Había tenido dos relaciones serias antes, ninguna que hubiera terminado con drama mayor. Y en febrero de 2019 llevaba cerca de 8 meses sin nada que mereciera llamarse relación. No lo buscaba activamente, pero tampoco lo rechazaba. Antes de que sigas escuchando, si llegaste hasta aquí es porque sabes que algunas historias no se pueden ignorar.
Dale like a este video, suscríbete al canal, activa la campanita y cuéntanos en los comentarios desde qué ciudad o país estás viendo esto, porque lo que estás a punto de escuchar ocurrió en marzo de 2019 en Venezuela y hay personas que todavía no pueden pronunciar el nombre de Juliana Monteiro sin que se les cierre la garganta.

No te vayas. Lo peor y lo más importante está al final. Esa noche de viernes, ella y sus amigas habían terminado en un restaurante bar en las Mercedes, uno de esos lugares que en Caracas de 2019 funcionaban como islas de una normalidad frágil. Música en vivo, cócteles, gente que había decidido que la crisis podía esperar al menos hasta el sábado.
Juliana estaba en la barra esperando que le prepararan el segundo trago cuando alguien a su derecha pidió disculpas por ocupar el espacio y ella levantó los ojos. Alan Díaz tenía 32 años, 1,82 de estatura y la clase de presencia que se nota sin que la persona haga nada especial para proyectarla.
Vestía bien, sin exageración. hablaba con una calma que no era frialdad, sino el tono de alguien que no necesita subir el volumen para que lo escuchen. Se presentó como ingeniero petrolero vinculado a proyectos de consultoría privada en el sector de hidrocarburos. Caracas era suficientemente pequeña en ciertos círculos para que ese perfil fuera completamente creíble sin necesitar verificación inmediata.
Hablaron durante 40 minutos en esa barra. Juliana lo notó después, cuando se reunió con sus amigas. No había notado el tiempo pasar. Le pidió el número antes de que ella tuviera que decidir si dárselo o no. lo preguntó directamente, sin artificios, con la confianza de alguien que está acostumbrado a que las cosas resulten.
Chuliana lo escribió en su teléfono sin pensarlo demasiado. En el taxi de regreso a su apartamento en Altamira, su amiga Daniela le preguntó qué le había parecido. Interesante, dijo Juliana. Y después de un momento demasiado interesante quizás, Daniela se rió. Eso no es un problema. Depende, dijo Juliana y se quedó mirando por la ventana los cerros de Caracas con sus luces irregulares, el mosaico de casas apiladas que se extendía hacia arriba en la oscuridad pensando en algo que no supo articular con precisión en ese
momento, pero que su instinto de psicóloga registró como una nota al margen. Había algo en Alan Díaz. que era perfectamente presentable y al mismo tiempo ligeramente opaco, como una habitación bien iluminada con una puerta que no se abría, lo descartó. Eran las 12 de la noche y había tomado dos cócteles y hacía 8 meses que no conocía a nadie que le generara interés genuino.
A veces el instinto llega antes que la evidencia y a veces uno elige no escucharlo. Alan escribió al día siguiente, “No a las 8 de la mañana que habría sido ansioso, ni tres días después que habría sido calculador en el sentido mecánico.” Escribió el sábado a las 11 de la mañana con un mensaje breve.
Había disfrutado la conversación y quería continuar en algún momento si ella quería. El tono era el correcto, no insistente, no frío, calibrado. Salieron por primera vez el miércoles siguiente. Alan eligió un restaurante en el este de la ciudad, un lugar con mantel blanco y lista de vinos que en Caracas de 2019 era una señal de cierta posición económica o al menos de voluntad de proyectarla. Llegó puntual.
tenía flores, no un ramo exagerado, tres tallos de algo simple que Juliana recibió con una sonrisa y puso a un lado sin hacer teatro de ello. La conversación fluyó con esa facilidad que solo existe cuando dos personas tienen niveles similares de inteligencia conversacional y ninguna de las dos está actuando demasiado.
Alan preguntaba con genuino interés, escuchaba las respuestas. Cuando hablaba de sí mismo, lo hacía con moderación, suficiente para que Juliana sintiera que lo conocía, pero no tanto que pareciera un monólogo de presentación. habló de su trabajo en consultoría petrolera, de viajes a Maracaibo y a campos de extracción en el interior, de una familia en Valencia que veía con menos frecuencia de la que quisiera, de aficiones, lectura, fotografía, los fines de semana en la costa cuando la situación del país lo permitía. No mencionó a nadie más. No
habló de una pareja anterior de manera que sugiriera una presencia actual. Cuando Juliana preguntó con la naturalidad que le permitía su profesión si estaba saliendo con alguien en ese momento, Alan respondió con una sonrisa tranquila. No, tú. Juliana dijo que no. Y así con esa simetría simple el encuentro quedó establecido como algo que podía seguir.
Las semanas siguientes tuvieron la textura de un principio que se siente bien. Salidas dos veces por semana, primero en lugares públicos y luego también en el apartamento de Juliana, donde Alan llegaba con vino y cocinaban juntos con esa torpeza productiva de dos personas, aprendiendo los ritmos del otro. Llamadas en las noches, mensajes durante el día que no eran constantes, pero sí consistentes, el tipo de comunicación que construye presencia sin asfixiar.
Guliana se lo contó a Daniela con cautela medida, no con euforia, no era su estilo. Y además su trabajo le había enseñado que la euforia temprana es con frecuencia inversamente proporcional al conocimiento real de la otra persona. ¿Te gusta?, preguntó Daniela. Sí, confías en él. Yuliana tardó un momento. Todavía no lo conozco suficiente para confiar, dijo.
Pero nada me genera señal de alarma. Esa distinción, la diferencia entre ausencia de alarma y presencia de confianza, era la diferencia entre alguien que vive desde la emoción y alguien que ha aprendido a observar. Juliana lo sabía. Lo aplicaba en su trabajo todos los días. Lo aplicaba en su vida con el cuidado razonable de alguien que ha sido lastimado antes, no profundamente, pero sí suficiente para aprender.
Lo que no sabía, lo que no podía saber todavía, era que la ausencia de señal de alarma no era señal de ausencia de peligro. Era señal de que Alan Díaz era muy bueno en lo que hacía. Alan Díaz era casado. Llevaba 4 años de matrimonio con Mariana Contreras, una mujer de 30 años, odontóloga, con quien vivía en un apartamento en la Castellana y con quien tenía dos hijos, un niño de 3 años y una niña de 16 meses.
