LUPE PINTOR: EL CAMPEÓN QUE FUE A VISITAR LA TUMBA DEL HOMBRE QUE MATÓ
El primero de diciembre de 1982, en el estadio nacional de Bangkok, Tailandia, Lupe Pintor ganó una pelea de boxeo. Nadie lo celebró. El rival era Johnny Owen, un galés delgado como un alambre al que llamaban El esqueleto de Mercir, 22 años. Invicto en sus primeras 28 peleas. El campeón británico europeo y del Commonwealth en Peso Gallo.
Un muchacho que había llegado a Bangkok desde un pueblo minero de Gales con el sueño de volver campeón del mundo. No volvió. En elo asalto, pintor conectó una derecha que mandó a Owen a la lona. Owen no se levantó, entró al hospital y 33 días después, el 5 de enero de 1983, Johnny Owen murió sin haber recuperado la conciencia.
tenía 24 años. Lupe Pintor tenía 25. era campeón mundial gallo del Consejo Mundial de Boxeo. Había defendido ese título esa noche frente a alguien que vino desde el otro lado del mundo a quitárselo. Y desde esa noche hasta hoy, Lupe Pintor ha cargado con algo que ningún cinturón puede medir. Eso es lo que vamos a contar hoy, la historia completa, la que los libros de boxeo resumen en una línea y que merece mucho más que eso.
José Lupe Pintor Guzmán nació el 12 de abril de 1955 en Cuajimalpa, entonces municipio del Estado de México, hoy delegación de la Ciudad de México. Una zona que en los años 50 y 60 era mucho más rural de lo que es hoy. Casas modestas, familias numerosas, el tipo de lugar donde los niños crecen con mucha calle y poca escuela.
Su padre trabajaba en lo que había. Su madre sacaba adelante la casa y Lupe desde muy joven, tenía esa energía específica de los niños que no se quedan quietos y que necesitan un canal o se meten en problemas. El boxeo fue el canal. llegó al gimnasio siendo adolescente, no de manera romántica, no con el descubrimiento dramático del entrenador que ve al niño y sabe que tiene algo.
Llegó porque un amigo lo llevó, porque estaba ahí, porque probar no costaba nada. Lo que sí costó fue quedarse. El entrenamiento del boxeo en los gimnasios populares del DF de los años 70 era duro de la manera en que son duras las cosas cuando no hay recursos para suavizarlas. sin equipamiento moderno, sin instalaciones cómodas, con entrenadores que enseñaban con lo que sabían y que exigían con lo que podían exigir.
Lupe se quedó y en los años siguientes construyó algo en el ring que sus entrenadores reconocían con la claridad de los que han visto muchos pasar y saben distinguir al que va a llegar del que no. Era pequeño para el gallo, pero pegaba como alguien más grande. Tenía una derecha que llegaba desde ángulos que los rivales no siempre anticipaban y tenía algo más que la derecha, la disposición de recibir para conectar, de absorber el golpe del otro, si eso le daba el momento de conectar el suyo.
Esa disposición que en el boxeo técnico puede parecer temeridad, en pintor era estrategia. Sabía que tenía más daño que el rival si los dos intercambiaban y confiaba en eso. Debutó profesionalmente en 1990 y 74, 19 años y en los 5 años siguientes construyó el récord que lo llevaría al campeonato mundial. El campeón mundial gallo del CMB en 1979 era Carlos Zárate, el mismo Zárate que tiene su propio video en este canal, el que tenía 66 knockouts en 67 peleas, el más temido de la división, el que cuando los retadores sabían que iban a
enfrentar, muchos buscaban la manera de no enfrentar. Lupe Pintor lo enfrentó el 3 de junio de 1979 en Las Vegas. 14 asaltos de los más duros que el peso gallo había producido en años. Zárate conectando con la potencia que lo había hecho leyenda. Pintor absorbiendo y respondiendo con la misma disposición de siempre.
12 asaltos, 13 14. La decisión dividida fue para Pintor. Lupe Pintor, 24 años. Cuajimalpa era campeón del mundo. Lo que siguió en los 3 años de reinado fue una serie de defensas que mostraban distintas dimensiones de lo que pintor era dentro del ring. Victorias contra rivales serios, peleas que no siempre fueron dominantes, pero que siempre terminaron con el cinturón en su esquina.
Y entonces llegó octubre de 1980. El rival era Johnny Owen. Quiero hablarle de Johnny Owen con el espacio que merece. Porque entender quién era él es entender por qué lo que ocurrió esa noche tiene el peso que tiene. Mer Tifffield es un pueblo en el sur de Gales, un pueblo minero de los que la revolución industrial llenó de trabajo en el siglo XIX y que el siglo XX fue vaciando de manera gradual cuando el carbón dejó de ser lo que había sido.
Un pueblo donde la gente trabaja duro y donde el orgullo de lo que se produce con las manos tiene un significado específico que los que no vienen de ahí no siempre entienden. Johnny Owen venía de ese pueblo, hijo de Dick Owen, que había sido aficionado al boxeo toda su vida y que en su hijo vio desde niño algo que lo hizo apostar por ese camino.
La dedicación con que Johnny entrenaba, la seriedad con que tomaba el oficio, la manera en que dentro del ring se convertía en algo diferente al muchacho delgado y callado que era fuera de él. Porque Johnny Owen fuera del ring era exactamente eso, callado, tímido, el tipo de persona que en una habitación llena de gente se queda en la esquina y observa.
Sus compañeros de la escuela lo describían como alguien que casi no hablaba. que sonreía, pero que raramente iniciaba conversación. Dentro del ring era otro, no agresivo en el sentido del que busca hacer daño, sino presente de una manera que fuera del ringra Johnny Owen encontraba algo que el mundo ordinario no le daba.
Ganó el campeonato británico de peso gallo, después el europeo, después el del Commonwealth. 28 peleas, 28 victorias. Nadie lo había podido derrotar. Y en octubre de 1980, su manager llegó con la oferta de pelear por el campeonato mundial del CMB en Los Ángeles contra Lupe Pintor. La familia de Johnny dudó no porque creyeran que Johnny no podía ganar, sino porque había algo en la manera en que estaba estructurada la pelea, en el lugar, en las condiciones, que no les daba la tranquilidad que querían.
