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Vivió Con Cáncer 23 Años, Perdió Todo Por Hacienda Y Su Hijo Murió Dos Semanas Después – LOLA FLORES

Era la nieta de un gitano que vendía aceite, pero en el escenario, en la manera de bailar y de cantar y de mirar al público y de moverse por el mundo, era la gitana más gitana que había existido, aunque la genealogía dijera otra cosa. Esa tensión entre lo que se es y lo que se siente ser, entre el origen documental y la identidad vivida.

Es también la historia de España en el siglo XX, un país que se construyó sobre mitos de pureza de sangre y que al mismo tiempo produjo a Lola Flores, que tomó lo que no era completamente suyo y lo hizo más suyo que nadie. En Jerez, la niña Dolores aprende a bailar y a cantar en las fiestas del barrio, en los bautizos, en los eventos donde la gente paga o no paga, pero donde se aprende el oficio de conectar con una audiencia en tiempo real.

 A los 13 años ya actúa en escenarios. Ese dato merece subrayarse, 13 años. No como prodigio que se exhibe, sino como artista que trabaja, que llena su parte del espectáculo, que gana lo que gana y aprende lo que aprende en cada actuación. Su debut profesional oficial ocurre el 10 de octubre de 1939. Tiene 16 años.

 España acaba de salir de la guerra civil. Nafranco ha ganado y la posguerra es la realidad cotidiana de un país que tiene hambre y miedo y una censura que decide qué se puede decir y que no. En ese contexto, la joven que se anuncia como Lolita Flores Imperio de Jerez, joven canzonetista y bailarina, sube al escenario del teatro Villamarta de Jerez como telonera de una artista más establecida.

El nombre artístico Lolita Flores Imperio de Jerez, que es un homenaje a su ciudad y a la bailadora pastora Imperio, que fue uno de sus grandes referentes de infancia. No dura mucho. Ese nombre no me cabía en el pecho ni en el pellejo, diría después. Tenía razón. María Dolores Flores Ruiz era demasiado para ese nombre compuesto y pretencioso.

Lola Flores era lo que correspondía. simple, directo, inconfundible. A principios de los años 40, la familia se traslada a Madrid. El movimiento es el que hacen las familias de clase trabajadora con hijos talentosos que entienden que el talento necesita la ciudad para desarrollarse completamente. Madrid en la posguerra es una ciudad oscura y hambrienta, pero también es el centro de un espectáculo que sigue funcionando porque la gente necesita el espectáculo precisamente porque la realidad es tan dura. Pero antes de

Madrid hay que hablar de la posguerra española como contexto de lo que Lola Flores representó. España en 1940 era un país aplastado por la derrota y el hambre y el miedo. El régimen de Franco había ganado la guerra y gobernaba con la combinación específica de la represión política, el nacional catolicismo y la autarquía económica que producen un país cerrado sobre sí mismo, donde todo lo que venga de fuera es sospechoso y donde la cultura popular tiene que funcionar dentro de unos límites que la censura define. En ese

contexto, Lola Flores fue algo completamente imprevisto, porque la copla y el flamenco eran géneros que el régimen podía tolerar, que hablaban de tradición española y de valores reconocibles y que en principio no representaban ninguna amenaza política. Pero Lola Flores dentro de la copla y el flamenco era una bomba de relojería que nadie había previsto, porque lo que ella hacía en el escenario era profundamente subversivo, aunque los textos de las canciones no lo fueran.

 Era una mujer libre, libre en el cuerpo, libre en la mirada, na libre en la manera de relacionarse con los hombres, que no era la que la España de Franco esperaba de una mujer española. Libre para hablar de temas que eran tabú. libre para vivir como quería, aunque el mundo mirara. Ese tipo de libertad en la España de los 40 y los 50 era casi revolucionaria, aunque se expresara a través del flamenco y no a través de la política.

 Un historiador que estudió su carrera lo resumió perfectamente. Lola Flores fue antifranquista sin ser antifranquista. No hizo política, no proclamó nada, solo fue lo que era. Y lo que era resultaba incompatible con el modelo de mujer que el régimen quería promover. En Madrid, Lola Flores llega a la academia del maestro Quiroga, compositor fundamental de la copla española.

 Ahí, en 1942 es contratada como telonera por la compañía de canciones y bailes españoles de Maripaz. En ese escenario canta el lerele. El éxito del número es tal que pasa de ser telonera a encabezar el reparto El Lerele. La canción que va a ser su primer gran éxito. La canción que le va a dar nombre a la casa de la moraleja, donde vivirá los últimos años de su vida.

 Una canción que en principio no tiene ninguna calidad extraordinaria, pero que en la voz y el cuerpo de Lola Flores se convierte en algo que la audiencia necesita sin saber exactamente por qué. Eso es lo que Lola Flores tenía y que ningún análisis musical puede capturar completamente. El duende. El duende, ya que en la teoría flamenca describe la presencia inexplicable que tienen ciertos intérpretes y que produce en el público una respuesta que va más allá de la apreciación técnica.

Federico García Lorca escribió sobre el duende en el flamenco. Lola Flores lo encarnó. No siempre, no en cada actuación. Pero cuando lo encarnaba, el público lo sentía físicamente, sin poder decir exactamente qué era lo que sentía. En 1943 viene la Asociación Artística que va a definir los primeros años de su carrera.

Manolo Caracol, el guitarrista gitano, ya era un cantador de prestigio cuando conoció a Lola Flores. Era también mayor que ella. estaba casado y tenía una manera de mirarla que iba más allá de lo artístico. Lo de ellos fue las dos cosas al mismo tiempo, artístico y amoroso, lo cual en el flamenco nunca es una contradicción, sino que con frecuencia es la condición del arte.

El espectáculo que montaron juntos se llamó Sambra. Quintero, León y Quiroga escribieron el material. El número culminante era La niña de fuego. Y de ese espectáculo salió también la zarzamora, que es quizás la canción que más se asocia con Lola Flores, aunque ella interpretó centenares de canciones a lo largo de su vida.

 Saramora, sarsamora, que mi corazón espina son las tuyas para mi corazón. Una canción sobre el amor que duele, sobre la persona que produce ese dolor específico de quien nos tiene enredados sin que podamos liberarnos. En la voz de Lola Flores, esa canción tiene algo que va más allá de la letra. Tiene el cuerpo entero de una mujer que sabe de qué habla.

 Porque lo de Lola Flores y Manolo Caracol no fue un amor sencillo. Fue un amor de 8 años con idas y venidas, con peleas que, según los que los conocían, podían llegar a lo físico, con celos y compasión y con el vínculo específico que se produce entre dos personas que se necesitan artísticamente y que ese binecesidad convierte en algo que ya no saben separar del amor.

 Y con la complicación de que él estaba casado y de que entre su carrera y la de Caracol, la de ella empezó a crecer más rápido y de manera más sostenida. La ruptura artística con Manolo Caracol coincidió con el final de la relación amorosa. Lola se fue a Madrid por su cuenta y encontró en Cesario González, el gran productor español del cine de la época, al hombre que iban a hacer posible el salto definitivo.

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