Él rondaba los 31, una diferencia abismal. Y según las propias palabras de Katy, Víctor veía en mí una posibilidad de hacer negocio. Él cobraba por mí y todos lo sabían. Esta primera frase es importante porque revela un patrón que se repetirá a lo largo de su vida. Los hombres que decían amarla terminaban viendo en ella un objeto del que podían sacar provecho.
De ese matrimonio nacieron Víctor Hugo en 1944 y Sandra poco después. Y de ese matrimonio Katy salió con dos hijos pequeños esperando al segundo, abandonada por un marido que se fue con otra mujer llamada Elda Dondé. Tenía menos de 22 años. Estaba sola en un país donde una mujer divorciada y en estado en los años 40 era una marca social.
Y aquí pasa lo que define a Katy. No se hundió. Trabajó como columnista de cine, como reportera de radio, como crítica taurina. Sí, leíste bien. Crítica taurina. Una mujer joven escribiendo sobre toros en el México de los años 40 y entre crónica y crónica iba a los rodajes, dejaba a los niños con su madre, regresaba en la madrugada y volvía a empezar.
Su debut fue en 1943 en No Matarás de Chano Urueta. Ese mismo año hizo internado para señoritas. Para 1944 ya había hecho la vida inútil de [ __ ] Pérez y Balajú. En 1948 compartió pantalla con Pedro Infante en nosotros los pobres. Trabajó con Luis Buñuel en el bruto en 1952. Ganó tres premios Ariel a lo largo de su carrera.
La belleza, el carácter, los ojos negros como flechas de fuego, según los describiría después Marlon Brando, eran imparables. Pero hay un dato que la mayoría de la gente desconoce y aquí quiero detenerme un momento porque dice mucho de quién era ella. Katy Jurado fue una de las primeras personas en encontrar el cuerpo sin vida de la actriz Miroslava Stern en 1955 y lo que vio aquella mañana la marcó para siempre.
Ella misma contó que Miroslava tenía una fotografía en las manos cuando la encontraron. Y según el testimonio de Katy, la representante artística Fanny Shatz cambió esa foto por otra del torero Luis Miguel Dominguín. Pero la foto original, la que Mirosllava sostenía en el momento de su despedida, era de Cantinflas.
Esa imagen, el cuerpo sin vida de su amiga sobre la cama y la fotografía manipulada después perseguiría a Katie durante años. Y tal vez explica algo de la facilidad con que ella aprendió a callar cuando los demás le pedían que hablara y a hablar cuando todos le pedían que callara. Eso era Katy en 1951 cuando llegó a Hollywood.
Una mujer joven divorciada con dos hijos en México que había visto demasiado y que no le tenía miedo a nada. El cineasta estadounidense Wood Bottisher, que era también torero profesional, la vio en una corrida de toros en la Ciudad de México junto a John Wayne. Boeter quedó hipnotizado. La invitó a participar en su película The Bull Fighter and the Lady en 1951.
Su primer trabajo en Hollywood. El detalle increíble es que Katie no hablaba inglés. ni una palabra. Aprendió sus líneas fonéticamente, repitiéndolas hasta que sonaban bien, y aún así su presencia atravesó la pantalla. Luego vino la película que cambiaría todo, a la hora señalada, conocida en inglés como High Nun, año 1952.
Director: Fred Cineman, protagonistas Gary Cooper y Grace Kelly. y en el papel de Helen Ramírez, dueña de cantina y antiguo amor del personaje de Cooper, una mexicana de 28 años que llevaba meses estudiando inglés 2 horas al día. Katy contó después una anécdota reveladora. Zineman quería filmar la mayor parte de las escenas entre ella y Grace Kelly con la cámara enfocando a Grace.
Katy, que ya había cumplido su contrato, lo amenazó con irse del set. Le dijo con todas sus letras que ella no estaba allí para servirle de espejo a otra actriz. Zineman se dio y por eso Helen Ramírez tiene tantos primeros planos en la película. Eso es importante porque ese carácter, esa rabia frente al poder, esa negativa a aceptar el lugar pequeño que el sistema le quería dar era el rasgo más profundo de Katy Jurado.
Y es exactamente el rasgo que un hombre intentaría romperle pocos años después. A la hora señalada le dio el globo de oro a mejor actriz de reparto. Primera latinoamericana en ganar uno. Primera latina en ganar el premio a estrella más prometedora femenina del año. Su nombre se grabó en la historia. Dos años después, en 1954, Edward Demitrick la dirigió en Brokenlands junto a Spencer Tracy.
Por ese papel se convirtió en la primera actriz latinoamericana nominada al Óscar como mejor actriz de reparto, la nominación al Óscar, la estatuilla más codiciada del planeta. Y lo logró una mexicana que 5co años antes hablaba inglés con la mano en el diccionario. Le dieron las llaves de la ciudad de Nueva York, primera mujer mexicana en recibir ese honor.
Trabajó con Bert Lancaster en Trapecio, con Marlon Brando en One Ede Jacks, con Charlton Heston en Arrowhead, con Anthony Queen en Manfrom del Río y luego en Barrabaz. La lista era interminable. Hay una historia detrás de cada uno de esos rodajes, pero hay una en particular que me llamó la atención cuando estaba revisando los archivos.
En el set de Arrowhead, en 1953, Katie compartía pantalla con Charlton Heston. El papel era complicado. Ella interpretaba a Anita, una mujer mitad mexicana, mitad apache, la bandera del fuerte y amante secreta del personaje de Geston. Era un papel donde Hollywood otra vez intentaba meter a la latina en el casillero de seductora servicial.
Katie hizo algo distinto. Le metió tristeza al personaje, lo volvió una mujer que sabía lo que estaba haciendo y por qué lo hacía. Heston, al terminar el rodaje, comentó en una entrevista que jamás había trabajado con una actriz que pudiera transformar un guion mediocre en algo memorable solo con la mirada.
En el rodaje de trapecio en 1956, dirigida por Carol Reed, Katy compartió cartel con Bert Lancaster, Tony Curtis y Gina Lolo Bríguida. Hay una foto preciosa de los cuatro desfilando por las calles de París en una caravana publicitaria. Katy en la foto va sonriendo con una amplitud que pocas veces se le vio.
