Eran las once de la mañana, esa hora bruja en la que el aire de la oficina huele a una mezcla de tóner recalentado, desinfectante barato y la desesperación silenciosa de quienes cuentan los minutos para el fin de semana. Sergio estaba allí, frente a la máquina de café, observando con hipnótica fascinación cómo el chorro de líquido negruzco caía con una lentitud exasperante en el vaso de cartón. Aquella máquina tenía un sentido del humor retorcido: siempre decidía hacer una limpieza automática justo cuando más prisa tenías, emitiendo unos ruidos que recordaban a un Transformer con bronquitis.
—Venga, bonita, no me falles ahora —susurró Sergio, ajustándose las gafas que se le resbalaban por el puente de la nariz debido al sudor frío del estrés matutino.
Sergio trabajaba en el departamento de “Cosas que otros rompen y yo tengo que arreglar”, aunque oficialmente su contrato decía Consultor de Procesos. Tenía una regla de oro: nunca establecer contacto visual directo con los mandos intermedios después de las diez. Era peligroso. Como en un documental de La 2 sobre la sabana africana, el depredador huele el miedo, pero sobre todo, huele la disponibilidad.
Justo cuando el café terminó de caer y Sergio se disponía a dar el primer sorbo salvador, lo oyó. No fue un grito, ni un ruido fuerte. Fue algo mucho peor. Fue el sonido de unos mocasines de piel de calidad sospechosa golpeando el suelo de linóleo con una cadencia rítmica, segura, casi jovial.
Paco. El Jefe.
Paco era un hombre que entendía el concepto de “espacio personal” como algo que solo les pasaba a otras personas. Tenía esa habilidad tan española de acercarse tanto que podías saber qué había desayunado (tostada con tomate y un exceso de ajo, claramente). Se detuvo justo a medio metro de Sergio, con una sonrisa que no llegaba a los ojos pero que iluminaba toda la estancia con una falsa benevolencia.
—¡Sergio! Hombre, mi consultor favorito. Qué alegría verte con energía —dijo Paco, dándole una palmadita en el hombro que por poco hace que el café termine decorando la camisa blanca de Sergio.
—Hola, Paco. Aquí andamos, intentando que el cerebro arranque —respondió Sergio con una sonrisa forzada, calculando mentalmente la ruta de escape más cercana. La puerta de incendios estaba bloqueada por cajas de folios, error táctico.
Paco puso las manos en los bolsillos, se balanceó sobre sus talones y soltó la frase que activó todas las alarmas nucleares en el sistema nervioso de Sergio.
Sergio sintió un escalofrío. “Un minuto”. En el diccionario de la Real Academia de la Oficina, “un minuto” es una unidad de tiempo indeterminada que oscila entre los cuarenta y cinco minutos y el final de la jornada laboral. Es el equivalente empresarial a cuando un camarero te dice “marchando una de bravas” y te la trae cuando ya te has jubilado.
—Eh… bueno, sí, supongo. Iba a terminar de subir el informe de los KPIs, pero… —empezó Sergio, intentando poner una barrera defensiva.
—Perfecto, perfecto —interrumpió Paco, ignorando cualquier rastro de resistencia—. No te preocupes por el informe, eso puede esperar. Si es que lo mío es una cosita rápida. De verdad, un visto y no visto.
“Una cosita rápida”.
Sergio cerró los ojos un segundo. Visualizó su alma despegándose de su cuerpo, subiendo hacia los fluorescentes del techo y mirando hacia abajo con lástima. Su cuerpo físico estaba allí, atrapado en la cocina, pero su espíritu ya estaba pidiendo asilo político en cualquier otro lugar.
—Paco, con todo el respeto del mundo —dijo Sergio, bajando la voz como si confesara un pecado—, cada vez que decís eso de “una cosita rápida”, mi alma sale del cuerpo y se va a tomar unas cañas por su cuenta. Se niega a participar en lo que viene después.
