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Una florista lanzó un ramo a la cara de Escobar sin saber que era el hombre más temido de Medellín…

de pie, como siempre un pan de acién que compró en la panadería del frente y que se fue lavando con sorbos de agua de panela fría que traía en una botella de plástico desde la casa. Comió sin sentarse porque sentarse era rendirse, o al menos así se lo había enseñado la vida. Y después de comer siguió su vuelta por la calle del comercio buscando mejor suerte. No la encontró.

Las 2 de la tarde pasaron y las 3 también. Para  las 4, Rosario tenía un dolor en los pies que le subía por las pantorrillas hasta las rodillas y el cansancio de quien lleva 12 horas de pie sin resultados. Le quedaba un solo ramo, un ramo de rosas rojas que habían aguantado el día mejor que los otros, que todavía olían a algo, que todavía tenían una dignidad precaria que Rosario había ido preservando con cuidado, apartándolas del sol cuando podía, echándoles el último sorbo de su botella de agua, cuando sintió que los pétalos empezaban

a caer. Ese ramo era lo que le quedaba. Y ese ramo iba pensando mientras caminaba por la calle apretada de gente y motos y afán. Tenía que vendérselo a alguien antes de que terminara el día, porque si no, el día siguiente iba a empezar todavía más apretado de lo que había empezado. Ese fue en esa caminada de los últimos metros, esa vuelta final antes de rendirse, donde el mundo decidió ponerse de cabeza.

La calle estaba congestionada como siempre a esa hora, con esa mezcla de compradores tardíos y trabajadores que salían de las oficinas y vendedores que recogían sus puestos, y pelaos que no tenían prisa para ningún lado. Rosario avanzaba entre la gente con el canasto en el brazo izquierdo y el ramo en la mano derecha, buscando con los ojos alguna cara que pareciera receptiva, algún señor que tuviera esa expresión de quien acaba de recordar que llegará a la casa sin nada para la esposa.

Alguna señorita que tuviera esa mirada de quien quiere darse un gusto pequeño al final del día. No encontró ninguna de esas caras. Encontró, en cambio, el codazo de un muchacho que pasó corriendo por su lado sin pedirle permiso a nadie. Uno de esos muchachos de mandado que corren porque alguien los está esperando y el tiempo es plata y el que llega tarde pierde.

El codazo llegó por la espalda sin aviso y fue suficiente para que Rosario perdiera el equilibrio un momento, que diera un paso a un lado buscando no caerse, que el brazo se le fuera hacia afuera, como los brazos se van cuando uno intenta no caerse, y que el ramo de rosas rojas saliera disparado de su mano con una trayectoria que ningún físico podría haber calculado, ni en toda su vida de físico. El ramo voló limpio.

Voló como si tuviera destino. Y el destino que tenía era la cara de un hombre corpulento, de bigote espeso y ojos que cargaban algo difícil de nombrar, que en ese preciso momento salía de una tienda de ropa con una bolsa en la mano y dos hombres pegados a él como sombras que se hubieran decidido a caminar erguidas. Las rosas le golpearon la cara.

No fue un golpe que doliera, fue un golpe de pétalos y tallos y ese olor fuerte de flor que ha viajado todo el día. Un golpe suave y absurdo y completamente inesperado, que le dejó los pétalos pegados en el bigote y uno de los tallos cruzados sobre el hombro de la chaqueta. Y en el segundo que siguió, en ese segundo eterno que Rosario vivió en cámara lenta mientras entendía lo que acababa de pasar, los dos hombres que acompañaban al del bigote se tensaron de una manera que no tenían nada de casual.

Era la tensión de resortes a punto de dispararse. Era la tensión de quien ha entrenado el cuerpo para responder antes de que el cerebro dé la orden. Alguien en la acera de enfrente dejó caer algo que llevaba en la mano y no se agachó a recogerlo. Un vendedor tres puestos más allá empezó a doblar su toldo con una velocidad que no cuadraba con la hora.