Mariana sabía que su matrimonio tenía fracturas. No sabía exactamente dónde estaban todas, pero sentía la distancia con esa percepción específica que tienen las personas, que llevan años compartiendo espacio con alguien que está en otro lugar, aunque esté físicamente presente. Había noches en que Alan llegaba tarde con explicaciones que sonaban razonables, fines de semana en que mencionaba reuniones de trabajo que Mariana no terminaba de verificar.
una discreción con el teléfono que había aumentado gradualmente lo suficientemente despacio para que fuera difícil señalar el momento exacto en que se había convertido en algo diferente de la privacidad normal de un adulto. Mariana tenía sospechas, no pruebas. Y en el estado de agotamiento que produce criar dos hijos pequeños en Caracas en 2019 con los problemas del país superpuestos a los problemas del matrimonio.
A veces era más fácil no tirar del hilo, porque uno sabe que cuando se tira de ciertos hilos todo se puede destejer. El hermano de Mariana, José Luis Contreras, era diferente. José Luis tenía 35 años, era mecánico, vivía a 20 minutos de la casa de su hermana y era el tipo de hombre que considera la honra familiar como responsabilidad personal y directa.
quería a Mariana con esa intensidad protectora de los hermanos mayores, que a veces resulta útil y a veces resulta peligrosa dependiendo de la situación y del temperamento del involucrado. José Luis también tenía sospechas sobre Alan. Las había tenido durante meses y, a diferencia de su hermana, él sí había tirado del hilo.
Para finales de febrero de 2019, Juliana y Alan llevaban casi tres semanas de relación que avanzaba con la consistencia de algo que podía convertirse en algo real. Juliana no estaba enamorada todavía, pero estaba involucrada. Lo pensaba durante el día. Comparaba sus respuestas con las de sus pacientes como ejercicio involuntario. Notaba que al final de los días difíciles en la clínica, la idea de hablar con Alan producía algo que se parecía al alivio.
Y Alan, por su parte, llegaba a los encuentros con esa misma calma proyectada, ese mismo interés sostenido, esa misma capacidad para hacer sentir a la otra persona que era la única persona en el cuarto. Era bueno en eso, muy bueno, demasiado bueno para que fuera algo que se aprende en un solo matrimonio.
Pero eso Juliana no podía saberlo todavía. Lo que sí supo en una tarde de principios de marzo, cuando revisaba su correo electrónico entre paciente y paciente, fue que alguien le había enviado desde una dirección anónima un mensaje sin asunto y con una sola línea de texto. La leyó dos veces, luego cerró el correo, luego lo volvió a abrir y la leyó una tercera vez.
y su corazón que había estado funcionando con la calma medida de alguien que creyó que esta vez tenía las cosas bajo control, empezó a latir de una manera que ya no tenía nada de calma. Lo que decía ese correo era simple, era brutal en su simplicidad y era, aunque Juliana todavía no podía confirmarlo, completamente verdadero.
El mensaje tenía 19 palabras. Juliana las contó después sin proponérselo. Como el cerebro cuenta ciertas cosas en estado de shock para darse algo concreto en qué ocuparse mientras procesa lo que no puede procesar de golpe. El hombre con quien está saliendo es casado, tiene dos hijos.
Su esposa se llama Mariana Contreras. Pregúntale. 19 palabras. una dirección de correo que era una combinación aleatoria de letras y números, sin nombre, sin dominio reconocible, creada para enviar un mensaje y desaparecer, sin firma, sin más contexto, sin foto adjunta, sin documento, sin ninguna evidencia más allá de esas cuatro frases que podían ser verdad o podían ser el producto de alguien que quería hacerle daño a Alan o a ella o a los Dos.
Juliana cerró el correo, atendió a su siguiente paciente, tomó notas en su libreta con la letra ordenada de siempre, hizo las preguntas correctas en los momentos correctos. Nadie en esa sesión habría podido adivinar que su mente estaba dividida en dos niveles. El nivel de la psicóloga profesional, que seguía funcionando con precisión, y el nivel de la mujer de 26 años, que sentía algo frío instalándose en el centro del pecho como agua, que va subiendo despacio.
Cuando la sesión terminó y su paciente se fue, cerró la puerta del consultorio, se sentó en su silla, abrió el correo de nuevo. El hombre con quien estás saliendo es casado”, buscó en Google Alan Díaz, ingeniero petrolero Caracas. Los resultados eran genéricos, nombres comunes, nada que apuntara específicamente a él.
Buscó en LinkedIn, encontró un perfil que coincidía en lo esencial. La foto era de alguien que podía ser él, aunque la calidad era baja. La información laboral era consistente con lo que él le había contado. No había nada en ese perfil sobre estado civil. Claro que no lo había. Nadie pone casado con dos hijos en LinkedIn cuando está saliendo con alguien más.
Buscó Mariana Contreras Caracas odontóloga. encontró un perfil de Instagram privado, foto de perfil de una mujer sonriendo con dos niños pequeños. No había forma de verificar la conexión desde afuera. Juliana guardó el teléfono, se quedó mirando la pared del consultorio durante un tiempo que no supo cuantificar.
Tenía dos opciones simples y una opción real. Las opciones simples eran ignorar el correo o confrontar a Alan directamente con el mensaje. La opción real, la que su formación y su temperamento le dictaban, era observar antes de actuar, obtener información propia antes de presentar una acusación que Alan podía negar fácilmente si no tenía respaldo.
Esa noche, cuando Alan la llamó a las 9, como era su costumbre, Juliana contestó con la voz normal. Hablaron 20 minutos. Él no dijo nada fuera de lo habitual. Ella tampoco. Cuando colgó, se quedó sentada en su sofá mirando el teléfono en la mano, pensando que era buena leyendo a las personas, que era su trabajo, que si hubiera algo en la voz de Alan que confirmara la acusación, ella lo habría notado.
no había notado nada, lo cual podía significar que la acusación era falsa o podía significar que Alan era tan bueno mintiendo, que incluso una psicóloga entrenada no podía detectarlo en una llamada de 20 minutos. Esa segunda posibilidad la mantuvo despierta hasta las 3 de la mañana. Pasó dos días con esa información encerrada en su cabeza, dos días de trabajo normal por fuera y una tormenta interna que se iba organizando despacio en forma de preguntas que en retrospectiva siempre habían estado disponibles para hacerse, pero que ella no había tenido razón para
formular. ¿Por qué Alan nunca la había invitado a su apartamento? Porque las salidas siempre eran en lugares del este o del centro, pero nunca cerca de la castellana, porque su teléfono, cuando estaban juntos, siempre estaba boca abajo sobre la mesa o en el bolsillo, pero nunca a la vista. Cada una de esas observaciones tomada sola era inocua.
