Era la nieta de un gitano que vendía aceite, pero en el escenario, en la manera de bailar y de cantar y de mirar al público y de moverse por el mundo, era la gitana más gitana que había existido, aunque la genealogía dijera otra cosa. Esa tensión entre lo que se es y lo que se siente ser, entre el origen documental y la identidad vivida.
Es también la historia de España en el siglo XX, un país que se construyó sobre mitos de pureza de sangre y que al mismo tiempo produjo a Lola Flores, que tomó lo que no era completamente suyo y lo hizo más suyo que nadie. En Jerez, la niña Dolores aprende a bailar y a cantar en las fiestas del barrio, en los bautizos, en los eventos donde la gente paga o no paga, pero donde se aprende el oficio de conectar con una audiencia en tiempo real.
A los 13 años ya actúa en escenarios. Ese dato merece subrayarse, 13 años. No como prodigio que se exhibe, sino como artista que trabaja, que llena su parte del espectáculo, que gana lo que gana y aprende lo que aprende en cada actuación. Su debut profesional oficial ocurre el 10 de octubre de 1939. Tiene 16 años.
España acaba de salir de la guerra civil. Nafranco ha ganado y la posguerra es la realidad cotidiana de un país que tiene hambre y miedo y una censura que decide qué se puede decir y que no. En ese contexto, la joven que se anuncia como Lolita Flores Imperio de Jerez, joven canzonetista y bailarina, sube al escenario del teatro Villamarta de Jerez como telonera de una artista más establecida.
El nombre artístico Lolita Flores Imperio de Jerez, que es un homenaje a su ciudad y a la bailadora pastora Imperio, que fue uno de sus grandes referentes de infancia. No dura mucho. Ese nombre no me cabía en el pecho ni en el pellejo, diría después. Tenía razón. María Dolores Flores Ruiz era demasiado para ese nombre compuesto y pretencioso.
Lola Flores era lo que correspondía. simple, directo, inconfundible. A principios de los años 40, la familia se traslada a Madrid. El movimiento es el que hacen las familias de clase trabajadora con hijos talentosos que entienden que el talento necesita la ciudad para desarrollarse completamente. Madrid en la posguerra es una ciudad oscura y hambrienta, pero también es el centro de un espectáculo que sigue funcionando porque la gente necesita el espectáculo precisamente porque la realidad es tan dura. Pero antes de
Madrid hay que hablar de la posguerra española como contexto de lo que Lola Flores representó. España en 1940 era un país aplastado por la derrota y el hambre y el miedo. El régimen de Franco había ganado la guerra y gobernaba con la combinación específica de la represión política, el nacional catolicismo y la autarquía económica que producen un país cerrado sobre sí mismo, donde todo lo que venga de fuera es sospechoso y donde la cultura popular tiene que funcionar dentro de unos límites que la censura define. En ese
contexto, Lola Flores fue algo completamente imprevisto, porque la copla y el flamenco eran géneros que el régimen podía tolerar, que hablaban de tradición española y de valores reconocibles y que en principio no representaban ninguna amenaza política. Pero Lola Flores dentro de la copla y el flamenco era una bomba de relojería que nadie había previsto, porque lo que ella hacía en el escenario era profundamente subversivo, aunque los textos de las canciones no lo fueran.
Era una mujer libre, libre en el cuerpo, libre en la mirada, na libre en la manera de relacionarse con los hombres, que no era la que la España de Franco esperaba de una mujer española. Libre para hablar de temas que eran tabú. libre para vivir como quería, aunque el mundo mirara. Ese tipo de libertad en la España de los 40 y los 50 era casi revolucionaria, aunque se expresara a través del flamenco y no a través de la política.
Un historiador que estudió su carrera lo resumió perfectamente. Lola Flores fue antifranquista sin ser antifranquista. No hizo política, no proclamó nada, solo fue lo que era. Y lo que era resultaba incompatible con el modelo de mujer que el régimen quería promover. En Madrid, Lola Flores llega a la academia del maestro Quiroga, compositor fundamental de la copla española.