Era la mujer que se había abierto paso en cuatro idiomas distintos, en cuatro continentes, partiendo de un colegio teresiano en la colonia Florida. Pero detrás de los flashes y las alfombras rojas había un dato curioso. Katy nunca quiso vivir en Hollywood. Filmaba y se regresaba a México. Quería estar cerca de Víctor, Hugo y Sandra.
Hollywood la fascinaba, pero no la engañaba. Sabía que ese sistema masticaba mujeres como ella y las escupía a los 45 años. Lo dijo en una entrevista. La industria del cine clásico solía ser muy injusta con las actrices. La mayoría dejaba de trabajar después de los 35. Ella decidió que no iba a permitir eso y entonces, en 1954, sucedió.
Estaban filmando Veracruz en México. Director Robert Aldrich, protagonistas Gary Cooper, Bert Lancaster y entre los actores secundarios un tipo bajo, calvo, con la cara redonda y los ojos grandes, que acababa de ganar el Óscar al año siguiente, en 1955, por la película Marty. Su nombre era Ernest Borghein. Aquí hay dos versiones del primer encuentro.
La que se contaba en los chismes de Hollywood y la que Katy contaba ella misma y son distintas. Según las revistas de la época, Borgin y Jurado se habrían conocido en el set de Veracruz, donde un periodista los vio riéndose juntos. La nota corrió rápido. La esposa de Borgnine, Roda Kemins, leyó el chisme y pidió el divorcio.
Borgnine negó todo, pero el rumor apretó tanto que él se acercó cada vez más a Katy, casi por desafío. Según Katy, las cosas pasaron de otra forma. Ella contó que se conocieron en un restaurante, en un pasillo oscuro, cuando él estaba en México por la película. La saludó. Ella sintió curiosidad. El cortejo posterior, dijo ella, fue de 2 años.
Dos años en los que Bornin la llenó de regalos, le mandó cartas, fue a buscarla a México, se presentó frente a sus hijos como un hombre serio y dispuesto. Le decía las palabras más bonitas, la trataba como una reina. Imagínate la situación. Katy era una mujer que ya había sido herida por su primer matrimonio, que había levantado sola a sus dos hijos, que tenía 30 años cuando lo conoció y 35 cuando aceptó casarse.
Una mujer que se cuidaba el corazón porque ya sabía lo que era romperlo. Y un hombre la persigue durante 2 años con flores, con cartas, con visitas a México, con promesas. Un hombre que además es premiado por la academia, un hombre que parece por fuera todo lo que el primero no fue. Ahí es donde aparece la trampa. Porque ese hombre no era lo que mostraba en las cartas, era otra cosa.
Y Katy iba a tardar muy poco en descubrirlo. Hay un detalle del que casi nadie habla y que es importante para entender quién era Bornin antes de Katie. Ernest Bornin había nacido en Connecticut en 1917 con el nombre Hermes Efron Bornino. Era hijo de inmigrantes italianos. Antes de actuar había estado 10 años en la Marina estadounidense.
Había peleado en la Segunda Guerra Mundial y traía con él una mezcla particular de disciplina militar, machismo del Mediterráneo y, según los testimonios de su primera esposa Roda Kemins, un carácter explosivo que ya había mostrado señales antes de conocer a Katy. La primera esposa de Borgin había escrito en los papeles del divorcio que su matrimonio había terminado por la sospecha de la relación con Katy en el set de Veracruz.
Pero amigos cercanos a Roda dijeron años después que el verdadero motivo de aquella ruptura no era solo Katy, era el carácter difícil de Ernest, las explosiones de furia, las noches de alcohol, las semanas largas en silencio. Esa información jamás llegó a Katy. Hollywood en aquellos años se cuidaba mucho de proteger a sus estrellas masculinas.
Las primeras esposas firmaban acuerdos de confidencialidad, recibían pensiones generosas y se les pedía amablemente que no hablaran de los detalles incómodos. Si Katy hubiera sabido lo que decían los amigos de Roda, tal vez hubiera dudado más, pero no lo supo. Solo supo del cortejo, solo supo de las cartas, solo supo del hombre que había venido hasta México a pedirle la mano frente a sus padres. Se casaron en 1959.
La boda fue íntima. Katy se mudó a Estados Unidos para estar con él. Dejó parte de su vida mexicana atrás. Pensaba que había encontrado por fin al hombre que la merecía. Una de sus amigas dijo después que esa Katy de 1959 estaba enamorada como una colegiala que reía de todo, que se peinaba con cuidado por la mañana porque quería estar bonita para él.
Hay un detalle que ella misma soltó años después en una entrevista, casi sin darle importancia y que cuando uno lo escucha entiende todo. Le tenía un apodo a Borg Nine, le decía Bullito, pequeño toro. Lo decía con cariño en aquellos primeros meses. Lo decía porque le parecía un hombre fuerte, terco, decidido.
Lo que ella no sabía es que ese pequeño toro iba a envestirla a ella y solo a ella durante 4 años. Borgine, por su parte, también tenía un apodo para ella. La llamaba Beautiful Bara Tiger. Hermosa, pero un tigre. Lo decía con una sonrisa irónica. Lo repitió en entrevistas durante décadas, pero detrás de esa sonrisa había una furia.
Bornin no soportaba que Katy fuera fuerte. No lo soportaba porque cada gesto de carácter de ella le recordaba que él no la podía controlar. Y eso en un hombre celoso, posesivo y alcohólico, fue gasolina sobre el fuego. Voy a contar lo que pasó entre ellos, como lo contó Katy en sus propias palabras, porque todo lo que estoy a punto de decir está documentado en su entrevista con Paty Chapoy y en el programa Historias Engarzadas.
No estoy inventando nada. Ella habló y habló duro. Las primeras señales aparecieron muy pronto. Bornin no soportaba que Katy hablara con otros hombres, ni siquiera por trabajo. Cuando ella tenía un compromiso laboral, una entrevista, una reunión con productores, él se quedaba esperando con los nervios crispados y en cuanto cruzaban la puerta de su casa empezaba el reclamo que con quién había hablado, que cuántas veces le había sonreído al periodista, que por qué se había puesto ese vestido, que si era para gustarle a alguien.
Al principio eran palabras, después fueron empujones, después fueron golpes. Katy lo contó así, sin maquillaje. El ganador del Óscar usaba sus puños y sus manos tanto como sus palabras para herirla. Esa frase quedó grabada. La gente la escuchó y no la quería creer, pero Bornein cuando estaba sobrio la trataba bien.