Paco soltó una carcajada estrepitosa, de esas que buscan la complicidad del resto de la oficina. Dos becarios que pasaban por allí aceleraron el paso, temiendo ser arrastrados por la onda expansiva de la “cosita rápida”.
—¡Qué exagerado eres, Sergio! De verdad, si es que te pones en lo peor. Es un matiz, una tontería de nada sobre el proyecto de los clientes de Albacete. Cuatro apuntes, un par de vueltas a un Excel y lo tenemos. Venga, vamos a mi despacho, que allí se está más tranquilo.
Sergio miró su café. Estaba caliente. Estaba perfecto. Sabía que, para cuando saliera del despacho de Paco, ese café tendría la temperatura de un glaciar y la consistencia del petróleo crudo. Suspiró, aceptando su destino con la resignación de un gladiador entrando en el Coliseo con un tenedor de plástico.
—Vamos —dijo Sergio—. Pero conste que he avisado. Mi alma está ahora mismo en la planta de arriba mirando los vuelos a las Maldivas.
Parte 2: El Agujero Negro del Despacho
Entrar en el despacho de Paco era como cruzar el horizonte de sucesos de un agujero negro: el tiempo se dilataba y las leyes de la lógica dejaban de aplicarse. El despacho estaba decorado con ese estilo “ejecutivo de los 90” que se resistía a morir: un par de títulos enmarcados torcidos, una foto de una cena de empresa donde todo el mundo salía con los ojos rojos, y una montaña de papeles que Paco llamaba “mi sistema de archivo dinámico”.
—Siéntate, Sergio, hombre, ponte cómodo —dijo Paco, señalando una silla de confidente que cojeaba ligeramente—. ¿Quieres algo? ¿Un agua? ¿Un caramelo de esos de café que llevan ahí desde la Expo del 92?
—No, gracias, Paco. De verdad, vamos a por esa “cosita rápida”, que tengo el servidor a medio configurar y si se cae, vamos a tener un drama nacional —mintió Sergio, intentando inyectar una sensación de urgencia que Paco siempre lograba neutralizar con su parsimonia.
Paco se sentó tras su mesa, encendió la pantalla de su ordenador —que tardaba tanto en arrancar que te daba tiempo a leerte “El Quijote”— y empezó a buscar algo en el escritorio.
—A ver, a ver… ¿dónde lo tenía yo? Ayer lo guardé en una carpeta que se llamaba “Varios”. O quizá era “Cosas importantes”. O “Mirar luego”. Es que estos de informática me cambian los iconos y me vuelven loco, Sergio.
Sergio miraba el reloj de pared. Habían pasado cinco minutos y todavía no habían empezado a hablar de la “cosita”.
—Paco, si me dices de qué va, igual te puedo ayudar a encontrarlo —sugirió Sergio con un tono de voz que pretendía ser servicial pero que destilaba una impaciencia mal disimulada.
—¡Ah, ya lo tengo! —exclamó el jefe, abriendo un documento de Word que parecía haber sido escrito por un niño de cinco años con un teclado roto—. Mira, es esto. Los de Albacete dicen que el presupuesto les parece bien, pero que quieren cambiar “un par de detalles de nada”.
Sergio se inclinó hacia delante. El “par de detalles de nada” era una lista numerada que llegaba hasta el infinito y más allá. Cambios en la interfaz, integración con sistemas que ni siquiera existían todavía, y una petición específica de que el logo “brillara más, pero con una luz humilde”.
—Paco… esto no es una cosita rápida. Esto es una reestructuración completa del proyecto. Esto son, tirando por lo bajo, tres semanas de trabajo de todo el equipo de desarrollo.
Paco hizo un gesto con la mano, restándole importancia, como quien aparta una mosca molesta.
—Que no, hombre, que no. Si es solo cambiar cuatro colores y poner un botón aquí y otro allá. Tú que eres un hacha con el código ese que escribes, esto lo haces en un rato mientras escuchas un podcast. Lo que pasa es que sois unos artistas y os gusta recrearos.