Las ofertas de campeonato mundial a veces llegan en el momento correcto y a veces llegan en el momento que le conviene al sistema, no al peleador. Johnny quería la pelea. Era el campeonato del mundo, era lo que había entrenado toda su vida para tener la oportunidad de buscar. fueron a Los Ángeles.
El 12 de septiembre de 1980, en el Olímpic Auditorium de Los Ángeles, Lupe Pintor y Johnny Owen se subieron al ring. Lo que ocurrió en los primeros asaltos mostró que la pelea iba a ser larga y difícil. Owen era técnico, móvil, con una resistencia que hacía que la presión de Pintor no produjera el daño inmediato que solía producir contra otros rivales.
Pintor conectaba, pero Owen seguía ahí. Los asaltos pasaron, ambos conectando. Owen manejando la distancia mejor de lo que muchos habían esperado. Pintor buscando el ángulo que no llegaba de la manera acostumbrada. En el duodécimo asalto, Pintor conectó la derecha. Owen cayó. El árbitro contó. Owen no se levantó a tiempo.
Pintor ganó por knockout técnico en el duodécimo asalto. Retuvo el campeonato y Owen no volvió a despertar. Lo que ocurrió en el vestuario de pintor después de que se confirmó que Owen estaba en coma es algo que las personas que estaban ahí recuerdan con una consistencia que no deja dudas sobre lo que fue. Pintor no celebró. Nadie en su equipo celebró.
Había una victoria en el papel, había un cinturón retenido y había un hombre en el hospital cuya condición empeoraba con cada hora que pasaba. Los 33 días que Owen estuvo en coma antes de morir, fueron 33 días donde Lupe Pintor vivió algo que el boxeo no prepara a nadie para vivir, porque el boxeo entrena para ganar, entrena para aguantar, entrena para conectar el golpe que termina la pelea, no entrena para lo que viene después cuando el golpe que termina la pelea también termina con algo más.
Pintor fue al hospital, estuvo en la sala de espera. Preguntó por la condición de Owen. Habló con el padre de Owen Dick, que había venido desde Merir Titfield con su hijo y que ahora estaba en Los Ángeles viendo a ese hijo conectado a máquinas que respiraban por él. Esa conversación entre los dos padres, entre Dick Owen y el equipo de pintor, fue una de esas conversaciones que el deporte produce y que ningún análisis puede capturar completamente.
Dos familias de mundos completamente distintos, unidas por la misma tragedia, sin un idioma común y sin un guion para lo que se dice en esa situación. Dickowen, según los que estuvieron presentes, no culpó a pintor. Eso merece decirse con claridad, porque es lo que ocurrió. El padre de Johnny Owen no acusó al boxeador que había dejado a su hijo en coma.
Entendía el boxeo, sabía lo que era. Y dentro de ese entendimiento encontró la manera de no hacer de pintor el villano de una historia que no tenía villanos. Johnny Owen murió el 5 de enero de 1983. Lupe Pintor tenía 25 años. Lo que siguió en la carrera de pintor después de esa muerte es algo que hay que contar con la honestidad que merece, porque hay dos maneras fáciles de contarlo que ninguna es completamente justa.
La primera manera fácil es la del boxeador destruido por la culpa, que nunca volvió a ser el mismo. La del hombre que cargó con esa muerte como una condena y que el boxeo le costó el alma. La segunda manera fácil es la del profesional que procesó lo ocurrido y siguió adelante con su carrera como si la muerte de Owen fuera un capítulo cerrado.
La verdad está en otro lugar, más incómodo, más humano. Pintor siguió boxeando, siguió siendo campeón del mundo durante un tiempo, tuvo más peleas, más victorias, más derrotas. fue un boxeador profesional que continuó haciendo su trabajo y al mismo tiempo cargó con lo de Owen de maneras que no siempre eran visibles, pero que las personas que lo conocían de cerca podían ver.
En las entrevistas de los años que siguieron, cuando alguien mencionaba a Owen, había algo en pintor que cambiaba, no el colapso del hombre destruido por la culpa, algo más sutil y más permanente. El peso del que sabe que hay una consecuencia de su trabajo que ningún cinturón puede compensar. Quiero hablarle de algo que pintor dijo en una entrevista varios años después de la muerte de Owen.
Una entrevista donde alguien tuvo la valentía de preguntarle directamente, “¿Cómo vive usted con eso?” Pintor respondió que rezaba, que pensaba en Owen con frecuencia, que había ido a Mercir Titfield a visitar la tumba de Johnny, que había conocido a la familia, que Dick Owen, el padre, lo había recibido, que esa visita había sido una de las cosas más difíciles que había hecho en su vida, pero que también había sido necesaria.
Esa visita a Mercir Titfield, Lupe Pintor, yendo al pueblo de Gales, donde había nacido el hombre que murió de un golpe suyo, dice algo sobre quién es este hombre que ninguna estadística dice. Fue con todo lo que eso implicaba, con la posibilidad de que la familia lo rechazara o de que el pueblo lo viera como el responsable de la muerte del hijo más famoso que habían tenido.
Fue de todas formas y la familia Owen lo recibió. Eso también dice algo sobre los Owen, sobre lo que el boxeo puede producir en términos de dignidad humana cuando las personas que lo rodean deciden que la dignidad importa más que el rencor. Quiero hablarle ahora de algo sobre la carrera de Pintor después de Owen, que raramente se cuenta con la honestidad que merece.
Pintor perdió el campeonato en agosto de 1983, menos de un año después de la muerte de Owen. La derrota fue contra Alberto Dávila, otro mexicano. Una decisión dividida que generó su propio debate, pero que en los libros quedó como derrota. Y después Pintor intentó recuperar el título. Tuvo peleas, algunas victorias, algunas derrotas, el ir y venir de una carrera que ya había pasado su pico, pero que seguía produciendo ingresos mientras el nombre valía.