Cuando bebía se transformaba y bebía con frecuencia. Hay un episodio que la prensa italiana documentó hasta el detalle. Estaban en Italia en 1961 con motivo del estreno de King of Pooreale. Había un evento al que ambos fueron invitados. En esos eventos siempre había alcohol. Bornine bebió más de lo que debía, como solía pasar.
Empezó a hablarle a Katy en un tono que ella conocía. Ella, harta, decidió salir del lugar y caminar sola por las calles de Roma para tomar aire. Bornin la siguió, la alcanzó en plena calle, le agarró el brazo y empezó a jalarla para que regresara con él. Katy se resistió y entonces, frente a media docena de fotógrafos italianos que estaban ahí justamente esperando una oportunidad, Borg Nin la zarandeó.
Las fotos salieron al día siguiente en periódicos de toda Italia. La actriz mexicana, golpeada por su esposo en una calle de Roma. Las imágenes recorrieron Europa, llegaron a Estados Unidos y la noticia por primera vez dejó de ser un rumor y se volvió evidencia. Pero lo más siniestro de esta historia no son las fotos. Las fotos las vio el mundo.
Lo que el mundo no vio fue lo que pasaba dentro de la casa. ¿Qué hacía un hombre que ya había sido fotografiado golpeando a su mujer en plena calle? cuando llegaba a su casa y cerraba la puerta. Esa es la pregunta que casi nadie se hizo en su momento y la respuesta la dio Katy mucho tiempo después con la voz tranquila de quien ya cargó el peso durante demasiados años.
En la entrevista con Paty Chapoy, sentada con ese aire grave que siempre tuvo, Katy soltó una frase que le heló la sangre a todos los que la escucharon. dijo palabras textuales. La gente puede creerlo o no, pero me estaba ahorcando, me estaba matando. Esta noche en algún punto entre 1962 y 1963. Ernest Borgnin, ganador del Óscar, querido por el público estadounidense, sonriente en cada foto pública, puso sus dos manos alrededor del cuello de Katy jurado e intentó terminar con su vida.
Y si no fuera por la intervención que ocurrió en los siguientes meses, tal vez hoy no estaríamos contando esta historia. Tal vez Katy Jurado se habría convertido en otra estadística más de violencia de género. Otra mujer hermosa, cuya muerte habría sido reportada como circunstancias trágicas en el hogar. Hay que entender el contexto de los años 60 para apreciar lo que Katy estaba enfrentando.
La violencia doméstica en aquella época no se llamaba así. Se le decía problemas conyugales. Las mujeres que iban a denunciar a la policía eran devueltas a sus casas con un consejo. Aguante, mi señora, ya se le va a pasar. No existían refugios, no existía orden de restricción automática. Las leyes de divorcio en California todavía exigían demostrar culpa.
Una mujer que pidiera el divorcio sin acuerdo del marido podía perder a sus hijos, sus propiedades, todo. Y en el caso de Katy, además, ella era extranjera, era mexicana. Su residencia en Estados Unidos estaba ligada a su matrimonio. Si pedía el divorcio mal, podían deportarla. Imagínalo. Una mujer de 39 años, inmigrante, sin familia inmediata cerca, casada con un hombre violento que tenía más poder político que ella en ese país.
Esa era la trampa. Y Borghein la conocía. Sabía que ella tenía mucho que perder si pedía ayuda y por eso se sentía protegido, por eso se permitía las explosiones, por eso, según Katey contó después, le decía cosas como, “¿A dónde vas a ir si tú aquí no eres nadie sin mí? Te voy a contar cómo fue posible que ella sobreviviera, cómo fue posible que ese hombre soltara las manos antes de tiempo, cómo fue posible que Katy al día siguiente lograra levantarse y empezar a planear su escape. Pero antes tenemos que hablar
de algo que nadie te ha contado de forma clara. Tenemos que hablar de los hijos porque mientras Borg Nine la maltrataba en privado, en México había dos jóvenes, Víctor Hugo y Sandra, que ya estaban entrando en la adolescencia tardía. Víctor Hugo tenía 16, 17, 18 años. Y Víctor Hugo veía y Víctor Hugo escuchaba.
Y Víctor Hugo no era un niño cualquiera. ¿Te imaginas crecer así con tu madre famosa, mexicana, orgullosa, viviendo a miles de kilómetros, casada con un hombre que a veces aparece en las revistas con la cara seria mientras ella aparece con la cara hinchada, con los rumores que llegan a México, con los chismes en las revistas, con los amigos que te miran con lástima en la escuela.
Víctor Hugo creció con esa imagen en la cabeza y un día simplemente dijo, “Basta.” Eso fue lo que rompió la cadena. Eso fue lo que salvó a Katy. Pero antes de llegar a ese momento, hay que entender otro detalle, otra capa, porque entre los golpes y las botellas y las llamadas en la madrugada, Katy intentó cosas que la mayoría de las mujeres maltratadas intentan regresar, perdonar, creer. Ella misma lo confesó.
dijo que se separaron en 1961 y que después se reconciliaron. Ella creía en él, creía que iba a cambiar. Creía, como casi todas las víctimas creen que el monstruo era la excepción y el hombre encantador era la regla. Bornin sabía pedir perdón, sabía llorar en el momento adecuado, sabía traer flores al día siguiente del desastre.
sabía decir que no volvería a pasar y volvía a pasar. Cada reconciliación era más corta. Cada vuelta a casa terminaba antes. Cada perdón pesaba más que el anterior, hasta que llegó el episodio del estrangulamiento y ya no hubo manera de negar lo que era evidente. Hay una imagen que me persigue desde que empecé a investigar este caso.
Una fotografía publicada en 1961. Borgnin y jurado salen del estreno de King of Pooreale en Italia. Él va sonriente con un smoke perfecto agarrándola del brazo. Ella mira hacia abajo. Tiene la sonrisa pintada, esa sonrisa de actriz, esa sonrisa que aprendió a poner desde los 19 años. Pero los ojos no sonríen. Los ojos de Katy en esa foto miran al suelo, al asfalto italiano, como si calcularan la distancia que la separa de la salida.
Y cuando uno conoce el resto de la historia, esa fotografía se convierte en uno de los retratos más escalofriantes del Hollywood clásico. Volvamos al momento del estrangulamiento porque después de esa noche algo cambió. Bornin, según Kaaty, perdió por completo la línea que separa a un hombre violento de un asesino en potencia. La trató como si fuera una propiedad.