Ahí, en 1942 es contratada como telonera por la compañía de canciones y bailes españoles de Maripaz. En ese escenario canta el lerele. El éxito del número es tal que pasa de ser telonera a encabezar el reparto El Lerele. La canción que va a ser su primer gran éxito. La canción que le va a dar nombre a la casa de la moraleja, donde vivirá los últimos años de su vida.
Una canción que en principio no tiene ninguna calidad extraordinaria, pero que en la voz y el cuerpo de Lola Flores se convierte en algo que la audiencia necesita sin saber exactamente por qué. Eso es lo que Lola Flores tenía y que ningún análisis musical puede capturar completamente. El duende. El duende, ya que en la teoría flamenca describe la presencia inexplicable que tienen ciertos intérpretes y que produce en el público una respuesta que va más allá de la apreciación técnica.

Federico García Lorca escribió sobre el duende en el flamenco. Lola Flores lo encarnó. No siempre, no en cada actuación. Pero cuando lo encarnaba, el público lo sentía físicamente, sin poder decir exactamente qué era lo que sentía. En 1943 viene la Asociación Artística que va a definir los primeros años de su carrera.
Manolo Caracol, el guitarrista gitano, ya era un cantador de prestigio cuando conoció a Lola Flores. Era también mayor que ella. estaba casado y tenía una manera de mirarla que iba más allá de lo artístico. Lo de ellos fue las dos cosas al mismo tiempo, artístico y amoroso, lo cual en el flamenco nunca es una contradicción, sino que con frecuencia es la condición del arte.
El espectáculo que montaron juntos se llamó Sambra. Quintero, León y Quiroga escribieron el material. El número culminante era La niña de fuego. Y de ese espectáculo salió también la zarzamora, que es quizás la canción que más se asocia con Lola Flores, aunque ella interpretó centenares de canciones a lo largo de su vida.
Saramora, sarsamora, que mi corazón espina son las tuyas para mi corazón. Una canción sobre el amor que duele, sobre la persona que produce ese dolor específico de quien nos tiene enredados sin que podamos liberarnos. En la voz de Lola Flores, esa canción tiene algo que va más allá de la letra. Tiene el cuerpo entero de una mujer que sabe de qué habla.
Porque lo de Lola Flores y Manolo Caracol no fue un amor sencillo. Fue un amor de 8 años con idas y venidas, con peleas que, según los que los conocían, podían llegar a lo físico, con celos y compasión y con el vínculo específico que se produce entre dos personas que se necesitan artísticamente y que ese binecesidad convierte en algo que ya no saben separar del amor.
Y con la complicación de que él estaba casado y de que entre su carrera y la de Caracol, la de ella empezó a crecer más rápido y de manera más sostenida. La ruptura artística con Manolo Caracol coincidió con el final de la relación amorosa. Lola se fue a Madrid por su cuenta y encontró en Cesario González, el gran productor español del cine de la época, al hombre que iban a hacer posible el salto definitivo.
El contrato que firmó con Cesario González en el bar Chicote de Madrid ante las cámaras del nodo fue un evento publicitario. 6 millones de pesetas por 3 años y cinco películas, incluyendo cine, televisión, teatro y una gira por América. En la España de 1951, 6 millones de pesetas era una fortuna que solo las estrellas del nivel más alto podían justificar.
El 23 de abril de 1952, Lola Flores parte hacia México. Lo que la espera en el otro lado del Atlántico es el segundo nacimiento de su mito. México en los años 50 es el epicentro del cine en español. Los estudios churubusquenses producen películas a velocidad industrial. Las estrellas del cine mexicano son conocidas en toda América Latina y en España y la llegada de Lola Flores es un evento.
A actúa en la sala Capri, graba Hay pena, penita, pena que se convierte en su película más reconocida internacionalmente. corre México, Cuba, Brasil, Argentina, Ecuador, Nueva York y en México el empresario que regentaba la sala donde actuaba la bautisa con el apodo que iba a seguirla toda la vida, la faraona. El apodo venía de una película que iba a rodar llamada La faraona y de la imagen que Lola Flores proyectaba.
Una mujer que se movía con la autoridad de alguien que gobierna el mundo en el que entra, que cuando llegaba a un escenario hacía que todo lo demás pasara a segundo plano. Una faraona, la reina de reinas. Me hubiera gustado que me llamaran simplemente Lola, dijo en más de una ocasión. Pero la faraona se quedó y con razón, porque Lola Flores era una faraona, aunque no quisiera hacerlo, aunque prefiriera que la vieran simplemente como una mujer que hacía lo que sabía hacer.
