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Shahnaz Pahlavi: La Hija del Último Sha que Su Propia Madre Dejó Atrás

Niñeras francesas traídas directamente de París. Maestras inglesas contratadas en Oxford. Vestidos confeccionados en los talleres de la alta costura parisina. Juguetes enviados desde Londres en cajas de madera pulida, una pequeña yegua de crem blanca, regalo del rey de Arabia. Muñecas vestidas como emperatrices traídas desde San Petersburgo por un diplomático ruso, pero también silencios largos, puertas cerradas, gritos ahogados detrás de los muros del palacio.

La niña crece viendo a su madre llorar, crece escuchando a los sirvientes murmurar. Crece sintiendo que algo está mal en su casa, aunque nadie se lo explique. En 1941, cuando Shanas tiene apenas un año, el mundo se derrumba. Los aliados, en plena Segunda Guerra Mundial invaden Irán. Acusan a Resa Sha de simpatizar con los nazis.

En realidad, lo que quieren es el corredor ferroviario iraní para enviar armas a la Unión Soviética. Resa Sha es obligado a abdicar. Lo embarcan en un buque británico. Lo exilian primero a Isla Mauricio, luego a Sudáfrica. Su padre Mohamad Resa, sube al trono de manera precipitada. Tiene 22 años y apenas entiende lo que significa gobernar.

De un día para otro, Shahnas deja de ser la nieta del Sha para convertirse en la primera hija del Sha. La atención sobre ella se multiplica, los fotógrafos la persiguen, la prensa internacional publica sus fotos, pero en casa todo se derrumba también. En 1945, cuando Shana tiene 5 años, su madre Fauzia toma una decisión que conmocionará a dos países.

Regresa a Egipto para visitar a su familia y no vuelve nunca más. pide el divorcio desde el Cairo, renuncia a su título de emperatriz de Irán y algo todavía más devastador, algo que marcará a Shanás para toda la vida. Acepta el divorcio a cambio de no pelear por la custodia de su hija. Fauzia deja a la niña en Teerán.

Se va y Shanas a los 5 años se despierta una mañana y descubre que su madre ha desaparecido. Nadie le explica, nadie le dice la verdad. Durante meses, durante años, le dicen que su madre regresará pronto, que está de viaje, que está enferma, que volverá cuando la nieve derrita, que volverá para la primavera, que volverá para su cumpleaños.

Pero Fauzian nunca regresa. Y Shanas aprende desde muy pequeña que en este mundo los adultos mienten, que las promesas son solo palabras y que incluso las madres pueden abandonar a sus hijos. Hay una escena que cuentan las niñeras de la época, una escena pequeña, cotidiana, pero devastadora.

Cada noche, antes de dormir, la pequeña Shanas preguntaba, “¿Mañana viene mamá?” Y las niñeras, siguiendo órdenes estrictas, respondían, “Quizás mi princesa, quizás mañana, durante meses, durante años.” Hasta que un día la niña dejó de preguntar, simplemente se acostó y cerró los ojos sin decir nada. Esa noche, una de las niñeras inglesas escribió en su diario personal una frase que sería descubierta décadas después.

Hoy Shahnas dejó de esperar. Tiene 6 años. Algo se rompió adentro de ella para siempre. Hay otra escena igualmente reveladora. Un día, a los 7 años, Shan encuentra por casualidad una fotografía de su madre Fauzia escondida en un cajón de la biblioteca. Es una foto oficial del día de la boda en 1939 en el Cairo, donde Fauzia aparece resplandeciente con un vestido bordado en perlas.

La niña toma la foto, la esconde debajo de su almohada, la contempla cada noche antes de dormir. Un día, una sirvienta la descubre, informa al chambelán. El chambelán se lo dice al Sha. Mohammad Reisa ordena que se le devuelva la foto a su hija, pero también manda sacar todos los demás retratos de Fausia del Palacio como si quisiera borrar el recuerdo.

Shan guarda esa única foto durante toda su vida. la lleva consigo al exilio. Aparecerá décadas después entre los objetos personales encontrados en su apartamento parisino tras su muerte. A los 8 años, Shan empieza a escribir cartas a su madre, cartas en francés. Las entrega a las gobernantas para que las envíen a El Cairo. Nunca recibe respuesta.

Nadie, ni las gobernantas, ni el Chambelán, le dice la verdad. Las cartas nunca salen del palacio, son interceptadas, guardadas en un archivo secreto. Años después, cuando los nuevos amos del palacio de Saadabad revisen los archivos confiscados, encontrarán paquetes enteros de cartas sin abrir de una niña que escribía a una madre que nunca leería sus palabras.

A los 9 años, Shan es enviada por primera vez a Suiza a una escuela privada para hijas de aristócratas europeos y de Medio Oriente. Le Rosei, la institución más exclusiva del mundo. Comparte dormitorio con hijas de reyes, de magnates industriales, de presidentes latinoamericanos. Allí aprende a esquiar, aprende a hablar alemán, aprende a comportarse en la mesa según la etiqueta de la casa de Saboya, pero también aprende algo más importante.

Aprende a esconder sus emociones, aprende a sonreír cuando está triste, aprende a decir, “Estoy bien” cuando en realidad se está cayendo por dentro. Es una escuela de vida que le servirá décadas después, cuando tenga que cargar en silencio con el exilio. Desde ese momento, la niña cambia. Los que la conocieron en esa época hablan de una pequeña seria, callada, con una mirada demasiado vieja para su edad.

Se refugia en los libros, aprende francés, inglés, persa clásico. Se obsesiona con los jardines del palacio. Pasa horas caminando sola entre las rosas. Conoce el nombre de cada árbol. Memoriza los poemas de Jafiz, de Saadi, de Rumi, esos mismos poetas que siglos antes habían escrito sobre la soledad, el amor imposible, la separación, como si buscara en los versos antiguos alguna explicación a su propio dolor.

Y su padre, Mohammad Resa, ese padre que apenas sabe cómo consolar a una niña, proyecta sobre ella todo el amor culpable de un hombre que sabe que ha fracasado como esposo. la adora, la consciente, la llena de regalos. Le construye una villa privada en los jardines de Saadabad. Le pone profesores particulares traídos de Suiza.

Ah, le regala un pony propio, un perro persa de raza rara, un piano de cola traído de Viena. Y cada vez que ella entra a un salón, el Sha se pone de pie. Ni a sus ministros les dedica ese gesto, solo a Shahnas. Y así la niña crece creyéndose invencible, amada hasta la obsesión por su padre, abandonada hasta el silencio por su madre.

Dos heridas opuestas que chocan dentro de ella y la vuelven una joven intensa, apasionada, imprevisible. Una princesa que no tolera un no, una princesa que empieza a hacer lo que quiere, a la edad que quiere, con quien quiere. Los años de la adolescencia la encuentran rebelde, temperamental, incluso violenta, cuando no consigue lo que desea.

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