Una persona puede no invitar a alguien a su apartamento porque es nuevo en una relación y quiere tomarlo despacio. Una persona puede preferir ciertos barrios sin razón oscura. Una persona puede guardar el teléfono por cortesía o por hábito, pero juntas, iluminadas por el correo anónimo, formaban un patrón.
El tercer día, Juliana llamó a Daniela. No le contó todo de entrada. preguntó con la indirección calculada que a veces es necesaria si Daniela o alguien en su círculo conocía a un Alan Díaz, ingeniero, familia en Valencia. Daniela pensó un momento. El apellido me suena dijo. Déjame preguntar. Dos horas después, Daniela volvió a llamar.
Su voz tenía un tono que Juliana reconoció antes de que dijera nada. El tono de alguien que tiene información que no quiere dar, pero sabe que tiene que dar. Una amiga de una amiga, dijo Daniela despacio, dice que conoce a una mujer llamada Mariana, que está casada con una Alan Díaz. Ingeniero, viven en la castellana. Tienen dos hijos chiquitos. Silencio en la línea.
Y dijo Daniela, “estoy aquí. ¿Qué vas a hacer?” Juliana tardó en responder. Hablar con él, dijo finalmente. Lo llamó esa misma tarde y le pidió que se vieran. Alan propuso el restaurante de siempre. Juliana dijo que prefería algo más tranquilo, un parque al aire libre. Alan no cuestionó el cambio.
Dijo, “Qué bien, quedaron para las 6 de la tarde en el Parque del Este. La tarde de Caracas tenía ese calor húmedo de marzo que hace que la ciudad huela a concreto caliente y flores mezclados.” Chuliana llegó 5 minutos antes y se quedó de pie junto a la entrada, mirando a la gente pasar, organizando mentalmente lo que iba a decir con la estructura que usaba antes de las sesiones difíciles con sus pacientes.
Punto de entrada, información concreta, espacio para la respuesta. Observación de la respuesta. Alan llegó puntual como siempre. La saludó con el beso en la mejilla de siempre. Notó de inmediato que algo estaba diferente. Era bueno leyendo situaciones. Tenía que serlo. ¿Estás bien?, preguntó. No, dijo Juliana.
Y esa honestidad directa, sin preámbulo, fue lo primero que rompió el libreto que Alan traía preparado, aunque no supiera exactamente para qué. Se sentaron en una banca alejada del camino principal. Juliana lo miró un momento antes de hablar. Quería ver su cara cuando le hiciera la pregunta. Quería leer lo que hubiera en ella antes de que él tuviera tiempo de componer una respuesta.
¿Estás casado, Alan? 2 segundos. Eso fue lo que tardó la expresión de Alan en moverse. 2 segundos. que para Juliana, entrenada en leer microsegundos de respuesta emocional fueron suficientes. Vio algo cruzar por sus ojos. No culpa exactamente, algo más calculador. La evaluación rápida de un hombre que está decidiendo en tiempo real cuánto de la verdad puede seguir ocultando dado lo que la otra persona parece saber.
¿Quién te dijo eso?, preguntó Alan. Julián anó que no había dicho no, que la primera respuesta había sido una pregunta, no una negación. Eso en la gramática de las mentiras era una confirmación. Eso no importa, dijo Juliana. ¿Estás casado o no? Alan exhaló. Se pasó una mano por la cara.
Cuando volvió a mirarla, algo en su postura había cambiado, menos la armadura, más el hombre debajo de ella, o al menos eso era lo que proyectaba. “La situación con Mariana es complicada”, dijo. Esas palabras, esas palabras específicas que Juliana había escuchado en otras formas en el consultorio. “La situación con mi pareja es complicada.
” La frase universal del que no quiere llamar por su nombre lo que es. Complicada cómo preguntó Juliana con una calma que le costó mantener. Llevamos años mal. El matrimonio es solo un papel en este punto. Ella lo sabe, yo lo sé. Estamos esperando el momento correcto para formalizar. ¿Cuántos hijos tienen? Pausa. Dos. Juliana se quedó mirándolo un momento largo, luego recogió su cartera del suelo con un movimiento tranquilo y se levantó de la banca.
“Juliana, espera”, dijo Alan. Se levantó también, extendió una mano que no llegó a tocarla. No, dijo ella, y en esa sílaba corta había algo que no era llanto ni grito, sino algo más definitivo, la decisión de alguien que sabe cuándo una conversación ha terminado. Caminó hacia la salida del parque sin mirar atrás.
Alan la llamó dos veces por su nombre. No corrió tras ella. Quizás calculó que no era el momento, que era mejor darle espacio, que podría recuperar la situación después. Lo que no calculó fue que Juliana esa noche en su apartamento, llorando con una rabia que no tenía nada de espectacular y todo de real, tomó la decisión de no volver a responderle.
Y lo que tampoco calculó, lo que ninguno de los dos podía calcular era que la historia no iba a terminar con un bloqueo en el teléfono y una cicatriz emocional. Iba a terminar de otra manera. Alan Díaz no era un hombre acostumbrado a que las cosas se le fueran de las manos. durante 4 años de matrimonio y al menos dos relaciones paralelas anteriores que su esposa no había descubierto, había desarrollado un sistema de compartimentos que funcionaba con la eficiencia de alguien que ha practicado. Las mentiras bien
construidas no necesitan recordarse con esfuerzo. Tienen su propia lógica interna que se sostiene sola si uno no la complica. Juliana había sido diferente desde el principio. Era más inteligente que las otras, más observadora, más difícil de manejar en el sentido en que ciertos hombres usan esa palabra.
Y eso que debería haber sido una señal de que esta situación requería más cuidado, había resultado, en cambio, un incentivo. Porque ese tipo de hombre no solo busca conquistar lo accesible, busca lo que presenta resistencia. Ahora Juliana sabía la verdad y no respondía sus mensajes. Alan intentó tres veces en los primeros dos días, mensajes que comenzaban con disculpas y terminaban con explicaciones.
Luego intentó una llamada que Juliana rechazó. Luego mandó un mensaje más largo que Juliana leyó según el doble cheque azul que él podía ver y no respondió. El cuarto día llamó desde un número desconocido. Juliana contestó sin reconocerlo. Necesito que me escuches dijo Alan. Juliana colgó.
El quinto día, Alan Díaz tomó una decisión que meses después, cuando la investigación reconstruyó la línea de tiempo de los hechos, quedaría registrada como el momento en que todo comenzó a moverse hacia el desastre. fue a buscarla al trabajo. Esperó afuera de la clínica en su carro. Entonces Juliana salió a la 1 de la tarde para ir a almorzar y lo vio apoyado en el capó del vehículo con esa postura de calma calculada que ella había aprendido a leer como lo que era.
