Colombia atraviesa un momento de transformación profunda donde los antiguos bastiones del poder tradicional parecen estarse desmoronando frente a los ojos de la nación. El pasado 2 de mayo de 2026, el departamento de Caldas se convirtió en el escenario de una jornada que dejó al descubierto dos realidades innegables: el creciente desinterés ciudadano por las banderas del uribismo y la peligrosa deriva violenta de quienes, al verse sin argumentos ni multitudes, apelan a la agresión física para acallar el disenso.
Álvaro Uribe Vélez, quien fuera durante décadas el “rey” absoluto de la política colombiana, enfrentó en municipios como Pennsylvania —históricamente conservadores y de derecha— un panorama desolador. Las imágenes captadas en el parque principal no mienten: la convocatoria apenas logró reunir a un centenar de personas, dejando la plaza prácticamente vacía. Lo que antes era un fenómeno de masas hoy se traduce en un fracaso logístico y político que evidencia que el pueblo colombiano, incluso en las tierras del Eje Cafetero, ha empezado a abrir los ojos. Sin embargo, lo más grave no fue la falta de asistentes, sino la reacción visceral de los militant
es del Centro Democrático ante la presencia de quienes apoyan el proyecto del cambio liderado por figuras como Iván Cepeda.
Samaná: El escenario de una agresión injustificable
La situación alcanzó su punto de máxima tensión en el municipio de Samaná, Caldas. Allí, la intolerancia política mostró su rostro más amargo. Julián Jiménez, un joven artista plástico de la localidad, decidió ejercer su derecho constitucional a la protesta pacífica. Su única herramienta fue un cartel en el que expresaba su apoyo al senador Iván Cepeda y su descontento con la visita del expresidente Uribe al oriente caldense.

Lo que siguió fue una escena de barbarie. Sin mediar palabra, miembros y seguidores del Centro Democrático rodearon al joven. En videos que ya circulan profusamente por redes sociales, se observa cómo un hombre mayor inicia la agresión física, propinándole golpes ante la mirada de la policía. La situación escaló rápidamente hasta convertirse en un linchamiento frustrado por una turba enfurecida que gritaba insultos y lanzaba puñetazos. La intervención de unidades especiales de la policía, específicamente del grupo GOES, fue lo único que evitó una tragedia mayor, teniendo que escoltar al artista para proteger su integridad física.
“Mis militantes están siendo agredidos por pensar. Eso se defiende o explica. Las dos cosas no caben al mismo tiempo”, manifestó el presidente Gustavo Petro al conocer las imágenes de la agresión.
Hoy, Julián Jiménez teme por su seguridad. Su caso es el reflejo de un sector de la población que, ante la incapacidad de llenar plazas, busca llenar de miedo a quienes se atreven a pensar diferente. Esta “cultura de la trompada” es el síntoma de una ideología que se siente acorralada por el cambio social y político que vive el país.
Abelardo de la Espriella y el rechazo de “Los Cuervos” en Barranquilla
Mientras en el interior del país el uribismo recurre a la fuerza, en la Costa Caribe la estrategia del espectáculo y la petulancia también está recibiendo “cachetadas” de realidad. El abogado Abelardo de la Espriella, alineado con las posturas de extrema derecha, intentó instrumentalizar a la barra más emblemática del Junior de Barranquilla, “Los Cuervos”, para fortalecer su imagen política.
A través de sus redes, De la Espriella pretendió mostrar que contaba con el respaldo masivo de esta organización popular. No obstante, la respuesta de la barra fue inmediata y contundente. Mediante un comunicado oficial titulado “Barranquilla no traga cuento”, Los Cuervos rechazaron cualquier vínculo con el abogado y criticaron su intento de “manosear” una organización que pertenece al pueblo y no a los políticos.

La congresista Andrea Vargas calificó al abogado de “fascista” y “payaso”, señalando que la gente ha cambiado y ya no se deja engañar por discursos baratos ni comparsas pagadas de 20 personas con pólvora. El rechazo de la Fuerza Viva de la sociedad en Barranquilla demuestra que el discurso de la “manada del tigre” no tiene eco en una juventud consciente de sus problemáticas reales.
El escándalo de las tierras: Paloma Valencia y el clan de los baldíos
Para cerrar este capítulo de despropósitos, surge nuevamente el debate sobre la propiedad de la tierra en Colombia. Se ha revelado que la Agencia Nacional de Tierras (ANT) denunció la apropiación indebida de más de 6,182 hectáreas de baldíos del Estado por parte de Nicolás Lacerna, primo de la senadora Paloma Valencia.
Aunque se llegó a un acuerdo para devolver estas tierras en la zona de La Primavera, Vichada, la senadora Valencia ha salido en una defensa férrea de su familiar, calificándolo como un señor “respetable” y alegando que los títulos son legítimos a pesar de admitir que eran baldíos del Estado. La ANT ha sido clara: estos terrenos deben priorizarse para campesinos sin tierra y comunidades étnicas, no para el beneficio de clanes políticos que han acumulado hectáreas históricamente destinadas al bien común.
Esta defensa de lo indefendible por parte de Paloma Valencia, sumada a la violencia de sus militantes en Caldas, dibuja un panorama de desesperación en la extrema derecha. Mientras el gobierno del cambio avanza en la recuperación de baldíos y en la búsqueda de la paz total, el uribismo parece quedar atrapado en sus propias contradicciones, defendiendo privilegios familiares mientras sus bases recurren a la agresión en las calles.
Conclusión: Un llamado a la reconciliación y la cordura
Lo sucedido en Samaná no es un hecho aislado; es el resultado de un discurso de odio que ha sido sembrado durante décadas. Colombia no puede permitir que la política se siga resolviendo a “trompadas”. La agresión contra Julián Jiménez es una herida a la democracia que debe ser rechazada por todos los sectores, sin importar su color político.
El fracaso de Uribe en Pennsylvania y el rechazo a De la Espriella en Barranquilla son señales de que el país está transitando hacia una nueva era. Una era donde la fuerza de los argumentos debe prevalecer sobre la fuerza de los puños, y donde la tierra debe ser de quien la trabaja y no de quien la hereda por influencias. Desde el Catatumbo hasta el Eje Cafetero, el mensaje es uno solo: Colombia no traga cuento y el cambio, aunque intenten frenarlo con violencia, es un proceso irreversible.