La encerró, le revisaba cada llamada, le prohibió viajar a México sin él. Le dijo a sus colegas en los estudios que dejaran de invitarla a proyectos. Y ahí entró Víctor Hugo. El joven había estado siguiendo de lejos lo que pasaba con su madre. Lo que pasó exactamente, cómo se enteró del intento de estrangulamiento, no está claro, pero está documentado porque la propia Katy lo contó, que su hijo enfrentó a Borgnain cara a cara, que se le paró enfrente y que le dijo con todas las palabras, “Señor Bornin, yo lo voy a
matar a usted por como trata a mi madre.” Esas son las palabras textuales que Ktatie repitió en la entrevista con el programa Historias engarzadas y luego añadió, “Pero cuando tienes un hijo que le dice eso, ahí se acaba todo.” Ese fue el detonante. Ese fue el momento en que Katy entendió que ya no podía seguir negociando con su propio infierno, que su hijo, que era casi un niño todavía, estaba dispuesto a matar para protegerla y que si ella no se iba, Víctor Hugo iba a terminar haciendo algo que le costaría la
libertad o la vida. Pidió el divorcio en 1963. La causa que citó en la Corte fue en su declaración formal extreme cruelty, crueldad extrema. Esa fue la razón que quedó escrita en los papeles del juzgado de los ángeles. Crueldad extrema. Dos palabras que en el lenguaje legal de la época eran lo más cerca que una mujer podía llegar a denunciar lo que realmente le habían hecho.
El juicio se programó para el 3 de junio de 1963. Katy llegó al juzgado vestida con un traje sobrio, lista para enfrentar a su esposo, y descubrió al entrar que él ni siquiera se había molestado en aparecer. Borgnin no se presentó. Después de 4 años de matrimonio, después de los golpes, después del estrangulamiento, después de los flashes en Roma, no fue capaz de ponerle la cara en el último momento.
Katy obtuvo el divorcio y obtuvo un acuerdo económico de $40,000. En la prensa de la época parecía una victoria, pero ella misma diría después que ese acuerdo era una migaja al lado del precio que su alma había pagado por esos 4 años. Pidió además una orden de restricción. Bornin no podía acercarse a ella ni a su familia. La razón que dio el abogado fue clara.
El riesgo seguía latente. El hombre era violento, bebía, tenía acceso a armas y sus amenazas, dijo Katy en privado, no habían terminado con la firma del divorcio. ¿Qué pasa con una mujer cuando sale de algo así? La gente piensa que el final del matrimonio es el final del problema, pero no es así.
Lo que viene después es a veces peor. Katy se hundió. Profundamente se alejó de los escenarios durante tres años. No quiso saber nada del cine, de las cámaras, de Hollywood, de las entrevistas, de las premieres. Se mudó a México de manera más permanente. Se encerró. Bebía más de lo que debería. Comía con ansiedad. Engordó.
Su carácter se volvió áspero. Las amigas de toda la vida la veían y notaban que algo se le había roto por dentro. Y entonces vino el episodio del que casi nadie habla. En 1968, 5 años después del divorcio, Katy Jurado tomó una decisión que la marcó para siempre. La depresión, la culpa por los años perdidos, el dolor acumulado, la sensación de haber sido tonta, todo eso se juntó y ella tomó la decisión de acabar con su vida.
Hay registros biográficos, incluyendo el artículo de la Wikipedia en español, citando fuentes verificadas que confirman que Katy Jurado intentó terminar con su vida en 1968. La depresión postdivorcio la había alcanzado al fin. 5 años de aguantar sola, de no haber procesado lo que vivió, de seguir creyendo que había sido tonta por dejarse engañar, terminaron con esa decisión.
Sobrevivió. Le salvaron la vida a sus hijos, su familia y, según contaron amigos cercanos, una intervención rápida en el momento adecuado. Pero el episodio se silenció. Hollywood en los años 60 no quería historias así y México, su México, prefería verla como la diosa indomable y no como la mujer que había estado a punto de irse.

Después de eso, Katy hizo algo que muy pocas víctimas hacen. Se reconstruyó. No fue fácil, no fue inmediato, pero tomó una decisión consciente. Iba a volver al cine. Iba a recuperar su lugar. iba a demostrar sobre todo que el monstruo que se había casado con ella no la había destruido. Y aquí empieza el segundo acto de su vida, donde la diosa renace, pero arrastrando todavía las cadenas del pasado.
Espera, porque lo que viene a continuación incluye una traición de su propia hija que ni los biógrafos más cuidadosos suelen contar. Volvió en 1965 con la película Smokey. En 1968 hizo Stay away Joe, donde interpretó a la madrastra del personaje de Elvis Presley. Para preparar ese papel, Katie hizo algo absolutamente loco.
Subió 22 libras en 22 días para parecerse a una mujer mayor del pueblo en Arizona. se transformó pocos días antes del rodaje. Además, se rompió un pie. Se quitó el yeso antes de tiempo porque no podía esperar más. Y se puede ver en toda la película la cojera disimulada con la que camina. Esa era Katie.
Le rompían el pie y seguía caminando. Elvis Presley quedó fascinado con ella. En sus conversaciones privadas con su entorno, según contaron después miembros de la Memphis Mafia, Elvis dijo de Katy que era la mujer más tremenda con la que he trabajado. El cantante se acercaba al camerino de Katy entre Thomas. Le hacía preguntas sobre México, sobre sus hijos, sobre la vida en Cuernavaca.
Hay una foto que circula poco de los dos sentados en el set, donde Elvis la mira con una mezcla de admiración y respeto que casi se ve atravesando el papel fotográfico. Para Katy, ese rodaje fue un bálsamo. Era el primer trabajo en grande después del intento de irse en 1968. Era la prueba de que ella todavía servía.
En 1972 vino Pat Garret y Billy the Kid, dirigida por Sam Pekinpa, con James Cobern, Chris Christopheron y Bob Dylan, una película de culto. En esa cinta hay una escena en la que el personaje de Katy llora con su esposo agonizante en los brazos. Esa escena, según contó después un crítico mexicano, contiene más verdad sobre la viudez emocional que cualquier ensayo sobre el tema, porque Katy al filmarla no estaba actuando del todo.
