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El preludio del caos doméstico

Parte 1: El preludio del caos doméstico

La mañana en el piso de Nacho no había empezado precisamente con la armonía de un anuncio de café premium. Más bien, había comenzado con el sonido metálico de una lata de conserva golpeando el suelo de la cocina a las seis y cuarto de la madrugada. Nacho, que todavía soñaba con que le concedían un aumento de sueldo en lugar de más responsabilidades no remuneradas, abrió un ojo y contempló el techo desconchado de su habitación en el barrio de Chamberí. No necesitaba mirar quién era el culpable. Sabía que, sobre las baldosas de la cocina, una criatura de cuatro kilos y medio, pelaje negro como el carbón y una moralidad cuestionable, le reclamaba su tributo matutino.

Aquel ser se llamaba oficialmente “Misterio”, un nombre que su exnovia le había puesto en un arrebato de misticismo antes de mudarse a Australia y dejarle el gato “en depósito” para siempre. Pero para Nacho, en momentos como aquel, el animal respondía mejor a nombres como “El Tirano”, “Satanás de Peluche” o, simplemente, “Tú, bicho”.

Nacho se levantó arrastrando los pies. El día que tenía por delante era uno de esos que en el mundo corporativo llaman “clave” y que en el mundo real significan “prepárate para que te caigan broncas por cosas que no has hecho”. Tenía la presentación final del proyecto “Sinergia 2026” a las once de la mañana. Una videoconferencia masiva con los peces gordos de la consultora, incluyendo a Don Rodrigo, un hombre que se peinaba con tal cantidad de gomina que su cabeza parecía un casco de polímero y que consideraba que trabajar desde casa era una forma moderna de absentismo laboral.

—Misterio, por lo que más quieras —susurró Nacho mientras servía el paté de salmón en el cuenco de cerámica—, hoy no es el día. Hoy necesito que seas un gato de exposición. Un gato invisible. Un gato que medita. Si me dejas terminar esta reunión sin incidentes, te juro que te compro esa torre rascadora de tres pisos que parece un castillo de la meseta.

El gato ni siquiera le miró. Se limitó a devorar el salmón con un entusiasmo que rozaba la falta de respeto. Nacho suspiró y se dirigió a la cafetera. Mientras el líquido oscuro y amargo goteaba, empezó a repasar mentalmente las diapositivas. El mayor problema no era el contenido, sino el entorno. Su piso era lo que los agentes inmobiliarios llamaban “con encanto” y la gente normal “un zulo con poca luz”. Su escritorio estaba ubicado en un rincón del salón que también servía de comedor, zona de paso y, fundamentalmente, pista de aterrizaje para las acrobacias de Misterio.

A las diez y media, Nacho ya estaba frente al monitor. Se había puesto una camisa azul impecable, recién planchada, aunque debajo de la mesa llevaba unos pantalones de chándal con un agujero en la rodilla y unos calcetines desparejados. Era el uniforme estándar de la era del teletrabajo: respetabilidad por arriba, indigencia por abajo.

Revisó la cámara. La iluminación era precaria. Intentó compensarla encendiendo una lámpara de pie que tenía la mala costumbre de zumbar como un enjambre de avispas cabreadas. En ese momento, Misterio apareció en el marco de la puerta. Se detuvo, levantó una pata delantera y comenzó a lamerse con una parsimonia insultante. Sus ojos amarillos se clavaron en Nacho. Había algo en esa mirada, una chispa de inteligencia perversa, que le recordaba a los villanos de las películas de James Bond.

—Ni se te ocurra, bicho —advirtió Nacho señalándole con el dedo—. Hoy no hay persecuciones de moscas invisibles. Hoy no hay ataques a los cables. Y sobre todo, hoy no hay paseos por el teclado. El teclado es terreno sagrado. ¿Entendido?

Misterio soltó un maullido corto, casi un bostezo, y se retiró hacia el sofá. Nacho respiró aliviado. Quizás, solo quizás, el animal había entendido la gravedad de la situación. Quizás había un pacto tácito entre especies.

A las 10:55, Nacho entró en la sala virtual. Ya había varios participantes. Sergio, su compañero de fatigas y el único amigo real que conservaba en esa picadora de carne que era la empresa, ya estaba allí. Sergio aparecía con su habitual fondo borroso que apenas ocultaba una estantería llena de cómics y una guitarra eléctrica.

—¿Qué pasa, Nacho? ¿Listo para el patíbulo? —preguntó Sergio con una sonrisa cínica mientras se ajustaba los cascos.

—Estoy al borde del colapso, tío. He dormido tres horas. Y Misterio está en modo “agente del caos”. Si me ves desaparecer de repente, llama a la protectora para que vengan a recoger mi cadáver antes de que se me coma.

—Bah, no seas dramático. Los gatos huelen el miedo. Si te ve nervioso, te va a vacilar. Relájate. Pon cara de “estoy plenamente comprometido con los valores de la compañía” y todo saldrá bien. Por cierto, ¿has visto que Don Rodrigo se ha puesto una corbata que cuesta más que mi coche?

Nacho se fijó en la miniatura de la pantalla. Efectivamente, el gran jefe acababa de entrar. Su rostro ocupaba la mayor parte de la cuadrícula, con una expresión de severidad que sugería que acababa de morder un limón rancio.

—Buenos días a todos —tronó la voz de Don Rodrigo, distorsionada por un micrófono que claramente no estaba a la altura de su ego—. Espero que estemos todos listos. No tengo mucho tiempo, tengo una comida en el Club de Golf a las dos y quiero que esto esté ventilado antes. Nacho, cuando quieras.

Nacho tragó saliva. Sintió una gota de sudor recorriéndole la espalda, justo por debajo de la camisa azul. Pulsó el botón de “Compartir pantalla”. El cursor se movió con suavidad. Todo parecía bajo control. En el rincón del ojo, vio un movimiento rápido. Misterio se había bajado del sofá. El gato empezó a caminar por el borde de la alfombra, rodeando el escritorio como un tiburón rodeando a un náufrago.

—Sí, Don Rodrigo. Empezamos con el análisis de mercado del primer trimestre… —comenzó Nacho, intentando proyectar una seguridad que no sentía.

Mientras hablaba de gráficos de barras, proyecciones de crecimiento y optimización de recursos, Misterio decidió que el rincón del escritorio, justo donde estaban los cables de la fuente de alimentación y el router, era el lugar ideal para realizar una limpieza profunda de sus partes íntimas. El sonido del lametón —ese slurp, slurp rítmico— empezó a filtrarse por el micrófono de Nacho.

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