No calma real, sino control aplicado. Por favor, dijo Alan cuando ella se detuvo a 4 metros de él. Solo quiero hablar. Juliana lo miró. No tenemos nada que hablar. Hay cosas que no te dije que necesitas saber, Alan. Hay personas involucradas en esto que pueden hacerte daño”, dijo él, y bajó la voz en esas palabras de una manera que no era dramatismo, sino algo que sonó a pesar de todo genuino.
Juliana lo miró un momento más largo. ¿Qué personas? Alan miró a los lados antes de responder. Un gesto pequeño, involuntario quizás, pero Juliana lo registró. El hermano de Mariana sabe que nos vimos dijo. Es un hombre complicado. Necesito contarte lo que está pasando para que estés prevenida. Juliana procesó eso.
Me estás diciendo que estoy en peligro. Te estoy diciendo que quiero hablarte en un lugar tranquilo, sin ruido, donde pueda contarte todo. Y entonces vino la propuesta, la propuesta que Juliana en las semanas siguientes de investigación y reconstrucción, sus amigas, su familia, los investigadores y ella misma se preguntarían cómo fue posible que aceptara, pero lo aceptó porque Alan Díaz sabía qué palancas mover, porque la mezcla de amenaza velada y promesa de verdad completa era exactamente El tipo de gancho que resulta difícil de ignorar para alguien
cuya naturaleza es entender las cosas. Porque la idea de que había un peligro real que no conocía activó en ella no el miedo que habría producido el alejamiento, sino la atención que produce el querer saber. una playa en la Guaira el 14 de marzo, alejada, tranquila, sin gente, donde podría contarle todo.
Lo que Juliana no sabía era quién más estaría en esa playa ese día. La Guaira, Venezuela. 14 de marzo de 2019. La autopista Caracas La Guaira tiene una de las vistas más dramáticas de Venezuela. La ciudad que se queda atrás en el espejo retrovisor, el túnel que atraviesa el cerro Ávila y luego la apertura repentina al mar Caribe con su azul, que en ciertos días parece irreal, demasiado intenso para ser verdad.
Es una transición que tarda 20 minutos y que funciona como un cambio de estado. Uno sale de la caótica densidad de Caracas y llega algo que parece más simple, más abierto, más respirable. Ese jueves 14 de marzo, Juliana Monteiro hizo ese recorrido por primera vez sola. había dormido mal las dos noches anteriores, no del tipo de insomnio que viene del miedo, sino del que viene de la deliberación interna.
La parte de ella que sabía que ir a ese encuentro era un error razonando con la parte que necesitaba la verdad completa. En su trabajo había aprendido que las personas evitamos con igual intensidad tanto el peligro como la incertidumbre y que cuando los dos se presentan juntos, la incertidumbre a veces gana, porque al menos si sabemos lo que enfrentamos podemos prepararnos.
Había hablado con Daniela la noche anterior. No vayas, había dicho Daniela con una directividad que no era su tono habitual. Necesito saber qué está pasando. Juliana, este tipo te mintió durante semanas. ¿Por qué ahora va a decirte la verdad? Porque si hay alguien que me quiere hacer daño, necesito saberlo. Si hay alguien que te quiere hacer daño, lo último que debes hacer es ir sola a una playa aislada con el hombre que generó ese problema.
Juliana no respondió de inmediato. “Voy a estar bien”, dijo finalmente. Daniela había callado con ese silencio específico de quien sabe que no puede detener a alguien y elige no gastar sus últimas palabras en una discusión que ya perdió. Mándame tu ubicación en tiempo real”, dijo. Sí. Cada hora me mandas un mensaje. Sí, Dani.
Antes de salir de su apartamento esa mañana, Juliana activó la ubicación en tiempo real en su teléfono y la compartió con Daniela. Era un gesto de precaución que su amiga le había enseñado años antes para las citas con desconocidos, un protocolo de seguridad básico que en otras circunstancias habría sido suficiente. Salió a las 9 de la mañana.
Alan le había dado una dirección que no correspondía a ninguna de las playas comerciales de la Guaira, sino a un sector más al este, pasando Katia a la mar por [carraspeo] un camino que se apartaba de la vía principal y bajaba entre cerros hacia una franja de costa que no tenía nombre en los mapas convencionales. un lugar que los locales conocían y que los turistas no visitaban porque requería saber exactamente cómo llegar.
El hecho de que Alan conociera ese lugar con esa especificidad era en retrospectiva una señal. Pero las señales, como ya se ha dicho, son más claras en retrospectiva que en el momento en que se presentan. Juliana llegó al lugar alrededor de las 10:20 de la mañana. Era hermoso, con la hermosura sencilla y sin intervención de los lugares que el turismo no ha encontrado todavía.
Una franja de arena oscura, no blanca, encerrada entre dos formaciones rocosas que la separaban de las playas adyacentes. El mar era quieto a esa hora, de un azul verdoso que cambiaba de tono con el movimiento del sol. Entre las pocas nubes no había nadie más a la vista. Alan ya estaba allí cuando ella llegó.
Estaba de pie cerca del agua con los pies descalzos en la arena húmeda de la orilla mirando el mar. Se giró cuando escuchó sus pasos. la saludó sin el beso de siempre, con una distancia que Juliana notó como diferente a sus encuentros anteriores. “Gracias por venir”, dijo. “Dijiste que había algo que necesitaba saber”, respondió Juliana.
No era un saludo, era una demarcación. Estaba allí por información, no por reconciliación. Alan asintió. indicó con un gesto que se sentaran en las rocas planas que formaban un semicírculo natural un poco apartado de la orilla. Se sentaron con un metro de distancia entre los dos. Lo que siguió fueron 20 minutos de conversación que Juliana escuchó con la atención concentrada de su profesión.
Alan habló de su matrimonio con más honestidad de la que había mostrado antes. Habló de Mariana, de los años de distancia acumulada, de sus propias fallas, con un grado de reconocimiento que en otro contexto habría sido disarmante. Habló de José Luis Contreras, el hermano de Mariana. explicó que José Luis había descubierto la existencia de Juliana a través de los propios contactos, que era un hombre de temperamento violento con antecedentes de conflictos, que había amenazado a Alan en dos ocasiones, diciéndole que
pagaría las consecuencias de lo que estaba haciendo a su hermana. “¿Por qué me cuentas todo esto ahora?”, preguntó Juliana. Porque si José Luis te busca, quiero que sepas quién es y qué puede hacer. Juliana lo miró fijamente. ¿Sabe él quién soy yo? Alan tardó una fracción de segundo. Lo sabe ese instante de duda, esa fracción de segundo que Juliana percibió, pero no alcanzó a analizar completamente porque en ese preciso momento escuchó pasos en las rocas detrás de ellos. se giró.