Estaba sacando algo, algo viejo, algo que cargaba desde Roma. San Pekinpa, que era un director con fama de difícil, escogió a Katy específicamente porque, según le dijo en una conversación privada documentada por una biografía suya, ella es la única actriz que he visto que puede llorar sin necesidad de truco.
Cuando llora, llora de verdad y la cámara lo siente. Esa frase era el resumen del oficio de Katy. La gente que la dirigió siempre dijo lo mismo. Más allá de actuar bien, ella vivía cada papel como si fuera una extensión de su propia biografía. En 1974 hizo fe, esperanza y caridad, dirigida por Jorge Fons.
Interpretó a Eulogia, una mujer de clase baja que pelea contra la burocracia para reclamar los restos de su esposo muerto. Por ese papel ganó su segundo premio Ariel. Y ella misma, años después dijo que era la mejor actuación de su vida. un personaje que se me quedó muy adentro”, confesó. Y uno entiende por qué.
Porque Eulogia es, en cierta forma todas las Katy Jurado, la mujer que pelea sola contra un sistema más grande que ella. La mujer que no se rinde, aunque le digan que pare. La crítica especializada empezó a tratarla en los años 70 y 80 con un respeto que rozaba la veneración. Karina Solózano, programadora e investigadora de cine mexicano, ha dicho en varias entrevistas que Katy fue una excepción dentro de la época de oro.
Mientras la mayoría de las actrices mexicanas de su generación dejaron de filmar al cumplir los 35, Katy siguió haciendo cine en los 70, en los 80 y hasta los 90. Solórzano lo dice con franqueza. La única otra actriz comparable en términos de longevidad y calidad fue Silvia Pinal.
Eso pone a Katy en un lugar único en la historia. Hubo otra película mexicana importante en su carrera tardía. En 1976 hizo Los albañiles basada en la novela de Vicente Leñero. Era un drama social fuerte. Con tintes de denuncia. Katy aceptó el papel sabiendo que no le iba a dar dinero ni premios. Lo aceptó porque le importaba el contenido. Esa fue otra característica que la marcó hasta el final.
Solo tomaba los papeles que le parecían importantes. Yo no he aceptado todas las películas que me ofrecieron, solo las que tenían dignidad. dijo en una entrevista que el Washington Post citó en su obituario. Esa frase, “Solo las que tenían dignidad” debería estar grabada al lado de su estrella en Hollywood Boulevard. Mientras tanto, en la industria del cine, los rumores sobre su vida personal seguían circulando, sobre todo uno, el de mar lumbrando.
Aquí viene una de las partes más reveladoras de la historia de Katy y una de las más malentendidas. Marlon Brando se enamoró de ella cuando vio Haun en el cine. No la había conocido aún en persona. La vio en la pantalla y le dijo a Joseph Elemankewich, palabras que están documentadas, que se sentía atraído por sus ojos enigmáticos, negros como el infierno, que lo miran a uno como flechas de fuego.
Cuando Brando viajó a México a filmar Viva Zapata, en 1952, él la buscó. Brando estaba casado en ese momento con Movita Castaneda y mantenía además una relación paralela con la también latina Rita Moreno. Pero eso no le importó. Llamó a Katy una noche y le pidió una cita. Katy aceptó y lo dijo con una franqueza brutal en una entrevista posterior.
Marlon me llamó una noche para una cita y yo acepté. Lo sabía todo acerca de Movita. Sabía que tenía algo con Rita Moreno, pero diablos, era solo una cita. No me iba a casar con él. Esa cita fue el inicio de un romance largo, intermitente, que se reanudaba cada vez que ambos coincidían. Cuando filmaron juntos One Jacks en 1960, dirigida por el propio Brando, la relación llegó a su punto más alto.
Brando, según ella reveló después, le pidió matrimonio varias veces, varias. Marlon me pidió que me casara con él muchas veces, pero para mí mis hijos fueron lo primero”, contó Katy. Imagínalo. La mujer que había sido humillada por Borgnin podía haberse convertido en la señora Brando y dijo que no una y otra vez.
¿Por qué? La respuesta de Katy era siempre la misma por sus hijos, pero también como dejó entrever en otras ocasiones, porque sabía que Brando era un caos, era un genio, era un hombre maravilloso, pero también era un hombre incapaz de la fidelidad y de la estabilidad. Aún así, lo amó de una forma diferente a como había amado a otros.
Lo describía con una palabra preciosa, hermano de sangre. Decía que con Marlon hablaba alma con alma. Después de la muerte de Brando, en el año 2004, Katy ya había muerto, pero los testimonios de ambos sobre el otro permanecen. Brando, en sus últimos años mencionaba a Katy con una ternura que pocas veces mostraba con otras mujeres.
Y Katy en una entrevista al final de su vida dijo, “Marlon ha sido mi amigo cercano. Yo digo que Marlon y yo hemos sido verdaderos amigos del alma. Hablamos alma con alma. Hubo otros nombres. John Wayne, según los rumores nunca confirmados por ella. Tyron Power, otro romance breve. El director Bad Buticher, el mismo que la había llevado a Hollywood. El novelista Luis Lamour.
John Houston, quien según ella misma le confesó estar enamorado durante el rodaje debajo el volcán en 1984. Pero Katy nunca volvió a casarse. Lo dijo claro. Después de Borgin no podía. No quería volver a poner mi vida en manos de un hombre. Esos 4 años me costaron 20 de los míos. Y aquí entra otro capítulo doloroso, el más doloroso de todos.
Porque si lo del estrangulamiento fue la pesadilla del matrimonio, lo que vino después fue la pesadilla del resto de su vida. Era diciembre de 1981. Katy tenía 57 años. Estaba en la preproducción de barrio de campeones, una película mexicana. Su hijo Víctor Hugo, ahora un hombre de 37 años con familia propia, estaba viviendo en Monte Morelos, Nuevo León.
Manejaba mucho por las carreteras del norte de México por su trabajo. Era un hombre tranquilo, según los testimonios familiares. Había criado a sus hijos, había hecho su vida. Había sido el muchacho que un día frente a Ernest Borgin había dicho, “Yo lo voy a matar.” Ese día Katy estaba firmando un contrato. Algo en su pecho se apretó.
