando caiga el telón.
Lolo volvió a aparecer, esta vez con un plato de patatas bravas que humeaban.
— Invitación de la casa, que os veo muy intensos y os va a dar un parraque con este calor —dijo el camarero con su habitual voz de cazalla.
Javi pinchó una patata con una agilidad sorprendente.
— ¿Ves a Lolo? Lolo lleva treinta años diciendo que va a dejar de fumar y que va a reformar el bar. ¿Ha cambiado? No. Sigue fumando a escondidas en el almacén y el bar sigue teniendo el mismo cuadro del perro jugando al póker que tenía en 1992. Pero Lolo actúa. Cuando viene el inspector de sanidad, limpia el mostrador. Cuando vienes tú, te pone bravas para que no te vayas. Es la conveniencia, Nacho. Es el motor que mueve España.
Nacho cogió el tenedor, dubitativo. La teoría de Javi empezaba a tener sentido, una lógica perversa que explicaba muchas cosas de su propia vida que antes le resultaban confusas. Pero aún le quedaba una duda, la más importante de todas.
— Vale, aceptamos barco —dijo Nacho—. La gente solo cambia por conveniencia. Pero, ¿y si esa conveniencia dura para siempre? ¿Y si alguien actúa tan bien y durante tanto tiempo que al final se convierte en el personaje? ¿No cuenta eso como cambio?
Javi masticó la patata con parsimonia, saboreando el momento. Sabía que Nacho le estaba tendiendo una trampa lógica, pero él ya tenía la respuesta preparada.
— Esa, amigo mío, es la gran pregunta. Y la respuesta te va a gustar aún menos.
Parte 3: La teoría del camaleón y la mirada del espectador
Javi se limpió las comisuras de los labios con una de esas servilletas que no servían para nada y miró a Nacho con una sonrisa ladeada. La pregunta de su amigo era buena, de hecho, era la pregunta que mantenía unida a la sociedad occidental: ¿se puede fingir hasta que la máscara se pegue a la piel?
— Mira, Nacho —empezó Javi, adoptando un tono de profesor de universidad que acaba de descubrir que su alumno ha plagiado la tesis—. Lo que tú sugieres es el “Efecto Pinocchio”. La idea de que, si actúas lo suficiente, al final te conviertes en un niño de verdad. Pero la realidad es mucho más aburrida y mucho más cruel. Nadie actúa “para siempre” porque actuar cansa. Agota el alma, tío. Es como mantener los abdominales apretados durante toda una boda: al principio pareces un figurín, pero a la hora de las copas ya no puedes más y sueltas la barriga porque, si no, te da un síncope.
Javi hizo un gesto circular con la mano, señalando a los parroquianos del bar.
— ¿Ves a ese señor de la esquina? El que lleva el periódico y lee con gafas de cerca. Se llama Don Aurelio. Lleva cuarenta años casado con doña Paquita. Si le preguntas a ella, te dirá que Aurelio “cambió” cuando nació su primer hijo, que se volvió un hombre de casa, responsable y serio. Pero si te sientas aquí con él después de tres orujos, Aurelio te confiesa que sigue siendo el mismo bala que quería irse a vivir a Ibiza a montar un chiringuito, solo que ha estado interpretando el papel de “padre de familia ejemplar” porque le convenía la estabilidad, la comida caliente y no acabar durmiendo en un banco. ¿Ha cambiado Aurelio? No. Aurelio ha hecho una carrera digna del Oscar, pero en cuanto Paquita se va al pueblo a ver a su hermana, Aurelio se pone los discos de los Rolling y se toma el whisky a escondidas. La esencia está ahí, intacta, esperando el menor descuido del público para salir a saludar.
Nacho se quedó mirando a Don Aurelio, que en ese momento se estaba sacando un moco con una discreción más que cuestionable. La imagen de un rebelde oculto bajo una chaqueta de punto de El Corte Inglés le resultó extrañamente triste.
— Entonces, según tú —replicó Nacho—, vivir en pareja es simplemente un teatro mutuo donde cada uno espera que el otro no se dé cuenta de que el decorado es de cartón.
— ¡Bingo! —exclamó Javi—. Es un pacto de no agresión basado en la suspensión de la incredulidad. Yo hago como que me creo que eres una mística del yoga, y tú haces como que te crees que yo soy un tío maduro que prefiere ver documentales de la 2 antes que jugar al Call of Duty. Mientras los dos mantengamos la función, la obra sigue. El problema viene cuando uno se relaja. Cuando a Elena se le olvida la “paz interior” y te grita porque te has dejado los calcetines en el pasillo con la misma mala leche que te gritaba hace tres años. Ahí es donde te das cuenta de que no hubo evolución, solo una tregua narrativa.
