Posted in

Romero Deschamps: El SAQUEADOR de los Petroleros… Su IMPERIO de Lujos và Corrupción.

Personas que no suben para construir algo, sino para aplastar todo lo que les recuerda de dónde salieron. En 1961, con apenas 17 años encontró el primer camino. Entró al PRI, no por ideología, no por vocación pública. Entró porque entendió algo antes que muchos adultos. En México el poder no siempre se gana trabajando más.

A veces se gana acercándose al hombre correcto, sonriendo en el momento exacto, diciendo lo que el sistema quiere escuchar. 8 años después, en 1969, llegó la puerta decisiva. Pemex no entró como técnico brillante ni como especialista respetado. Entró desde abajo por recomendación, como entran tantos a los lugares donde luego otros terminan mandando.

y allí descubrió el verdadero corazón del poder. No estaba solo en la empresa, estaba en el sindicato, en esa maquinaria paralela que podía repartir favores, castigar rebeldías, abrir carreras o enterrarlas. Al frente de ese mundo estaba Joaquín Hernández Galicia, Laquina, un hombre temido, adorado, casi mítico. Y Carlos hizo lo que mejor sabía hacer desde niño.

Observar, aguantar, callar, servir. se volvió chóer, operador menor, hombre útil, sombra obediente, siempre cerca, siempre atento, siempre pareciendo menos peligroso de lo que era. La quina creyó ver lealtad. Lo que en realidad estaba viendo era algo mucho más inquietante. Un muchacho que había aprendido a convertir la humillación en estrategia, un hombre que ya no quería entrar al poder, quería quedarse con él.

Y cuando alguien con hambre vieja toca por primera vez el borde del imperio, casi nunca se conforma con mirar. 1989. Tampico amanece sitiada. Soldados, vehículos oficiales, armas largas, órdenes gritadas con urgencia, puertas reventadas. En cuestión de horas, Joaquín Hernández Galicia, la quina, el hombre que durante años había gobernado el sindicato petrolero como si fuera un reino aparte dentro de México, cae.

Lo sacan acusado de acopio de armas, de homicidio, de conspiración. La noticia corre por el país como una descarga eléctrica. El gigante ha sido derribado. Pero esa no es la parte más oscura de la historia. La parte más oscura es que para tumbarlo, el sistema no solo usó al ejército, usó a un hombre que durante años le abrió la puerta del coche, le cargó los papeles, le sonrió como subordinado fiel y esperó el momento exacto para clavarle el cuchillo.

Ese hombre era Carlos Romero de Shans. Hasta entonces, mucha gente dentro del sindicato lo veía como uno más. Un operador discreto, un rostro gris, un hombre útil, nada espectacular, nada memorable, el tipo de personaje que parece condenado a vivir siempre a la sombra de otro más grande. Pero ahí estaba precisamente el error, porque hay hombres que nacen para brillar y otros que nacen para esperar.

Y Carlos pertenecía a los segundos, los más peligrosos, los que sonríen mientras calculan, los que obedecen mientras memorizan cada debilidad de su jefe, los que parecen leales hasta que el poder se pone al alcance de la mano. Y el poder en México estaba cambiando de manos. Carlos Salinas de Gortari acababa de llegar a la presidencia en diciembre de 1988 en medio de acusaciones de fraude y una legitimidad fracturada.

Necesitaba un golpe de fuerza. Necesitaba mandar un mensaje. Nadie podía desafiar al nuevo régimen, ni siquiera el cacique petrolero más temido del país. La quina estorbaba. Era demasiado poderoso, demasiado autónomo, demasiado acostumbrado a negociar de tú a tú con el estado. Para neutralizarlo no bastaba con mandar soldados.

Había que desarmar su mundo desde adentro. Había que encontrar a alguien dispuesto a vender el templo completo a cambio de quedarse con el altar. Y allí apareció Carlos. Piensa en eso un momento. Un hombre formado en la humillación, educado en la obediencia táctica, alimentado durante años por el resentimiento de sentirse menos, de repente descubre que puede pasar de chóer a dueño, de servidor a señor, de sombra a amo.

¿Qué hace un hombre así cuando entiende que la traición puede convertirlo en millonario? hace exactamente lo que hizo Romero de Shams. Durante años, La Quina creyó que lo tenía cerca porque era confiable, porque venía de Tampico, porque entendía el lenguaje del sindicato, porque sabía callar.

Pero callar no siempre significa lealtad. A veces significa que alguien está reuniendo información. A veces significa que alguien está aprendiendo cómo funciona la máquina para llegado el día apretar el botón correcto y verla explotar desde dentro. El quinazo no fue solo una detención, fue una ejecución política cuidadosamente preparada y después de la caída vino la recompensa mientras unos lloraban la humillación pública del viejo líder, mientras otros se preguntaban cómo había sido posible una caída tan precisa.

El hombre paciente empezó a subir paso a paso, sin estridencias al principio, sin necesidad de explicar demasiado, hasta que el 22 de junio de 1993 se sentó oficialmente en la silla grande. Secretario general del sindicato petrolero, el heredero no elegido por los trabajadores, el nuevo patrón nacido de una traición.

Y desde ese momento dejó de ser el gerero guacamaya. Se convirtió en otra cosa, en algo más frío, más blindado, más ambicioso, porque no solo había tomado el control del sindicato más poderoso de México, había sellado un pacto con el sistema político, prea y fuero, diputaciones, senadurías, protección institucional, una armadura perfecta.

Entre 1979 y 2018 fue acumulando cargos legislativos como quien apila ladrillos alrededor de una fortaleza, no para servir al país, para no tocar jamás una celda. Los viejos petroleros lo entendieron antes que nadie, por eso lo llamaron Judas, porque no había llegado a la cima por talento, ni por carisma, ni por una épica obrera.

había llegado vendiendo al hombre que le abrió el camino. Y un hombre que traiciona a su padrino para quedarse con el imperio. No tarda mucho en traicionar también a los trabajadores que jura defender. El sindicato ya no era una casa obrera. Estaba a punto de convertirse en una caja fuerte y la llave acababa de caer en las manos más equivocadas.

Los hijos de los hombres poderosos suelen crecer rodeados de privilegios y vacíos. Dinero para callar silencios, casas grandes para esconder ausencias, regalos caros para no tener que hablar de amor, de culpa, de verdad. Pero en la familia de Carlos Romero de Shams ocurrió algo todavía más turbio. Sus hijos no crecieron simplemente protegidos por la riqueza, crecieron deformados por ella, alimentados por un dinero que no venía del talento, ni del esfuerzo, ni de una empresa propia.

Venía del sindicato, venía de Pemex, venía de la espalda rota de miles de trabajadores que entraban a refinerías viejas, mientras la familia del jefe aprendía a vivir como si hubiera nacido en una corte petrolera del Golfo Pérsico. Porque aquí está la parte más obscena de toda esta historia. Mientras un obrero petrolero ganaba apenas lo suficiente para mantener a flote a su familia, la casa de Shams ya vivía en otro planeta, un planeta con jets privados, vinos de lujo, departamentos exclusivos, perros viajando mejor que

Read More