En esos años americanos también ocurrieron cosas en el terreno personal que los perfiles convencionales mencionan de pasada, pero que dicen mucho sobre quién era Lola Flores fuera del escenario. Aristóteles onis, el naviero griego que era en esa época uno de los hombres más ricos del mundo, quiso conquistarla.
Depositó un fajo de billetes en su bolso. Lola lo miró y le devolvió el dinero. No necesito el dinero de ningún hombre. Por muy que sea, Ricardo Montalván, el galán mexicano de Hollywood, fue el que realmente se quedó con ella una temporada. La llamaba My Little Gypsy. Audrey Hebburn y Débora K y Jul Brenner quedaron seducidos por ella en Marbella.
Según los cronistas de la época, o Gary Cooper la citó en un hotel y ella salió corriendo cuando él apareció en batín y zapatillas. Estas anécdotas que podrían leerse como el inventario de las conquistas de una diva dicen en realidad algo más interesante, que Lola Flores no era la mujer que el mundo esperaba que fuera.
El hombre más rico del mundo le ofreció dinero y ella lo rechazó. El galán más guapo de Hollywood la invitó a su habitación y ella no se quedó. Lola Flores hacía lo que quería con quien quería cuando quería y lo que quería no siempre era lo que el mundo de los ricos y famosos esperaba que quisiera. La boda con Antonio González, el pescailla, es la historia que mejor resume ese carácter.
Antonio González era un gitano del barrio de Gracia de Barcelona que cantaba rumba catalana y tocaba la guitarra. No era ninguna de las cosas que el mundo esperaría que eligiera la mujer más famosa del espectáculo español. No era rico, no era famoso, no era lo que se llama un partido, era un gitano de barrio que la miró y le dijo, “Lola, tú no te vas a reír de mí como has hecho con todos.
” Y Lola Flores se casó con él el 27 de octubre de 1957 en el Real Monasterio del Escorial. A las 6 de la mañana, la hora inusual no era un capricho, sino una necesidad. La familia gitana de la primera mujer de Antonio González, con quien se había casado por el rito gitano y había tenido una hija, amenazaba con impedir la boda. Así que la boda fue al amanecer a escondidas con Lola embarazada de 3 meses de Lolita.
Ese matrimonio que duró hasta la muerte de Lola y que produjo a Lolita, Antonio y Rosario, de tres de los artistas más importantes de las generaciones siguientes de la música española. Fue también el matrimonio de alguien que nunca fue fácil de amar y que lo sabía. Antes de morir, Lola llamó a Antonio, lo abrazó, lo besó y le pidió perdón.
Porque le pedía perdón es algo que quedó entre los dos. El cáncer llegó en 1972. Cáncer de mama. Un diagnóstico que en esa época era todavía más temible que hoy porque los tratamientos eran más brutales y menos eficaces. Lola Flores optó por la quimioterapia, pero se negó a la operación que habría implicado extirpar el seno.
Esa decisión que los médicos desaconsejaban dice algo sobre la manera en que Lola entendía su cuerpo como instrumento de trabajo y como parte de su identidad que no estaba dispuesta a ceder, aunque la medicina se lo recomendara. Sí. y durante 23 años vivió con ese cáncer, no en remisión permanente, sino con el cáncer presente de maneras distintas, con periodos de relativa estabilidad y con recaídas que la llevaban al hospital, pero de las que siempre volvía al escenario.
23 años de cáncer y de actuaciones y de escándalos y de familia y de copla. 23 años de ser Lola Flores con el cáncer adentro. La fama de los años 70 y 80 es la de una lola flores que se reinventa cuando el flamenco y la copla tradicionales pierden popularidad ante el rock y el pop que llegan de otros países.
No reniega del pasado, pero tampoco se queda en él. Incorpora la rumba, las rancheras, los nuevos ritmos. aparece en la televisión que se está convirtiendo en el escenario más grande de España. Hace programas, colaboraciones, mon apariciones que convierten su presencia en algo que las generaciones nuevas también conocen, aunque no hayan crecido con la copla.