— Pero joder, Javi, hay gente que va a terapia, que hace introspección, que se esfuerza… ¡La psicología existe por algo!
— La psicología existe para darnos herramientas para actuar mejor, no para cambiarnos el ADN emocional. Un terapeuta no te cambia; te enseña a manejar tus taras para que no destruyas todo a tu paso. Es como un profesor de autoescuela: te enseña a conducir, pero no puede evitar que seas un cafre al volante por naturaleza; solo te enseña a frenar a tiempo para que no te quiten los puntos.
Nacho negó con la cabeza, resistiéndose a la oscuridad del discurso.
— No puedo aceptarlo. Si fuera así, nadie mejoraría nunca. El alcohólico que deja de beber, ¿qué? ¿Solo actúa?
Javi se puso serio por primera vez en toda la tarde.
— El alcohólico que deja de beber es un alcohólico que no bebe. Su esencia, su lucha, su pulsión… eso sigue ahí. Lo que ha cambiado es su conducta por una cuestión de supervivencia pura: si sigue bebiendo, se muere o se queda solo. Le conviene no beber. Pero pregúntale si ha dejado de ser la persona que encuentra refugio en la botella. No ha cambiado lo que es, ha cambiado lo que hace. Y esa distinción es vital, Nacho. La conducta es el síntoma, pero la esencia es la enfermedad. O la virtud, según se mire.
En ese momento, el teléfono de Nacho vibró sobre la mesa. Era un mensaje de WhatsApp. Nacho lo leyó y una sonrisa involuntaria apareció en su rostro.
— Es Elena —dijo, mostrándole la pantalla a Javi—. Dice que ha comprado entradas para un taller de cuencos tibetanos este sábado. Dice que “nuestras almas necesitan esa limpieza”.
Javi soltó una carcajada tan estridente que un perro que dormitaba a la entrada del bar se levantó sobresaltado.
— ¡Ahí lo tienes! ¡La prueba del delito! “Limpieza de almas”. Nacho, por el amor de Dios, esa mujer te está vendiendo una moto sin ruedas y tú estás preguntando qué tipo de casco te tienes que poner. ¿Sabes por qué ha comprado esas entradas?
— Porque quiere compartir algo espiritual conmigo —dijo Nacho, aunque esta vez su voz sonaba a defensa desesperada de un abogado que sabe que su cliente ha sido grabado cometiendo el crimen.
— ¡No! —sentenció Javi—. Ha comprado esas entradas porque el sábado hay fútbol. El derbi, Nacho. El derbi que llevas esperando un mes. Ella sabe que, si te propone ir al fútbol, ella queda como la “novia tradicional” que odia, y si te deja ir solo, pierde el control de la tarde. Pero si te propone un “taller de cuencos”, tú no puedes decir que no sin parecer un troglodita insensible que desprecia la evolución espiritual de su pareja. Es una jugada maestra de conveniencia táctica. Te ha hecho un jaque mate con un cuenco de metal, tío.
Nacho se quedó mudo. No se había acordado del derbi. Suspiró profundamente, sintiendo cómo el peso de la realidad —o de la versión de la realidad de Javi— se asentaba sobre sus hombros.
— ¿Tú crees? —preguntó Nacho, casi con miedo.
— Lo sé. Piénsalo: ¿cuándo fue la última vez que Elena tuvo una iniciativa “espiritual” que no coincidiera con algo que a ti te gustaba hacer por tu cuenta? La “evolución” siempre tiene una agenda oculta, Nacho. Siempre. La gente cambia cuando el beneficio de cambiar es mayor que el esfuerzo de seguir igual. Y en este momento, a Elena le conviene tenerte “bajo control místico” más que dejarte libre con tus amigos gritándole a una pantalla.
Nacho se recostó, mirando al techo desconchado del Bar Lolo. Empezaba a sentirse como un personaje de una película de espías donde todo el mundo miente y nadie es quien dice ser.
— Entonces, ¿qué hago? ¿Le digo que sé que está actuando? ¿Le digo que se meta los cuencos por donde le quepan?
— ¡No, hombre, no seas animal! —Javi le dio una palmadita en el hombro—. Esa es la belleza del sistema. Tú sigues actuando también. Vas al taller, pones cara de estar conectando con el cosmos y luego, cuando salgas, le dices que te sientes tan “limpio” que necesitas celebrarlo con una cena de las de antes. Actúa tú también, Nacho. Si ella es una actriz de método, tú sé un actor de reparto digno. Al final, la felicidad en pareja no es encontrar a alguien que cambie por ti, sino encontrar a alguien cuyas mentiras te resulten cómodas y cuya actuación no te chirríe demasiado.
