PARTE 1
La luz mortecina del bar “El Brillante” no ayudaba a calmar los ánimos.
Marcos observaba el goteo de condensación en su caña de cerveza.
Era una Mahou, la de siempre.
La que se supone que te tomas con amigos cuando la vida te da un respiro.
Pero Marcos no sentía que la vida le estuviera dando un respiro.
Sentía que la vida, o más bien su mejor amigo, le estaba tomando el pelo.
Santi llegó con tres minutos de retraso.
No era mucho para los estándares madrileños.
Normalmente, Marcos ni siquiera lo habría mencionado.
Pero esta vez había algo diferente en la forma en que Santi cruzó la puerta.
No caminaba.
Desfilaba.
Llevaba una bolsa de cartón rígido, de esas que crujen con autoridad.
Una bolsa de una marca que Marcos solo veía en los anuncios que saltaba en YouTube.
Santi dejó la bolsa sobre la silla libre con una delicadeza casi religiosa.
— Perdona el retraso, tío —dijo Santi, sin sonar ni un ápice arrepentido—.
Se sentó y soltó un suspiro de satisfacción absoluta.
— No sabes cómo está el centro —añadió, pasándose una mano por el pelo—.
— Me lo imagino —respondió Marcos, con la voz plana como una tabla de planchar—.
Marcos no apartaba la vista de la bolsa.
Era de un color azul noche, con letras plateadas que brillaban bajo los fluorescentes.
— ¿Eso es lo que creo que es? —preguntó Marcos, señalando con la barbilla.
Santi esbozó una sonrisa que pretendía ser humilde pero que era puramente triunfal.
— Una oportunidad, Marcos —sentenció Santi—.
— ¿Una oportunidad? —repitió Marcos, sintiendo que un tic empezaba a nacer en su párpado izquierdo—.
— No, en serio. Un milagro de las rebajas —insistió Santi—.
Abrió la bolsa con la parsimonia de quien desentierra un tesoro nacional.
Extrajo una chaqueta de cuero.
O de algo que se le parecía mucho y que olía a dinero recién impreso.
— Piel de napa, costuras reforzadas, corte italiano —enumeró Santi, acariciando la prenda—.
Marcos sintió que el nudo en su garganta se apretaba.
Hacía exactamente cuatro días, el martes a las 21:14, habían tenido una conversación por WhatsApp.
Marcos había propuesto ir a la Sierra el sábado.
Un plan sencillo.
Bocadillos de tortilla de casa.
Gasolina compartida.
Diez euros por cabeza, tirando por lo alto.
Santi le había contestado con un emoji de una cara llorando y un texto desolador.
“Tío, me encantaría, pero estoy a dos velas”.
“Literalmente, ayer comí arroz con nada”.
“Tengo que ahorrar este mes porque el seguro del coche me ha dejado tiritando”.
Marcos se había sentido mal por él.
Incluso estuvo a punto de ofrecerse a pagarle el día de campo.
Y ahora, allí estaba la chaqueta de napa.
Brillando.
Insultando a la inteligencia de Marcos.
— Estaba al cincuenta por ciento, Marcos —dijo Santi, como si eso fuera una explicación científica—.
— Al cincuenta por ciento —repitió Marcos, de nuevo—.
— Te lo juro. Una ganga. De las que aparecen una vez cada cinco años.
— ¿Y cuánto es el cincuenta por ciento de una chaqueta de “corte italiano”? —preguntó Marcos.
Santi dudó un milisegundo.
— Ciento ochenta pavos —soltó, tratando de que la cifra sonara pequeña—.
Marcos soltó una carcajada seca que hizo que un señor en la mesa de al lado se girara.
— Ciento ochenta pavos —dijo Marcos, subiendo el volumen—.
— Shhh, no hace falta que se entere todo el barrio —le pidió Santi—.
— El martes no tenías diez euros para ir a Navacerrada —recordó Marcos—.
— Es que no los tenía —afirmó Santi con una convicción asombrosa—.
— ¿Y de dónde han salido estos ciento ochenta? ¿Han brotado en el macetero de tu terraza?
Santi se inclinó hacia delante, entrando en modo confidencial.
— Es presupuesto de rebajas, Marcos. No es el mismo dinero.
Marcos parpadeó, procesando la frase.
— ¿Cómo que no es el mismo dinero? —preguntó, confundido—.
— A ver, piénsalo con lógica —empezó Santi, gesticulando con las manos—.
— Esto va a ser increíble, lo presiento —murmuró Marcos—.
— Yo tengo mi presupuesto de supervivencia —explicó Santi—.
— Alquiler, facturas, arroz con nada, el seguro del coche… —enumeró Santi—.
