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VERÓNICA CASTRO: Lo Que Pasó Esa Noche en Casa de la Abuela Nadie Lo Calló

VERÓNICA CASTRO: Lo Que Pasó Esa Noche en Casa de la Abuela Nadie Lo Calló

El 5 de octubre del 2025, una mujer de 72 años apareció en el aeropuerto internacional de la Ciudad de México, empujada en silla de ruedas con un tanque de oxígeno portátil colgando del costado y una mirada que ya no era la de antes. La reconocieron de inmediato. era Verónica Castro, la misma mujer que durante cinco décadas había sido la cara más glamurosa de la televisión mexicana, la dueña de los late night shows que paralizaban al país los viernes en la noche.

 La actriz que llenaba estadios completos en Rusia, cuando los ricos también lloran, se transmitió detrás del telón de acero. Y ahí estaba, sin maquillaje, con la respiración asistida por una manguera de plástico, sola. Una reportera se acercó con un micrófono y le preguntó por Yolanda Andrade. La cara de Verónica se contrajo. Murmuró algo de cosas feas, de cosas antiguas, y siguió empujada hacia la puerta de embarque por un asistente.

Eso es lo que el público vio. El video duró unos segundos, se viralizó rápidamente. Las redes sociales se llenaron de comentarios, algunos crueles, otros compasivos, algunos con memes, otros con frases tipo, “¡Qué injusta es la vida!” Pero ese video, esos pocos segundos de imagen en un aeropuerto era apenas la punta de un iceberg.

 Pero lo que no viste tú en ese video que circuló por todas las redes es que al lado de ella no iba su hijo, ni el mayor ni el menor. Iba un empleado, el hijo que le dio la fama, el que la hizo abuela, el que le dedicó canciones desde el escenario del Auditorio Nacional, no estaba ahí. Y para entender por qué, tienes que escuchar lo que ella misma dijo 6 años antes en su casa de Valle de Bravo, encerrada, sin maquillaje, con las cortinas cerradas después de firmar el adiós más doloroso de la televisión mexicana, le confesó a una persona muy cercana que

ya no quería seguir, que se sentía agotada de tanto mal, que en ese momento, en esos días después del retiro había pensado en morirse. Esa frase la repitió en privado más de una vez y aunque después la suavizó frente a las cámaras, las personas que estuvieron con ella en ese encierro lo confirmaron. La mujer que crió a millones de niñas mexicanas a través de la pantalla, la que les enseñó a soñar con telenovelas, la que era la voz de cabecera de las amas de casa, quería irse de este mundo.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre esta historia. Primero, ¿por qué Cristian Castro creció llamándole mamá a su abuela y no a la mujer que lo parió? Segundo, lo que ocurrió esa noche del 2004 en la casa de la abuela Socorro. Y por qué Verónica eligió inventar la historia de que se cayó de un elefante para tapar lo que realmente le pasó.

Tercero, la frase exacta que pronunció el 12 de septiembre del 2019, cuando se encerró en su habitación y nadie pudo sacarla de ahí durante semanas. Y cuarto, lo que pasó el día que despertó del quirófano. En julio del 2024, miró el teléfono esperando una llamada y esa llamada nunca llegó. Te voy a avisar cuando llegue cada una.

No te vayas. Pero para entender cómo fue posible que la diva más amada de México terminara así, necesitas conocer el mundo que la construyó. Porque esta historia no empieza el día que la subieron a una silla de ruedas, empieza mucho antes. Empieza en una colonia modesta de la ciudad de México en los años 50 con una niña que se llamaba Verónica Judith Sainz Castro y que iba a misa los domingos con su mamá.

Verónica nació el 19 de octubre de 1952 en la colonia San Rafael. Era hija del ingeniero Fausto Sainzastol y de Socorro Castro Alba. Tenía tres hermanos. Beatriz, también actriz. José Alberto, que después se convertiría en uno de los productores de telenovelas más poderosos de Televisa, el Gerero. Y Fausto, ejecutivo de televisión.

La familia no era pobre, pero tampoco era rica. Era de esa clase media mexicana que en los 60 soñaba con que las hijas hicieran una carrera, se casaran bien, tuvieran hijos. Y Verónica, desde niña fue la más bonita. Todos lo decían en el barrio. La maestra de la primaria, la señora de la papelería, las vecinas.

 Esa belleza la marcó. La casa de los Saintz Castro en la colonia San Rafael era una casa de techos altos, de patio interior, de las que todavía existen en algunas calles de aquel rumbo de la Ciudad de México. Don Fausto trabajaba como ingeniero. Doña Socorro se ocupaba del hogar y de los cuatro hijos. La economía no alcanzaba para lujos, pero alcanzaba para que los niños fueran a buenos colegios y para que la mamá los domingos se vistiera con ese cuidado que tenían las señoras mexicanas de los años 60 cuando iban a misa. Verónica heredó

algo de esa casa que iba a marcarla siempre. La obediencia a la madre, el respeto a los hermanos mayores, la idea de que en la familia nada se cuenta a los de afuera y sobre todo la fe. Verónica fue una mujer profundamente católica. hasta el último día de su carrera. Repitió que la fecha de su retiro la había elegido por ser el 12 de septiembre, la fecha en la que se celebra a la Virgen de Guadalupe a la que llamaba Mi santa madre.

Esa devoción, lejos de ser un detalle decorativo, fue lo que la sostuvo en los momentos en los que todo se le caía encima. Lavero rezaba, hablaba con su Virgen, le pedía cosas, le agradecía cosas, le contaba sus penas. Esa era la mujer que vivía detrás de la diva. A los 17 años, cuando todavía estudiaba la preparatoria, Verónica empezó a desfilar como modelo y a los 18 ganó el concurso del rostro del año 1970.

Era el certamen de belleza más importante de la televisión mexicana en esa época. Un golpe de suerte que le abrió las puertas de la industria del espectáculo. Recuerda esa fecha, 1970. La televisión mexicana acababa de pasar a ser de manera oficial el medio dominante del país. Cuatro de cada cinco hogares ya tenía un aparato de televisión.

El mundial de fútbol del 70 había sido transmitido por primera vez a color desde México. El boom económico de la época permitía a las familias mexicanas comprarse muebles, electrodomésticos, coches y la televisión era el escaparate de todo eso. Los anunciantes pagaban fortunas por aparecer en los descansos comerciales y los programas que más anuncios vendían eran las telenovelas y los certámenes de belleza.

Verónica entró a la industria por la puerta más codiciada del momento, la de la cara bonita, la que sale en la pantalla a las 9 de la noche. Porque tú tienes que entender algo. En México en los años 70 no existía internet, no había redes sociales, no había 100 canales de cable, había Televisa y Televisa era el señor de la televisión, el dueño de lo que tú veías por la noche en tu sala, el que decidía quién era famoso y quién no.

 Si Televisa te abría la puerta, entrabas al Olimpo. Si te la cerraba, no existías. Y a Verónica le abrieron la puerta. En 1972, con apenas 20 años, debutó en la telenovela El amor tiene cara de mujer, producida por el legendario Valentín Pimstein. Era una niña entre las divas de la época, pero tenía algo, esa mezcla de inocencia y picardía, esa carcajada limpia, esa forma de mirar a la cámara que parecía que te estaba mirando a ti.

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