Y en los años 70 también se habla de una relación con Antonio Carrasco, el Junco, un bailarín y palmero del entorno del flamenco. La relación duró, según quienes la conocieron, 20 años. Lola nunca lo confirmó en vida, su familia tampoco. Fue 10 años después de su muerte cuando el Junko lo contó en un plató de televisión.
Si es verdad, significa que Lola Flores tuvo una doble vida sentimental durante dos décadas mientras estaba casada con el Pescadilla y mantenía la imagen de la familia Flores como una familia unida. Si no es verdad, significa que hay hombres que mienten sobre las mujeres famosas después de que estas muertes. En cualquier caso, la imagen pública de Lola Flores en esos años es la de una mujer que controla completamente su narrativa, que da las entrevistas que quiere dar y dice lo que quiere decir.
Cuando Interview le paga 6 millones de pesetas por las fotos de desnudos, firma un contrato en el que consta que va a decir que le robaron las fotos. Y luego lo dice con la cara tranquila de quien sabe que el mundo sabe que está mintiendo, pero que le parece más divertido mentir de todas formas. Hay una frase que se le atribuye a Lola Flores que resume perfectamente esa relación con la verdad y con la imagen pública.
Virgen solo ha habido una y no he sido yo, sino la Virgen María. Es la declaración de una mujer que en la España de Franco, donde la moral católica era ley y la sexualidad femenina era tabú. Se permitía decir en público que había vivido sin pedir permiso a nadie. Y luego vino a Hacienda. En marzo de 1987, la fiscalía presentó una querella contra Lola Flores y Antonio González por delito fiscal.
No habían presentado las declaraciones de la renta entre 1982 y 1985. 4 años de ingreso sin declarar. Hacienda les reclamaba inicialmente 145 millones de pesetas de fianza, una suma que para una artista que seguía trabajando parecía manejable, pero que para alguien que vivía con la mentalidad de quien siempre ha ganado más de lo que ha ahorrado, resultaba imposible.
La noticia la pilló de sorpresa. O eso dijo. Su sirvienta bajó a comprar periódicos una mañana y volvió con un ejemplar de El caso, donde en portada decían que el fisco le pedía 400 millones. Cuando Lola Flores estuvo el periódico en las manos, por poco le dio un síncope. Lo que pasó después es uno de los episodios más fascinantes de la historia del espectáculo español, porque produjo algo que en la España de los años 80 nadie había visto.
un proceso judicial que se convirtió en el más comentado del país, donde la acusada era tan famosa y tan querida que el juicio en sí se volvió un acto de afecto popular y de escándalo a partes iguales. Lola Flores en el banquillo con el pañuelo, con las lágrimas diciendo, “Señor juez, no quiero ablandarle el corazón, sino pedirle que sea justo.
Yo no he estropeado la imagen de Hacienda. No, sino que ha sido Hacienda quien me ha estropeado a mí. Y como mañana es el día de mi santo, le pediría a Hacienda que me mandara un ramo de flores. Y luego la frase que pasó a la historia. Muchas veces pienso, si una pesceta diese cada español, podría pagar. La prensa la crucificó con esa frase.
Ya no soy Lola de España, soy Lola de Hacienda, tuvo que decir después. Desde coches la gente le tiraba pescetas. Su hija Lolita recordaría años después el gesto melancólico con que su madre describía esas situaciones. Pero también hay que decir lo que la frase decía en realidad, que Lola Flores había ganado 200 millones de pescetas en esos 4 años y no había declarado nada de porque tenía la mentalidad de quien actúa en teatros y cobra en efectivo y cree que el mundo funciona igual que siempre ha funcionado para ella, sin formularios y
sin hacienda. Una mentalidad que en la España predemocrática era la normalidad y que en la España del ingreso a la Unión Europea era ya un delito. En 1989 fue absuelta por un vacío legal. Hacienda recurrió. En 1991, el Tribunal Supremo la condenó a dos penas de un mes y un día de arresto y otras dos de 7 meses de prisión.