El tendero del local más cercano que estaba limpiando el vidrio de su vitrina desapareció hacia adentro sin terminar de limpiar. Rosario no entendía por qué todo eso pasaba. Solo sabía que había hecho algo y que ese algo tenía consecuencias que todavía no podía medir. Levantó los ojos hacia el hombre del bigote y el hombre del bigote la miraba.

la miraba con esa quietud particular que no era calma, sino algo diferente a la calma, algo que estaba del otro lado de la calma, en ese territorio donde la calma ya no es una virtud, sino una herramienta. La miraba sin moverse, sin parpadear casi, con el ramo de rosas todavía sobre el hombro y un pétalo rojo pegado en el bigote que nadie se atrevía a quitarle.

Y Rosario sintió algo que no había sentido en 52 años de vida dura. sintió que el suelo se volvía inestable debajo de sus pies, no porque estuviera inclinado, sino porque algo en ese momento le estaba diciendo que el mundo que ella conocía, el mundo de los 380 pesos y el rancho de Sc y los ramos que no se vendían era un mundo muy pequeño y que fuera de ese mundo había otro que funcionaba con reglas completamente distintas y que ella, sin querer, sin saber acababa de asomarse a ese otro mundo.

Uno de los hombres que acompañaban al del bigote ya la tenía del brazo, suave, sin violencia, con esa cortesía forzada de quien sabe que la violencia siempre está disponible y por eso no necesita usarla todavía. La guió, sin decirle a dónde, hacia el interior de una droguería a mitad de la cuadra. El droguero, un hombre delgado de gafas gruesas que Rosario no recordaría después porque en ese momento no tenía capacidad para recordar nada que no fuera lo que estaba pasando frente a sus ojos. Desapareció detrás de una cortina

de plástico sin que nadie se lo pidiera, como si ya supiera, como si ya hubiera pasado antes por esto de saber cuándo había que desaparecer. Y allí estaba Rosario Peña de pie en la droguería vacía, con el canasto colgado del brazo y los tres ramos vendidos del día y el cuerpo que no sabía qué postura tomar, mirando al hombre que recogía del piso el ramo de rosas que había caído durante el forcejeo de los primeros segundos.

El hombre lo recogió, lo observó, pasó los dedos por los pétalos como si estuviera evaluando su calidad, como si fuera un comprador y no el hombre más temido de Medellín. Y entonces levantó los ojos hacia Rosario, y en sus ojos había algo que ella no esperaba encontrar. No había rabia, no había esa frialdad amenazante que ella había imaginado en el primer segundo de pánico.

Había algo que se parecía a la curiosidad, a una curiosidad genuina, casi infantil, como si este momento fuera el primero en mucho tiempo que lo sorprendía de verdad. Suscríbete al canal, parce, porque lo que viene ahora es la parte de la historia que nadie cuenta. La parte que los que estuvieron cerca de Pablo Escobar guardaron en lo más hondo hasta que ya no pudieron más.

Dale click en la campanita y comenta desde dónde nos estás viendo, que esta historia merece ser escuchada de principio a fin. La sonrisa de Pablo Escobar no era la sonrisa de un hombre feliz, era la sonrisa de un hombre que ha decidido por razones que solo él conoce, que este momento va a ir en una dirección específica.

Era una sonrisa que controlaba el cuarto, que controlaba el silencio, que controlaba incluso el ritmo al que Rosario Peña respiraba sin que Rosario se diera cuenta de que su respiración había sido tomada por ese hombre y puesta a su servicio. Habló en voz baja. Era así como hablaba siempre, decían los que lo conocían, en voz baja con ese acento paisa que no había perdido a pesar de los años y el dinero y los viajes, con esa cadencia de quien no necesita subir el volumen porque nadie en el cuarto va a atreverse a no escuchar. Le preguntó el nombre, no

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