Ese periodo, los años 80 y principios de los 90, donde Pintor seguía peleando sin estar en el nivel de sus mejores años, es el periodo que el sistema del boxeo mexicano produce con una consistencia que ya conoce usted de este canal. El nombre seguía valiendo entradas, los porcentajes seguían llegando a los que los cobraban y la pregunta de si seguir era lo mejor para pintor específicamente no era la pregunta que nadie con poder sobre las decisiones se hacía con suficiente seriedad.
Se retiró finalmente a principios de los 90 con el cuerpo que tenía un hombre que había peleado desde los 19 años y que había dado todo lo que tenía. Lo que encontró después del retiro fue lo que muchos de los que hemos contado en este canal encontraron, que el sistema que había tomado durante los años activos no había construido nada que durara más que la última pelea.
Pintor tuvo dificultades económicas en los años que siguieron al retiro. No la miseria absoluta, pero sí la situación del que tiene que seguir trabajando cuando el deporte que definió su vida ya no produce. Hubo momentos de apuro que los medios cubrieron ocasionalmente con la mezcla de lástima y morvo, que caracteriza la cobertura de los exatletas en dificultades.
Y hubo también el peso de Owen, que no desapareció con los años, que siguió siendo parte de lo que pintor era de maneras que el tiempo no erosionó completamente. Hay algo que me parece importante decir sobre el boxeo y sobre la muerte de Johnny Owen, que raramente se dice de esta manera. Owen murió haciendo lo que eligió hacer, no como víctima de algo que no eligió, como alguien que sabía los riesgos del boxeo, que había entrenado toda su vida para ese nivel y que cuando llegó la oportunidad del campeonato del mundo, la
tomó con los ojos abiertos. Eso no hace que su muerte sea menos trágica, hace que sea más compleja. Porque la pregunta de quién tiene responsabilidad cuando alguien muere en un ring de boxeo no tiene respuesta simple. El boxeador que conectó el golpe, el promotor que organizó la pelea, el sistema que permite que dos hombres se suban a un ring y se golpeen hasta que uno no puede continuar.
La familia que apoyó la carrera, el propio Owen que eligió ese camino. La responsabilidad está distribuida de maneras que el señalamiento a una persona sola no captura. Y pintor, que cargó con el peso como si fuera solo suyo, asumió más de lo que le correspondía, aunque tampoco pudiera simplemente no asumir nada. Eso es lo más humano de toda la historia.
La imposibilidad de resolver la pregunta de culpa de manera que sea completamente justa. Lóe Pintor vivió con esa imposibilidad durante décadas. La vive todavía. Quiero cerrar con algo que ocurrió en Mer Titfield cuando pintor fue a visitar la tumba de Owen. Fue sin cámaras, sin medios, sin el aparato de la imagen pública que hace que los gestos de reconciliación parezcan calculados.
Era un hombre frente a una tumba en un pueblo de Gales que no era su pueblo, hablando un idioma que no era el del muerto, con la familia del muerto a su lado. Lo que pintor dijo en ese momento, lo que pensó, lo que sintió, es privado de una manera que debe respetarse. La familia Owen no lo contó en detalle, pintor tampoco.
Lo que sí se sabe es que cuando pintor se fue de Merir Titfield, Dick Owen lo acompañó hasta el coche y que los dos hombres se dieron la mano. una apretada de manos entre el padre del muerto y el hombre que lo mató sin querer. Eso es todo lo que se sabe de ese momento y eso es suficiente para entender que lo que ocurrió en esa tumba de Gales era algo que ningún campeonato del mundo puede comprar ni ninguna derrota puede quitar.
Era dos personas encontrando la manera de seguir viviendo con algo que ninguno de los dos eligió, pero que los dos tenían que cargar. Lupe Pintor, Cuajimalpa, Ciudad de México, 12 de abril de 1955. campeón mundial gallo del CMB, el que venció a Carlos Sarate, el que defendió el título contra el Galés que vino desde Mertir Titfield con el sueño del campeonato, el que ganó esa pelea y que lleva décadas preguntándose qué significa haber ganado.
Esa es la historia completa. Y antes de que se vaya, el video de Pipino Cuevas está arriba en la pantalla. La semana pasada, otro boxeador mexicano que cargó con algo que el cinturón no compensó. Otro hombre que el sistema usó mientras pudo usarlo y que después dejó ir sin mirar atrás.
Pero hay algo en la historia de pintor que la de Pipino no tiene. Pipino cargó con el olvido. Con la injusticia de que su nombre no está donde debería estar. pintor cargó con algo más pesado que el olvido, con la memoria, con el hecho de que un hombre murió de un golpe suyo y que eso no tiene manera de resolverse limpiamente. Los dos son mexicanos, los dos son el boxeo, los dos pagaron precios que el cinturón no cubre. El de pipino está arriba.
un click ahora mismo, póngalo. Pero antes de que llegue a ese video, déjeme contarle más sobre pintor, porque hay partes de esta historia que no toqué todavía. Quiero hablarle de lo que fue Lupe Pintor como boxeador en sus mejores años, porque la historia de la muerte de Owen es tan poderosa que a veces opaca lo que Pintor era dentro del ring antes de que eso ocurriera.
Pintor era del tipo de boxeadores que los entrenadores llaman completos, sin que eso signifique perfecto. Tenía deficiencias técnicas que sus rivales intentaban explotar. La guardia no era la más ortodoxa. Su movimiento de pies era funcional, pero no elegante. Los analistas que lo estudiaban siempre encontraban cosas que mejorar y aún así ganaba.
contra rivales que técnicamente parecían superiores, contra campeones que tenían más experiencia internacional, contra el propio Carlos Zárate, que era en ese momento uno de los peleadores más temidos del mundo. ¿Cómo ganaba cuando técnicamente había rivales mejores? Por dos razones que coexistían en él, de manera que pocos boxeadores tienen.
