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Vicente Fox: El Presidente “TÍTERE”… El Embrujo de Marta và el Robo de los Bribiesca.

No pudieron tener hijos biológicos. Adoptaron cuatro. Ana Cristina, Vicente, Paulina y Rodrigo intentaron construir la familia completa que la vida les había negado por otro camino. Intentaron parecerse a la idea de felicidad que el país esperaba de ellos y por un tiempo funcionó, o al menos eso parecía. Porque hay hogares que no se rompen con un grito, se rompen con ausencias, con cenas vacías, con puertas cerradas, con viajes interminables, con la sensación de que el hombre que sonríe en las fotos ya no vive realmente ahí. A medida que Fox se

hundía más en sus ambiciones, primero empresariales y luego políticas, la familia fue dejando de ser refugio para convertirse en escenografía. Él seguía avanzando, seguía creciendo, seguía soñando con algo más grande, pero en el proceso empezó a vaciar el único lugar donde un hombre aprende quién es cuando nadie lo aplaude.

En 1990, el matrimonio se quebró. Después de 21 años, Lilian pidió el divorcio. Y aquí es donde empieza de verdad el abismo, porque esa separación no solo destruyó una relación, destruyó la ilusión que Fox tenía de sí mismo. El hombre fuerte, el hombre exitoso, el hombre destinado a salvar a México, no había podido salvar su propia casa.

Y para alguien obsesionado con el control, con la imagen y con la idea de encarnar un destino histórico, eso no era una simple pérdida sentimental, era una humillación íntima, una grieta, un vacío. Quizá tú también has visto algo así alguna vez. Personas que parecen invencibles en público y, sin embargo, toman sus peores decisiones justo cuando más miedo tienen de quedarse solas.

Eso fue lo que empezó a ocurrir con Vicente Fox, el empresario brillante, el futuro gobernador de Guanajuato en 1995, el hombre que se convertiría en presidente en 2000 con niveles de aprobación que rozarían el 70%. Todo eso ya venía en camino, pero por debajo de ese ascenso había otra historia, una menos gloriosa, una mucho más peligrosa, la de un hombre que necesitaba reconstruir una familia perfecta para no derrumbarse por dentro.

Y esa necesidad fue exactamente la puerta que alguien estaba esperando cruzar. Porque la obsesión de Vicente Fox no era solo llegar a Los Pinos, era llegar acompañado. Era tener al lado la imagen correcta, la mujer correcta. el retrato correcto. Y esa obsesión lo empujó a tomar la decisión que lo cambió todo.

Hay momentos en que la historia de un país cambia en una plaza pública frente a millones de ojos y hay otros momentos mucho más peligrosos que cambian en silencio dentro de una habitación cerrada entre susurros, miedos y decisiones que nadie se atreve a admitir. Lo que pasó con Vicente Fox no empezó con un escándalo de periódicos ni con una derrota electoral.

Empezó con algo más íntimo, más oscuro, más difícil de probar y por eso mismo más devastador. Marta Sahagun no era una mujer cualquiera entrando al poder por accidente. Nació el 10 de abril de 1953. Venía de una formación religiosa, de disciplina, de apariencia correcta. de esa clase de imagen que tranquiliza a la gente, ordenada, seria, eficiente.

La clase de mujer que parece haber nacido para poner orden en una oficina y sonreír justo lo necesario frente a las cámaras. Pero detrás de esa superficie había otra cosa. Una ambición enorme, fría, paciente. Ambición de estar cerca del poder, sí, pero no como acompañante, como dueña de la puerta.

como la mano que decide quién entra y quién cae. Cuando Fox la incorporó a su círculo más íntimo como portavoz, ella entendió algo antes que todos los demás. Entendió que el hombre que había derrotado a un sistema entero también era un hombre emocionalmente quebrado. Lo que el país veía como fuerza, ella lo vio como necesidad.

Lo que México llamaba carácter, ella lo reconoció como vacío y ahí empezó todo. Porque un hombre que quiere salvar una nación puede parecer invencible, pero un hombre que no soporta quedarse solo es otra historia. Según versiones que circularon durante años en el entorno político y periodístico, Marta no se conformó con esperar.

No quiso ser la sombra del presidente. Quiso convertirse en la presencia inevitable, en la voz que se escucha antes que la suya, en la voluntad que termina imponiéndose, incluso cuando no aparece delante de las cámaras. Y aquí entra el detalle que convirtió un romance de poder en una leyenda oscura. La palabra que en México todavía provoca una mezcla de burla y escalofrío.

Tolo H. Guarda este detalle porque va a ser importante más adelante. Según testimonios citados por investigaciones periodísticas, Marta habría sido acercada a círculos de ocultismo a través de personajes que ya se movían entre poder, superstición y control. Se habló de viajes, de rituales, de un brujo cubano llamado Padre Santos, de frascos disfrazados de vitaminas, de gotas vertidas en el jugo o el café matutino del presidente, de una sustancia usada según la tradición popular para doblegar voluntades.

¿Fue real? ¿Fue exageración? Fue una forma desesperada de explicar cómo un hombre que prometió limpiar el sistema terminó rindiendo su casa, su gobierno y su criterio. Nadie ha podido cerrar del todo esa pregunta, pero el rumor sobrevivió porque explicaba demasiado y luego vino la fecha que lo cambió todo.

2 de julio de 2001, exactamente un año después de su victoria histórica, exactamente el día en que Fox cumplía 59 años. Ese día se casó con Marta Saagú, piénsalo un segundo. La misma fecha en que había nacido el mito democrático se convirtió en la fecha de nacimiento de su maldición privada. La mujer que había entrado como colaboradora, se convirtió en esposa y la esposa muy pronto empezó a comportarse como algo más que primera dama, mucho más, mucho.

Los Pinos dejó de parecer la residencia del cambio y empezó a aparecer la antesala de una corte. El primer gran aviso no fue un crimen ni una carta de renuncia, fue algo aparentemente ridículo. Toallas, sábanas, cortinas, muebles, gastos absurdos, lujos ofensivos. En 2001 estalló el escándalo que el país bautizó como Toalla Gate.

Más de 9 millones de pesos en remodelaciones, toallas importadas de cientos de dólares cada una, juegos de cama costosísimos, cortinas automatizadas, todo pagado mientras el gobierno seguía vendiendo austeridad, honestidad y cercanía con el pueblo. Y aquí está lo peor. Fue solo el derroche, fue la respuesta. En vez de frenar el escándalo, de poner distancia, de proteger el sentido moral de su presidencia, Fox defendió lo indefendible.

la protegió a ella como si ya no pudiera distinguir entre amor, dependencia, temor o simple sometimiento, como si el hombre que había llegado para desmontar la corrupción no pudiera ver que el veneno ya se estaba sirviendo en su propia mesa. El secreto quedó cubierto por discursos, por explicaciones, por sonrisas oficiales, pero los secretos nunca desaparecen, solo cambian de forma.

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