El cuarto día de este conflicto abierto trajo una noticia que me obligó a suspender todas las reuniones de mi agenda. Israel bombardeó el edificio de la asamblea de expertos de Irán, el edificio donde se reunían los 90 ayatolás responsables de elegir al nuevo líder supremo que debe suceder a Ali Jamenei.
No es un edificio cualquiera, no es un objetivo militar en ningún sentido convencional de esa palabra. Es el corazón institucional de la teocracia iraní, el lugar donde el poder religioso y el poder político del país se fusionan en una decisión que determinará el rumbo de 80 millones de personas durante la próxima generación.

Bombardearlo no es un acto de guerra convencional, es un mensaje sobre el tipo de guerra que se está librando. Para entender lo que está ocurriendo, hay que entender primero cómo llegamos hasta aquí. Las negociaciones sobre el programa nuclear iraní llevan décadas arrastrándose en una danza que involucró a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad Más Alemania.
El acuerdo más relevante fue el JCPOA negociado durante el gobierno de Obama que imponía límites verificables al programa nuclear iraní y abría una ventana de posibilidad para una relación diferente entre Irán y Occidente. Donald Trump lo destruyó en 2018 unilateralmente sin consultar a los aliados europeos que habían pasado años construyéndolo, con la convicción declarada de que podía negociar algo mejor y con la convicción no declarada de que el objetivo real no era un acuerdo mejor, sino la ausencia de acuerdo. Las negociaciones que
siguieron tenían todas las características de una escenificación, los movimientos del teatro diplomático, sin ninguna intención real de llegar a un resultado que no fuera el que la agenda de Netañahu llevaba años requiriendo. agenda es, en sus términos más directos, la eliminación de Irán como potencia regional capaz de desafiar la hegemonía de Israel en Oriente Medio.
El cuarto día de este conflicto comenzó antes del amanecer. Ataques aéreos israelíes golpearon Beirut. Los objetivos declarados eran centros de comando y depósitos de armas de Jesbolá. Mientras Beirut ardía, Irán lanzó su propia ofensiva, misiles disparados en dirección a Telviv. El sistema de defensa aérea israelí fue activado con la urgencia que ese tipo de alerta requiere.
Simultáneamente, Irán atacó la embajada de los Estados Unidos en Arabia Saudita. El edificio estaba vacío. El daño fue material, no humano. Pero el simbolismo es de una magnitud. que cualquier analista reconoce inmediatamente. Atacar una embajada estadounidense no es un acto de guerra táctica, es una declaración de intenciones sobre los límites que Irán está dispuesto a cruzar.
Un mensaje que dice con claridad que para Teerán este no es un conflicto bilateral con Israel, sino una guerra con todo el bloque que Israel representa. El presidente Trump respondió diciendo que la guerra debería durar unas 5co semanas, pero que podría ser más larga si fuera necesario. Cuando escuché esa declaración en mi despacho, el silencio que siguió dijo más que cualquier análisis que pudiéramos haber articulado en ese momento.
Nadie que entienda a Irán cree que esta guerra durará 5co semanas. Y entonces llegó la noticia que cambió la naturaleza del conflicto. El edificio de la asamblea de expertos ubicado al sur de Teerán fue destruido en un ataque aéreo. Todos los Ayatolás estaban presentes. En el momento en que escribo estas líneas, no hay información confirmada sobre víctimas.
Pero la pregunta que ese ataque plantea no requiere esperar los números definitivos para ser formulada con urgencia. ¿Qué ocurre con Irán si los 90 yatolás responsables de elegir al nuevo líder supremo son eliminados antes de que puedan ejercer esa función? Un académico que lleva décadas estudiando la política interna iraní me explicó algo que se quedó resonando con insistencia.
Dentro del islam chiita, estos ayatolás tienen una función que va más allá de lo que en Occidente entendemos como función política. Son líderes espirituales en el sentido más profundo. Su autoridad no es solo institucional, es religiosa. Eliminarlos no es, desde la perspectiva de quienes lo siguen, un acto de neutralización de amenazas.
Es algo que en la historia humana tiene un nombre preciso, se llama martirio. Y el martirio en la tradición religiosa chiita no debilita a los movimientos, los fortifica, los galvaniza, convierte la derrota táctica en combustible espiritual para décadas de resistencia. El propio Jamenei lo entendía perfectamente. Sabía que su palacio sería atacado y siguió trabajando normalmente hasta el final, no por falta de información sobre el riesgo, sino por la convicción de que morir como mártir era precisamente lo que su doctrina señalaba como el mejor
de los destinos posibles. lógica del martirio, completamente ajena a la racionalidad estratégica occidental, es el factor que hace que los análisis que tratan este conflicto como un simple problema de capacidad militar estén sistemáticamente equivocados en sus predicciones. Hay un segundo elemento del ataque que me parece igualmente importante.
Cuando se decapita el liderazgo de un estado, el resultado no es la pacificación, es la fragmentación. México conoce este fenómeno mejor que la mayoría de los países. Hemos visto repetidas veces como la eliminación de un líder criminal no produce el fin de su organización, sino su fractura en múltiples grupos más pequeños, más erráticos y más difíciles de gestionar.
Lo que ocurrió en Libia después de Gaddafi es el ejemplo más perturbador. Un país que existía como entidad unificada se fragmentó en múltiples actores armados que todavía hoy no han podido ser reunificados. El resultado fue un estado fallido que se convirtió en fuente de inestabilidad para toda la región.
Afganistán ilustra la misma dinámica, 20 años de presencia militar estadounidense que en su momento de mayor extensión controlaba apenas el 20% del territorio. Cuando esa presencia se retiró, el talibán retomó el poder en semanas. Irán es más complejo y más institucionalmente sólido. Pero la pregunta de qué ocurre con la autoridad política y religiosa si la asamblea de expertos es eliminada antes de elegir al nuevo líder supremo, no tiene respuesta tranquilizadora en este momento.
Y esa incertidumbre es exactamente el tipo de vacío que produce las peores consecuencias geopolíticas. China no puede ser ignorada en este análisis. Desde 1994, China es importadora neta de petróleo. Su economía depende de un suministro energético que ella misma no puede producir en cantidades suficientes. Irán ha sido uno de sus proveedores más importantes, dispuesto a vender a precios que ningún otro mercado ofrecía, precisamente porque las sanciones occidentales dejaban pocas alternativas.
La estrategia energética del gobierno Trump apunta en una dirección clara. Cortar el acceso de China a los combustibles que necesita para llegar a las negociaciones con Shijin Ping en una posición de mayor fortaleza. Pero esa estrategia tiene consecuencias globales. El estrecho de Ormú, controlado efectivamente por Irán, es la arteria por donde pasa una parte significativa del petróleo mundial.