Primera, la derecha. El golpe de pintor llegaba de un ángulo que era difícil de anticipar porque el setup que usaba, la combinación de movimientos que precedía a ese golpe era suyo. Nadie más lo hacía exactamente de esa manera. Y cuando algo es completamente tuyo, cuando no lo aprendiste de un libro, sino que lo desarrollaste probando en el ring durante años, el rival no tiene video que estudiar que le diga exactamente cómo llega.
Segunda, la resistencia al daño. Pintor recibía golpes que habrían parado a otros. En la pelea con Sarate, en la pelea con Owen, en otras defensas del título, hubo momentos donde el rival conectó bien y donde pintor siguió ahí. Esa resistencia que es parte física y parte psicológica era lo que hacía que su estilo de absorber para conectar funcionara.
Si hubiera caído cada vez que recibía, el estilo habría sido un error. Como no caía, el estilo era su fortaleza. La pelea con Sarate merece más tiempo del que le di porque fue donde Pintor se estableció como figura del boxeo mundial y porque ilustra exactamente lo que digo. Sarate en junio de 1979 era el favorito por amplio margen, no por capricho.
Había noqueado a 62 rivales en 63 peleas. Había derribado a cada hombre que había puesto frente a él. Su poder en las dos manos era algo que los médicos de los rivales veían con preocupación antes de cada combate. Pintor pasó los primeros asaltos, siendo lo que sus entrenadores le habían pedido que fuera.
Paciente, no buscando el intercambio temprano donde Sarate era más peligroso, construyendo información sobre cómo se movía, cómo atacaba, qué hacía cuando el espacio se cerraba. Los asaltos intermedios fueron los de la guerra. Los dos conectando, Sárate buscando el knockout que le había dado siempre. Pintor absorbiendo y respondiendo con la derecha desde los ángulos que había encontrado en los asaltos anteriores. 14 asaltos.
Cuando los jueces dieron la decisión para pintor, el estadio tuvo esa reacción que produce el resultado inesperado, el silencio del que procesa algo que no esperaba. Sarate había perdido por primera vez en su carrera. El hombre de los 62 knockouts había encontrado a alguien que no podía noquear. Ese pintor, el de esa victoria, merece ser recordado independientemente de lo que vino después.
Déjeme hablarle también de algo sobre los meses que siguieron a la muerte de Owen y que dicen mucho sobre cómo pintor procesó lo que procesó. El boxeo no tiene protocolo para esto. No hay un sistema de apoyo para el boxeador cuyo rival muere. No hay terapia obligatoria. No hay acompañamiento institucional, no hay nada que el deporte haga de manera sistemática para ayudar al que queda cargando con esa situación.
Pintor tuvo que manejarlo con los recursos que tenía, que eran los recursos de un hombre de 25 años del boxeo mexicano de los años 80. La familia, los amigos del gimnasio, la fe y la manera en que los hombres de esa generación procesan las cosas difíciles que es mayormente en silencio. El silencio no es lo mismo que la indiferencia.
Es la manera específica en que ciertos hombres de cierta generación cargan con cosas que no tienen palabras disponibles para expresar. El peso está ahí, aunque no se nombre. Los que lo conocieron en ese periodo dicen que pintor era el mismo en el ring, que el trabajo no cambió, que su preparación tenía la misma seriedad de siempre, pero que fuera del ringieto.
Esa quietud es la que llevó en algún momento al viaje a Merir Titfield, que ya conté. La decisión de ir, de enfrentar esa tumba, de pararse frente a la familia Owen no fue impulsiva. Fue el resultado de años de cargar con algo y de encontrar que cargar solo ya no era suficiente, que necesitaba hacer algo con eso, aunque no supiera exactamente qué.
fue a Mercir Titfield y eso fue lo que hizo. Quiero hablarle también de algo sobre la familia Owen que raramente se menciona en las historias sobre esta pelea. Dick Owen, el padre de Johnny, vivió hasta bien entrados los 2000. Pasó las décadas después de la muerte de su hijo, siendo el custodio de la memoria de Johnny en Merir Titfield, hablando de él en entrevistas ocasionales, asegurándose de que el pueblo recordara lo que Johnny había sido.
Y en esas conversaciones, cuando se le preguntaba sobre pintor, Dick Owen nunca habló con rencor. Habló con la tristeza del padre que perdió a su hijo y con la comprensión del hombre que conocía el boxeo y que sabía que lo que había ocurrido era una tragedia del deporte. No el crimen de una persona. Esa postura de Dick Owen mantenida durante décadas es uno de los actos de dignidad más extraordinarios que el deporte ha producido.
El padre que no convirtió su duelo en venganza, que encontró la manera de honrar a su hijo sin destruir al hombre que sin quererlo fue el instrumento de su muerte. Mercir Tifield tiene una estatua de Johnny Owen hoy. La inauguraron en 2002, 20 años después de su muerte. un monumento en el centro del pueblo al muchacho delgado, que fue el más famoso que ese pueblo había producido.
En la ceremonia de inauguración, según los que estuvieron presentes, se habló de Johnny con el amor del pueblo que honra a los suyos, no con amargura, con orgullo de lo que fue y con tristeza de lo que pudo haber sido. Lupe Pintor no estuvo en esa ceremonia, pero su nombre estuvo inevitablemente en las conversaciones de ese día.
No como el villano de la historia. como parte de la historia, como el hombre que estuvo en el otro lado de lo que ocurrió esa noche de octubre de 1980, quiero añadir algo sobre el boxeo como deporte que esta historia plantea de manera que ningún análisis técnico puede plantear. El boxeo es el único deporte donde el objetivo declarado es hacer daño al otro, donde la victoria se produce lastimando, donde el knockout, que es el resultado más celebrado, ocurre cuando un hombre ha recibido suficiente daño al cerebro para que su cuerpo no pueda continuar. Eso es lo que
es el boxeo. No con hipocresía, no con el lenguaje de los que defienden el deporte diciendo que es arte marcial o que es disciplina o que produce valores. Es eso. Y la gente que lo sigue lo sigue porque en ese nivel de honestidad sobre lo que está ocurriendo hay algo que ningún otro deporte produce.