Lolo pasó de nuevo, barriendo unas servilletas del suelo.
— ¿Otra ronda, filósofos? —preguntó con una mueca que pretendía ser una sonrisa.
— Otra —dijo Javi—. Que a mi amigo se le ha caído el alma al suelo y hay que regarla un poco a ver si florece, aunque sea de plástico.
Nacho no respondió. Estaba procesando la idea de que su relación era una obra de teatro permanente. Pero justo cuando estaba a punto de rendirse al cinismo de Javi, ocurrió algo que no estaba en el guion.
Parte 4: El clímax del absurdo y la verdad desnuda
La tarde avanzaba y la luz del sol empezaba a retirarse, dejando paso a ese tono anaranjado que en Madrid siempre parece venir acompañado de un poco más de contaminación y mucho más ruido de tráfico. El Bar Lolo se estaba llenando de la fauna habitual del “after-work” castizo: administrativos cansados, jubilados con ganas de conversación y algún que otro joven perdido que buscaba una autenticidad que el bar ofrecía a raudales, principalmente en forma de mugre histórica.
Nacho estaba en silencio, dándole vueltas a la etiqueta del tercer botellín. Las palabras de Javi habían calado hondo, como una humedad que empieza en el sótano y acaba pudriendo las vigas del ático. “Solo actúa”. La frase le martilleaba las sienes.
— Sabes qué es lo peor, Javi —dijo Nacho de repente, con una voz extrañamente lúcida—. Que incluso si tienes razón, preferiría que me mintieras. Preferiría creer que Elena es capaz de cambiar porque eso significa que yo también puedo. Si acepto tu teoría, acepto que estoy estancado. Que soy este tío mediocre que bebe cerveza un martes y que no tiene más horizonte que esperar al fin de semana.
Javi suspiró, dejando por un momento de lado su máscara de cínico profesional. Miró a su amigo y vio la vulnerabilidad en sus ojos.
— Mira, Nacho… No te lo digo por joder. Te lo digo porque la decepción duele más cuando te pilla desprevenido. Pero si quieres una prueba final, si quieres ver si la gente cambia de verdad o solo actúa por conveniencia, no tienes más que mirar lo que va a pasar ahora mismo.
— ¿A qué te refieres?
Javi señaló con la cabeza hacia la puerta del bar.
— Acaba de entrar Ricardo “el Cuñao”.
Nacho se giró. Ricardo era un antiguo compañero de universidad de ambos, un tipo que durante años fue el epítome de la arrogancia, el dinero fácil y las opiniones no solicitadas sobre todo, desde la macroeconomía hasta cómo cocinar un huevo frito. Ricardo había desaparecido del mapa un par de años tras un divorcio traumático y una quiebra de su empresa de criptomonedas. Los rumores decían que se había “reformado”, que vivía en una comuna en el Pirineo y que ahora era un hombre de paz.
Ricardo se acercó a la mesa. Vestía una túnica de lino blanco que le quedaba fatal y llevaba el pelo recogido en un moño que gritaba “crisis de los cuarenta” a los cuatro vientos.
— ¡Hermanos! —exclamó Ricardo, extendiendo los brazos como si fuera a bendecirlos—. Qué alegría veros vibrando en esta frecuencia.
Javi le lanzó a Nacho una mirada de “te lo dije”.
— Hola, Ricardo —dijo Javi con neutralidad—. Veo que has cambiado el traje de Armani por el de Jesucristo Superestrella.
Ricardo se sentó sin que nadie le invitara y puso sobre la mesa un colgante de madera tallada.
— El dinero es energía estancada, Javi. La ropa es una cárcel para el espíritu. He dejado atrás el mundo material. Ahora soy consultor de bienestar emocional y sanador de traumas ancestrales. La gente cambia, chicos. Yo soy la prueba viva. He evolucionado.
Nacho miró a Ricardo con una mezcla de esperanza y sospecha. ¿Sería posible? ¿Sería Ricardo el contraejemplo que destruiría la teoría de Javi?
— ¿De verdad, Ricardo? —preguntó Nacho—. ¿Ya no te importa el éxito, ni los coches, ni ser el centro de atención?
— Para nada, Nacho. Mi ego ha muerto. Ahora solo busco la paz y ayudar a los demás a encontrar su camino. De hecho… —Ricardo bajó la voz y se acercó a ellos—. Estoy organizando un retiro de “Desconexión Total” en la sierra. Solo diez personas. Tres mil euros el fin de semana, pero es una inversión en vuestra alma. El alma no tiene precio, ¿verdad?
Javi soltó una carcajada tan seca que pareció un disparo.