No las cumplió en efectivo porque salió en libertad condicional, pero pagó multas y tuvo que vender el piso de la calle de María de Molina, donde había vivido 20 años, y unos terrenos en la cuesta de las perdices para reunir los 145 millones que le reclamaban. E y con lo que quedó se compró el lerele, la casa de la moraleja, la mansión que llamó como la canción de su primer gran éxito, que era la manera de decir que después de todo seguía siendo Lola Flores.
El diagnóstico de cáncer la había seguido todo ese tiempo. En los últimos meses de su vida, el cuerpo ya no podía lo que había podido durante 23 años. En abril de 1995, convaleciente en cama llamó a su marido. Lo abrazó, lo besó, le pidió perdón. En mayo ya no podía levantarse. El 16 de mayo de 1995, Lola Flores murió en su casa de la moraleja, acompañada de sus hijos y de Antonio González. Tenía 72 años.
El funeral fue lo que solo pueden ser los funerales de los que el pueblo considera suyos. Multitudinario, caótico, lleno de gente que lloraba en las calles de Madrid, aunque nunca hubiera conocido a la mujer que estaban despidiendo. España había creído que Lola Flores era inmortal. España descubrió que no.
Y dos semanas después, el 31 de mayo de 1995, murió Antonio Flores. Antonio Flores tenía 33 años. Había heredado el duende de su madre y el temperamento de su padre y había construido una carrera musical propia que nada le debía a los apellidos, aunque los apellidos no fueran neutros. Su música era diferente a la de Lola, más pop, más contemporánea, con letras que hablaban de una España distinta a la de la copla.
No es un nombre fácil, era su canción más conocida, una canción sobre la dificultad de amar a alguien complicado que muchos entendieron como autorretrato. Ta murió de una sobredosis accidental en su cabaña, en el jardín del Lerele, donde vivía. El mismo jardín donde su madre había muerto dos semanas antes.
España lloró dos veces en 15 días. El legado de Lola Flores es lo que queda cuando se retira todo lo que no es esencial. Las canciones que siguen sonando. La zarzamora Hay pena, penita, pena. El Herele, María de la O, la faraona. Las frases que se repiten todavía. Si me queréis irse dicha en la boda de Lolita cuando la multitud la impedía avanzar.
Yo tengo más fuerza que Chernóy sabes por qué estoy tan guapa. Porque el brillo de los ojos no se opera. y los nietos, porque el árbol que plantó Lola Flores siguió creciendo. Alba Flores, la hija de Antonio, ¿no? Que actuó en la casa de papel y en bis a y que llevaría el apellido y el duende a generaciones que no habían visto a Lola en el escenario.
Elena Furiase, la hija de Lolita, que siguió la tradición en la televisión española. Rosario, que sigue siendo una de las presencias más potentes de la música popular española. Décadas después, en 2023, con motivo del centenario de su nacimiento, Jerez de la Frontera inauguró el centro cultural Lola Flores, un museo con sus batas de cola, sus joyas, sus vestidos, sus fotografías.

El tipo de homenaje que en vida nunca interesó demasiado a Lola, pero que en muerte es la manera en que las ciudades dicen que no olvidarán. La faraona, el apodo que le pusieron en México, que ella no eligió, que prefería que no usaran, que quedó para siempre porque decía algo verdadero sobre quién era Lola Flores, aunque ella dijera que prefería que la llamaran simplemente Lola.
Simplemente Lola, la Lola de España, la que dijo lo que quiso cuando quiso, la que bailó aunque no fuera la mejor bailadora, la que cantó aunque no fuera la mejor cantante, la que tuvo un duende que ningún análisis puede explicar y que cualquiera que la vio actuar reconoció inmediatamente. que murió con el cáncer, que tuvo 23 años después de que el cáncer llegara, la que se fue primero y fue seguida dos semanas después por el hijo que había heredado lo más parecido a su fuego, la que el pueblo amó.
Porque el pueblo siente cuando alguien es de verdad, cuando no hay distancia entre lo que se es y lo que se muestra, cuando la vida y el arte son la misma cosa. Y esa cosa es un incendio que no necesita explicación. Hay también una dimensión de Lola Flores que las nuevas generaciones han redescubierto de maneras que ella nunca habría previsto.