Johnny Owen murió de eso, del daño acumulado de la pelea, del golpe específico que llegó cuando el cerebro ya había recibido demasiado y Lupe Pintor ganó haciendo exactamente lo que el boxeo pide que haga, lo que entrenó durante años para hacer, lo que el sistema recompensó con el cinturón y con el dinero de la defensa.
Contradicción entre lo que el boxeo es y lo que produce cuando funciona perfectamente es la que pintor carga, la de haber ganado de la única manera posible en ese deporte y que esa única manera posible haya tenido consecuencias que ningún boxeador, ningún promotor, ningún sistema puede controlar completamente.
El boxeo produce esto no siempre, no frecuentemente, en el sentido de que las muertes en el ring son estadísticamente raras, pero las produce. Y cuando las produce, el que estaba en el otro lado del ring carga con algo que no eligió, pero que tampoco puede rechazar. Pintor no eligió que Owen muriera, eligió boxear, eligió defender el campeonato, eligió conectar el golpe en el duodécimo asalto.
Las consecuencias de esas elecciones no eran predecibles cuando las hizo, pero son suyas de todas formas. Eso es la vida adulta, la responsabilidad de las consecuencias que no se eligieron, pero que llegaron de las elecciones que sí se hicieron. Pintor lo sabe y lo ha cargado con la dignidad del que no puede hacer otra cosa que seguir cargando.
Lupe Pintor, Cuajimalpa, el campeón que venció al más temido, el que fue a Mercir Titfield, el que le dio la mano al padre del muerto, el boxeador que ganó la pelea más difícil de su vida y que nunca dejó de preguntarse qué significa haber ganado. Y el video de Pipino Cuevas está arriba. Semana pasada, un click.
Ahora quiero contarle algo sobre los últimos años de la carrera de pintor, que dicen algo importante sobre el sistema y sobre él mismo. Después de perder el título ante Dávila en 1983, Pintor intentó recuperarlo, tuvo la revancha, perdió de nuevo y en los años que siguieron, entre 1984 y principios de los 90, siguió peleando. No contra los campeones mundiales de siempre. El nivel bajó.
¿Cómo baja el nivel cuando el pico ya pasó y el nombre todavía vale más que el rendimiento actual? Las peleas que se organizan en esa etapa de una carrera son las que el sistema necesita para seguir cobrando porcentajes, no las que el boxeador necesita para su bienestar. Pintor ganó muchas de esas peleas, perdió algunas y el cuerpo que había absorbido todo lo que había absorbido desde 1974 siguió pagando la cuenta que el boxeo siempre cobra.
Hay una pelea en particular en 1986 que varios analistas de la época describieron como innecesaria. un rival que en el mejor pintor no habría representado un problema, pero que en ese pintor de 31 años con 12 años de carrera profesional encima, produjo una derrota que llegó de maneras que hacían visible lo que el ojo ya no quería ver.
Los que lo rodeaban en ese periodo, los que tenían acceso a cómo entrenaba y a cómo se preparaba, sabían que el nivel había bajado. La velocidad de recuperación entre peleas era diferente. Los entrenamientos que antes producían cierto resultado requerían más tiempo para producir el mismo resultado. Alguien en posición de influencia sobre su carrera usó esa información para decirle que era suficiente? La respuesta que el historial de su carrera sugiere es que no con la claridad suficiente, las peleas siguieron organizándose. El
nombre siguió siendo suficientemente valioso para que los eventos fueran rentables. El mismo sistema, la misma lógica, el boxeador como recurso que se usa mientras produce y que se deja ir cuando ya no produce. Pintor se retiró a principios de los 90 con unos 40 y tantos peleas en el cuerpo después del título, con un récord que en papel se veía más irregular que los años del campeonato y con la vida que tenía que construir después del ring.
Esa vida no fue fácil. Pintor tuvo los problemas económicos que la mayoría de los boxeadores de su generación tuvieron cuando el sistema que los había usado ya no tenía uso para ellos. No la ruina absoluta, pero sí la dificultad del que depende del trabajo diario, cuando el trabajo que sabía hacer ya no estaba disponible.
Hubo momentos en los 90 y en los 2000 donde los medios reportaron sobre su situación con esa combinación de compasión y sensacionalismo que reservan para los exatletas en dificultades. Notas breves, fotos que querían decir más de lo que las palabras decían, el tipo de cobertura que produce en el lector una mezcla de tristeza y de alivio de que no es él.
pintor atravesó eso con la misma quietud que había caracterizado los años después de la muerte de Owen, sin el drama público del que busca atención, con la dignidad del que carga lo que tiene que cargar sin pedirle permiso a nadie para hacerlo. Quiero hablarle de algo sobre Johnny Owen, que me parece que cierra la historia de la manera más honesta posible.
En las décadas que siguieron a su muerte, la figura de Johnny Owen en Meritfield fue creciendo no de manera artificial, no con el aparato de los que construyen leyendas de manera calculada, de la manera en que las figuras reales crecen en los lugares que las producen, porque la gente que los conoció los transmite a los que no los conocieron y porque lo que transmiten tiene suficiente peso para que valga la pena transmitirlo.
En los documentales sobre Owen que se han producido a lo largo de los años, en los artículos que aparecen cada cierto tiempo en los periódicos gales en las conversaciones del pueblo, hay una consistencia sobre quién era Johnny que el tiempo no ha erosionado. Era bueno en el sentido más simple y más completo de la palabra.
Era bueno con la gente, era respetuoso, era serio con lo que hacía y dentro del ring era alguien diferente al que era fuera, presente de una manera que la vida ordinaria no le daba. Ese retrato construido por las personas que lo conocieron y transmitido durante décadas es el legado de Johnny Owen.