Empezó a llorar sin razón, sin razón aparente, sin saber por qué. Las personas que estaban con ella la vieron y le preguntaron qué pasaba. Ella no supo qué decir. Horas después llegó la llamada. Víctor Hugo, su hijo mayor, había chocado contra un camión de carga que transportaba cemento en la carretera cerca de Montemorelos.
Murió en el lugar. Katy contó después que ese día, en el momento exacto en que su hijo se fue, ella lo sintió. lo sintió en el cuerpo. Las lágrimas que aparecieron sin razón eran el aviso y cuando le confirmaron la noticia, no pudo hacer otra cosa que dejarse caer en el suelo. Sus palabras textuales en una entrevista sobre ese día son las siguientes: “Cuando mi hijo murió, se llevó la mitad de mi vida.
No pude llorarlo como yo quería. Fui al funeral. y tuve que regresar a la película. Cada día que veía la cámara la odiaba. Yo le dediqué al cine un tiempo precioso que le tendría que haber dado a mis hijos, pero ya era tarde. Esa frase contiene todo. La confesión de la madre que sintió que pagó el éxito con la vida de su hijo.
La sensación de que la cámara, ese objeto que la había hecho diosa, ahora era el verdugo que le recordaba todos los abrazos que no le dio a Víctor Hugo. A partir de ese día, Katy Jurado dejó de ser la misma. Lo que vino después es una historia de luto que se prolongó durante 15 años y que conecta con el final más solitario que jamás imaginarías para alguien que tuvo el mundo a sus pies.
Se refugió en la comida y en el cigarro. Subió de peso. Empezó a pasar días enteros sin salir de su casa de Cuernavaca. Las amigas que la visitaban contaban que podían pasar tres horas a su lado y que ella apenas hablaba. Se quedaba mirando una foto de Víctor Hugo, la acariciaba con el dedo y luego decía cualquier cosa para cambiar de tema.
Hubo un hombre que entró en su vida en esos años de luto, un hombre que no le pidió nada, que solo le ofreció amistad y ese hombre fue Juan Gabriel. Juan Gabriel, el cantante mexicano, era amigo de Katy desde hacía años. La admiraba profundamente. La acompañó después de la muerte de Víctor Hugo, de una forma que pocos entendieron.
La iba a buscar a Cuernavaca, la hacía reír, la sacaba a comer, le decía que tenía que volver al mundo, que su hijo no quería verla así. Y en 1998, Juan Gabriel hizo algo precioso. Le compuso una canción. Se llama Que rechula es Katy. El título es exacto. Es una canción cariñosa, divertida, que celebra a la mujer que era Katy más allá de las tragedias.
Cuando Katy escuchó la canción por primera vez, lloró, pero esta vez lloró de un sentimiento distinto. Le habían recordado después de tantos años que ella seguía siendo una mujer hermosa que merecía música y aplausos. 3 años después de la muerte de Víctor Hugo, en 1984 ocurrió algo que sacó a Katy parcialmente del agujero.
La llamaron para bajo el volcán, dirigida por John Houston, con Albert Finny en el papel principal y con Emilio el Indio Fernández en el reparto. La película fue nominada a la palma de oro en Can y trajo a Katy de regreso al cine internacional. Durante el rodaje en Cuernavaca, John Houston, ese director legendario que había dirigido a Bogart, a Marilyn Monbro, a Sean Connery, a todos los grandes, tuvo una conversación íntima con Katy y según contó la propia Katy en una entrevista posterior, Houston le confesó que estaba enamorado de ella. le
dijo que llevaba años admirándola en silencio, que nunca se había atrevido a decírselo cuando ella estaba más joven, que ahora, viéndola fuerte y sola y luminosa, pese a la tragedia, había decidido confesarlo, aunque fuera tarde. Katie lo escuchó, le dio las gracias y le dijo que no.
con dulzura pero firme, le explicó que el amor para ella era ya un capítulo cerrado, que después de Bornin, después del intento de irse, después de la muerte de su hijo, había aprendido a vivir sin la necesidad de un hombre al lado. Houston aceptó la respuesta con la elegancia que tenía y siguieron siendo amigos hasta su muerte en 1987.
Esta anécdota dice mucho de Katy porque la mujer que había sido pretendida por Marlon Brando, John Houston, Tyrone Power, Luis Lamour, Bud Boticher, en algún momento decidió que su vida ya no pasaba por ahí, que sus hijos y su trabajo eran suficientes y que ningún hombre, por más leyenda que fuera, valía la pena el riesgo de revivir lo que había vivido.
En 1985 el gobernador del estado de Morelos la nombró comisionada de promoción cinematográfica. Era un puesto honorario, pero con responsabilidades reales. Katy debía conseguir que las producciones de cine eligieran Morelos como locación. debía facilitar permisos, debía promover el estado en los foros internacionales y aunque ella no era una administradora de oficio, hizo el trabajo con la misma seriedad con la que había hecho todo en su vida.
En esos mismos años empezó a aparecer en algunas cintas estadounidenses para televisión y en producciones independientes mexicanas. Su última gran aparición en una película de Hollywood fue en 1998 en The High Low Country, donde interpretó a Mesa. Un papel pequeño, pero su presencia, según los críticos, hizo que la cinta ganara peso emocional.
Era como si Katy llevara en la mirada los archivos de toda una época y los críticos lo notaban. Pero ni siquiera Juan Gabriel pudo borrar lo que ya estaba. La depresión iba y venía. Las enfermedades empezaron a aparecer. Cáncer en el intestino, descubierto a tiempo, operado, superado. Bronquitis crónica por el cigarro.
Una oclusión intestinal en 1999 que la dejó hospitalizada en Nuevo León. problemas pulmonares, el corazón cansado de tanto pesar. A finales de los años 90, Katy tomó una decisión inusual. Empezó a hablar de la muerte con una naturalidad que asustaba a quienes la rodeaban. Le dijo a un periodista que ya tenía elegido el vestido que usaría en su funeral.
le dijo a otro que ya tenía pagado su ataúd. Aunque uno de sus nietos desmintió después esto último, lo que sí confirmó es que la abuela hablaba del más allá con la misma calma con la que hablaba del clima. “Tengo que vivir esperando a que me pongan pañales”, le dijo a una entrevistadora. que ya no pueda caminar, que se me caiga la baba, que ya no piense la frase brutal salió en una de sus últimas entrevistas.