—No es recrearse, Paco, es que si cambio la arquitectura de la base de datos para que el logo “brille con luz humilde”, se nos cae toda la pasarela de pagos —explicó Sergio, empezando a sentir un tic nervioso en el ojo izquierdo.
—Bueno, pues busca una solución creativa. Para eso te pagamos el sueldo, ¿no? —Paco soltó una risita que pretendía ser motivadora pero que solo consiguió que Sergio se imaginara a sí mismo teletransportándose a una isla desierta—. Pero espera, que eso no es todo. Ya que estamos, me ha llamado el de marketing, el Javi, ¿lo conoces? El que siempre va con calcetines de colores.
—Sí, Paco, conozco a Javi.
—Pues Javi dice que ha visto una cosa en una web coreana que le ha encantado. Una especie de animación que sale cuando pasas el ratón por encima de las fotos. Dice que si lo podemos meter para la presentación de esta tarde a las cuatro. Una cosita rápida, ya sabes. Total, es copiar y pegar el código, ¿no?
Sergio se frotó las sienes. El café que había dejado fuera debía estar ya a temperatura bajo cero.
—Paco, no se puede “copiar y pegar” una animación de una web coreana en nuestro sistema de seguridad bancaria. Son lenguajes distintos, infraestructuras distintas y, sobre todo, lógicas de negocio distintas. Es como si me pides que le ponga alas de avión a un tractor.
—¿Y no se puede? —preguntó Paco con una curiosidad genuina y aterradora—. Un tractor con alas… molaría, ¿eh? La de tiempo que ahorrarían en el campo.
Sergio guardó silencio durante diez largos segundos. Se dio cuenta de que estaba perdiendo la batalla. La “cosita rápida” se estaba convirtiendo en un monstruo de mil cabezas que iba a devorar su hora de la comida, su tarde y, probablemente, su salud mental.
—Paco, vamos por partes. Si quieres que hagamos lo de Albacete, tengo que hablar con el equipo. Lo de Javi es imposible para hoy. Punto.
—Bueno, bueno, no te pongas así. Si es que os ahogáis en un vaso de agua. Vamos a ver el Excel un momento, que ahí se ve todo más claro.
Paco abrió el Excel. El Excel de Paco era un crimen contra la humanidad. Celdas combinadas sin sentido, colores chillones que dañaban la retina, fórmulas que daban error por todas partes y una columna titulada “Varios” que contenía desde números de teléfono hasta la lista de la compra.
—Mira —dijo Paco, señalando una celda roja—. Aquí es donde quiero que metas la “cosita rápida” del presupuesto.
Sergio se acercó a la pantalla, entrecerrando los ojos. Aquello no era un presupuesto. Era una pesadilla geométrica.
Parte 3: La Metamorfosis del Tiempo
Habían pasado ya cuarenta minutos. La “cosita rápida” de Paco se había ramificado como un árbol genealógico de una familia real europea: compleja, llena de conflictos y difícil de seguir. Sergio ya no sentía las piernas. El aire en el despacho se había vuelto denso, cargado de las divagaciones de Paco, que ahora estaba contando una anécdota sobre cómo su cuñado había arreglado una caldera con un chicle y un clip.
—Y entonces le dije: “Manolo, que nos vamos a quedar sin calefacción”, y el tío, ni corto ni perezoso… —Paco seguía hablando mientras gesticulaba con un bolígrafo que había perdido la tapa—. Pero bueno, que me desvío. Volviendo a lo nuestro.
—¿A lo nuestro? —preguntó Sergio, con la voz ya un poco quebrada—. ¿Te refieres a la “cosita rápida” que iba a ser un minuto?
—Eso, eso. Pues resulta que he pensado que, ya que vas a tocar el código para lo de Albacete y lo de la animación coreana, podríamos aprovechar para cambiar el sistema de facturación. Es que el que tenemos ahora es muy… no sé, muy gris. Yo quiero algo más dinámico, más “Sillicon Valley”, ¿me entiendes?