Su relevancia como figura del feminismo Avant La letre. No el feminismo académico con sus categorías y sus teorías, sino el feminismo de quien vive de una manera que dice que la mujer no tiene que pedir permiso. Setangana las amplió. Rosalía la reivindica como influencia. Diseñadores de moda hacen colecciones inspiradas en su imagen.
Las redes sociales están llenas de sus frases en formato de cita motivacional o de comentario irónico sobre la realidad española. Una empresa de telefonía la resucitó digitalmente en una campaña publicitaria que se hizo viral en todo el mundo hispanohablante. Ma esa vigencia dice algo sobre lo que Lola Flores representó, que el tiempo no ha podido borrar, que hay una manera de ser mujer que prescinde de la aprobación externa y que vive en los propios términos y que cuando alguien la encarna de manera auténtica deja una marca que trasciende
la época. Los momentos más recordados de su vida pública no son sus mejores actuaciones. Son los momentos donde fue completamente ella misma ante situaciones que habrían hundido a cualquiera. La rueda de prensa de hacienda con el pañuelo y las lágrimas y la peseta a cada español que muchos leyeron como debilidad y que en realidad era la máxima expresión de su carácter.
Frente a la institucional opresión de un proceso judicial, ella respondió con exactamente el tipo de gesto que le venía natural. Do la boda de Lolita, donde la multitud no la dejaba pasar, y ella gritó, “Si me queréis irse.” La manera en que perdió un pendiente de oro en plena actuación televisiva y paró el espectáculo para pedirlo de vuelta.
el pendiente, por favor, que me ha costado un trabajito. En cada uno de esos momentos, Lola Flores era exactamente lo que siempre fue. Una mujer que no disimulaba, que no calculaba qué imagen iba a dar, que no había aprendido a actuar de la manera en que se supone que actúan las personas públicas cuando las cosas se complican.
Era una artista que no sabía separar el arte de la vida, porque para ella nunca habían sido cosas diferentes. Yo como artista soy como soy y nunca he dicho que sea la mejor. Pero como ser humano soy fuerte, soy vital. Estoy más contenta de la Lola ser humano que de la Lola artista. Lo dijo en una de sus últimas entrevistas, ya enferma, cuando el cuerpo ya no podía lo que había podido durante décadas.
La Lola ser humano, la que vivió como quiso, la que en eso era más interesante que en el escenario, aunque en el escenario tuviera el duende que nadie más tenía. El cáncer que la acompañó 23 años y que finalmente la venció es también parte de esa historia. Porque Lola Flores no escondió el cáncer, pero tampoco hizo de él un espectáculo.
Lo mencionaba cuando tenía que mencionarlo. Seguía actuando cuando podía actuar y cuando ya no podía actuar fue a morir a su casa, no en un hospital rodeada de su gente. Hay un tipo específico de valentía que no es la valentía de quien no tiene miedo, sino la valentía de quien tiene miedo y sigue de todas formas.
A Lola Flores tenía esa valentía. La demostró durante 23 años con el cáncer. La demostró en el banquillo de hacienda, la demostró cada vez que el escenario estaba lleno y ella salía a enfrentar esa energía de la multitud que puede aplaudir o puede silvar y que nunca da garantías. Yo tengo más fuerza que Chernóy”, dijo. Era una brabata.
Era también la verdad más literal que pudo decirse sobre alguien que vivió 23 años con cáncer y siguió actuando. Murió el 16 de mayo de 1995. Su hijo Antonio murió 15 días después. España lloró como cuando muere algo que no volverá. No volvió, pero tampoco se fue del todo, porque eso es lo que hacen los que tuvieron el duende.
Dejan algo en el aire que quien los conoció puede sentir aunque ya no estén. Oni, yo me sentía libre y no tenía que dar cuentas a nadie. Y además, Virgen, solo ha habido una y no he sido yo, sino la Virgen María. Lola Flores, la faraona, la que fue libre cuando España no lo era, la que siguió siéndolo cuando España aprendió a hacerlo.
Hay también la historia de la familia que Lola Flores construyó y que en muchos sentidos es la continuación más viva de su legado. Los González Flores, Lolita, Antonio y Rosario. Tres artistas que no eligieron la música por inercia del apellido, sino que la eligieron porque no podían no elegirla, porque habían crecido en una casa donde la música era el idioma cotidiano y donde el escenario era tan familiar como el comedor.