— Ahí lo tienes, Nacho. La evolución. De estafador de criptomonedas a estafador de almas. El mismo perro con distinto collar. ¿Ves algún cambio? Yo veo la misma ambición, el mismo narcisismo y las mismas ganas de quitarle el dinero a los incautos, solo que ahora usa palabras como “vibración” en lugar de “blockchain”.
Ricardo se puso rojo, pero no de vergüenza, sino de esa furia contenida de quien ha sido pillado con las manos en la masa.
— No entiendes nada, Javi. Eres un ser de baja frecuencia. Estás atrapado en la matriz.
— Y tú estás atrapado en el impago de la hipoteca, Ricardo —replicó Javi sin despeinarse—. No actúes conmigo, que nos conocemos desde que le robabas los yogures a tu compañero de piso. No has cambiado ni un ápice. Solo te has adaptado al mercado: como las criptos ya no dan pasta, ahora vendes humo espiritual. Es pura conveniencia.
Ricardo se levantó indignado, recogió su colgante y se marchó soltando bendiciones que sonaban a insultos encubiertos.
Nacho se quedó hundido en la silla. El espectáculo de Ricardo había sido el último clavo en el ataúd de su fe en la humanidad.
— Tenías razón —susurró Nacho—. Todo es una pantomima.
— No te lo tomes así, tío —dijo Javi, pidiendo la cuenta con un gesto de la mano—. Que la gente no cambie no significa que la vida sea mala. Significa que la vida es predecible, y en la predictibilidad hay un cierto consuelo. Sabes a qué atenerte. Sabes que Elena te quiere, a su manera, incluso cuando actúa. Sabes que yo soy un capullo, pero soy tu amigo y siempre te diré la verdad. Y sabes que Lolo nos va a cobrar de más en la cuenta porque sabe que estamos medio borrachos y no vamos a revisar los precios.
Lolo llegó con el ticket. Nacho lo miró de reojo.
— Oye, Lolo —dijo Nacho—, aquí hay tres raciones de bravas y solo nos hemos comido una.
Lolo se encogió de hombros con una naturalidad pasmosa.
— ¡Ah, perdona! Es que mi “yo cuántico” pensaba que ibais a pedir más. Ahora mismo lo arreglo.
Javi y Nacho se miraron. Por primera vez en la tarde, ambos se rieron a carcajadas.
— ¿Lo ves? —dijo Javi, dándole un último trago a su cerveza—. Hasta Lolo usa la metafísica cuando le conviene.
Salieron del bar a la calle, donde el aire empezaba a refrescar. Nacho sacó su teléfono y escribió un mensaje a Elena: “Vale, vamos al taller de cuencos. Pero después quiero cenar una hamburguesa con extra de queso y bacon. Mi alma necesita grasa animal para equilibrarse”.
A los pocos segundos, llegó la respuesta: “¡Perfecto! Yo también estaba pensando en la hamburguesa. El yoga me abre el apetito de una forma muy poco espiritual”.
Nacho le enseñó el mensaje a Javi.
— ¿Ves? —dijo Nacho con una sonrisa triunfal—. ¡Ha admitido lo de la hamburguesa! ¡La máscara se ha caído!
Javi se encogió de hombros mientras caminaban hacia el metro.
— No se ha caído, Nacho. Simplemente ha cambiado de acto. Ahora la obra se llama “Pareja cómplice que se salta la dieta”. Disfruta de la función, que las entradas han sido caras.
Caminaron en silencio un rato, dos amigos en una ciudad que nunca cambiaba, solo se disfrazaba de algo nuevo cada mañana para convencerse de que el tiempo no pasaba en balde. Al final, Javi tenía razón: la gente no evoluciona, solo aprende a interpretar mejores papeles. Pero mientras la obra fuera entretenida y los actores se quisieran un poco, ¿a quién le importaba realmente la verdad?
— Javi —dijo Nacho antes de bajar al metro.
— Dime.
— El sábado, después de la hamburguesa… ¿te apetece venir a casa a jugar a la Play? Elena dice que se va a ir a dormir pronto porque tiene “mucha paz acumulada”.
Javi sonrió, una sonrisa de verdad, sin rastro de cinismo.
— Cuenta con ello. Pero yo llevo las cervezas, que en tu casa seguro que solo hay té de kombucha.
— Hecho.
Se despidieron con un medio abrazo, ese gesto tan español que mezcla afecto y distancia a partes iguales. Cada uno se fue por su lado, aceptando que, en el gran teatro del mundo, lo más importante no es ser auténtico, sino saber cuándo bajar el telón para poder ser, al menos por un rato, el mismo idiota de siempre.