Dos hombres bajaban por el camino de piedra que conducía a la playa. Uno de ellos era alto, con complexión robusta unos 35 años, con la mandíbula apretada de alguien que lleva horas o días sosteniendo una rabia contenida. El otro era más joven, delgado, con una expresión que era más nerviosa que agresiva.
La expresión de alguien que está en un lugar en el que no está seguro de querer estar. Juliana se puso de pie de inmediato. ¿Quiénes son? Preguntó. Y aunque su voz sonó firme, algo en su cuerpo ya sabía la respuesta antes de que Alan la diera. Alan se había levantado también. Su postura había cambiado. Ya no era el hombre tranquilo de siempre.
Había algo en la forma en que miraba a los dos hombres que se acercaban, que Juliana no supo clasificar en ese momento. No era sorpresa. Era algo más parecido al cálculo de alguien evaluando cómo va a desarrollarse una situación que en algún nivel conocía de antemano. José Luis, dijo Alan en voz alta con un tono que intentaba ser de control pero sonaba a otra cosa. No es el momento.
El hombre grande, José Luis Contreras, no detuvo su paso. Lo que sucedió en esa playa durante los 40 minutos siguientes fue reconstruido meses después por los investigadores a través de evidencia forense, testimonios del cómplice y análisis del terreno. No hubo testigos directos que sobrevivieran con capacidad de testificar completamente.
Lo que se sabe viene de fragmentos. El estado del lugar cuando fue encontrado días después, las huellas en la arena, las marcas en las rocas, el teléfono de Juliana que dejó de transmitir ubicación a las 11:4 de la mañana. José Luis Contreras había llegado a esa playa con una furia de semanas acumulada. Había seguido a Alan durante días.
Había descubierto la cita por medios que la investigación no pudo determinar. con certeza absoluta, pero que apuntaban a que alguien había filtrado la información, posiblemente el mismo Alan, en un cálculo que salió terriblemente mal o posiblemente a través del teléfono de Mariana, donde los mensajes de Alan podían haberse conservado.
El encuentro comenzó como una confrontación verbal. José Luis le exigió a Alan que diera explicaciones frente a Juliana. Alan respondió con esa calma que era su herramienta principal. Las voces subieron. El cómplice, identificado posteriormente como Carlos Vega, amigo de José Luis, se mantuvo al margen en los primeros minutos.
Juliana intentó apartarse de la situación, intentó moverse hacia el camino de regreso a su carro. Era lo correcto, era lo que cualquier persona con buen juicio habría hecho. Pero José Luis, en el estado en que estaba, interpretó ese movimiento como una evasión que no estaba dispuesto a permitir. En su mente distorsionada por la rabia, Juliana era parte de lo que había destruido el matrimonio de su hermana, no la víctima de Alan, sino su cómplice voluntaria.
Eso no era verdad. Juliana no había sabido nada del matrimonio hasta semanas antes, pero la rabia no trabaja con verdades. La rabia trabaja con narrativas que necesita para justificar lo que ya ha decidido hacer. La situación escaló con la velocidad que tienen ciertos momentos violentos, despacio, hasta que de repente es demasiado rápido para que cualquier decisión razonable tenga tiempo de intervenir.
Alan intentó interponerse en un momento dado, no por heroísmo, sino porque la situación había salido completamente de cualquier control que él hubiera creído tener. La pelea entre los dos hombres fue breve y brutal. Carlos Vega, que había intentado calmar a José Luis, terminó siendo empujado fuera de la situación central. Juliana Monteiro, que había llegado a esa playa buscando la verdad que merecía conocer, murió ese día 14 de marzo de 2019.
Alan Díaz murió también. Los detalles del crimen son de una crueldad que no requiere amplificación para ser comprendida. Lo que importa, lo que la investigación estableció es que José Luis Contreras y Carlos Vega pasaron las horas siguientes haciendo lo que hacen los hombres, que cometen crímenes por impulso y no por planificación, intentando borrar lo que no se puede borrar del todo.
El cuerpo de Juliana fue llevado a un barranco a varios kilómetros de la costa y enterrado con la urgencia torpe de quien no tiene tiempo ni herramientas adecuadas. El cuerpo de Alan fue colocado en su propio vehículo, que fue empujado por un camino de tierra hacia un abismo en la serranía entre La Guaira y Caracas. Antes de irse, José Luis tomó la bolsa de Juliana, que había quedado en las rocas de la playa.
no supo qué hacer con ella. La dejó a 100 met del lugar sobre una roca plana, como si ese gesto pudiera separarlo de lo que había ocurrido. La bolsa sería encontrada al día siguiente y con ella comenzaría todo lo que vendría después. Necesito que te detengas un momento, que pienses en Juliana, en los 26 años que tenía, en la mañana que salió de su apartamento, creyendo que iba a obtener respuestas.
Dale like a este video en su memoria, suscríbete y sigue, porque la historia no termina aquí. El sábado 15 de marzo, Valentina Monteiro llegó a La Guaira con el corazón en la garganta. Valentina tenía 22 años y era 4 años menor que Juliana. De las dos hermanas, Juliana era la más seria y Valentina la más impulsiva.
Pero entre ellas había esa clase de complicidad profunda que se construye durante años de cuarto compartido, secretos guardados y la experiencia específica de crecer en la misma familia con los mismos padres y, sin embargo, convertirse en personas distintas. Valentina había sido la primera en notar que algo estaba mal.
La ubicación en tiempo real que Juliana había compartido con Daniela había dejado de actualizarse a las 11:4 de la mañana del viernes. Daniela esperó 20 minutos antes de enviar el primer mensaje, luego otro, luego llamó. El teléfono sonaba, pero nadie atendía. llamó al trabajo. Yuliana no tenía pacientes el viernes por la tarde y nadie la había visto después del jueves.
Llamó al apartamento de los padres de Juliana. llamó a Valentina para las 3 de la tarde del viernes. Valentina ya estaba en el carro de su novio, manejando hacia la Guaira, con la última ubicación conocida de su hermana marcada en el teléfono. Llegaron a la zona indicada pasadas las 4. El camino que bajaba hacia la playa era difícil de encontrar sin referencias específicas.
