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El asalto a la fortaleza de cristal

Parte 1: El asalto a la fortaleza de cristal

El sol de justicia de un martes de octubre en Madrid no perdonaba. Era ese tipo de calor residual que se empeña en recordar que el cambio climático no es una leyenda urbana, mientras los ejecutivos del Barrio de Salamanca se empeñan, a su vez, en lucir americanas de lana fría como si estuvieran en plena City londinense. En la planta quince de un edificio tan acristalado que los pájaros se daban tortazos contra él por pura confusión existencial, Ricardo presidía la mesa de juntas de “Suministros R. & E.”.

La “R” era de Ricardo. La “E”, según los folletos corporativos más recientes, significaba “Excelencia”. Sin embargo, todos los que llevaban en el negocio más de diez minutos sabían perfectamente que esa letra, en su día, había correspondido a Elena.

Ricardo estaba en mitad de una frase especialmente pomposa sobre la “sinergia de los mercados emergentes” y la “disrupción del sector del tornillo industrial”. Tenía delante a tres inversores que olían a colonia de trescientos euros y a gimnasio de suscripción anual no utilizada. Eran tipos que no sabían distinguir una llave inglesa de un abrelatas, pero que hablaban de dividendos con una soltura mística.

— Como les iba diciendo, caballeros, el crecimiento orgánico de la compañía en el último trimestre ha sido, cuanto menos, hercúleo —decía Ricardo, ajustándose el nudo de la corbata con ese gesto de suficiencia que solo se adquiere cuando se tiene una cuenta en las Caimán y un ego que no cabe en la M-30.

En ese preciso instante, la puerta de roble macizo —que costó lo mismo que un coche de gama media— se abrió de par en par. No fue una apertura violenta, de esas de película de acción. Fue algo mucho más aterrador: una apertura decidida, de alguien que sabe exactamente dónde están las bisagras y cuánto pesan.

Elena entró en la sala. No llevaba un traje de ejecutiva agresiva. Llevaba unos vaqueros cómodos, una camisa de lino que se negaba a planchar por principios morales y una expresión que indicaba que se le había acabado la paciencia hace aproximadamente tres años fiscales. En la mano derecha sostenía una carpeta azul de esas de oficina de toda la vida, un poco desconchada por las esquinas.

El silencio que cayó sobre la sala de juntas fue de los que se pueden cortar con un cuchillo de pescado. Ricardo se quedó con la boca abierta, a medio camino de una sílaba sobre la optimización de recursos.

— Elena… —balbuceó Ricardo, intentando recuperar el tono de capitán de industria—. Cariño, estamos en mitad de una reunión de alto nivel. Si es por las llaves del chalé de la sierra, te dije que las dejé en el cajón de la entrada, junto al recibo del IBI que, por cierto, todavía no has…

— Ahorrate el teatro, Ricardo —le interrumpió Elena, caminando hacia la cabecera de la mesa con una parsimonia que puso nerviosos incluso a los inversores—. El chalé de la sierra me importa lo mismo que tu opinión sobre la sinergia, es decir, nada.

Elena se plantó al lado de su todavía marido. Miró a los tres inversores, que estaban alternando la vista entre ella y Ricardo como si estuvieran viendo una final de Roland Garros especialmente tensa.

— Buenos días, señores —dijo Elena con una sonrisa que tenía el filo de una navaja albaceteña—. Supongo que este caballero les habrá contado que esta empresa es el fruto de su genio visionario y de sus noches en vela analizando gráficos, ¿verdad?

Los inversores asintieron vagamente, sin saber muy bien si debían levantarse, llamar a seguridad o pedir otro café. Uno de ellos, un tipo con un bigote tan perfilado que parecía dibujado con un Rotring, carraspeó.

— El señor Ricardo nos ha estado explicando la estructura de propiedad y los planes de expansión… —comenzó a decir el del bigote.

— ¡Ah, la estructura de propiedad! —exclamó Elena, soltando la carpeta azul sobre la mesa con un golpe seco que hizo saltar un par de bolígrafos de diseño—. Qué tema tan fascinante. Verán, es que me he dado cuenta de que en los últimos informes que habéis enviado a la gestoría, mi nombre ha desaparecido. Como por arte de magia. Como si fuera una mancha de café que has decidido limpiar con lejía.

Ricardo se levantó de la silla, intentando físicamente interponerse entre Elena y sus potenciales socios. Sudaba. No era el calor de Madrid; era el sudor del hombre que ve cómo su chiringuito de cristal empieza a crujir.

— Elena, de verdad, este no es el momento —susurró Ricardo entre dientes, con esa voz de “lo hablamos en casa” que suele preceder a los divorcios más caros de la historia—. Estamos cerrando una ronda de financiación vital. No puedes venir aquí a montar un número de “escenas de matrimonio”. Ten un poco de clase, por favor.

— ¿Clase? —Elena soltó una carcajada que resonó en el falso techo—. ¿Me hablas de clase tú, que hace diez años no sabías lo que era un traje de tres piezas y comías bocadillos de mortadela en el almacén de Vallecas? Esta empresa la levanté contigo, Ricardo. De hecho, si mal no recuerdo, el primer préstamo lo pedimos a nombre de mi madre porque a ti no te daban ni una tarjeta de puntos del supermercado.

Ricardo se puso rojo, de un tono que recordaba peligrosamente a un tomate de huerta en agosto. Se giró hacia los inversores, forzando una sonrisa patética.

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