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El salón olía a una mezcla entre suavizante de marca blanca y el rastro persistente de una lasaña de microondas.

PARTE 1

El salón olía a una mezcla entre suavizante de marca blanca y el rastro persistente de una lasaña de microondas.

Eran las ocho y media de la tarde de un martes cualquiera en Madrid.

Uno de esos martes que no tienen épica, ni gloria, ni planes de salir de cañas por Malasaña.

Carla entró en el piso arrastrando los pies, con el peso de ocho horas de oficina y un transbordo infernal en el Metro.

Soltó las llaves en el cuenco de la entrada con un estruendo que sonó a sentencia de muerte.

Dani ni siquiera se inmutó desde el sofá.

Estaba allí, mimetizado con los cojines, envuelto en una manta de cuadros que ya formaba parte de su ecosistema natural.

La luz de la televisión bañaba su cara con un tono azulado y fantasmal.

Carla suspiró, un suspiro largo, de esos que llevan IVA y recargos por demora.

Caminó hacia la cocina con la esperanza de encontrar un oasis de orden.

Pero lo que encontró fue el escenario de un crimen doméstico.

Allí estaba.

El fregadero.

Ese monumento al abandono que parecía tener vida propia.

Había una torre de platos que desafiaba las leyes de la gravedad y de la higiene pública.

Una sartén con una costra de aceite que contaba la historia de lo que habían cenado hacía dos días.

Dos tazas de café con un cerco marrón que parecía el mapa de una isla desierta.

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