Preguntaron a un hombre que vendía cocos en la vía y les describió el acceso. Bajaron a pie los últimos 200 m. La playa estaba vacía. Valentina caminó el perímetro completo llamando el nombre de su hermana con una voz que empezaba firme y fue quebrándose progresivamente. Su novio revisó las rocas, el agua, el camino de regreso. Nada.
Fue él quien encontró la bolsa. Estaba sobre una roca plana, cerca de la formación rocosa del lado este de la playa. La bolsa de cuero marrón que Valentina reconoció de inmediato porque se la había regalado a Juliana en su último cumpleaños. Adentro estaban las llaves del apartamento, la billetera con documentos y efectivo, el cargador del teléfono, el cuaderno pequeño que Juliana llevaba siempre para notas.
El teléfono no estaba. Valentina tomó la bolsa con manos que temblaban, la miró durante un momento, luego se sentó en la arena y lloró con una intensidad que su novio nunca le había visto y que recordaría durante mucho tiempo. Llamaron a la policía desde la playa. La denuncia de desaparición se formalizó esa misma noche en la comisaría de la Guaira.
Los funcionarios que recibieron la denuncia trabajaban en un sistema que tenía sus propias limitaciones estructurales, pero que en este caso, quizás por la forma en que Valentina habló, por la contundencia de la bolsa abandonada como evidencia, por la coincidencia de la última ubicación con el lugar exacto donde fue encontrada, tomaron el caso con una seriedad que no siempre acompañaba las denuncias de desaparición de adultos.
En los primeros días, el inspector Ramón Castellanos quedó a cargo de la investigación inicial. Tenía 41 años, 16 en el cuerpo y esa combinación de cinismo adquirido y vocación resistente que produce cierto tipo de policía de larga carrera. No era el inspector más brillante de su generación, pero era metódico y en ciertos casos la metodología vale más que el brillo.
La noche del sábado, Castellanos fue a la playa con su equipo. El lugar fue acordonado y procesado como escena del crimen potencial, aunque sin cuerpo todavía. Se tomaron muestras de arena en varias zonas, se fotografiaron marcas en las rocas. Se identificaron dos juegos de huellas masculinas, además de las de Valentina y su novio, que ya habían sido registradas para descarte.
El carro de Juliana fue encontrado al día siguiente, domingo, estacionado a 300 m del acceso a la playa donde ella lo había dejado al llegar. El interior no mostraba señales de forcejeo. La clave de repuesto estaba bajo el asiento del conductor, como era su costumbre, según declaró la familia. El teléfono de Juliana, con la última señal registrada en la torre de telecomunicaciones más cercana a las 11:4 del viernes, no volvió a transmitir señal. estaba apagado o destruido.
La billetera intacta con dinero adentro descartab. Castellanos tenía suficiente para saber que esto no era una desaparición voluntaria, era otra cosa. El domingo por la noche, la familia de Juliana tomó una decisión que aceleraría todo lo que vendría después. Su madre, Carmen Monteiro.
Una mujer de 54 años que en condiciones normales era discreta y reservada, publicó en su Facebook personal un mensaje sobre la desaparición de su hija. Era un texto breve con una foto de Juliana, la descripción de lo que se sabía y un número de contacto para información. La publicación fue compartida 56 veces en la primera hora.
Para el lunes por la mañana había llegado a más de 12,000 compartidos. Venezuela en 2019 era un país que vivía con el teléfono como herramienta de supervivencia y de comunidad en igual medida. Las redes sociales funcionaban como el tejido conectivo de una sociedad bajo presión que necesitaba mantenerse unida de alguna manera. Una historia como la de Juliana, una joven psicóloga de Caracas desaparecida en una playa con su bolsa abandonada tocaba algo que la gente reconocía, la vulnerabilidad de las personas que uno quiere, la velocidad con que algo puede
cambiar. Los medios digitales venezolanos tomaron la historia el lunes a mediodía. Para el martes había aparecido en tres noticieros nacionales. Personas que no conocían a Juliana pedían información. Profesionales de salud compartían el post de la madre. Grupos de búsqueda de personas desaparecidas se activaron con los datos disponibles.
El hashtag Mo, ¿dónde está Juliana? alcanzó tendencia en Venezuela el martes por la noche. Daniela, que llevaba 4 días sin dormir más de 2 horas seguidas, habló con el inspector castellanos el martes por la mañana y le dio la información que la investigación necesitaba, el nombre de Alan Díaz. Le contó todo lo que sabía: el correo anónimo, la confrontación en el parque, el encuentro en la clínica, la propuesta de la playa.
El hecho de que Juliana le había dicho que Alan le había mencionado a un hombre llamado José Luis, hermano de la esposa de Alan, como alguien potencialmente peligroso. Castellanos tomó notas sin interrumpirla. Cuando Daniela terminó, el inspector le hizo tres preguntas. ¿Sabe usted si alguien más sabía dónde iba a ir Juliana ese día? Solo yo.
Y sus padres sabían que iba a la Guaira, pero no el lugar exacto. Alan Díaz le dio a Juliana algún documento, número de teléfono o dirección física además del punto de encuentro. No que yo sepa. ¿Tiene usted alguna comunicación escrita entre Juliana y Alan Díaz? Daniela sacó su teléfono.
Los mensajes de Juliana que le había reenviado durante las semanas anteriores estaban allí, incluyendo los mensajes donde Juliana le contaba sobre el correo anónimo y la confrontación en el parque. Los transfirió al inspector. En ese momento, Castellano salió de la reunión con Daniela y fue directamente a buscar a Alan Díaz. No lo encontró.
El apartamento en la castellana estaba cerrado. Mariana Contreras, que abrió la puerta con un niño en brazos y la expresión de alguien que lleva días viviendo dentro de una pregunta sin respuesta, dijo que Alan no había llegado a casa desde el viernes por la mañana y que ella tampoco había podido localizarlo. Mariana no sabía nada de Juliana, no sabía nada de la playa.
Sabía con esa certeza acumulada de los matrimonios fracturados que su esposo era un hombre que mentía, pero no sabía hasta qué punto. Castellanos le informó que Alan podía estar involucrado en la desaparición de una mujer en la Guaira. Mariana se sentó despacio en el sofá con el niño todavía en brazos. Su cara no mostró sorpresa, mostró algo más difícil de nombrar, la confirmación de algo que una parte de ella había sabido durante tiempo y que ahora, de la peor manera posible se hacía real.
“José Luis sabe algo?”, preguntó Castellanos. Mariana tardó. Mi hermano estuvo muy alterado esta semana”, dijo despacio. Estaba hablando de Alan de que iba a hacer algo. Castellanos no esperó más, salió del apartamento y llamó a su equipo. José Luis Contreras fue localizado en su taller mecánico en Antíano el miércoles por la tarde.