No el campeonato que no ganó, no la tragedia de su muerte, sino quién era. Y parte de ese legado incluye a Lupe Pintor, incluye la visita a Merir Titfield, incluye el apretón de manos con Dick Owen, incluye la manera en que los Owen eligieron no convertir su duelo en rencor. Las dos historias, la de Owen y la de Pintor, son inseparables, no porque una defina a la otra, sino porque las dos juntas dicen algo sobre la dignidad humana que ninguna sola puede decir.
boxeador galés que vino desde el otro lado del mundo buscando el campeonato, el boxeador mexicano que lo enfrentó en la defensa del suyo, la tragedia que los unió y las décadas donde los dos, cada uno desde su lado, manejaron esa unión con más dignidad de la que el mundo podría haber esperado. Lupe Pintor, Cuajimalpa, Ciudad de México, campeón del mundo, el que venció al más temido, el que fue a Gales, el que carga con algo que el boxeo le dio sin pedirle permiso.
Y el video de Pipino Cuevas Arriba semana pasada, otro mexicano. Otra historia, el mismo sistema visto desde un ángulo diferente. Pipino cargó con el olvido injusto, pintor con algo más pesado que el olvido. Los dos son el boxeo mexicano. Los dos merecen que usted los conozca completos. Pipino está arriba. Un click ahora mismo.
Y si esta historia le llegó de maneras que no esperaba, deje un comentario. Cuénteme si conocía a Lupe Pintor, si sabía la historia de Johnny Owen, si vio esa pelea cuando ocurrió. Esos recuerdos también son historia. Suscríbase, active la campana. La próxima semana otra historia que tampoco se ha contado así. Hasta entonces hay algo más sobre la pelea con Owen que quiero contarle, algo sobre los asaltos anteriores al dúo décimo que cambia la manera en que se lee el resultado.
Los primeros asaltos de esa pelea mostraron algo que los analistas de la época no siempre destacaron. Owen era mejor de lo que el papel sugería. Su movimiento, su hub, su capacidad de manejar la distancia estaban funcionando contra la presión de pintor, de maneras que hacían que la pelea fuera genuinamente pareja.
Owen no era el aspirante sin chances que la narrativa a veces pinta cuando se cuenta esta historia. Era un peleador que en esa noche, en esos 12 asaltos, estuvo al nivel del campeón, que conectó golpes limpios, que manejó la pelea con la inteligencia de alguien que había entrenado toda su vida para ese momento.
Eso también es parte de la historia de Johnny Owen, no solo la tragedia de su muerte, la calidad de lo que mostró esa noche, el hecho de que cuando tuvo su oportunidad del campeonato del mundo fue capaz de pelear en ese nivel. Que no ganó, no quita eso. Que murió de ese golpe en el dúo décimo, tampoco lo quita.
Owen fue al límite de lo que podía hacer y eso, independientemente del resultado, merece reconocimiento. Déjeme hablarle de algo sobre la relación de pintor con el boxeo después de su retiro, que dice algo sobre quién es. A diferencia de algunos exboxeadores que cuando se retiran rompen completamente con el deporte, pintor mantuvo una conexión no de manera formal, no como entrenador con un gimnasio establecido, sino de la manera en que los hombres que han vivido algo durante toda su vida adulta no pueden simplemente dejarlo. Se le veía en
eventos de boxeo, asistía a peleas, conversaba con los que todavía estaban en el sistema, mantenía el contacto con el mundo que había sido su mundo desde los 19 años. Esa conexión también incluía de manera inevitable las conversaciones sobre Owen, porque en cualquier evento de boxeo donde pintor aparecía, si había alguien que lo conocía de lejos o un periodista presente, el nombre de Owen aparecía.
era imposible que no apareciera. Y Pintor respondía, no con la evasión del que quiere cambiar el tema, con la disposición del que ha aprendido, que la única manera de cargar con algo durante tanto tiempo es nombrarlo cuando se nombra. Hay entrevistas suyas de distintas décadas donde habla de Owen y en todas ellas hay algo consistente.
No hay defensa, no hay explicación de por qué no es responsable, no hay el lenguaje del que busca que lo absuelvan. Hay simplemente la admisión de que ocurrió, de que lo afecta y de que ha encontrado maneras de seguir viviendo con eso que no lo destruyen, pero que tampoco lo resuelven completamente. Eso es todo lo que cualquier ser humano puede hacer con algo así y pintor lo hace.
Quiero añadir algo sobre México y la manera en que México procesó la muerte de Owen, que dice algo que raramente se menciona. En México la muerte de Owen fue noticia, fue cubierta. Los medios informaron y después el ciclo de noticias siguió adelante y Pintor siguió siendo campeón y las peleas siguientes se organizaron y la vida continuó.
Eso no es crueldad, es el ciclo normal de la cobertura mediática. Las tragedias del deporte producen una atención que dura lo que dura y que después cede espacio a lo que sigue. Pero hay algo en la manera específica en que México procesa las tragedias del boxeo que merece decirse. El boxeo en México tiene un estatus que hace que las muertes en el ring sean procesadas como parte del riesgo del oficio, como algo que puede pasar, como la consecuencia conocida de una actividad que la gente elige.
Eso no es incorrecto, es lo que el boxeo es, pero produce una distancia entre el evento y la reflexión sobre lo que ese evento significa, que a veces hace que las conversaciones importantes no ocurran. La conversación sobre si el boxeo debería existir, sobre si el sistema que organiza las peleas tiene responsabilidad cuando uno de los participantes muere, sobre qué debería cambiar para que las tragedias como la de Owen sean menos frecuentes.
Esas conversaciones ocurren en otros países de manera más sistemática que en México. En México la conversación tiende a quedarse en el nivel de la historia personal. El boxeador que murió, el campeón que carga con eso, la familia que perdió al hijo. Todo eso es real y merece contarse, pero la conversación más larga, la que va más allá de las personas específicas y habla del sistema, raramente se da con la profundidad que merece.
Este video no puede resolver eso, pero puede nombrarlo. Y nombrar las cosas que no se nombran es el principio de las conversaciones que necesitan tenerse. Tres cosas finales que se lleva de esta historia. Primera, ganar puede tener un costo que el cinturón no mide. Pintor ganó esa noche con todo lo que eso implica.
