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El bronceado de la sospecha

Parte 1: El bronceado de la sospecha

El calor en Madrid un domingo de agosto no es un calor cualquiera. Es una entidad física, una manta de lana empapada en plomo que se te pega a las pestañas y te obliga a cuestionar cada decisión vital que te ha llevado a no estar, en ese preciso instante, metido en una piscina con un tinto de verano en la mano. Lucía, sin embargo, no tenía calor. O al menos, no era el tipo de calor que se soluciona con un ventilador de torre del bazar de la esquina. Lo que ella sentía era una combustión interna, un fuego lento que se alimentaba de una pantalla de móvil iluminada en la penumbra del salón.

Hacía exactamente cuarenta y cinco minutos que Marcos había cruzado la puerta. Había entrado con esa energía sobreactuada del que sabe que tiene que compensar algo. Traía la maleta de cabina rodando con un estruendo innecesario sobre el parqué, la camisa de lino sospechosamente arrugada y un olor a “aftersun” camuflado con ráfagas desesperadas de su colonia cara.

— ¡Madre mía, Lucía, qué paliza de viaje! —había exclamado nada más soltar las llaves en el cuenco de la entrada—. Valencia está imposible. Reuniones de ocho a ocho, el aire acondicionado del hotel que parecía que te quería criogenizar y luego el coche… tres horas de retención en la A-3 por un camión de melones que ha volcado. Siento llegar tan tarde, de verdad. Estoy para que me tiren a la basura.

Lucía lo había observado desde el sofá sin decir una palabra. Marcos, en su verborrea defensiva, no se había percatado de que su mujer no le estaba mirando a los ojos, sino a la marca del reloj en su muñeca. Una marca blanca, nítida, que destacaba contra una piel de un tono canela que nadie consigue encerrado en una sala de conferencias del polígono industrial de Paterna.

— Ya me imagino, cariño —respondió ella con una voz tan suave que habría puesto en alerta a cualquier hombre con dos dedos de frente. Pero Marcos estaba demasiado ocupado intentando parecer un ejecutivo agotado—. Tiene que ser durísimo eso de los negocios. El estrés, las gráficas de Excel, el networking…

— Ni te lo imaginas. No he visto ni un rayo de sol. Del hotel al taxi, del taxi a la oficina, y de la oficina al restaurante a cenar con los de logística, que son más aburridos que un documental de piedras. Me duele hasta el alma.

Marcos se dejó caer en el sillón de orejas, suspirando con una teatralidad que habría envidiado el mismísimo Antonio Banderas. Se aflojó la corbata —que no se había puesto en todo el fin de semana, pero que se había anudado rápidamente en el área de servicio de Tarancón— y cerró los ojos.

— ¿Y qué tal la comida? —preguntó Lucía, levantándose con parsimonia—. ¿Cenasteis bien con los de logística?

— Buah, una castaña. Paella de esa para turistas, reseca, con el arroz que parecía perdigones. En Valencia ya no se come como antes, te lo digo yo. Un timo. Estoy deseando ducharme y meterme en la cama.

Lucía caminó hacia la cocina, pero se detuvo justo detrás de él. Le puso una mano en el hombro. Marcos dio un pequeño respingo, como si lo hubiera tocado un cable de alta tensión.

— Estás muy moreno para haber estado bajo los fluorescentes de una oficina, Marcos —comentó ella, deslizando un dedo por su nuca—. Es un tono muy… marbellí. O ibicenco. No sé, tiene ese brillo del Mediterráneo profundo, de ese que se pega cuando estás en un barco con un gin-tonic en la mano.

Marcos se puso rígido. El sudor empezó a perlarle la frente, y esta vez no era por los treinta y ocho grados del exterior.

— Es que… la ventana de la oficina daba al sur. Ya sabes cómo soy yo, Lucía, que me pega el sol a través del cristal y me pongo como un congo en diez minutos. Es mi piel, que tiene memoria. Genética extremeña, ya sabes qué decía mi abuelo, que con mirar una bombilla de sesenta vatios ya se ponía negro.

Lucía rodeó el sillón y se plantó frente a él. Tenía el móvil en la mano, con la pantalla apagada, pero lo sostenía como si fuera un arma corta.

Bonito viaje de negocios —soltó ella.

La frase cayó en el salón con el peso de una sentencia judicial. Marcos parpadeó, intentando mantener la máscara de cansancio, pero la comisura de su labio izquierdo empezó a bailar un chotis por cuenta propia.

— Sí… bueno… productivo, al menos. Hemos cerrado lo de los suministros para el trimestre que viene. Un jaleo, pero ha merecido la pena. ¿Por qué lo dices con ese tono?

— No, si el tono es lo de menos, Marcos. Lo que me fascina es la logística. Esa capacidad tuya para estar en una reunión en Paterna y, a la vez, aparecer en una hamaca balinesa en un “beach club” que cobra veinte euros por un agua mineral. Es casi cuántico.

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