Era su forma de decir que ya estaba lista, que la vida le había dado y le había quitado en partes iguales, que no le tenía miedo a lo que venía, pero lo que más la dolía, según confesó, no era la muerte, era el olvido. Lo dijo con la voz dura. Se olvidaron de lo que hice. Solo le hablan a figuras desechables. Yo di mi vida a una carrera de 58 años.
Imagina escuchar eso de la primera latinoamericana ganadora de un globo de oro, de la primera mexicana nominada al Óscar, de la mujer que había trabajado con Gary Cooper, Marlon Brando, Spencer Tracy, Anthony Queen, Bard Lancaster, Charlton Heston, Kirk Douglas, Elvis Presley. Hollywood la había olvidado. México en parte también.
Las nuevas generaciones no sabían quién era. Los jóvenes actores no la invitaban a ningún lado. Los productores ya no la llamaban. Y Katy, que había sostenido el mundo con sus manos durante décadas, sentía que el mundo le había soltado las manos a ella. vivía en Cuernavaca, en una casa que ella misma había escogido, con jardín en un barrio tranquilo.
Su hija Sandra se había mudado a Chicago. Sus nietos estaban repartidos por distintas ciudades. gente que la quería estaba lejos y aunque ella decía que prefería estar sola, había algo en su voz en sus últimos meses que dejaba ver lo contrario. Hubo un detalle en sus últimas semanas que solo después se entendió.
Llamó a sus nietos y a sus bisnietos, los reunió en su casa, les preparó comida con sus propias manos, aunque ya casi no podía estar de pie. Los hizo sentar a la mesa, les habló durante horas, les contó historias, les hizo reír y luego, uno por uno, los abrazó largo, demasiado largo. Cuando se fueron, les dijo a Dios con una sonrisa especial.
La hija de Sandra contaría después que sintió al cruzar la puerta que esa había sido una despedida. El 5 de julio del año 2002, en su casa de Cuernavaca, María Cristina Estela Marcela Jurado García dejó de respirar. Tenía 78 años. La causa oficial fue insuficiencia renal y enfermedad pulmonar, pero quienes la conocieron sabían que la enfermedad solo había rematado lo que ya estaba quebrado por dentro desde hacía mucho tiempo.

Su última película fue Un secreto de esperanza dirigida por Leopoldo Laborde, donde compartió cartel con Imanol Landeta, Ana de la Reguera y Roberto Cobo. Se filmó en 2001. Katy ya no pudo asistir al estreno. Cuando se proyectó en los cines, ella ya descansaba en el Panteón de La Paz en Cuernavaca. Y aquí viene el último giro de la historia.
Porque mientras Katy se apagaba en silencio en Cuernavaca, ¿qué pasaba con el otro protagonista de su pesadilla? ¿Qué pasaba con Ernest Borgnain? Borgnin vivió 49 años más después del divorcio. Se casó cuatro veces más. Tuvo otra carrera larguísima en Hollywood. Apareció en la cinta coral del 11 de septiembre con una cara amable, casi entrañable.
Filmó comedia, hizo televisión. La gente lo recordaba como el simpático actor de Marty, como el personaje gracioso de Mcales Navy, como el padrino bondadoso en cualquier película familiar. Y nunca jamás, hasta su muerte en julio de 2012, a los 95 años, reconoció lo que le había hecho a Katy Jurado. En sus memorias publicadas en 2008, Born se refirió a Katy con una sola frase, hermosa, pero un tigre.
La misma frase 30 años después, como si fuera una broma, como si los moretones, los empujones, las manos en el cuello, los flashes de Roma, todo hubiera sido un episodio gracioso de su vida. Esa es una de las cosas más perturbadoras de esta historia, que el agresor murió rico, querido y aplaudido, mientras la víctima murió con la sensación de haber sido olvidada.
Pero Katy, antes de morir dejó algo importante. Habló, le dijo a Patti Chapoy, le dijo al programa Historias Engarzadas, le dijo a cada periodista que tuvo enfrente lo que había vivido con Borgin. No le importó que la gente le creyera o no. La gente puede creerlo o no, repitió varias veces su frase favorita en esos años.
Pero ella iba a contarlo, iba a dejarlo grabado, iba a asegurarse de que algún día en algún lugar alguien lo escuchara. Y aquí estamos, 24 años después de su muerte contándolo. Porque Katy entendió algo que muchas mujeres que sufrieron lo mismo no alcanzan a entender, que el silencio es el último regalo que el agresor te quita. Hay una pregunta que me ha estado dando vueltas en la cabeza desde que empecé a investigar este caso.
Y antes de cerrar esta historia, te la quiero hacer a ti. ¿Cuántas Katy jurado hay todavía hoy en el mundo? Cuántas mujeres famosas, sonrientes en alfombras rojas, fotografiadas del brazo de hombres aparentemente perfectos, viven exactamente la misma pesadilla en privado. La diferencia con Katy es que ella tuvo el coraje de hablar, pero solo lo tuvo después, cuando ya estaba a salvo, cuando su hijo Víctor Hugo, que había sido el detonante de su libertad, ya estaba muerto, cuando ya nadie podía castigarla por contarlo.
Hay un detalle que se me quedó clavado al investigar este caso. En una entrevista al final de su vida, le preguntaron a Katy qué le diría a su versión joven, a la Katy de 1959, la que se estaba a punto de casar con Bornine en aquella ceremonia íntima. Katy se quedó callada un momento. Después contestó, “Le diría que se mire en el espejo, que se mire muy bien y que recuerde quién era antes de él, porque después de él va a tardar muchos años en encontrar a esa mujer otra vez.
” Esa respuesta es tal vez el resumen más exacto de toda su historia. una diosa que se convirtió durante 4 años en algo parecido a una esclava, una mexicana indomable que conoció a un hombre que quiso domarla y que tardó el resto de su vida en recuperar todos los pedazos que él le rompió. Quiero contarte algo que no se suele decir sobre Katy en los obituarios oficiales, porque cada vez que se la recuerda, se la recuerda como la diva, como la fuerte, como la mujer que conquistó Hollywood. Y esa imagen, aunque cierta,
oculta la otra parte, la parte que ella misma nos dejó como legado al hablar. Katy Jurado fue una sobreviviente, no en el sentido sentimental de la palabra, en el sentido literal. Sobrevivió a un primer marido que la usó como negocio. Sobrevivió a un segundo marido que intentó quitarle la vida con sus propias manos.