Lolita Flores, la mayor, heredó algo específico de su madre. la capacidad de hablar en público con la misma intensidad con que se habla en privado. Cuando la multitud de la boda de Lolita bloqueaba el paso, Lola gritó, “¡Si me queréis irse.” Y lo que nadie menciona es que eso ocurrió porque Lolita se había casado con Francisco Rivera, Paquirri, el torero, y que años antes de ese matrimonio, cuando Paquirri y Lolita ya no estaban juntos, Paquirri se casó con Isabel Pantoja y que Lola Flores, que era muy gitana en sus lealtades, sacó a
relucir todo su temperamento contra ese segundo matrimonio, de manera que los tabloides de la época no olvidarán jamás. La rivalidad entre Lola Flores e Isabel Pantoja es un capítulo aparte de la historia del espectáculo español. Dos mujeres de la copla y del flamenco, dos personalidades igualmente fuertes en lados opuestos de un drama sentimental que involucraba a sus respectivas familias.
Lola Flores nunca tuvo mucha paciencia con las medias tintas y sus declaraciones sobre Pantoja en esa época fueron lo que sus declaraciones siempre fueron completamente directas, sin matices, con todo el peso de alguien que no ha aprendido a callarse por conveniencia. Antonio Flores, el segundo hijo, fue quizás el que más sorprendió artísticamente porque fue el que más se alejó del estilo de sus padres para construir algo propio.
Su música mezclaba el pop con elementos del flamenco. Sus letras tenían una crudeza que era diferente a la lírica de la copla y su voz tenía algo del temperamento de Lola sin ser la voz de Lola. No es un hombre fácil. Sigue siendo una de las canciones más reproducidas de la música española, décadas después de su muerte.
Rosario Flores, la menor On es la que más ha mantenido la continuidad con el estilo familiar mientras lo actualiza para cada generación nueva. Sigue siendo una presencia activa en la música española con una carrera que es simultáneamente homenaje a sus padres y cosa propia. Y luego están los nietos. Alba Flores, hija de Antonio, que en la casa de papel dio vida a un personaje que tenía el duende y la presencia física de su abuela, aunque el personaje no tuviera nada que ver con el flamenco.
Elena Furiase, hija de Lolita, que siguió los pasos en la actuación. Una saga que lleva tres generaciones y que no muestra señales de agotarse. El árbol que plantó la niña de Jerez de la Frontera, que a los 13 años ya actuaba en fiestas de barrio, sigue dando fruto. siempre con el mismo duende, porque el duende de Lola era irrepetible o pero con suficiente de esa energía específica de los flores para que cuando uno de ellos sube a un escenario haya algo en el aire que los que conocieron a Lola reconocen.
En la historia del espectáculo latinoamericano, Lola Flores ocupa un lugar específico que no siempre se nombra con suficiente claridad. fue la primera gran artista española que conquistó América Latina no como exportación cultural de un país poderoso, sino como artista pura que el público americano adoptó como propia.
En México, que era el corazón del mundo cinematográfico en español, hizo 11 películas en Cuba, Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador. Las audiencias latinoamericanas encontraron en ella algo que resonaba más allá de las diferencias culturales entre España y sus antiguas colonias. ¿Qué era ese algo? Quizás el hecho de que Lola Flores era, en el fondo ha una artista de los márgenes que había llegado al centro.
Venía del sur de España, de una tradición cultural que el establishment español de la época miraba con cierta condescendencia de una clase social trabajadora de un barrio flamenco en América Latina, donde la mayoría del público también venía de los márgenes y también miraba con ambivalencia al centro que pretendía definir el gusto.
Esa identidad producía reconocimiento. El apodo que le pusieron en México, la faraona, no era solo un título, era una manera de decir que había algo en esa mujer que era mayor que ella misma, que gobernaba el espacio en el que entraba, que el público sentía sin poder explicar exactamente qué sentía.
Siete décadas después de que Cacho Peralta la bautizara en la Ciudad de México, ese apodo sigue siendo el más reconocible. E él que cualquier persona de habla española, aunque no sepa nada de flamenco ni de copla ni de la España de los años 40 y 50, asocia con una idea clara de poder femenino y de artes incomplejos.
