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12 Soldados Encontraron a Pancho Villa Que Todos Creían Muerto…

El hombre más temido de México estaba muriendo como perro sarnoso en la sierra. Tres días con dos balazos pudriéndose en el hombro. Tres días sin agua, tres noches con la fiebre comiéndole los huesos hasta los tuétanos. Y mientras él se desangraba bajo un mezquite seco, el coronel que ordenó esa emboscada ya estaba en Chihuahua, brindando con champaña francesa, gritándole al mundo entero que él con sus propias manos había matado a Pancho Villa.

 Pero, compadre, lo que ese coronel no sabía es que 12 hombres ya iban en camino. Y lo que esos 12 hombres encontraron en el fondo de aquella cañada cambió para siempre el destino del norte. Yo lo maté. ¿Me oyen, cabrones? Yo, Anastasia Bernal, fui el que le metió la bala que ningún federal se atrevió a meterle en 5 años de revolución.

 Le entré por el flanco como mero hombre y le rompí el hombro derecho de un solo plomazo. Le di donde más le duele a un centauro en el lomo y se cayó, compadres.  Se cayó como cae un buey viejo cuando le rompen la nuca con el mazo. Vi su cara, vi como se le fue ese aire de gallo bravo que tenía. Vi como el bigote se le manchó de sangre y de tierra al mismo tiempo.

 Y luego, ¿saben qué hice? Le escupí. Sí, señor. Le escupí en  el cachete al hombre que estuvo aterrado a este país entero. Le dije, “Aquí se acaba tu corrido, Doroteo.” Y dejé que los zopilotes hicieran lo suyo, porque ese animal no merecía sepultura cristiana. Ese animal no merecía ni una cruz de palo en medio del desierto.

 Que se lo coman las tilcuates de la sierra. Que se le pudran los ojos al sol, que las hormigas se le metan por la boca, por las orejas, por las narices. Y ahora síme otra copa, mis señores, porque hoy bebemos por la nueva paz de México. Hoy bebemos porque el  bandolero del norte ya no respira.

 Hoy bebemos porque  al fin un hombre con galones supo lo que hay que hacer. Esas fueron las palabras del coronel Anastasio Bernal, compadre. Dichas en voz alta frente a 30 oficiales  carrancistas. en el comedor principal del hotel Robinson de la ciudad de Chihuahua, con la guerrera bordada en plata, con el bigote engominado y oloroso a brillantina, con el dedo gordo  metido en el chaleco como si fuera el mero dueño del mundo.

 No bajó la voz, no miró por encima del hombro, dijo cada palabra con la sonrisa torcida del que ya saboreó la victoria. Dijo cada nombre como quien suelta una blasfemia en el atrio de una iglesia. Y los oficiales que lo escuchaban, esos hombres con galones recién colgados, esos que en Celaya se habían llenado los pantalones de miedo cuando  vieron por primera vez la caballería villista, levantaron sus copas y le brindaron.

 Por la muerte de Pancho Villa, por el fin del centauro del norte, por el coronel Bernal, héroe de la nación, salvador de Chihuahua, hombre del momento. Pero fíjate bien lo que te voy a contar ahora, compadre, porque aquí es donde la historia se tuerce de una manera que ningún libro se atrevió a escribir. Porque mientras Bernal brindaba con champaña francesa, mientras los meseros del hotel Robinson le servían trozos de carnero asado en plato de plata, mientras la noticia ya cruzaba la frontera y los gringos del otro lado se persignaban de gusto, a 30 leguas de

ahí, en una cañada perdida de la Sierra Madre Occidental, 12 hombres montados en caballos flacos y polvorientos seguían un rastro de sangre que nadie en el campamento creía que llevara a ninguna parte. 12 hombres que no aceptaron lo que les dijeron. 12 hombres que se metieron al monte sin orden oficial, sin mapa, sin esperanza, sin más cosa en el bolsillo que una corazonada terca de que el general no podía haberse muerto así como cualquier indio sin nombre.

 Y lo que esos 12 hombres encontraron tres días después en el fondo de aquella cañada no estaba en ningún manual militar, no estaba en ningún reporte oficial, no estaba en ningún corrido cantado en cantina hasta hoy. Porque hoy, compadre, hoy desenterramos el rastro que el coronel Bernal y todos sus aliados pensaron haber borrado para siempre.

 Hoy te cuento la verdad de lo que pasó entre el 12 de junio y el 15 de junio de 1915. Hoy te cuento cómo el hombre más temido de México volvió de entre los muertos. Tú estás escuchando crónicas del México Bravo. Aquí desenterramos lo que quisieron borrar de los archivos. Antes de seguir, dime, compadre, ¿desde qué rincón del mundo me estás escuchando ahorita? Escríbelo ahí abajo en los comentarios, que quiero saber de dónde son los que aguantan historias así, de las que no se cuentan en cualquier mesa.

Dale like si crees en la justicia y si todavía no estás suscrito, ya sabes qué hacer. Porque aquí el norte habla con su voz propia. Pero volvamos porque esto apenas comienza. Para entender lo que pasó en esa cañada, primero hay que entender quién era el coronel Anastasio Bernal.

 Y para entenderlo a él, hay que entender el aire que se  respiraba en Chihuahua en la primavera del 15. Era un aire pesado, compadre, un aire que olía a derrota mojada. La división del norte, ese ejército que alguna vez tuvo 50,000  hombres. Ese ejército que hizo temblar al mismísimo Woodro Wilson en su despacho de Washington llevaba 4 meses retrocediendo.

 Celaya en abril, Trinidad en mayo, León a principios de junio. Cada batalla era un golpe en el estómago. Cada repliegue era un pedacito de leyenda que se caía al polvo. Y Álvaro Obregón, ese sonorense astuto que había aprendido la guerra moderna leyendo los libros que llegaban de Europa, había encontrado la manera de matar a la caballería villista sin pelearle de frente.

 Alambres de púas, trincheras, ametralladoras. La revolución se había vuelto industrial, compadre, y los hombres a caballo, por más bravos que fueran, ya no podían contra el plomo que sale de una cinta sin fin. En medio de esa derrota, el coronel Bernal vio su oportunidad. Bernal era de esos hombres que la guerra fabrica de su propio barro.

 Tenía 42 años, ojos pequeños y vivos como de coyote, una cicatriz vieja en la mejilla izquierda que él mismo se inventaba historias para presumir y un odio profundo, viejísimo, dirigido específicamente contra el nombre de Pancho Villa. Un odio que no era nada más político, era personal. Pero ese pedacito de la historia, compadre, ese pedacito te lo voy a contar más tarde porque ahí está enterrado uno de los mayores secretos de toda esta tragedia.

Tú no más guarda en la memoria que Bernal odiaba a Villa con un odio que le quemaba las tripas todas las mañanas al levantarse. Un odio que le quitaba el sueño, un odio que le había convertido la cara en lo que era. Y Bernal tenía algo que casi nadie en el ejército carrancista tenía. Un informante adentro, un nombre, un solo nombre que valía más que 100 soldados.

 Ese nombre estaba escrito en un expediente que Bernal cargaba en una carpeta de cuero negro debajo del brazo día y noche. Lo guardaba con celo, como guardan los curas, las hostias consagradas. Y cuando se sentaba en su despacho, solo con la puerta cerrada, lo abría y lo leía en voz baja, como si necesitara recordarse a sí mismo que era verdad.

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