No huyó cuando llegó la policía, no puso resistencia. estaba sentado en una silla plástica fuera del taller, mirando la calle con una expresión que los testigos describirían después como la de alguien que ya no tiene energía para pretender nada. Tenía marcas en los nudillos que no eran de trabajo mecánico. Fue detenido bajo sospecha y trasladado para interrogatorio.
Carlos Vega, el cómplice, fue detenido tres horas después en su casa en Katia. Vega, a diferencia de José Luis, estaba aterrorizado. Llevaba 5co días sin dormir y había perdido varios kilos en ese tiempo, según declararon sus familiares. Cuando los agentes llegaron, abrió la puerta él mismo antes de que tocaran.
En el interrogatorio, Vega habló primero. Habló durante 3 horas y 40 minutos. Y lo que dijo en esas 3 horas y 40 minutos le dio a castellanos toda la información que necesitaba para reconstruir lo que había ocurrido en esa playa y más urgentemente para encontrar a Juliana. El jueves 21 de marzo, 7 días después de la desaparición, los cuerpos fueron encontrados.
El de Juliana I, en el barranco que Vega había descrito con precisión. después de que quebrara y diera toda la información que tenía. El de Alan horas después en el abismo donde el carro había sido empujado. Para entonces el hashtag, ¿dónde está Juliana? había sido reemplazado con el peso específico de las peores confirmaciones.
Por otro, Venezuela entera supo la verdad ese jueves y Venezuela entera guardó silencio por un momento antes de que el dolor se convirtiera en ruido. No hay palabras. Dale like, suscríbete, comenta desde dónde estás viendo esto. Juliana merece que su historia llegue a todos lados. Caracas, Venezuela. Los meses que siguieron, hay un tipo de dolor público que las ciudades no saben bien cómo procesar.
No es el dolor de la guerra ni el de la catástrofe colectiva, donde todos sufren juntos y el sufrimiento tiene una dirección compartida. Es el dolor de un crimen que podría no haber ocurrido, de una serie de decisiones humanas que se encadenaron con una lógica horrible y terminaron en algo irreversible. Ese tipo de dolor produce en las ciudades una mezcla de rabia y parálisis que se expresa en formas distintas, dependiendo de quién lo vive y desde dónde.
Caracas procesó la muerte de Juliana Monteiro con esa mezcla característica. Las redes sociales fueron el primer espacio. El día en que se confirmó el hallazgo de los cuerpos, el jueves 21 de marzo, el nombre de Juliana circuló en todos los formatos posibles. Homenajes de personas que no la habían conocido.
Análisis de las fallas del sistema que dejó que algo así ocurriera, rabia dirigida contra Alan Díaz. Rabia dirigida contra José Luis Contreras. rabia dirigida contra las condiciones que en Venezuela de 2019 hacían que la justicia llegara cuando llegaba con las limitaciones propias de un sistema bajo presión permanente.
Hubo también, y esto fue importante, conversaciones que esa muerte abrió sobre temas que Venezuela necesitaba discutir aunque le costara, sobre los hombres que construyen vidas dobles durante años y los daños que producen en múltiples personas simultáneamente sobre los hermanos y amigos que toman la justicia en sus propias manos, convencidos de que están protegiendo a alguien y terminan siendo la causa del daño más irreparable sobre las mujeres que buscan respuestas en lugares que no son seguros porque el sistema formal no les ofrece una
alternativa confiable sobre la violencia que se incuba en la intersección del machismo, los celos y la traición. Esas conversaciones no eran nuevas, pero la historia de Juliana les dio un rostro concreto, un nombre, una fecha, un lugar. Y eso, aunque no sea suficiente para cambiar nada por sí solo, es siempre el primer paso de cualquier cambio real.
El proceso judicial comenzó en abril de 2019. José Luis Contreras fue imputado por homicidio intencional, calificado en el caso de Juliana Monteiro y por homicidio en el caso de Alan Díaz. Carlos Vega fue imputado como cómplice necesario en ambos cargos. Su colaboración con la investigación que había permitido encontrar los cuerpos y reconstruir los hechos fue considerada atenuante, pero no lo eximía de responsabilidad penal.

El proceso enfrentó las demoras y complicaciones habituales del sistema judicial venezolano en ese periodo. Hubo aplazamientos, cambios de juez, periodos de parálisis procesal que la familia de Juliana vivió con la frustración acumulada de quien necesita una resolución que el sistema no tiene prisa en proveer.
Carmen Monteiro, la madre de Juliana, se convirtió en la voz pública de ese proceso, no porque lo buscara, sino porque cuando nadie más habla, los que tienen la rabia más legítima terminan hablando por defecto. Carmen no era una mujer de discursos ni de apariciones públicas. Era una mujer que había criado dos hijas con la convicción de que el trabajo, el estudio y la honestidad eran suficiente protección contra el mundo.
Esa convicción había sido destruida el 14 de marzo de 2019. Lo que la reemplazó no era amargura, aunque había amargura. Era algo más parecido a una determinación sin adornos. que la historia de su hija no se convirtiera en estadística, que se supiera quién era Juliana más allá del caso, que el proceso llegara a su fin sin importar cuánto tiempo tomara.
Valentina, la hermana, tuvo un proceso diferente, más privado, más difícil de ver desde afuera. había dejado sus estudios de comunicación en el semestre siguiente a la muerte de Juliana, no de manera permanente, sino porque continuar requería una continuidad interna que no tenía en ese momento.
Vivía con sus padres, algunos días funcionaba con relativa normalidad y otros días simplemente no podía. Los psicólogos llaman duelo complicado a lo que Valentina experimentaba. No la progresión esperada de etapas que se procesan y se superan, sino una circularidad donde el dolor volvía con intensidad variable, sin ningún patrón predecible.
El tipo de duelo que produce no la muerte natural, sino la muerte violenta e inesperada de alguien que estaba en el centro de la vida propia. Valentina empezó terapia en mayo. No fue fácil. Las primeras sesiones consistieron principalmente en silencio y en la psicóloga esperando con paciencia mientras Valentina decidía cuánto podía dar en ese espacio.
Fue despacio, fue no lineal, fue eventualmente útil. Lo que más le costó, lo que la terapia tardó meses en ayudarla a procesar, era la pregunta que todas las personas que pierden a alguien de manera violenta se hacen y que no tiene respuesta satisfactoria. ¿Qué habría pasado si Daniela hubiera insistido más? Si Juliana hubiera escuchado, si ella misma hubiera llamado esa mañana en lugar de esperar.
