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EL SILENCIO DAS Y EL SOBRE DE COLOR HUESO

PARTE 1: EL SILENCIO DAS Y EL SOBRE DE COLOR HUESO

La tarde madrileña caía sobre el salón de aquel ático en la calle Almagro con una pesadez casi fíE LAS JARsica, de esas que solo se sienten cuando el aire acondicionado de última generación está funcionando a máxima potencia pero el ambiente sigue cargado de verdades sin decir. Borja —aunque sus amigos del club de golf le llamaban “Borjamari” cuando querían sacarle de quicio, y “tío” cuando querían que les invitara a la penúltima copa— estaba repantingado en el sofá de cuero italiano que, según él, era una inversión en salud lumbar, pero que en realidad solo servía para que Lola se deslizara hacia abajo cada vez que intentaba leer un libro con un mínimo de dignidad.

Borja tenía esa expresión de suficiencia que solo otorgan una cuenta bancaria heredada y una absoluta falta de introspección. Estaba absorto en su iPad, deslizando el dedo por gráficas de criptomonedas que bajaban más rápido que el ánimo de un seguidor del Atleti en una final de Champions. Llevaba puesto un polo de marca con el cuello estratégicamente levantado, un detalle que Lola siempre había considerado una señal de alerta sociológica, pero que en los primeros años de matrimonio le pareció, por algún motivo que ahora no alcanzaba a comprender, “un toque de rebeldía pija”.

Lola, por su parte, estaba sentada frente a él, en la butaca de terciopelo verde que su suegra había calificado de “demasiado moderna para una casa con solera”. Lola no miraba el iPad. Lola no miraba el horizonte de tejados madrileños que se extendía tras el ventanal. Lola miraba un sobre de color hueso que descansaba sobre sus rodillas, un objeto que parecía pesar más que todo el mobiliario del salón junto.

— Borja, deja el cacharro ese un momento. Tenemos que hablar —dijo ella, con una voz tan plana y fría que podría haber servido para cortar el queso de cabra que tenían en la nevera.

Borja ni siquiera levantó la vista. Emitió un gruñido que pretendía ser una respuesta de “estoy ocupadísimo salvando la economía familiar” pero que sonó más bien a un bostezo mal contenido.

— Ahora no, Loli. Estoy viendo el cierre de los mercados en Singapur. Si el Ethereum no remonta antes de las ocho, vamos a tener que cancelar lo de la casa de Formentera este verano, o al menos el alquiler del yate. Que dice Nacho que el patrón se ha subido a la parra con los precios del combustible. ¡Es una vergüenza, tío! ¡Nos están asfixiando a los emprendedores!

Lola cerró los ojos un segundo, inspirando profundamente. “Emprendedor”. Esa era la palabra favorita de Borja. La usaba para todo: para justificar que se levantara a las once, para explicar por qué se gastaba tres mil euros en un set de palos de golf de titanio y, sobre todo, para dar sentido a esa empresa de “consultoría de lifestyle premium” que no era más que un chiringuito legal a través del cual drenaba los ahorros de la familia mientras se hacía fotos en eventos de networking que acababan siempre en el bar del Palace.

— Me da igual Singapur, Borja. Y me da igual el Ethereum —replicó Lola, abriendo el sobre con una parsimonia que empezaba a poner nerviosa incluso a ella misma—. Mírame.

Algo en el tono de Lola, una vibración de autoridad que Borja no recordaba haber escuchado en los últimos doce años, hizo que el iPad cayera sobre los cojines del sofá. Borja la miró, primero con fastidio y luego con una sombra de duda.

— ¿Qué pasa ahora? ¿Otra vez con lo de la reforma de la cocina? Te dije que el mármol de Carrara está muy visto, que ahora lo que se lleva es el cemento pulido en plan industrial, muy Nueva York…

Lola no respondió. En lugar de eso, sacó del sobre un documento grapado, con el sello de una notaría de la calle Jorge Juan. El papel estaba ligeramente amarilleado por los bordes, pero las firmas en la última página brillaban con una tinta azul que parecía no haber envejecido ni un solo día.

— ¿Recuerdas este contrato, Borja? —preguntó ella, extendiendo el papel hacia él.

Borja entrecerró los ojos, haciendo ese gesto de miope que se niega a usar gafas por pura vanidad. Se inclinó hacia delante, reconoció el encabezado y soltó una carcajada que resonó falsa en el silencio del ático.

— ¡Ah, eso! No me jodas, Lola. ¿Me has hecho dejar de ver la bolsa por un papel de hace un siglo? Eso fue una tontería antes de casarnos. Una de esas cosas que mi padre nos obligó a firmar porque decía que las cuentas claras conservan las amistades, y más si las amistades duermen en la misma cama. Era puro trámite, mujer. En plan “pro forma”. Como el seguro de vida que nunca usas o los términos y condiciones de iTunes que nadie se lee.

Se echó hacia atrás, recuperando su iPad con un gesto de victoria, convencido de que el asunto estaba zanjado. Para Borja, el pasado era una especie de papel de regalo que se tira después de abrir el paquete: una vez que tenía el matrimonio, el estatus y el acceso a la chequera de la familia de Lola (que era donde residía el verdadero músculo financiero de la pareja), el contrato pre nupcial era poco más que un recuerdo anecdótico, como aquella vez que se emborracharon con sangría en Las Ventas y acabaron cantando por Estopa en un karaoke de mala muerte.

Lola mantuvo el brazo extendido. No se inmutó.

— “Una tontería”, dices —repitió ella, con una media sonrisa que no tenía nada de divertida—. Curioso. Para ti, que firmabas cualquier cosa con tal de que mi padre soltara el capital inicial para tu primera “startup” de calcetines de diseño, fue una tontería. Para mí, Borja, este contrato es la razón por la que hoy te vas de aquí sin la empresa. Y sin el coche. Y, si me apuras, sin los palos de titanio.

Borja se quedó congelado. El iPad volvió a caer, esta vez directamente al suelo, chocando contra la alfombra de lana de Nueva Zelanda con un sonido sordo. La risita desapareció de su cara, sustituida por una expresión de estupor que rayaba en lo cómico.

— ¿Cómo que sin la empresa? —balbuceó—. Lola, cariño, te ha debido de sentar mal el brunch. La empresa la fundé yo. Está mi nombre en la puerta, en letras doradas, con una tipografía que me costó un riñón diseñar. “Borja & Co. Global Excellence”. ¡Soy el CEO, por el amor de Dios!

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