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El sol de Chamberí y la penúltima tregua

Parte 1: El sol de Chamberí y la penúltima tregua

El sol de mayo en Madrid no es un sol cualquiera; es un sol que te juzga, un sol que se cuela por las rendijas de las persianas de madera y te recuerda que, aunque intentes esconderte, la vida sigue ahí fuera, ruidosa y llena de gente con prisa. Sergio estaba sentado en uno de esos bancos de hierro forjado de la Plaza de Olavide, de esos que han sido pintados tantas veces que ya no sabes si el color original era verde carruaje o simplemente mugre acumulada de tres décadas. Tenía la mirada fija en una paloma que intentaba, con una fe digna de mejor causa, desmenuzar un trozo de corteza de pizza reseca que alguien había abandonado la noche anterior.

A su lado, Elena revolvía el bolso con una urgencia que Sergio ya conocía de memoria. Era esa urgencia de quien no busca nada, pero necesita desesperadamente que sus manos tengan algo que hacer para no tener que mirar a la cara a la persona que tiene al lado. El tintineo de las llaves, el roce del cuero y el suspiro contenido formaban la banda sonora de un final que llevaba meses escribiéndose en silencio, entre cafés fríos y broncas por quién sacaba la basura.

— ¿Te vas a quedar ahí mirando a la paloma hasta que se jubile o piensas decir algo que no sea un monosílabo? —soltó Elena, finalmente dejando el bolso en paz sobre sus rodillas.

Sergio suspiró. El aire de la plaza olía a una mezcla inconfundible de cañas recién tiradas, asfalto recalentado y ese perfume de jazmín que a veces, si el viento soplaba del lado correcto, lograba camuflar el aroma a ciudad estresada. Se ajustó las gafas de sol, sintiendo el sudor frío corriéndole por la nuca.

— No quiero seguir así, Elena —dijo Sergio, con una voz que sonó más vieja de lo que él se sentía. No fue un grito, ni un reproche de esos que se lanzan para ver si el otro todavía tiene sangre en las venas. Fue una declaración de principios, plana y pesada como una losa de granito de la Sierra de Guadarrama.

Elena se quedó petrificada. El ruido de los niños gritando en los columpios cercanos pareció subir de volumen de golpe, como si la realidad quisiera rellenar el hueco que acababa de dejar la frase de Sergio. Una pareja de turistas pasó por delante de ellos, consultando un mapa en el móvil y discutiendo sobre si el Metro de Iglesia estaba más cerca que el de Bilbao. La vida seguía, insultantemente normal, mientras el mundo privado de Sergio y Elena se agrietaba sin remedio.

— ¿Qué significa que no quieres seguir así? —preguntó ella, aunque ambos sabían perfectamente qué significaba—. Llevamos tres años, Sergio. Tres años de planes, de mudanzas, de aguantar a tu madre los domingos y de fingir que me gusta el fútbol para que no te sintieras solo en el sofá. ¿Ahora, de repente, un martes cualquiera en una plaza de Chamberí, decides que ya está bien?

— No es de repente, Elena. Lo sabes. Llevamos meses viviendo en una especie de tregua armada. Desayunamos con el móvil en la mano para no tener que hablarnos, y cuando nos hablamos es para discutir por qué el lavavajillas no se ha vaciado o por qué no has llamado al seguro del coche. Me estoy apagando. Siento que si seguimos así un mes más, cuando me mire al espejo no voy a reconocer ni el color de mis ojos.

Elena soltó una carcajada amarga, de esas que no tienen nada de gracia y mucho de bilis. Se giró hacia él, y por un momento, Sergio vio en su mirada a la chica de la que se enamoró en aquel concierto de las fiestas de la Paloma, cuando Madrid parecía un escenario de película y ellos los protagonistas absolutos de la función. Pero ese brillo ya no estaba; solo quedaba una sombra de cansancio y un orgullo herido que pedía guerra.

— “Me estoy apagando”. Joder, Sergio, qué frase más poética. Solo te falta decir que tu alma es un desierto y que yo soy la tormenta de arena. ¿Entonces ya no me quieres? ¿Es eso? ¿Toda esa mierda de “te querré siempre” que me escribías por WhatsApp cuando empezamos se ha ido por el sumidero porque el lavavajillas está lleno?

— Te quiero, Elena. Ese es el problema. Que te quiero tanto que me duele ver en lo que nos hemos convertido. Nos hemos vuelto expertos en la pasivo-agresividad madrileña. Nos lanzamos puyas con la misma precisión con la que un camarero de la calle Ponzano tira una caña: rápido, sin mirar y sabiendo exactamente dónde golpear para que escueza. Y yo ya no tengo más escudos.

Sergio se frotó la cara con las manos. Se sentía como si acabara de correr un maratón por la Castellana en pleno agosto. El peso de la decisión le hundía los hombros, pero al mismo tiempo, sentía una liberación extraña, como si por fin hubiera soltado una maleta llena de piedras que llevaba cargando desde el invierno pasado.

— Podemos intentarlo otra vez —dijo Elena, bajando el tono, casi en un susurro—. Podemos ir a esa terapia que me dijiste, o podemos irnos de viaje el fin de semana. A la sierra, o a Lisboa, donde sea. Podemos borrar lo de estos meses y empezar de cero.

Sergio la miró y sintió una pena infinita. Lisboa. La última vez que fueron a Lisboa se pasaron tres días discutiendo porque Sergio quería ver el museo del Fado y Elena quería ir de compras por la Baixa. Al final, ni fado ni compras; solo un silencio espeso en el avión de vuelta y una cena precocinada al llegar a casa.

— Lo intentamos tantas veces que ya parece una suscripción de esas que te cobran todos los meses y que nunca usas, pero que te da pereza cancelar —replicó Sergio con una sonrisa triste—. “Premium Love: Edición Intentémoslo de Nuevo”. Ya no nos quedan bonos de reconciliación, Elena. Los hemos gastado todos en promesas que duran lo que tarda en enfriarse el café de la mañana.

Elena se mordió el labio inferior, una señal inequívoca de que estaba a punto de llorar o de mandarlo todo a la mierda. En el fondo, Sergio sabía que ella también estaba agotada. Lo veía en las ojeras que el corrector no lograba tapar del todo y en la forma en que sus manos temblaban imperceptiblemente cuando agarraba el bolso. La dignidad de un final no consiste en no sufrir, sino en reconocer que el sufrimiento ya no tiene sentido.

— ¿Y ahora qué? —preguntó ella, mirando hacia el infinito, donde la calle Luchana se perdía en un río de coches y autobuses rojos—. ¿Ahora qué hacemos con todo esto? ¿Con el piso, con las fotos, con el viaje que teníamos reservado para el verano?

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