Sí, sí, sí. La psicóloga le explicó en alguna sesión del otoño de 2019 que el sí es una forma que la mente usa para intentar recuperar el control sobre algo que esencialmente estuvo fuera de control. Que la necesidad de encontrar el punto donde la historia podría haber cambiado es comprensible, pero que cargarlo como culpa propia es un error de lógica emocional.
que la única persona responsable de lo que ocurrió en esa playa es quien tomó las decisiones que lo produjeron. Valentina escuchó eso y lo supo intelectualmente desde el primer momento. Que lo supiera emocionalmente tardó mucho más. Daniela vivió con su propia versión de esa carga. Había sido la última persona en hablar con Juliana de manera normal.
había sido quien recibió la ubicación en tiempo real. Había visto la señal de tenerse y había tardado 20 minutos. 20 minutos que en su memoria se habían vuelto eternos en empezar a hacer las llamadas que empezaron todo el proceso de búsqueda. 20 minutos hacían diferencia. La respuesta forense era no. Los eventos en la playa ya habían ocurrido cuando la señal se detuvo, pero la mente de Daniela no trabajaba con forense.
Trabajaba con la imagen de esos 20 minutos como un espacio que ella había dejado vacío por razones que en ese momento le parecieron razonables y que ahora le parecían imperdonables. Lo habló con su propio psicólogo, lo habló con sus amigas, lo habló con Valentina en una conversación difícil y necesaria que las dos mujeres tuvieron un mes después de la muerte de Juliana en la cocina de los padres de Juliana.
Conté que ninguna tomó. No es tu culpa le dijo Valentina a Daniela en esa conversación. Tampoco es la tuya, respondió Daniela. Y se miraron las dos. con el reconocimiento de quien sabe que esa verdad es real y que a la vez no es suficiente para quitar el peso que tienen. Ese tipo de verdad, la que es completamente correcta y al mismo tiempo insuficiente, es una de las cosas más difíciles que existen.
Mariana Contreras, la esposa de Alan, no era una víctima visible del caso, pero era una víctima. había perdido a su esposo de la manera más brutal posible en circunstancias que revelaban simultáneamente años de engaño y el alcance de la violencia de su propio hermano. Su duelo era triple y contradictorio por el hombre que amó en algún momento, aunque ya no lo reconociera, por la versión de su matrimonio, que resultó ser distinta de lo que creyó, y por la hermana que en algún nivel seguía queriendo, aunque lo que José Luis había hecho fuera algo que
no tenía nombre adecuado en ningún idioma. se mudó con sus hijos a casa de su madre. No dio declaraciones públicas, no participó del debate en redes sociales, vivió ese periodo con una discreción que algunos interpretaron como frialdad y que era en realidad la única forma que encontró de protegerse.
En el proceso judicial, Mariana declaró cuando fue citada. Sus declaraciones fueron breves y precisas. Cuando salió del juzgado después de la primera audiencia, los periodistas que esperaban afuera le hicieron las preguntas que esperan los periodistas. Mariana los miró un momento y dijo una sola cosa antes de subir al carro.
Yo no sabía lo que haría mi hermano. Eso es todo lo que tengo para decir. Y subió al carro sin añadir nada más. La condena llegó en agosto de 2020. 16 meses después de los hechos, José Luis Contreras fue sentenciado a 25 años de prisión por homicidio intencional, calificado con premeditación en el caso de Juliana Monteiro y por homicidio en el caso de Alan Díaz.
Carlos Vega recibió una sentencia de 18 años como cómplice necesario, reducida por su colaboración con la investigación. La familia de Juliana estuvo presente en la lectura de la sentencia. Carmen Monteiro escuchó la condena con la misma expresión que había tenido en todas las audiencias, atenta, contenida, sin mostrar nada que el sistema judicial pudiera interpretar como señal de que su dolor dependía de lo que ese sistema decidiera.
Cuando la sentencia fue leída, cerró los ojos por un segundo, luego los abrió. Valentina lloró afuera del juzgado, no adentro, en el estacionamiento, con la cabeza apoyada en el hombro de su madre, con el llanto de alguien que ha esperado mucho tiempo, un momento, que siempre supo que llegaría y que aún así, cuando llega, no produce el alivio que se esperaba, sino algo más extraño y más real, porque la sentencia era necesaria, era justa, era lo que el sistema estaba obligado a dar, pero no devolvía nada.
No cambiaba la mañana del 14 de marzo. No deshacía los 26 años de Juliana, ni los planes que tenía, ni la sonrisa que sus amigas todavía veían cuando cerraban los ojos. Esa es la verdad que nadie dice en los comunicados de prensa después de una condena. que la justicia legal y la justicia emocional son cosas distintas que raramente llegan al mismo tiempo y que nunca son exactamente iguales.
Caracas siguió siendo Caracas. En el apartamento de Altamira, donde Juliana había vivido sus últimos meses, una pareja joven vivía ahora. No sabían nada de la historia de la persona que había estado antes. Así funciona el tiempo en los apartamentos. borra las huellas de los que estuvieron y les da espacio a los que vienen.
En la clínica donde Juliana trabajaba, su silla fue ocupada por otro psicólogo 6 meses después de su muerte. Los pacientes que llegaron nuevos no sabían nada. Los colegas que la habían conocido no siempre hablaban de ella. Pero a veces en las conversaciones de pasillos su nombre aparecía de la manera en que aparecen los nombres de las personas.
que dejan una impresión que el tiempo no consigue hacer completamente desaparecer. Y en la playa en la Guaira, que siguió siendo la misma playa con la misma arena oscura y el mismo mar quieto a las mañanas, alguien colocó en algún momento una piedra pintada con el nombre de Juliana, cerca de las rocas donde fue encontrada su bolsa.
No era un memorial oficial, no tenía placa ni inscripción formal, era solo una piedra con un nombre escrito con pintura azul, del tipo de pintura que se consigue en cualquier ferretería. Resistió las lluvias de la temporada y siguió allí cuando el verano volvió. Y las pocas personas que llegaban a esa playa, sin saber la historia y preguntaban por la piedra, a veces encontraban a alguien que conocía la respuesta y se la daba con la brevedad específica de las historias, que pesan demasiado para contar las largas. Una
psicóloga joven vino a buscar la verdad que merecía. La mañana del 14 de marzo. Eso era todo y era demasiado. Si llegaste hasta el final de esta historia, lo que acabas de hacer importa. Escuchaste, prestaste atención, le diste tiempo a una historia que merece ser recordada. Dale like a este video ahora mismo.
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