— En ese presupuesto, diez euros para gasolina son un lujo que no puedo permitirme.
— Ya —asintió Marcos, sarcástico—.
— Pero luego está el fondo de inversión en imagen personal —continuó Santi sin inmutarse—.
— Es un dinero que guardo para cuando surgen oportunidades que ahorran dinero a largo plazo.
— ¿Ahorrar dinero comprando una chaqueta de doscientos pavos? —preguntó Marcos.
— Exacto. Porque esta chaqueta costaba casi cuatrocientos el mes pasado.
— Si no la compro ahora por ciento ochenta, estoy perdiendo doscientos veinte euros.
— ¿Lo entiendes ahora? He ganado doscientos veinte euros al comprarla.
Marcos se frotó la cara con ambas manos.
Sentía que estaba en una dimensión paralela donde las matemáticas habían sido sustituidas por delirios.
— Santi, no has ganado dinero —dijo Marcos, hablando despacio—.
— Has gastado ciento ochenta euros que el martes decías que no tenías.
— Tenía el presupuesto bloqueado para las rebajas —corrigió Santi—.
— Es como el presupuesto del Estado, Marcos. Si una partida es para infraestructuras, no puedes usarla para educación.
— ¿Me estás comparando tu armario con el Ministerio de Fomento? —preguntó Marcos, incrédulo—.
— Es una analogía, no seas literal —se defendió Santi—.
Santi volvió a meter la chaqueta en la bolsa con orgullo.
— Además, tú sabes que yo necesitaba una chaqueta —añadió—.
— La que tengo está que se cae a pedazos.
— La que tienes es del año pasado y te costó ochenta euros en otras rebajas —apuntó Marcos—.
— Eso era otra época. Mi estilo ha evolucionado —replicó Santi con una seriedad cómica—.
Marcos miró su caña, que ahora le parecía amarga.
Había pasado toda la semana pensando en la caminata por el monte.
En el aire puro.
En desconectar de la oficina.
Incluso había comprado el pan especial para los bocadillos.
Y todo se había ido al traste porque Santi estaba “arruinado”.
— ¿Sabes cuánto costaba el plan de la sierra? —preguntó Marcos.
— Ya lo sé, Marcos, no me lo repitas —dijo Santi, quitándole importancia—.
— No, te lo voy a repetir. Diez euros.
— Menos que tus calcetines, seguramente —añadió Marcos, señalando los pies de su amigo—.
Santi bajó la mirada hacia sus tobillos.
Llevaba unos calcetines con dibujos de aguacates.
— Eran un pack de tres, también en oferta —se justificó Santi de inmediato—.
— Me da igual el pack, Santi.
— Lo que me jode es que me mientas a la cara.
— Yo no te he mentido —protestó Santi, ofendido—.
— Te dije que no podía salir porque estaba ahorrando.
— ¡Y lo estoy haciendo! —exclamó Santi—.
— ¡He ahorrado el cincuenta por ciento en esta chaqueta!
Marcos se quedó en silencio unos segundos, observando a su amigo.
Santi realmente creía en su propia mentira.
Tenía esa capacidad casi mágica de compartimentar su cuenta bancaria.
En su cabeza, el dinero para ocio con amigos era un gasto superfluo.
Pero el dinero gastado en un centro comercial era una inversión estratégica.
— Eres un caso clínico, Santi —dijo Marcos, finalmente—.
— No, soy un consumidor inteligente —replicó Santi, pidiendo otra cerveza al camarero—.
— ¿La vas a pagar con el presupuesto de infraestructura o con el de educación? —preguntó Marcos.
Santi sonrió, sacando una moneda de dos euros del bolsillo pequeño del vaquero.
— Esto es calderilla. La calderilla no cuenta para el presupuesto.
— Es dinero flotante —concluyó Santi, guiñándole un ojo—.
Marcos suspiró, preguntándose por qué seguía siendo amigo de alguien tan desesperante.
Pero entonces, Santi sacó algo más de la bolsa azul.
— Por cierto —dijo Santi, dejando una pequeña caja sobre la mesa—.
— He visto esto y me he acordado de que siempre te quejas de que se te enfría el café en la oficina.
Era un termo de diseño, también de marca, con un acabado mate elegante.
Marcos se quedó mudo.
— Estaba al setenta por ciento —añadió Santi rápidamente—.
— Cuatro euros, Marcos. Eso es menos de lo que cuesta esta cerveza.
Marcos miró el termo.
Era exactamente lo que necesitaba.
Santi lo miraba con una expresión de “ves, no soy tan malo”.
— ¿Y esto de qué presupuesto sale? —preguntó Marcos, suavizando el tono—.
