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El Cártel Intentó Tomar Un Rancho — Cuando El Dueño Habló, Todos Dudaron nnn

El Cártel Intentó Tomar Un Rancho — Cuando El Dueño Habló, Todos Dudaron nnn

El cártel intentó tomar un rancho. Cuando el dueño habló, todos dudaron. Son las 11:43 de la noche del sábado 14 de septiembre de 2024, cuando ocho camionetas negras del CJNG atraviesan el portón del Rancho San Miguel en Tepatitlán, Jalisco. 40 sicarios armados con cuernos de chivo bajan esperando encontrar un rancho ganadero común.

 Lo que no saben es que el dueño, un hombre de 68 años con sombrero tejano y botas polvorientas, es el general retirado Augusto Villarreal Mora, el militar que desmanteló 17 células del cartel entre 1998 y 2015. Lo que sucederá en los próximos 90 minutos cambiará el equilibrio de poder en los Altos de Jalisco para siempre.

 El aire huele a tierra mojada, diésel quemado y pólvora reciente. Los faros de las camionetas iluminan la casa principal, una construcción de adobe y piedra de 120 años con dos niveles, ventanas de madera y un corredor amplio con macetas de bugambilas. Detrás de la casa están los establos, el granero, el pozo antiguo y 45 hectáreas de pastizales donde pastan 200 cabezas de ganado.

 Es un rancho trabajador, honesto, nada llamativo, exactamente como Augusto Villarreal lo quería. El comandante sicario, un hombre de 35 años, conocido como el coyote, baja de la primera camioneta con un AR15 en las manos. Tiene tatuajes en el cuello, cicatriz en la ceja izquierda, chaleco táctico y la seguridad de quien nunca ha fallado una misión.

 Sus 39 hombres se despliegan en formación militar, rodean la casa, bloquean las salidas, apagan los motores. El silencio que sigue es denso, amenazante. Augusto Villarreal está sentado en su mecedora de madera en el corredor de la casa. Tiene 68 años, cabello completamente blanco, rostro curtido por décadas de sol, manos grandes con callos de trabajo, viste camisa de mezclilla, jeans wrangler, botas de trabajo y su sombrero tejano gris que usa desde hace 30 años.

 A su lado, sobre una mesa pequeña de metal, hay una taza de café humeante y un radio viejo sintonizado en estación norteña. Parece un ranchero más, uno de miles en Jalisco. Nadie imaginaría quién fue. El coyote camina hacia el corredor con pasos lentos calculados. 10 sicarios lo siguen. Los otros 30 mantienen posiciones alrededor de la propiedad.

 El comandante se detiene a 5 metros de augusto, apunta su rifle directamente a la cabeza del viejo. “Buenas noches, don”, dice el coyote con tono casi cortés. “Lamento la hora, pero venimos a hablar de negocios. Augusto no se levanta de su mecedora. No muestra miedo. Toma un sorbo de café con movimientos pausados como si tuviera todo el tiempo del mundo.

 No tengo negocios con ustedes responde con voz ronca, calmada. Este es rancho ganadero, trabajo honesto. El coyote sonríe. Es una sonrisa fría, sin humor. Todo negocio en esta región es nuestro negocio, don. Este rancho ahora paga cuota. 50,000 pesos mensuales. Primera cuota vence en una semana. Augusto coloca su tasa sobre la mesa.

 Mira directamente a los ojos del comandante sicario. No parpadea. No voy a pagar ni un peso. El silencio que sigue es absoluto. Los sicarios se miran entre ellos. Nadie les dice que no. Especialmente no un viejo solo en un rancho aislado a 15 km del pueblo más cercano. El coyote da tres pasos adelante. Ahora está a 2 met de augusto.

Don Creo que no entiende la situación. Somos 40 hombres armados. Usted está solo. Su rancho puede desaparecer esta noche. Su ganado puede amanecer muerto. Usted puede no ver el amanecer. Augusto se levanta lentamente de su mecedora. Sus rodillas crujen, tiene la espalda encorbada por años de trabajo físico, parece vulnerable, frágil, derrotado de antemano.

 “Ustedes son 40”, dice Augusto con la misma calma. “Yo estoy solo.” Eso es verdad. El coyote relaja su postura. Cree que el viejo finalmente entendió. Pero antes de que decidan qué hacer conmigo, continúa Augusto, deberían saber quién soy. Si quieres saber cómo termina esta historia, suscríbete al canal. El coyote frunce el ceño. Hay algo en la voz del viejo que no encaja.

Una seguridad, una ausencia total de miedo que solo viene de experiencia, de haber estado en situaciones peores y haber sobrevivido. ¿Quién es usted, don? Augusto camina lentamente hacia la varanda del corredor, señala hacia las montañas oscuras que rodean el rancho. Mi nombre completo es Augusto Villarreal Mora.

 Serví en el ejército mexicano durante 37 años. Me retiré hace 9 años con rango de general de división. Entre 1998 y 2015 comandé operaciones especiales contra el narcotráfico en Jalisco, Michoacán y Colima. Desmantelé 17 células del CJNG, del cartel de Sinaloa, de los y de la familia michoacana. Capturé personalmente a 43 operadores de alto nivel.

 Maté a 12 en enfrentamientos directos. Los sicarios intercambian miradas nerviosas. El coyote mantiene su rifle apuntado, pero su dedo ya no está en el gatillo. Augusto continúa, el rancho que están invadiendo no es solo un rancho ganadero, es mi retiro. Es donde vine a vivir en paz después de casi cuatro décadas peleando contra gente como ustedes.

 Compré estas 45 haectáreas con mi pensión militar. Construí los establos con mis manos. Crié este ganado desde becerros. Esta tierra es mía legalmente, honestamente, y no voy a dejar que criminales me la quiten. El coyote baja su rifle ligeramente. Si es verdad lo que dice general, entonces sabe cómo funciona esto. Sabe que nosotros controlamos esta región.

Sabe que un hombre solo, aunque sea militar retirado, no puede contra 40 sicarios. Augusto regresa a su mecedora, se sienta despacio, toma otro sorbo de café. Tienen razón en algo. Un hombre solo no puede contra 40. Por eso no estoy solo. El coyote se tensa. Sus hombres levantan sus armas. Miran alrededor esperando emboscada.

 ¿Dónde están sus hombres, general? Augusto señala hacia los establos, el granero, la casa. No tengo hombres aquí. Tengo algo mejor. Tengo preparación, tengo experiencia, tengo 37 años de entrenamiento militar y tengo algo que ustedes no tienen. ¿Qué? Conozco cada centímetro de este rancho. Sé exactamente dónde están parados.

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