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La luz mortecina del bar “El Brillante” no ayudaba a calmar los ánimos.

PARTE 1

La luz mortecina del bar “El Brillante” no ayudaba a calmar los ánimos.

Marcos observaba el goteo de condensación en su caña de cerveza.

Era una Mahou, la de siempre.

La que se supone que te tomas con amigos cuando la vida te da un respiro.

Pero Marcos no sentía que la vida le estuviera dando un respiro.

Sentía que la vida, o más bien su mejor amigo, le estaba tomando el pelo.

Santi llegó con tres minutos de retraso.

No era mucho para los estándares madrileños.

Normalmente, Marcos ni siquiera lo habría mencionado.

Pero esta vez había algo diferente en la forma en que Santi cruzó la puerta.

No caminaba.

Desfilaba.

Llevaba una bolsa de cartón rígido, de esas que crujen con autoridad.

Una bolsa de una marca que Marcos solo veía en los anuncios que saltaba en YouTube.

Santi dejó la bolsa sobre la silla libre con una delicadeza casi religiosa.

— Perdona el retraso, tío —dijo Santi, sin sonar ni un ápice arrepentido—.

Se sentó y soltó un suspiro de satisfacción absoluta.

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