— Del fondo de “sobornos para que mi amigo no me odie” —respondió Santi, riendo—.
Marcos cogió el termo y lo sopesó.
Era de buena calidad.
— Te odio un poco menos —admitió Marcos—.
— Pero seguimos sin ir a la sierra por tu culpa.
— El próximo fin de semana vamos —prometió Santi—.
— Te lo juro por la napa de esta chaqueta.
— El próximo fin de semana ya no habrá rebajas —dijo Marcos—.
— Exacto. Por eso tendré dinero —concluyó Santi con una lógica que, en su mundo, era impecable—.
Marcos negó con la cabeza, sin saber si reír o llorar.
La tensión seguía ahí, pero el humor absurdo de Santi empezaba a filtrarse.
Sin embargo, Marcos no iba a dejarlo pasar tan fácilmente.
Había una cuestión de principios en juego.
Una cuestión de prioridades que Santi siempre parecía esquivar con un regate de rebajas.
PARTE 2
El camarero trajo la segunda ronda.
Santi pagó con la moneda y unos cuantos céntimos que rescató del fondo de su cartera.
Lo hizo con la parsimonia de un aristócrata pagando un tributo.
Marcos seguía dándole vueltas al termo.
— No creas que con esto me has comprado —dijo Marcos, aunque ya no sonaba tan enfadado—.
— No es una compra, es un detalle —puntualizó Santi—.
— Un detalle financiado por tu extraña gestión económica —añadió Marcos—.
Santi bebió un largo trago de su cerveza.
— Mira, Marcos, tú eres un hombre de números —empezó Santi—.
— Tú ves una cuenta bancaria como un bloque de granito.
— Yo la veo como una plastilina.
— Una plastilina que siempre se te acaba en la mitad de la manualidad —le recordó Marcos—.
Santi soltó una carcajada.
— Puede ser. Pero, ¿y lo bien que me lo paso moldeándola?
— El problema es que tu plastilina nos afecta a todos —dijo Marcos, recuperando la seriedad—.
— Llevamos un mes intentando organizar la cena en casa de Lucía.
— Y tú, que si no llegas a fin de mes, que si el coche, que si la abuela fuma…
— ¡Es que mi abuela realmente fuma y el tabaco está carísimo! —interrumpió Santi—.
— No me jodas, Santi —dijo Marcos, cortante—.
— El caso es que cancelamos la cena porque dijiste que no tenías ni para llevar un vino de tres euros.
Santi puso cara de circunstancias.
— Es que un vino de tres euros es un ataque al hígado, Marcos.
— Si no puedo llevar algo decente, prefiero no ir.
— Pues podrías haber llevado un vino decente con los ciento ochenta euros de la chaqueta —razonó Marcos—.
Santi sacudió la cabeza, como si Marcos no entendiera nada de la vida.
— No, no, no. Eso es un error de base.
— La chaqueta dura diez años si la cuido bien.
— El vino se gasta en veinte minutos.
— Estás comparando un activo fijo con un gasto corriente —explicó Santi con aire de profesor de ESADE—.
— Estás comparando ser un buen amigo con ser un maniquí —replicó Marcos—.
Hubo un momento de silencio.
La frase de Marcos había dado en el blanco.
Santi dejó de juguetear con la bolsa azul.
Miró a su alrededor, a las paredes desconchadas del bar.
— A veces me siento un poco así —confesó Santi, bajando la voz—.
— ¿Cómo un maniquí? —preguntó Marcos, sorprendido por el repentino cambio de tono—.
— Como alguien que necesita esas cosas para… no sé, para sentir que no le va tan mal.
Santi acarició de nuevo la bolsa.
— Sé que suena estúpido.
— Sé que el martes no tenía dinero para la gasolina.
— Pero cuando veo ese cartel de “50%”, siento que el mundo me está dando una oportunidad de ganar por una vez.
— Como si el sistema se hubiera equivocado y me dejara colarme por una grieta.
Marcos suavizó su expresión.
Conocía a Santi desde el instituto.
Sabía que su amigo siempre había vivido en una cuerda floja financiera.
Santi trabajaba de comercial en una empresa de suministros de oficina.
Un trabajo de esos que te exprimen el alma a cambio de comisiones que nunca llegan.
Marcos, en cambio, tenía un puesto estable en una gestoría.
Sus vidas eran diferentes, pero sus problemas solían ser los mismos.
La diferencia era cómo los gestionaban.
— Entiendo lo de la grieta, Santi —dijo Marcos con suavidad—.
— Pero la grieta no te va a llevar a la sierra.
— Ni te va a sentar a cenar con tus amigos.
— Las rebajas son un espejismo.