Sergio miró fijamente a Paco. Por un momento, pensó en levantarse, salir del despacho, recoger sus cosas y mudarse a un pueblo remoto de los Pirineos para cuidar cabras. Las cabras no pedían cambios de última hora en el CSS. Las cabras eran honestas.
—Paco —dijo Sergio con una calma antinatural, la calma que precede a las grandes tormentas—, cambiar el sistema de facturación no es una “cosita rápida”. Es un proyecto de seis meses con un equipo de diez personas. No es algo que se hace “ya que vas a tocar el código”. Es como decir: “ya que vas a cambiarle el aceite al coche, ¿por qué no aprovechas y le pones un motor de propulsión iónica y lo conviertes en un submarino?”.
Paco puso cara de estar procesando la información, pero Sergio sabía que lo único que estaba pasando por la cabeza de su jefe era la sintonía de algún programa de televisión.
—Eres un poco exagerado, de verdad. Si es que os habéis vuelto muy cuadriculados con la tecnología. Con lo fácil que era antes, que lo apuntabas todo en una libreta y no fallaba nunca. Pero oye, que si dices que es difícil, te creo. Pero lo de Albacete sí que urge. Me han dicho que si no les enviamos el prototipo antes de las dos, se van con la competencia.
Sergio miró el reloj. Eran las doce menos cuarto.
—¿Antes de las dos? Paco, me has tenido aquí encerrado casi una hora para decirme que tengo que entregar algo en dos horas que requiere tres semanas de trabajo.
—Bueno, pero es que si no te lo cuento bien, luego hay malentendidos. La comunicación es la base del éxito, Sergio. Lo dice siempre el de los cursos de coaching que viene los martes. “La fluidez informativa es el lubricante de la empresa”. Gran frase, ¿verdad?
—Prefiero no comentar lo del lubricante, Paco —respondió Sergio, levantándose de la silla con un esfuerzo titánico—. Me voy a mi sitio. Voy a ver qué puedo salvar del naufragio.
—¡Espera, espera! —gritó Paco, deteniéndolo justo cuando llegaba a la puerta—. Una última cosita. Prometido que es la última. De verdad. Una cosa de diez segundos.
Sergio se detuvo, con la mano en el pomo de la puerta. Sabía que no debía girarse. Sabía que era una trampa. Pero la curiosidad, o quizá el síndrome de Estocolmo laboral, pudo con él.
—¿Qué pasa ahora?
—Es que mi hija tiene un blog de cocina, “¿Sabes lo que te digo?”, se llama. Muy bueno, hace unas croquetas de boletus que te mueres. El caso es que se le ha desconfigurado el menú y no le salen las fotos de las croquetas. ¿Tú le podrías echar un ojo? Es una tontería, seguro que para ti es un minuto. Te paso el enlace por WhatsApp.
Sergio no respondió. Simplemente abrió la puerta y salió al pasillo. Escuchó de fondo la voz de Paco despidiéndose con un alegre: “¡Venga, que tú puedes con todo, campeón!”.
Al llegar a la cocina, su café seguía allí. Estaba frío, con una fina película en la superficie que parecía un mapa del Ártico. Sergio lo cogió, lo tiró por el fregadero y se quedó mirando el fondo de la taza.
Parte 4: El Retorno del Superviviente
Sergio regresó a su puesto de trabajo. Sus compañeros lo miraron con esa mezcla de respeto y lástima que se le reserva a alguien que acaba de volver del frente de batalla. Marta, la diseñadora, que estaba sentada en la mesa de al lado, se giró con su silla de ruedas.
—¿Qué? ¿Ha sido la “cosita rápida” de siempre o ha batido el récord? —preguntó ella, mientras masticaba un chicle con un ritmo que marcaba el paso de las horas.