Y el costo de esa victoria fue algo que ningún sistema de boxeo, ningún contrato, ningún porcentaje cubre. Ese costo es suyo y lo ha cargado con una dignidad que merece reconocimiento. Segunda, la dignidad puede venir de los lados más inesperados. Dick. Cowen, el padre del muerto, recibió al hombre que mató a su hijo.
Eso no es algo que el mundo produce frecuentemente. Es un acto de humanidad extraordinaria que dice algo sobre los Owen y sobre lo que los seres humanos pueden elegir hacer con el dolor. Tercera, el sistema del boxeo produce las victorias y no asume las consecuencias. Los promotores que organizaron esa pelea cobraron sus porcentajes.
Las comisiones que la aprobaron siguieron aprobando peleas. El mundo del boxeo continuó y Pintor se quedó con la carga que ese mundo no quiso o no supo asumir. Lupe Pintor, Cuajimalpa, el campeón que fue a Merir Titfield. Esa es la historia. Y Pipino Cuevas está arriba. Un click. Una imagen que no conté todavía y que quiero contarle porque es la que más dice sobre quién es Lupe Pintor.
Es el gimnasio de pintor en algún momento de los años después del retiro. Un muchacho de 15 o 16 años que está aprendiendo a boxear. El entrenador que le está explicando algo sobre la guardia y pintor al lado observando. En algún momento el muchacho pregunta a pintor algo sobre el boxeo, como conectar un golpe, como moverse, algo técnico y simple.
Y pintor responde con la paciencia del que ha hecho algo durante toda su vida y que cuando explica lo que sabe no tiene urgencia porque sabe que entender lleva tiempo. El muchacho no sabe quién es pintor necesariamente. Para él es un señor mayor que está en el gimnasio y que sabe de boxeo. El contexto del campeonato mundial, de las defensas, de la victoria sobre Zárate, de la noche de octubre de 1980 en Los Ángeles.
Ese contexto no existe para ese muchacho de 15 años. Pintor le explica de todas formas, con la misma seriedad con que haría cualquier cosa. Eso también es Lupe Pintor, el hombre que sigue siendo parte del mundo, que le dio todo y que le costó todo, que transmite lo que sabe, porque eso es lo que tiene para dar, que no necesita que el muchacho sepa quién fue para darle lo que puede darle.
Y hay otra imagen que quiero dejarle antes del cierre definitivo. Es la tumba de Johnny Owen en Mercir Titfield. No cuando pintor fue en cualquier momento del presente, cualquier día normal pueblo de Gales. Hay flores no de pintor necesariamente del pueblo, de la gente de Mercir Titfield, que no olvida al muchacho delgado, que fue el más famoso que tuvieron.
Y en esa tumba, en ese nombre grabado en la piedra, está también de alguna manera la historia de Lupe Pintor, porque las dos historias, como dijimos, son inseparables. Owen no estaría en esa tumba si no hubiera subido al Ring esa anoche y Pintor no cargaría lo que carga si Owen no hubiera subido al Ring esa anoche. Los dos eligieron estar ahí, los dos pagaron el precio de esa elección, cada uno de su lado.
Eso es el boxeo en su forma más honesta, el deporte que puede dar lo más alto y cobrar lo más caro al mismo tiempo, a veces a la misma persona, a veces a personas diferentes que se encontraron en el ring sin saber completamente lo que esa noche les iba a costar. Lupe Pintor, Johnny Owen, Cuajimalpa y Mercir Titfield, El campeón y el retador, la victoria y la muerte, el viaje a Gales y el apretón de manos.
Todo eso al mismo tiempo, sin separar, esa es la historia completa de Lupe Pintor. Y el video de Pipino Cuevas semana pasada está arriba. El que venció a Thomas Herns cuando nadie lo esperaba. el que México olvidó, aunque sus 11 defensas del campeonato dijeran que no debería haberlo olvidado.
Dos mexicanos, dos historias, el mismo sistema visto desde ángulos diferentes. Pipino cargó con el olvido, pintor con la memoria. ¿Cuál pesa más? Esa pregunta está en el video de arriba, arriba en la pantalla. Un click, póngalo ahora. Déjeme añadir algo sobre la victoria de pintor sobre Zarate, que completa ese retrato.
La pelea con Zarate no fue solo una victoria deportiva, fue el momento donde el boxeo mexicano tuvo que procesar algo que no había tenido que procesar antes de esa manera, que el hombre más temido de la división podía ser vencido por alguien que técnicamente no era su igual en muchos aspectos.
Sarate tenía los 62 knockouts. Tenía la reputación que esos knockouts producían. tenía la certeza de que su poder era suficiente para cualquier rival que pusieran enfrente. Pintor tenía la derecha desde el ángulo que nadie más tiraba y la disposición de absorber para llegar a ese ángulo. 14 asaltos donde esa disposición fue más que el poder de Zarate.
La lección no es que la técnica siempre vence al poder. La lección es que hay más de una manera de ser mejor que el otro. Y Pintor encontró la suya. Hay algo que Sara te dijo después de esa pelea que raramente se cita, pero que dice mucho. Dijo que pintor era el más duro que había enfrentado. No el más técnico, el más duro, en el sentido de que cada vez que conectaba, Pintor seguía ahí.
Y eso para un peleador que había detenido a todos sus rivales anteriores, era una experiencia completamente nueva. Ser incapaz de detener a alguien cuando siempre habías podido detener a todos. Eso también descoloca, eso también cambia algo en la manera en que uno entiende sus propias capacidades. Sara te enfrentó eso esa noche y el resultado fue la primera derrota de su carrera.
Pintor le dio eso a Sarate y le dio a México la certeza de que tenía un campeón que no iba a caer fácilmente. Y dos años después, Owen, esas dos peleas juntas, la victoria sobre Sarate y la defensa ante Owen, son las que definen quién fue Lupe Pintor, las dos extremas, la que mostró lo mejor de lo que el boxeo puede producir y la que mostró el precio que el boxeo puede cobrar.