— Te hacen creer que ahorras cuando lo único que haces es gastar lo que no tienes.
Santi asintió, aunque Marcos sabía que no estaba convencido del todo.
La adicción a la “ganga” era fuerte en él.
— Tienes razón —admitió Santi—.
— Pero reconóceme que la chaqueta me queda de vicio.
— Ni siquiera te la has probado aquí —dijo Marcos—.
— Me la probé en la tienda tres veces —reveló Santi—.
— El dependiente ya me miraba como si fuera a robarla o a pedirle matrimonio.
Santi se levantó de la silla.
— Mira —dijo, sacando la chaqueta de nuevo—.
Se la puso allí mismo, entre las mesas grasientas y el olor a calamares fritos.
Había que reconocerlo.
Le quedaba perfecta.
Ajustada en los hombros, con el largo justo.
Santi se dio una vuelta, haciendo un amago de pase de modelos.
— ¿Qué me dices? —preguntó con una ceja levantada—.
— Digo que pareces un figurante de una película de acción con poco presupuesto —bromeó Marcos—.
— ¡Envidia! ¡Eso es pura envidia cochina! —exclamó Santi, riendo—.
— Es bonita, Santi. Es muy bonita.
— Pero no me sirve de nada si no vienes a los planes.
Santi se volvió a sentar, pero no se quitó la chaqueta.
Se sentía empoderado.
Como si el cuero le otorgara una inmunidad diplomática ante las críticas de Marcos.
— El plan de la sierra sigue en pie para el sábado que viene —dijo Santi—.
— ¿Y si hay una liquidación en el Leroy Merlin? —preguntó Marcos con ironía—.
— Prometo no pasar por delante de ningún centro comercial hasta el domingo.
— ¿Lo juras? —insistió Marcos—.
— Lo juro por lo más sagrado. Por mi cuenta de Instagram.
Marcos soltó una carcajada.
— Eso sí que es un compromiso serio para ti.
Se quedaron un rato más charlando sobre cosas triviales.
La tensión se había disipado, sustituida por la resignación habitual.
Sin embargo, el destino tenía otros planes para esa tarde.
Justo cuando Marcos iba a pedir la cuenta, el móvil de Santi vibró sobre la mesa.
Santi lo miró y sus ojos se abrieron como platos.
— No me lo puedo creer —susurró Santi—.
— ¿Qué pasa ahora? —preguntó Marcos, temiéndose lo peor—.
— Es un correo de la tienda de tecnología de la calle de atrás.
— ¿Y? —preguntó Marcos, impaciente—.
— Tienen los auriculares con cancelación de ruido… los que quería…
Santi miró a Marcos con una mezcla de terror y deseo.
— No lo digas —advirtió Marcos, señalándole con el dedo—.
— Al sesenta por ciento, Marcos. Solo hoy. Venta privada.
— Santi, ni se te ocurra —dijo Marcos, poniéndose de pie—.
— ¡Es que es un ahorro de ciento cincuenta euros! —exclamó Santi, empezando a sudar—.
— ¡Es una pérdida de cien euros que no tienes! —rebatió Marcos—.
— ¡Pero si los compro ahora, ya no tendré que comprarlos nunca más!
— ¡Ni siquiera necesitas auriculares, si siempre escuchas música con el altavoz del móvil!
Santi se puso la bolsa azul al hombro con un movimiento frenético.
— Es una inversión en salud auditiva, Marcos. El ruido del metro me está matando.
— ¡El metro es el menor de tus problemas mentales! —gritó Marcos, mientras Santi ya se dirigía a la puerta—.
— ¡Paga tú las cañas, te lo paso por Bizum! —gritó Santi desde el umbral—.
Marcos se quedó solo en la mesa, mirando el termo que Santi le había regalado.
El termo que ahora sabía que era parte de una estrategia de distracción.
Miró al camarero, que lo observaba con lástima.
— Lo de siempre, ¿verdad? —preguntó el camarero—.
— Lo de siempre —suspiró Marcos, sacando la cartera—.
Santi era un desastre, pero era su desastre.
Sin embargo, Marcos decidió que esta vez no se iba a quedar de brazos cruzados.
Si Santi quería jugar al juego de los presupuestos, Marcos iba a enseñarle las reglas del mundo real.
Pero primero, tenía que encontrar a Santi antes de que se gastara hasta el dinero del alquiler en unos auriculares que no necesitaba.
Salió del bar a paso rápido, con el termo en la mano como si fuera un arma.
La tarde en Madrid estaba cayendo, y las luces de neón de las tiendas empezaban a brillar.
Eran como cantos de sirena para alguien como Santi.
Y Marcos era el único que podía intentar taparle los oídos.