—Cincuenta y siete minutos —respondió Sergio, dejándose caer en su silla ergonómica que, de ergonómica, solo tenía el nombre—. Ha empezado con lo de Albacete, ha pasado por una animación coreana, ha sugerido cambiar todo el sistema de facturación y ha terminado pidiéndome que le arregle el blog de croquetas a su hija.
Marta soltó una carcajada que resonó en toda la oficina.
—El blog de croquetas… eso es nuevo. A mí la semana pasada me pidió que le retocara unas fotos de su comunión. ¡De su comunión, Sergio! Que las fotos estaban en blanco y negro y tenían más grano que una playa. Quería que le pusiera color y que le quitara las orejas de soplillo con el Photoshop. “Una cosita rápida”, me dijo.
—Es un arte —reflexionó Sergio, abriendo por fin su editor de código—. Es una forma de terrorismo psicológico basada en la subestimación sistemática del trabajo ajeno. Si alguien te pide que construyas un puente en una tarde, te ríes. Si Paco te dice que es una “cosita rápida”, por un momento, solo por un momento, llegas a dudar de las leyes de la física.
Sergio empezó a teclear con furia. Sabía que no llegaría a lo de Albacete, ni mucho menos a lo de la animación coreana. Se centraría en lo básico, en lo que realmente importaba para que la empresa no saltara por los aires. Pero, como era de esperar, a los diez minutos, su teléfono vibró sobre la mesa.
Un mensaje de WhatsApp de Paco.
“Sergio, perdona, se me ha olvidado decirte otra cosita rápida. El de Albacete dice que si podemos añadir un chat con inteligencia artificial que hable en dialecto manchego. Dice que le daría un toque cercano. Míralo, que seguro que hay una librería de esas por internet. ¡Gracias, crack!”.
Sergio dejó el móvil a un lado. Miró la pantalla. Luego miró a Marta.
—Marta, ¿tú sabes cuánto se tarda en entrenar una IA para que diga “muchismo” y “bacín”?
—¿Qué?
—Nada, olvídalo. Cositas rápidas.
La tarde transcurrió en un desenfreno de correos electrónicos, llamadas de clientes indignados y la sensación constante de que el mundo se acababa a las dos de la tarde. Sergio logró estabilizar el sistema de Albacete, ignoró olímpicamente lo del chat manchego y, por supuesto, no abrió el blog de las croquetas.
A las dos en punto, Sergio recogió su mochila. No iba a quedarse ni un segundo más. Ya había dado su cuota de “minutos” extra para los próximos tres años. Mientras cruzaba la puerta de salida, vio a Paco asomar la cabeza por su despacho.
—¡Sergio! ¿Te vas ya? Oye, antes de que te marches, ¿tienes un segundito? Es que me ha surgido una duda existencial con el…
Sergio no se detuvo. Ni siquiera giró la cabeza. Aceleró el paso, cruzó el umbral hacia la calle y sintió el aire fresco de la ciudad en la cara.
—Mañana, Paco —gritó por encima del hombro—. Mañana será otro minuto.
Caminando hacia el metro, Sergio se dio cuenta de algo fundamental. La “cosita rápida” no era un tiempo de trabajo, era un estado mental. Era el pegamento que mantenía unida la absurda burocracia de la oficina con la realidad. Y mientras existieran jefes como Paco, siempre habría empleados como él, expertos en la ciencia de sobrevivir a los minutos más largos de la historia.
Porque, al final del día, lo único que realmente era “una cosita rápida” era el tiempo que tardaba en olvidarse de todo aquello en cuanto cruzaba la puerta del bar de la esquina y pedía una caña bien fría. Eso sí que era visto y no visto.
Y así, con el alma regresando por fin a su cuerpo, Sergio se perdió entre la multitud, sabiendo que mañana, inevitablemente, alguien volvería a preguntarle: “¿Tienes un minuto?”.
Y él, como siempre, diría que sí.