Lola Flores fue libre en una España que no lo era. Fue gitana cuando ser lo implicaba ser discriminado. Fue sensual cuando la sensualidad era pecado. Fue honesta sobre su dinero cuando ser honesta le costó un juicio. Fue fiel a sí misma cuando ser fiel a uno mismo era el tipo de lujo que la mayoría no podía permitirse.
Eso es lo que el pueblo siente cuando siente que alguien es de verdad. No la perfección técnica ni la brillantez intelectual. ni la elegancia formal, sino la autenticidad radical de quien no sabe ser otra cosa que lo que es. María Dolores Flores Ruiz, la niña de la calle Sol de Jerez de la Frontera, la faraona, y en la que pidió una peceta a cada español.
La que vivió con cáncer 23 años y siguió bailando. La que murió y fue seguida dos semanas después por el hijo que más se le parecía, La Lola de España, que fue libre cuando España no lo era y que por eso sigue siendo de España, aunque hayan pasado 30 años. Hay una última cosa que necesita decirse sobre Lola Flores y es sobre la manera en que su cuerpo fue también parte de su arte.
En el flamenco, el cuerpo no es simplemente el instrumento que ejecuta los movimientos. Es el lugar donde la emoción se hace visible antes de que las palabras la nombren. El duende no se entiende con la cabeza, sino que se siente en el cuerpo del que mira. Y para que eso ocurra, el cuerpo del que baila tiene que estar completamente disponible, completamente presente, da sin ninguna separación entre lo que se siente y lo que se muestra. Lola Flores tenía eso.
Su cuerpo en el escenario era el mismo cuerpo que tenía en la vida, sin filtros, sin cálculo, sin la distancia que la mayoría de las personas mantienen entre lo que sienten y lo que muestran. Cuando bailaba, el público podía sentir exactamente lo que ella sentía. Cuando lloraba ante el juez por el escándalo de Hacienda, el público podía sentir exactamente lo que ella sentía.
La misma transparencia, la misma ausencia de distancia en el escenario y fuera de él. Eso era lo que el New York Times intentó capturar cuando escribió sobre ella. La frase que se le atribuye al Times, ni canta ni baila, no se la pierdan, es en realidad apócrifa. El Times nunca la escribió así. Fue una invención que circuló y que el tiempo convirtió en leyenda.
Ah, pero la leyenda dice algo verdadero, aunque la frase sea falsa. Que Lola Flores era un fenómeno que trascendía las categorías artísticas convencionales, que no se trataba de saber si cantaba bien o bailaba bien, que se trataba de algo anterior a esas categorías. La bailadora y cantante, que no era la mejor bailadora ni la mejor cantante, pero que tenía el duende que muy pocos artistas en la historia del flamenco han tenido, que llenó teatros en cinco continentes, no a pesar de sus limitaciones técnicas, sino con ellas. Porque las limitaciones
formaban parte de la autenticidad que el público sentía en la España de hoy, que tiene más de 30 años de democracia y que se relaciona con Lola Flores, principalmente a través de la distancia de los archivos y los museos y las campañas publicitarias que la resucitan digitalmente, hay una tendencia a convertirla en icono sin recordar completamente lo que fue en su época. una provocación.
alguien que en la España de Franco era profundamente incómoda porque era libre de maneras que el régimen no había autorizado, que hablaba de lo que no se hablaba, que vivía como nadie le había dicho que se podía vivir. Esa Lola Flores, la que fue un grito de libertad en un país que no tenía libertad, es la que más merece recordarse.
No la kitch, no la de los memes, no la de las citas motivacionales en Instagram, la de la niña de Jerez, que a los 16 años subió a un escenario y que durante casi 60 años siguió siendo lo que era sin pedir permiso a nadie. murió el 16 de mayo de 1995, pero la faraona no se fue. Sune está en las canciones y en los gestos de sus hijas y en el duende de su nieta Alba y en la manera en que Rosalía mueve la mano y en la manera en que se tangana las amplea y en los museos de Jerez y en las frases que la gente sigue repitiendo sin saber que son de ella. El brillo de
los ojos no se opera y el duende tampoco.
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