Aunque probablemente, Santi ya se habría comprado unos tapones de diseño al setenta por ciento de descuento.
PARTE 3
Marcos recorrió la calle Fuencarral a paso de legionario.
La marea de gente que salía del trabajo se mezclaba con los cazadores de gangas.
Era un ecosistema frenético.
Un hormiguero humano donde cada individuo buscaba algo que le hiciera sentir un poco menos miserable.
O un poco más guapo.
O simplemente, menos vacío.
Marcos divisó la tienda de tecnología.
Tenía un diseño minimalista, mucha luz blanca y dependientes que parecían salidos de una serie de ciencia ficción escandinava.
Y allí, junto al mostrador de “Sonido Premium”, estaba Santi.
Estaba acariciando unos auriculares negros, tan brillantes que parecían hechos de obsidiana.
Tenía esa mirada.
Esa mirada de enamorado que solo le salía cuando veía una etiqueta roja sobre un fondo blanco.
Marcos se acercó por detrás y le puso una mano en el hombro.
Santi dio un respingo, casi tirando los auriculares al suelo.
— ¡Joder, Marcos! Me vas a dar un infarto —exclamó Santi, llevándose la mano al pecho—.
— El infarto te lo va a dar el banco cuando vea tu saldo —dijo Marcos, sin soltarle—.
— Tío, escúchalos. Póntelos un momento —suplicó Santi, ofreciéndole los cascos—.
— No quiero ponérmelos —respondió Marcos, firme—.
— Solo un segundo. Tienen una función que borra el ruido de la realidad.
— Lo que necesitas tú es conectar con la realidad, no borrarla —sentenció Marcos—.
Santi suspiró y dejó los auriculares sobre el expositor de terciopelo.
— Son cien euros, Marcos. Costaban doscientos cincuenta.
— Es un pecado no comprarlos.
— Es un pecado que me digas que no tienes diez euros para ir al campo y te gastes casi trescientos en una tarde —rebatió Marcos—.
Santi miró a su alrededor, asegurándose de que ningún dependiente estuviera escuchando.
— Es que el campo siempre va a estar ahí, Marcos.
— Navacerrada no se va a mover. Las rocas no tienen rebajas de enero.
— Pero estos auriculares… mañana volverán a costar doscientos cincuenta.
— ¿Y qué? —preguntó Marcos—.
— ¿Y qué? ¡Pues que habré perdido la oportunidad!
— Santi, escúchame bien —dijo Marcos, obligándole a mirarle a los ojos—.
— No estás perdiendo una oportunidad.
— Estás cayendo en la trampa.
— Te están vendiendo la idea de que eres más listo que ellos porque pagas menos del precio inflado.
— Pero al final del día, ellos tienen tus cien euros y tú tienes un trasto más en el cajón.
Santi bajó la cabeza, como un niño regañado.
— Es que me gustan mucho —murmuró—.
— Ya lo sé. Y la chaqueta también te gusta mucho.
— Pero, ¿sabes qué me gustaría a mí?
— Que cuando te propongo un plan, tu primera respuesta no fuera “no tengo dinero”.
— Porque lo que me estás diciendo en realidad es: “mi dinero es solo para mis caprichos, no para compartir tiempo contigo”.
Esa dolió.
Marcos vio cómo la mandíbula de Santi se tensaba.
No era la típica pulla sobre su mala cabeza financiera.
Era una verdad desnuda sobre su amistad.
Santi se quedó mirando los auriculares de obsidiana, pero ya no parecían tan brillantes.
— No es eso, tío —dijo Santi con voz queda—.
— Sabes que eres mi mejor amigo.
— Pues demuéstralo —dijo Marcos—.
— Deja los auriculares. Sal de esta tienda de luces blancas y vamos a tomar otra caña.
— Pero esta vez, la pagas tú de tu “presupuesto de infraestructura”.
Santi dudó.
Su mano derecha todavía rozaba el cable de los cascos.
Era como un adicto frente a su dosis.
El dependiente, un chico con gafas de pasta y una barba perfectamente recortada, se acercó con una sonrisa depredadora.
— ¿Os los lleváis? Es el último par que nos queda en stock con este descuento —dijo el dependiente—.
La frase mágica.
“El último par”.
“En stock”.
Santi miró a Marcos.
Marcos mantuvo la mirada, impasible.
— No —dijo Santi, de repente—.
El dependiente parpadeó, sorprendido.
— ¿Perdona? —preguntó el chico de las gafas—.
— Que no me los llevo —repitió Santi con más fuerza—.
— Me he dado cuenta de que mi salud auditiva está perfectamente.