Sobrevivió a su propia decisión de irse en 1968. sobrevivió a la pérdida de su hijo Víctor Hugo en 1981. Sobrevivió al cáncer en los años 90. Sobrevivió a la oclusión intestinal en 1999. Sobrevivió a la depresión, a la soledad, al olvido del medio. Y cuando ya no pudo más, decidió irse en su casa sin escándalo, con dignidad, en su Cuernavaca.
rodeada del aire de Morelos que tanto amaba. Hay otra cosa que pocas veces se cuenta. Después de Pat Garret y Billy the Kid, Katie llegó a hacer telenovelas en México. En 1996 en Tigua Amando ganó como mejor primera actriz. pasó de los premios Globo de Oro y la nominación al Óscar a hacer telenovelas en su país y nunca se quejó de ese descenso.
Al contrario, decía que era un honor llegar al pueblo mexicano por la pantalla chica. Esa generosidad final, esa humildad después de haber tocado las cumbres más altas, dice mucho. Dice que la mujer entendió de alguna manera que su misión nunca había sido el premio. Su misión había sido la dignidad y la dignidad la mantuvo intacta hasta el último momento.
Quiero que pienses en una imagen final, una imagen que dejó grabada en una entrevista poco antes de morir. Le preguntaron qué pensaba de la fama y ella, con esa voz grave que tenía, dijo lo siguiente: “La fama es como un perfume caro. Si lo guardas en el tarro, dura mucho. Si te lo echas todo el tiempo, se acaba pronto y al final lo único que queda es la persona que eras antes de que te lo pusieras.
Esa era Katy, una mujer que se había echado todo el perfume del mundo en los años 50 y que al final de su vida había vuelto a ser simplemente María Cristina Estela Marcela, la niña que en el colegio teresiano de la colonia Florida soñaba con ser actriz. La joven que se casó siendo muy joven para escapar de su familia.
La madre que vio crecer y morir a su hijo mayor, la sobreviviente que decidió contar lo que le habían hecho, aunque la gente no le creyera. Hay una placa en el paseo de la fama de Hollywood en el 7065 de Hollywood Boulevard, que lleva su nombre. La gente pasa por encima de ella todos los días.
Turistas chinos, japoneses, alemanes, brasileños pisan el nombre y siguen. Casi nadie sabe quién fue. Pocos saben lo que pagó por estar ahí, pero la placa está y la historia ahora también. Y mientras alguien siga contándolo, Kaatti Jurado no se va a olvidar. Quiero terminar haciéndote una pregunta directa, una pregunta personal antes del cierre de este expediente, porque me importa lo que tú pienses al haber escuchado todo esto.
¿Crees que Katy hizo bien al hablar tan tarde? O hubiera sido mejor que denunciara a Borgin en su momento, en 1963, cuando todavía podía ir a la cárcel. Es una pregunta complicada. Porque en aquella época una mujer mexicana acusando a un ganador del óscar de violencia doméstica habría sido tratada como una loca.
La habrían quemado en los medios, le habrían cancelado la carrera. Sus propios hijos habrían sido objeto de burla en las escuelas. Katy hizo lo que pudo. Salió viva, sacó a sus hijos del infierno, reconstruyó su carrera y al final, cuando ya no había nada que perder, contó la verdad. Yo, después de meses revisando su historia, creo que no se le puede pedir más a una mujer, pero quiero saber qué piensas tú.
Déjame tu opinión porque esta es una historia que toca de cerca a muchas familias. La historia de Katy Jurado es una de esas historias que duelen al contarlas, pero también es una de esas historias que cuando se cuentan completas devuelven la dignidad a quien ya no puede defenderse sola. esta mexicana que conquistó dos continentes con su mirada, que rechazó a Marlon Brando porque sus hijos eran primero, que aprendió inglés fonéticamente para no dejar pasar una oportunidad, que se sentó a la mesa con presidentes y reyes y campesinos por
igual. Merece que cada vez que se la nombre, se la nombre completa, con luz y con sombra, con globos de oro. y con cuellos amoratados, con las películas que la inmortalizaron y con el matrimonio que casi la mata, con la diosa de los años 50 y con la esclava de los años de Borgnin, porque ella fue todo eso al mismo tiempo y aceptarlo es la única manera de honrarla de verdad.
Esa noche, la noche en que Borgnine intentó estrangularla, Katy contó después que su último pensamiento, antes de que él la soltara, fue para sus hijos. Pensó en Víctor Hugo, pensó en Sandra y pensó, “No quiero que mis hijos crezcan sin mí.” Esa idea, ese pensamiento de madre fue lo que la mantuvo respirando, lo que le dio fuerza para resistir esos segundos eternos, lo que la salvó.
Cuando contó esa anécdota en cámara muchos años después, los presentadores se quedaron en silencio. Nadie hizo la siguiente pregunta, nadie supo qué decir y Katy, sin dramatizar, miró a la cámara y añadió una sola frase más. Si no fuera por ellos, yo me hubiera ido aquella noche. Ahí lo tienes. Ese era el verdadero motor de su vida, sus hijos.
La razón por la que aguantó 4 años de horror, la razón por la que pidió el divorcio cuando uno de ellos amenazó con matar al agresor. La razón por la que sobrevivió incluso a su propio momento más oscuro, en 1968. La razón por la que cuando Víctor Hugo murió sintió que se le iba la mitad de la vida.
Una madre por encima de todo, una mexicana por encima de todo, una mujer que jamás se rindió, aunque le costara cada centímetro de piel. El 5 de julio del año 2002, cuando dejó de respirar, todos los que estuvieron cerca contaron lo mismo, que su rostro se quedó tranquilo, que se veía como cuando dormía profundo en sus mejores años, que parecía por fin haber soltado un peso que cargaba desde 1959, 43 años cargándolo, una vida entera que descanse.
en paz Katy Jurado, la diosa, la madre, la sobreviviente, la que sí habló cuando pudo, la que dejó las pruebas grabadas para que ningún tigre pudiera nunca más decir sonriendo que ella era solo hermosa, pero un tigre. Si esta historia te conmovió tanto como a mí al investigarla, no puedes perderte el próximo expediente, donde vamos a desenterrar los secretos ocultos de otra leyenda mexicana del cine de oro, cuya muerte sigue siendo uno de los misterios más oscuros que Hollywood ha intentado silenciar durante décadas. Mm.