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Wallis Simpson: La Mujer que Destruyó un Imperio por Amor

En el Oldfields School, un internado para señoritas en Maryland, donde su tío pagaba la matrícula de 650 anuales con visible resentimiento, Wallis Warfield no era la más popular, ni la más bonita, ni la más talentosa, pero era la más memorable. Tenía una risa contagiosa que llenaba habitaciones, una lengua afilada que podía desarmar a cualquiera con un comentario ingenioso y una habilidad inquietante para hacer que las personas se sintieran como si fueran las únicas en el mundo cuando hablaba con ellas.

Sus compañeras de clase, ni hijas mimadas de industriales y terratenientes, la encontraban fascinante y ligeramente peligrosa. Sabían que Wallis era pobre, que su ropa era de segunda mano cuidadosamente remendada, que sus zapatos estaban gastados en los talones. Pero algo en su porte, en la manera en que levantaba la barbilla cuando entraba a una habitación, en cómo nunca jamás se disculpaba por existir, las hacía dudar de su propio lugar en el mundo.

Lo que Wallis no sabía era que esta armadura de confianza que estaba construyendo, esta máscara de sofisticación y despreocupación se convertiría en su jaula. Cada vez que fingía no importarle el rechazo, cada vez que reía cuando en realidad quería llorar, estaba construyendo muros alrededor de su corazón que eventualmente la atraparían por completo.

En el destino tenía preparado para ella un amor que rompería esos muros, pero al precio de todo lo demás. A los 20 años, Wallis Warfield se casó con Earl Winfield Spencer Jr. Un apuesto piloto naval con una sonrisa encantadora y un problema devastador con el alcohol. La boda fue en noviembre de 1916 en la Christ Episcopal Church en Baltimore con un vestido blanco prestado que olía ligeramente a naftalina y flores que su madre casi no pudo pagar.

Win Spencer, como lo llamaban sus amigos, era todo lo que Wallis había soñado. Uniformado, valiente, con una carrera prometedora en la Marina. En su luna de miel en White Sulfur Springs, Virginia, él fue atento y romántico. Pero cuando regresaron a la vida real, cuando las puertas del pequeño apartamento encoronado California se cerraron detrás de ellos, la máscara cayó. Win bebía.

No socialmente, no ocasionalmente. Bebía como si estuviera tratando de ahogar algo dentro de él que no tenía nombre. Whisky de contrabando durante la prohibición, mezclado con ginebra barata y desesperación. Bebía hasta que sus ojos se volvían vidriosos, hasta que su voz se arrastraba, hasta que sus manos, esas manos que habían pilotado aviones sobre el Pacífico, se convertían en puños.

La primera vez que la golpeó fue un martes por la noche, en marzo de 1918. Habían discutido sobre dinero, sobre facturas impagas, sobre el hecho de que ella había gastado $ en un sombrero. Él había estado bebiendo desde el mediodía. El golpe la tiró al suelo haciéndole morder su propia lengua, llenando su boca con el sabor metálico de la sangre.

Mientras yacía en el piso del linio frío, mirando las grietas en el techo, Wally sintió algo romperse dentro de ella. No era su amor por él, que ya había muerto, era su fe en que el amor podría  salvarla. Durante 5 años, Wallis vivió en ese infierno doméstico. 5 años de intentar mantener las apariencias, de maquillaje cuidadosamente aplicado para cubrir moretones, de sonrisas forzadas en eventos navales mientras su esposo  se tambaleaba borracho en la esquina.

cinco años de noches en las  que él la encerraba en el baño durante horas golpeando la puerta y gritando acusaciones incoherentes mientras ella se sentaba en el piso de azule lejos helados contando las locas una y otra vez para mantenerse cuerda. 5 años de preguntarse si moriría allí en ese apartamento que olía a alcohol rancio y a sueños podridos, sin que nadie, excepto un piloto alcohólico, notara su ausencia.

Fue entonces cuando Wallis tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre. Se fue en 1921, sin dinero, sin plan, sin nada, excepto una maleta medio vacía y una determinación férrea de que nunca más permitiría que un hombre la hiciera sentir tan pequeña. Dejó a Win Spencer y se mudó temporalmente con su madre en Washington DC.

El divorcio tardó 6 años en finalizarse. Una eternidad burocrática durante la cual Wallis vivió en un limbo social, ni casada ni soltera, demasiado pobre para mantener un estilo de vida respetable, pero demasiado orgullosa para pedir limosna.  Sobrevivió con la ayuda de amigos, tomando prestadas ropas para eventos sociales, comiendo lo mínimo para poder permitirse taxis a fiestas.

donde podría conocer a alguien, a cualquiera que pudiera ofrecerle una salida de esa pesadilla. En ese preciso momento, y mientras Wallis luchaba por sobrevivir en los márgenes de la sociedad de Washington, a 3,700 millas de distancia en Winsor, Inglaterra, un joven príncipe de ojos tristes y hombros encogidos enfrentaba su propia prisión.

Edward Albert Cristian, George  Andrew, Patrick David, príncipe de Gales, heredero al trono británico, tenía todo lo que Wallis no tenía. Riqueza inimaginable, poder absoluto, palacios en tres continentes, pero estaba tan solo como ella, quizás más. Edward había nacido el 23 de junio de 1894 en White Lodge, Richmond Park, bajo el peso aplastante de ser el futuro rey.

Su padre, el rey Jorge V, era un hombre frío y severo que creía que el amor destruía el carácter. Su infancia estuvo marcada por tutores crueles, disciplina militar y la ausencia devastadora de cualquier cosa que se pareciera al afecto. A los 8 años, insu tutor, un sádico llamado Henry Hansel, lo golpeaba con una regla cuando su letra no era perfecta.

A los 13, en el Royal Naval College en Osborne, sus compañeros se burlaban de él por su estatura baja y su sensibilidad. A los 20, durante la Primera Guerra Mundial, lo mantuvieron deliberadamente alejado del Frente de batalla, porque un heredero no puede arriesgarse a morir en las trincheras. Esta protección lo humilló profundamente mientras sus amigos morían en el barro de Francia.

Él asistía a cenas formales y cortaba cintas en inauguraciones, sintiéndose como un cobarde, como una decoración viviente en el teatro absurdo de la realeza. Después de la guerra, Edward se convirtió en el soltero más codiciado del mundo. Rubio, de ojos azules, con ese aire de melancolía romántica que volvía locas a las mujeres, te viajó por el imperio visitando colonias, dando discursos, estrechando manos hasta que sus guantes blancos estaban manchados de sudor.

Pero en la intimidad de sus habitaciones en Buckingham Palace, miraba al espejo y veía a un fraude, un hombre sin propósito real, un príncipe destinado a ser rey, pero que secretamente deseaba ser cualquier otra cosa. Corría el mes de enero de 1931 cuando sus caminos finalmente se cruzarían, cuando dos almas igualmente rotas y desesperadas se encontrarían en una fiesta en Melton Mowy y comenzaría la historia de amor más destructiva del siglo XX.

Para entonces, Wallis ya no era la mujer que había huído de un matrimonio violento. Se había reinventado completamente. En 1928 había conocido a Ernest Aldrich Simpson, un hombre de negocios estadounidense británico con una empresa naviera respetable y y más importante, dinero. Se casaron ese mismo año en una ceremonia civil discreta  en el Chelsea Register Office en Londres.

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