— Y que el ruido de la realidad… bueno, a veces hay que escucharlo.
Marcos soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo.
Salieron de la tienda bajo la mirada confusa del dependiente.
Ya en la calle, el aire fresco de la tarde les dio en la cara.
Santi todavía llevaba la bolsa azul de la chaqueta, pero caminaba de otra forma.
Menos desfile, más humano.
— Me ha dolido, Marcos —confesó Santi mientras caminaban—.
— Lo de los auriculares —dijo Marcos—.
— No, lo de que mi dinero es solo para mis caprichos.
— Sabes que soy un desastre, pero nunca he querido que pienses que no me importa quedar con vosotros.
— Es solo que… —Santi hizo una pausa, buscando las palabras—.
— Es que las cosas me dan una satisfacción inmediata que las personas no me dan.
— Una chaqueta no me juzga. Unos auriculares no me piden explicaciones.
Marcos asintió.
— Lo entiendo, Santi. Vivimos en un mundo que nos dice que somos lo que compramos.
— Pero al final, la chaqueta se pasará de moda y los auriculares se romperán.
— Lo que queda es la gente que aguanta tus tonterías de presupuestos imaginarios.
Santi sonrió de medio lado.
— Tienes razón. Soy un imbécil integral.
— Un imbécil con una chaqueta muy chula —le recordó Marcos—.
— Eso siempre —rio Santi—.
Caminaron en silencio un par de manzanas.
La tensión del enfrentamiento se había evaporado, dejando paso a esa camaradería de años.
— Oye, Marcos —dijo Santi de pronto—.
— ¿Dime?
— ¿Todavía tienes el pan ese especial para los bocadillos?
— Sí, lo tengo en el congelador. ¿Por qué?
— Saca dos billetes de diez euros de tu cartera —ordenó Santi—.
— ¿Para qué? —preguntó Marcos, mosqueado—.
— Vamos a ir ahora mismo a la gasolinera.
— Vamos a llenar el depósito de mi coche.
— Y mañana, a primera hora, nos vamos a la sierra.
Marcos se detuvo en seco.
— ¿En serio? —preguntó, incrédulo—.
— En serio. El presupuesto de rebajas ha sido oficialmente intervenido por el Banco Central de la Amistad.
— Que eres tú, por si no lo habías pillado.
Marcos soltó una carcajada y le dio un golpe amistoso en la espalda.
— ¡Así me gusta, Santi! ¡Ese es el espíritu!
— Pero una cosa te digo —añadió Marcos—.
— Como te vea pararte en un escaparate por el camino, te dejo allí tirado.
— No sufras —dijo Santi—.
— Mañana solo voy a mirar árboles.
— Y espero que los árboles no tengan descuentos de temporada.
Se dirigieron hacia el coche de Santi, un utilitario que ya había visto días mejores pero que todavía aguantaba el tirón.
Pero justo antes de llegar, pasaron por delante de una tienda de deportes.
En el escaparate, unas botas de senderismo lucían un cartel enorme: “LIQUIDACIÓN POR CIERRE. TODO AL 70%”.
Marcos sintió que el brazo de Santi se tensaba a su lado.
Santi se quedó clavado frente al cristal.
— Marcos… —susurró Santi con un hilo de voz—.
— Ni se te ocurra, Santi —advirtió Marcos, apretando los dientes—.
— Pero Marcos… ¡mira esas botas! ¡Son Gore-Tex!
— ¡Para ir a la sierra mañana! ¡Es el destino!
— ¡Es una señal divina!
Marcos miró las botas. Eran buenas.
Miró a Santi. Sus ojos brillaban de nuevo.
La lucha interna de Santi era casi visible, como una batalla épica entre su conciencia y su instinto consumista.
— Santi… —dijo Marcos, en tono de advertencia máxima—.
— Solo voy a preguntar el precio —dijo Santi, ya poniendo la mano en el pomo de la puerta—.
— ¡Es por el plan, Marcos! ¡Es para que el plan sea mejor!
Marcos suspiró, mirando al cielo.
— No tienes remedio, Santi. De verdad que no tienes remedio.
Pero, para sorpresa de ambos, Marcos no lo detuvo.
Se quedó allí, esperando en la puerta, con una sonrisa resignada.
Porque al final del día, las rebajas no eran solo por el dinero.
Eran la forma en que Santi entendía el mundo.
Y mientras estuviera dispuesto a compartirlas con él, Marcos podía vivir con ello.
Incluso si eso significaba que el presupuesto de la sierra acababa invertido en unas botas de alta montaña para caminar por un sendero de cabras.
PARTE 4
Santi salió de la tienda de deportes diez minutos después.
No llevaba una bolsa.
Llevaba dos.
