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El perro en la cama

El perro en la cama

Parte 1: El Tratado de Versalles en el salón de un tercero

Alberto no era un hombre de extremos, o eso le gustaba pensar mientras doblaba sus calcetines siguiendo un riguroso código de colores y texturas. Se consideraba un tipo razonable, un arquitecto de la convivencia, alguien que creía firmemente que los límites no son muros, sino las líneas de un carril que evitan que te despeñes por un barranco emocional. Pero entonces llegó Roco.

Roco no era un perro; era un estado mental. Un cruce de galgo con algo que bien podría ser un saco de patatas con patas, dotado de una mirada que mezclaba la sabiduría de un filósofo presocrático con la desvergüenza de un político en campaña. Cuando Bea lo trajo a casa —”Solo será una acogida temporal, Alberto, de verdad, es que le faltaba un hogar y me miró como si supiera que yo guardo el jamón en el segundo cajón”— Alberto puso la primera y más sagrada de las piedras angulares de su nueva civilización compartida.

—Bea, escúchame bien —había dicho Alberto aquel martes lluvioso, mientras Roco sacudía gotas de agua de dudosa procedencia sobre la alfombra de lana virgen—. El perro es bienvenido. El perro tendrá su cama de viscoelástica, su cuenco de acero inoxidable y mi respeto más absoluto. Pero el perro no sube a la cama. Jamás. Bajo ninguna circunstancia. Ni aunque haya un terremoto de escala ocho.

Bea, que en ese momento estaba intentando quitarle una pelusa del hocico a la criatura, asintió con una ligereza que a Alberto debería haberle hecho sospechar.

—Vale, pesado. Si yo estoy de acuerdo. La cama es nuestro templo. Higiene ante todo.

Y así, durante los primeros tres meses, se mantuvo una paz armada. Alberto vigilaba la frontera del dormitorio como si fuera el Checkpoint Charlie. Roco, por su parte, se limitaba a observar desde el pasillo. Apoyaba la barbilla justo en el umbral, en esa línea exacta donde el parqué del salón se encontraba con la madera de pino de la habitación. No cruzaba. No ladraba. Simplemente miraba con esos ojos color ámbar, ejecutando una presión psicológica silenciosa que Alberto sentía en la nuca mientras intentaba leer a Murakami antes de dormir.

—¿Sientes eso? —preguntaba Alberto, ajustándose las gafas.

—¿El qué? —respondía Bea, ya a medio camino entre el sueño y la vigilia.

—La mirada. Está ahí fuera. Sé que está planeando algo. Está calculando el coeficiente de fricción de las sábanas de 400 hilos.

—Alberto, por favor, duérmete. Es un perro, no un ingeniero de la NASA. Solo quiere estar cerca de la manada.

—No es la manada, Bea. Es el territorio. Hoy es el umbral, mañana será la alfombra de pie de cama y, antes de que te des cuenta, estaremos durmiendo en el balcón y él tendrá el mando de la tele.

La rutina de Alberto era sagrada. Se levantaba a las siete, preparaba café italiano —nada de cápsulas, por Dios— y repasaba mentalmente el orden del mundo. Roco lo esperaba en la cocina, moviendo la cola rítmicamente contra la pata de la mesa: clac, clac, clac. Era un recordatorio de que él estaba allí, esperando un fallo en el sistema.

—Buenos días, Roco —decía Alberto con tono doctoral—. Veo que sigues en el suelo. Bien. La disciplina es lo que nos separa de la anarquía. Tú ahí, yo aquí. Equilibrio cósmico.

Roco soltaba un suspiro que sonaba sospechosamente a “ya veremos quién ríe el último, pringado”, y se volvía a enroscar sobre su propia cama, una estructura acolchada que le había costado a Alberto lo que tres cenas en un restaurante con estrella Michelin y que el perro trataba con el desprecio de quien sabe que merece algo mejor.

El conflicto, sin embargo, no era solo físico. Era una batalla de voluntades que se libraba en cada gesto cotidiano. Alberto se obsesionó con los pelos. Compró rodillos adhesivos por cajas, como si se preparara para un apocalipsis de caspa canina. Pasaba el rodillo por el sofá, por su abrigo, por la alfombra e incluso, en un arrebato de paranoia, por las fundas de las almohadas antes de acostarse.

—¡Ha entrado! —exclamó una tarde de sábado.

Bea salió de la ducha con la toalla en la cabeza.

—¿Quién? ¿Un ladrón? ¿El del gas?

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