Posted in

EL CASO QUE CONGELÓ CHILE: UNA BODA PROMETIDA, FIESTA SOÑADA Y NOVIO DESAPARECE SIN EXPLICACIÓN

Su coche seguía estacionado frente al salón. Su teléfono estaba apagado y las cámaras de seguridad de las calles cercanas lo captaron caminando solo en plena madrugada, todavía con su traje de novio, por una calle completamente desierta. Pero lo que nadie esperaba encontrar en esas grabaciones era lo que apareció en el segundo 37 de uno de los videos.

Edson, detenido en mitad de la vereda, hablando, gesticulando, respondiendo, hablando con alguien que la cámara no registraba. Y cuando la investigación comenzó a profundizar, emergió un dato que heló la sangre de todos los que trabajaron en el caso. Exactamente en esa misma calle, 20 años antes, otro hombre había desaparecido de manera idéntica.

también de noche, también recién casado, también sin dejar rastro. Antes de continuar, si eres nuevo en este canal, suscríbete ahora mismo, dale like a este video y cuéntanos en los comentarios desde qué ciudad o país estás viendo esto. Tu apoyo hace posible que sigamos trayendo historias como esta cada semana.

Y ahora sí, prepárate porque esta historia recién comienza. El 16 de octubre de 2019 amaneció con ese cielo frío y despejado que caracteriza al otoño tardío en la zona central de Chile. En Rancagua, ciudad de tamaño mediano enclavada entre viñedos y cordillera, la mañana olía a pan amasado y a eucalipto mojado. Las calles del centro histórico comenzaban a despertar con el ruido familiar de los buses, los vendedores y el eco metálico de las rejas de los comercios, abriéndose una por una en la calle Independencia número 412, en el departamento del segundo piso, que Edson

Carrasco Vidal compartía desde hacía 2 años con su hermano menor Rodrigo. El día comenzó antes de las 7 de la mañana. Edson ya estaba despierto cuando Rodrigo abrió los ojos, sentado a la mesa de la cocina con un café negro en la mano y la vista perdida en la ventana quedaba al patio interior del edificio.

“Pensé que estarías más nervioso”, le dijo Rodrigo mientras buscaba la cafetera. “Estoy tranquilo”, respondió Edson y lo dijo de una manera que Rodrigo recordaría muchas veces después, no como quien miente para aparentar calma. sino con la serenidad de alguien que ha tomado una decisión definitiva y ya no tiene nada que resolver.

Edson Carrasco era el mayor de tres hermanos. Su padre, don Héctor Carrasco, había trabajado toda su vida como operario en una planta de procesamiento de uva al sur de Rancagua y su madre, doña Rosa Vidal, era costurera de oficio y presidenta de la junta de Vecinos de su población. Edson había sido el primero de su familia en terminar una carrera universitaria en la Universidad de Oigins y trabajaba como contador en una empresa de construcción del centro de la ciudad desde hacía 7 años.

Era puntual, ordenado, de pocas palabras, pero de presencia sólida. El tipo de persona que en un grupo siempre termina siendo el que resuelve los problemas de todos los demás. Geralda Moreno Fuentes tenía 31 años y trabajaba como enfermera en el hospital regional de Rancagua. Se habían conocido 4 años antes en el matrimonio de un amigo en común.

habían empezado a salir tres meses después y desde el primer año todos en sus círculos respectivos daban por hecho que esos dos iban a terminar casándose. Geralda era directa, alegre, con una risa fácil y una energía que llenaba cualquier espacio. Formaban una pareja que a primera vista parecía funcionar por complemento. Ella ponía el movimiento, él ponía la quietud.

La ceremonia religiosa estaba programada para las 12 del mediodía en la parroquia del buen pastor, a seis cuadras del departamento de Edson. El salón de eventos estaba reservado desde las 3 de la tarde en el centro de eventos Viñas del Sol, ubicado a las afueras de la ciudad en dirección al camino que lleva hacia Machalí, rodeado de parrones y con una vista directa hacia las estribaciones de la cordillera.

A las 10 de la mañana, Edson y Rodrigo se vistieron juntos en el departamento. El traje de Edson era azul oscuro con corbata burdeos y un pequeño broche de plata en la solapa que había pertenecido a su abuelo materno. Mientras Rodrigo intentaba ponerse la corbata frente al espejo del baño y maldecía en voz baja, Edson le ajustó el nudo con una paciencia que hizo reír a los dos.

¿Estás seguro de que quieres hacer esto? preguntó Rodrigo en tono de broma. Más seguro que de cualquier otra cosa en mi vida, respondió Edson. La ceremonia fue exactamente lo que una boda de barrio en Rancagua sabe ser cuando se hace con cariño, llena de gente conocida, de niños corriendo por los pasillos de la iglesia, de señoras mayores llorando desde el principio, de amigos que hacen señas desde los bancos del fondo.

El padre Marcelo Iváñez, párroco de la comunidad desde hacía 12 años y amigo personal de la familia Carrasco, ofició la misa con esa mezcla de solemnidad y calidez que lo caracterizaba. Cuando Edson y Geralda se dieron el sí, el aplauso que llenó la nave de la iglesia se escuchó desde la plaza. En las fotos de ese mediodía, Edson aparece sonriendo, no con la sonrisa forzada de quien posa para la cámara, sino con una expresión abierta, genuina, que quienes lo conocían de toda la vida decían que raramente le veían con tanta claridad.

Geralda, con su vestido blanco de manga larga y su ramo de flores silvestres del campo chileno, no le quitaba los ojos de encima. La recepción comenzó a las 3:30 de la tarde en el centro de eventos Viñas del Sol, 123 invitados, música en vivo con un grupo que tocaba cueca, cumbia y baladas, vino tinto de la región, empanadas al horno, asado en parrilla y el infaltable pastel de tres leches que había hecho la tía Carmen, reconocida en la familia como la mejor repostera de toda la zona.

Edson bailó con Geralda, con su madre, con las abuelas de ambas familias. Brindó, agradeció, rió los testigos del matrimonio. Su amigo de infancia, Patricio Soto, y la prima de Geralda, Valentina Moreno, declararon después que durante toda la tarde no notaron nada fuera de lo normal en él. Pero Valentina sí recordó un momento, un detalle pequeño que en su momento no le llamó la atención, pero que después no pudo sacarse de la cabeza.

Alrededor de las 9 de la noche, durante un momento en que la música había pausado y muchos invitados estaban en las mesas conversando, Valentina vio a Edson de pie junto a la ventana lateral del salón, la que daba hacia el estacionamiento y los parrones del fondo. Estaba mirando hacia afuera con una expresión que ella describió como concentrada, casi ausente.

Tenía el celular en la mano, pero no lo estaba mirando. Solo miraba hacia la oscuridad del jardín. Duró quizás un minuto diría Valentina en su declaración. Después se dio vuelta, me vio mirándolo, me sonró y fue a buscar a Geralda para bailar. Yo pensé que estaba cansado, que era normal. Una boda es agotadora.

A las 10:45 de la noche, Edson le dijo a Geralda que iba a salir un momento a tomar aire. Le dio un beso en la mejilla, le apretó la mano y dijo que volvía en 10 minutos. Eso fue lo último que Geralda Moreno Fuentes vio de su marido esa noche. Pasaron 20 minutos, luego 30. Geralda pensó que estaba hablando con alguien en el estacionamiento, que se había encontrado con algún familiar que llegaba tarde, que simplemente el tiempo se le había pasado en alguna conversación.

Read More