— ¿Dos bolsas, Santi? ¿En serio? —preguntó Marcos, cruzándose de brazos—.
— ¡Es que las botas venían con un pack de calcetines térmicos de regalo! —se justificó Santi, radiante—.
— ¡Y por cinco euros más, me daban esta cantimplora que filtra el agua de los ríos!
Marcos miró la cantimplora de aluminio.
— Santi, en Navacerrada hay fuentes. Agua potable. Gratis.
— Nunca se sabe, Marcos. ¿Y si hay una apocalipsis zombi mientras estamos en la cima de Siete Picos?
— Al menos tendré agua filtrada y los pies calientes.
Marcos no pudo evitar reírse.
La lógica de Santi era como un queso de gruyere: llena de agujeros, pero extrañamente apetecible.
— Venga, “superviviente”, mueve el culo —dijo Marcos—.
Llegaron al coche de Santi.
Santi tiró las bolsas en el asiento trasero junto a la chaqueta de cuero.
El utilitario parecía ahora un almacén de logística de Amazon.
— ¿Tienes dinero para la gasolina o tengo que filtrar el agua de la fuente para venderla? —bromeó Marcos—.
Santi sacó un billete de veinte euros de su calcetín.
Literalmente, de dentro de su calcetín de aguacates.
— Dinero de emergencia —explicó Santi ante la mirada atónita de Marcos—.
— Lo guardo ahí para los días en los que mi cabeza me dice que gaste hasta el último céntimo.
— Es un sistema de seguridad física. Si quiero gastarlo, tengo que descalzarme en público.
— Y me da demasiada vergüenza hacerlo.
Marcos se quedó impresionado.
— Eso es… extrañamente inteligente, Santi.
— Lo sé. A veces hasta yo mismo me sorprendo.
Fueron a la gasolinera, llenaron el depósito y, por fin, sintieron que el plan era real.
La mañana siguiente amaneció clara y fría, típica de Madrid en esa época del año.
Santi pasó a buscar a Marcos a las ocho en punto.
Llevaba su nueva chaqueta de cuero encima de un forro polar, las botas de Gore-Tex impecables y la cantimplora colgada del cinturón como si fuera a cruzar el desierto del Gobi.
— Pareces un anuncio de “Coronel Tapiocca” que ha salido mal —le soltó Marcos al subir al coche—.
— La moda es riesgo, Marcos. La montaña es riesgo —respondió Santi, arrancando el motor—.
El viaje hacia la sierra transcurrió entre risas y música de los ochenta.
Santi estaba de un humor excelente.
Había gastado dinero, sí.
Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que no lo había hecho a escondidas de su vida real.
Llegaron al aparcamiento de Cotos.
Estaba lleno de familias con niños y senderistas expertos que miraban la chaqueta de cuero de Santi con una mezcla de curiosidad y desprecio.
Santi caminaba con paso firme, haciendo que sus botas nuevas crujieran rítmicamente.
— ¿Ves esto? —preguntó Santi, señalando el suelo pedregoso—.
— Agarre total. No siento ni una piedra.
— Es una inversión en confort podológico.
— Me alegro por tus podocosas, Santi —dijo Marcos, ajustándose la mochila—.
Empezaron a subir hacia la Laguna de Páñalara.
El aire era puro, el cielo de un azul intenso y el silencio de la montaña solo se veía roto por el jadeo de Santi, que no estaba precisamente en su mejor forma física.
— ¿Estás… bien… presupuesto… de infraestructuras? —preguntó Marcos, burlón—.
— Es… el aire… que es demasiado… puro… —consiguió decir Santi, apoyándose en una roca—.
— Mis pulmones… no están… acostumbrados a nada… que no tenga… CO2 de la Gran Vía.
Se sentaron a descansar frente a la laguna.
El agua estaba tranquila, reflejando las cumbres nevadas.
Marcos sacó los bocadillos de tortilla.
El pan especial del congelador estaba perfecto.
Santi le dio un bocado al suyo y cerró los ojos.
— Joder, Marcos. Esto está mejor que cualquier cosa que haya comprado ayer.
— Pues te ha costado cinco euros de gasolina y un poco de sudor —le recordó Marcos—.
— Y el placer de mi compañía, que eso no tiene precio —añadió Marcos—.
Santi asintió, masticando con lentitud.
— Sabes… ayer, cuando estaba en la tienda de los auriculares…
— Sentía que si no los compraba, me faltaba algo.
— Pero aquí arriba, con este bocata de tortilla frío…
— No siento que me falte nada.
Marcos le miró de reojo.
— ¿Ni siquiera los auriculares con cancelación de ruido de la realidad?
Santi miró el paisaje.