El mismo hombre en las dos, el mismo pintor de cuajimalpa que absorbía para conectar, que no se caía cuando el otro pegaba fuerte, que encontraba el ángulo aunque tardara. Dentro del ring, siempre el mismo. Fuera del ring, después de Owen, diferente de maneras que ya conté. Eso también es Lupe Pintor completo.
Y el video de Pipino Cuevas está arriba en la pantalla ahora mismo. El otro grande olvidado de esa generación, el que venció a Herns, el que México dejó ir sin mirar atrás. Dos historias distintas. El mismo México que produce ídolos y que después no sabe qué hacer con ellos cuando el ring ya no los necesita. Un click arriba ahora.
Y antes de cerrar del todo, déjeme decirle algo que ningún análisis del boxeo dice de esta manera, pero que creo que es verdad. Los grandes campeones del boxeo no son grandes a pesar de las peleas difíciles, son grandes por ellas. La grandeza de Chávez viene en parte de haber enfrentado a Taylor y haber ganado en los últimos 2 segundos.
La de Barrera de haber vencido a Nasem Hamed cuando nadie lo esperaba. la de Morales de haber derrotado a Pacquiao cuando Paquiao era el más temido. La de pintor viene de haber vencido a Zarate cuando Zarate era imbatible y también, aunque sea más difícil de decir, de la manera en que cargó con lo que vino después de Owen.
Ser campeón del mundo requiere talento y trabajo y disposición y todo lo que ya hemos contado. Pero ser el hombre que fue a Mercir Titfield requiere algo que el boxeo no mide y que el campeonato no garantiza. Pintor lo hizo. Eso también es parte de quién fue. Lupe Pintor. Cuajimalpa, Ciudad de México. 12 de abril de 1955. El campeón, el que fue a Gales, el que carga con lo que carga con la dignidad, del que no tiene otra opción, pero que podría haber elegido una más cómoda.
Esa es la historia. Pipino Cuevas. Arriba. Ahora mismo un click. Hay algo que me quedó sin decir sobre los años inmediatamente posteriores a la muerte de Owen, que completa el cuadro. En 1983, después de perder el campeonato ante Dávila y con la muerte de Owen todavía reciente, Pintor tuvo que tomar decisiones sobre su carrera que nadie más podía tomar por él.
Tenía 27 años, había sido campeón del mundo, había perdido el título, tenía toda la carrera por delante en términos de edad, pero cargaba con algo que ningún boxeador de 27 años había tenido que cargar antes de esa manera. En ese contexto, la decisión de seguir peleando tenía dos lecturas posibles.
La del que sigue porque quiere seguir, porque el boxeo es lo que sabe y lo que ama, y porque retirarse a los 27 no es algo que se contempla fácilmente. Y la del que sigue porque necesita el ingreso y porque el sistema que lo rodea le presenta opciones limitadas. Las dos lecturas son verdad al mismo tiempo. Pintor siguió peleando por las dos razones.
Y en esas peleas de los años 80, en esas funciones que ya no eran las del campeonato mundial, pero que seguían siendo boxeo serio, pintor fue el mismo que siempre fue dentro del ring, trabajador, dispuesto, la derecha desde el ángulo que nadie más tiraba, con la diferencia de que ahora en algún rincón de lo que sentía mientras se preparaba estaba Owen, no de manera que lo paralizara, de manera que lo acompañaba.
Eso es lo que las personas que lo conocieron de ese periodo dicen cuando se les pregunta cómo era pintor después de Owen, que era el mismo en el ring, y que fuera del ringaba, que antes no estaba. Owen lo acompañó el resto de la carrera lo sigue acompañando y eso que un hombre muerto en una pelea de boxeo siga siendo parte de la vida del hombre que conectó el golpe cuatro décadas después dice algo sobre Lupe Pintor que ningún récord puede decir.
La capacidad de cargar con algo sin que ese algo te destruya, pero sin pretender que no está. Eso también es grandeza de otro tipo, más silenciosa, más costosa. La del hombre que fue a Merir Tidefield y Pipino Cuevas está arriba. Un click ya. Y una última cosa, para los que llevan este video viendo y que quizás están pensando lo mismo que piensan muchos cuando se enteran de esta historia por primera vez, ¿debería seguir existiendo el boxeo? Es la pregunta que la muerte de Owen planta.
La que cualquier muerte en el ring planta, la que el boxeo lleva décadas evitando responder de manera directa, porque la respuesta directa tiene consecuencias que el sistema prefiere no enfrentar. Este video no va a responder esa pregunta. No me corresponde a mí responderla ni es el lugar para eso. Lo que sí puedo decir es esto.
Mientras el boxeo exista, mientras los hombres suban a los rings y se golpeen hasta que uno no pueda continuar, van a ocurrir cosas como lo que le ocurrió a Johnny Owen. No siempre, no frecuentemente, pero ocurrirán. Y cuando ocurran, el sistema que organizó la pelea seguirá cobrando sus porcentajes y el boxeador que estaba en el otro lado del ring seguirá cargando con lo que no eligió, pero que de todas formas es suyo.
Eso también forma parte de la historia de Lupe Pintor, no como condena, como contexto, como la explicación de por qué su historia dice algo que va más allá de él y que tiene que ver con lo que el boxeo es. Lupe Pintor, Cuajimalpa, el campeón que nadie recuerda tan bien como debería, el que carga con lo que carga, el que fue a Gales.
Pipino Cuevas, arriba. Un click, suscríbase, active la campana. La semana que viene otra historia. Y si esta historia le llegó, si el nombre de Lupe Pintor ahora tiene una dimensión que no tenía antes de este video, cuénteme en los comentarios. ¿Lo vio pelear en su época? vio la pelea con Sarate, sabía la historia de Johnny Owen? Eso también me importa saberlo, no como dato de audiencia, como evidencia de que estas historias todavía viven en la memoria de las personas que las vivieron en tiempo real, porque ese es el objetivo de este canal, que lo que
ustedes llevan décadas guardando adentro encuentre el espacio para nombrarse: Pintor, Owen, Sarate, Mertir, Titfield, Cuajimalpa, Todo eso junto, todo eso real. Pipino, cuevas.