— No. Esta realidad suena bastante bien así como está.
Se quedaron un rato en silencio, disfrutando del momento.
Era esa paz que solo se consigue cuando dejas de correr detrás de la próxima oferta.
Sin embargo, Santi no pudo evitarlo.
Sacó su móvil y empezó a trastear.
Marcos suspiró.
— ¿Ya estás mirando Amazon?
— No, pesado. Estoy mirando las fotos que nos hemos hecho.
— Mira esta, sales con cara de estar oliendo un pedo.
Marcos se asomó a la pantalla.
— Es mi cara de esfuerzo, idiota.
Santi pasó a la siguiente foto.
De repente, se quedó congelado.
— No… —susurró Santi—.
— ¿Qué pasa ahora? ¿Te has quedado sin batería? —preguntó Marcos—.
— No es eso. Es un anuncio que acaba de saltar en Instagram.
Marcos se preparó para lo peor.
— Santi, estamos en mitad de la naturaleza. Deja el puto móvil.
— Es que… es una oferta de vuelos, Marcos.
— Vuelos a Tokio. Ida y vuelta. Trescientos euros.
Santi miró a Marcos con los ojos como platos.
— ¡Trescientos euros, Marcos! ¡Eso es lo que cuesta un viaje a Benidorm en agosto!
— ¡Es una oportunidad de ver los cerezos en flor!
Marcos se levantó, limpiándose las migas de tortilla de los pantalones.
— Santi —dijo con una calma aterradora—.
— Si compras ese billete ahora mismo, te juro que te tiro a la laguna.
— Pero Marcos… ¡es Tokio! ¡El presupuesto de viajes internacionales está vacío!
— ¡Podemos ir los dos! ¡Ahorramos seiscientos euros entre los dos!
Marcos empezó a caminar montaña abajo.
— ¡Marcos! ¡Espera! —gritó Santi, guardando el móvil a toda prisa—.
— ¡Solo lo estaba comentando! ¡No le he dado a comprar!
— ¡Todavía!
Marcos seguía caminando, pero por dentro sonreía.
Santi nunca iba a cambiar.
Siempre iba a ser ese buscador de tesoros con la cuenta corriente en números rojos.
Pero al menos ahora, el tesoro incluía un billete para dos.
— ¡Vale, vale! ¡No compro nada! —gritó Santi, alcanzándole—.
— Pero admíteme que trescientos euros a Tokio es un regalo.
— Es un regalo que no podemos permitirnos —dijo Marcos sin detenerse—.
— Ya… pero, ¿y si pagamos a plazos? —sugirió Santi, recuperando su tono de negociador—.
— ¡Santi!
— ¡Vale, me callo! ¡Me callo!
Bajaron la montaña entre bromas sobre el sushi y los samuráis.
La tensión sobre el presupuesto seguía ahí, latente, pero se había convertido en una danza familiar.
Una danza donde Marcos ponía el suelo y Santi intentaba comprar las nubes.
Al llegar al coche, Santi acarició su chaqueta de napa una última vez antes de sentarse al volante.
— ¿Sabes qué, Marcos? —dijo Santi mientras ponía el contacto—.
— ¿Qué?
— Que las rebajas sí justifican romper el presupuesto.
Marcos le miró, listo para saltarle al cuello.
— Pero solo si el presupuesto que rompes es el de la soledad —concluyó Santi con un guiño—.
— Qué filosófico te pones cuando te falta el oxígeno —dijo Marcos, riendo—.
— Arranca de una vez, anda. Que a este paso, llegamos a Madrid cuando hayan empezado las rebajas de verano.
— ¡Oye! ¡Esa es una idea excelente! —exclamó Santi—.
El coche se alejó de la sierra, dejando atrás el aire puro y volviendo al ruido de la ciudad.
Ese ruido que Santi intentaba tapar con auriculares caros, pero que Marcos sabía que solo se curaba con una buena tortilla y un amigo que te dijera la verdad a la cara.
Incluso si esa verdad costaba ciento ochenta euros y olía a piel de napa.
Al final, la pregunta seguía en el aire.
¿Las rebajas justifican romper el presupuesto?
Para Santi, la respuesta siempre sería un “sí” rotundo, siempre que hubiera un cartel rojo de por medio.
Para Marcos, la respuesta era un “depende”.
Depende de si lo que compras te acerca a la gente o te encierra en tu propio armario.
Y mientras Santi siguiera invitándole a bocadillos (o al menos, a los planes para comerlos), el presupuesto de la amistad seguiría teniendo saldo positivo.
Aunque fuera por los pelos.
Y aunque tuviera que esconder los billetes en los calcetines de aguacates.