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Shahnaz Pahlavi: Hija del Shah… VIVA pero OLVIDADA por Todos

Shanas era apenas una nota al pie en esos planes monumentales. Una hija mujer bonita, sí, pero relevanti para la continuidad dinástica. Mientras tanto, el matrimonio entre sus padres se desintegraba como un castillo de arena bajo la marea. Fausia odiaba Irán, odiaba el clima, odiaba la comida, odiaba la corte persa, que la trataba con frialdad apenas disimulada.

Odiaba estar lejos de Egipto, de su familia, de todo lo que conocía. El sha, por su parte, necesitaba desesperadamente un hijo varón y Fausia solo le había dado una niña. La tensión entre ellos era tan gruesa que podías cortarla con un cuchillo. Los sirvientes susurraban, los diplomáticos tomaban nota. El mundo observaba.

En 1945, cuando Shana tenía apenas 5 años, su mundo se partió en dos. Sus padres se divorciaron. Fue uno de los divorcios reales más comentados de la época, cubierto por periódicos desde el Cairo hasta Londres. Fausia regresó a Egipto con el corazón aliviado, dejando atrás a su hija de ojos enormes, que apenas entendía por qué mamá se iba en un avión y no volvería.

El Sha obtuvo la custodia completa. Shanas se quedó en Irán, en los palacios vacíos, con un padre que apenas la miraba y una madre que se convirtió en una fotografía enmarcada en su mesita de noche. ¿Alguna vez han sentido que no importan esa sensación de ser invisible, incluso cuando estás parada en medio de una habitación llena de gente? Ese vacío en el pecho que ningún juguete caro, ningún vestido hermoso, ningún viaje exótico puede llenar.

Shan vivió en ese estado durante años. Era una princesa imperial, sí, pero era una princesa que nadie realmente quería. Su padre la veía como un recordatorio de su primer matrimonio fallido. Su madre estaba a miles de kilómetros de distancia, viviendo una nueva vida en Egipto, donde eventualmente se volvería a casar. Corría el año 1948 cuando el Sha se casó nuevamente, esta vez con Soraya Esfandiar y Bactiari, otra belleza deslumbrante que el mundo adoraría.

Shanás a sus 8 años observó otra boda fastuosa, otra mujer hermosa entrando al palacio, otra oportunidad para que su padre tuviera el hijo que tanto ansiaba. Soraya fue amable con ella, más cálida que Fausia había sido, pero Shanas era lo suficientemente inteligente como para entender la realidad. Ella era un accesorio en la vida de su padre, no el plato principal.

Fue durante estos años de soledad ornamentada que Shajnas desarrolló las herramientas de supervivencia emocional que la acompañarían toda su vida. Aprendió a sonreír cuando se esperaba que sonriera, a posar para fotografías oficiales con la postura perfecta, a hablar en tres idiomas sobre temas superficiales con una elegancia ensayada.

Aprendió que sus sentimientos no importaban tanto como las apariencias. Aprendió que ser princesa significaba ser una estatua viviente, hermosa, inmóvil, silenciosa. Sus días transcurrían en una rutina de lujo vacío. Clases de francés a las 9 de la mañana con Madame Dubal, una mujer parisina de 50 años que olía a perfume Chanel y hablaba con acento perfectamente modulado.

clases de piano a las 11 con el maestro italiano Signore Benetti, quien insistía en que debía dominar a Chopen antes de cumplir 15 años. Lecciones de etiqueta con la señora Henderson, una británica severa que le enseñó cómo sostener una taza de té, cómo caminar con libros en la cabeza, cómo sentarse sin arrugarse el vestido.

Todo era preparación para ser la esposa perfecta de algún príncipe o aristócrata europeo. Nadie le preguntó jamás qué quería ser ella. Sin embargo, no todo era oscuridad en su niñez dorada. Había momentos de verdadera alegría escondidos entre las grietas del protocolo, los veranos en las villas del mar Caspio, donde el aire olía a sal y pinos, donde podía correr descalza por la arena cuando nadie miraba.

Las tardes en los jardines del palacio Saadabad, donde alimentaba a los pavos reales que caminaban libremente entre las fuentes de mármol, donde el agua cantaba, y los pájaros respondían. Las raras ocasiones, cuando su padre, en un momento de ternura inesperada, la levantaba en sus brazos y la llamaba mi pequeña estrella en persa.

Pero incluso estos momentos felices estaban teñidos con la tristeza de lo que faltaba. Cada vez que reía en el jardín, parte de ella deseaba que su madre estuviera ahí para verla. Cada vez que su padre mostraba afecto, parte de ella se preguntaba cuánto duraría antes de que él recordara que necesitaba un hijo, no una hija. En 1951, cuando Shanaz tenía 11 años, Irán explotó en crisis política.

El primer ministro Mohamad Mosadek nacionalizó la industria petrolera desafiando directamente los intereses británicos y poniendo al Sha en una posición imposible. Los años siguientes fueron un torbellino de tensión política, de manifestaciones en las calles, de incertidumbre sobre el futuro de la monarquía misma.

En 1953, el famoso golpe de estado orquestado por la SIA y el Mise devolvió el poder absoluto al Sha. Para el mundo exterior fue un triunfo. Para Shanás fue apenas otro capítulo en un libro que no entendía completamente, aunque afectaría el resto de su vida. Lo que comenzó como una niñez solitaria terminaría convirtiéndose en una adolescencia aún más complicada.

A medida que Shanas crecía, su belleza se hacía cada vez más evidente. No tenía la perfección escultural de su madre Faucia, pero poseía algo más sutil, unos ojos expresivos que parecían contener todos los secretos del mundo, una sonrisa que podía ser genuina o melancólica dependiendo de la luz, una gracia natural que no necesitaba esfuerzo.

A los 15 años, las revistas internacionales comenzaron a mencionarla. A los 17 era considerada una de las solteras más deseables del mundo. Entonces sucedió lo impensable. En 1958, después de una década de matrimonio sin producir un heredero, el Sha se divorció de Soraya. La escena fue desgarradora. Soraya llorando en el aeropuerto, el Sha con el rostro pétreo, el mundo entero mirando otro fracaso matrimonial de la corona persa.

Shan, ahora una joven de 18 años, observó con una mezcla de compasión y resignación. Conocía ese dolor, sabía lo que era ser insuficiente para las necesidades dinásticas del Sha, pero el destino tenía preparado un giro que nadie anticipó. Ese mismo año, mientras el Shah buscaba su tercera esposa, Shan conoció al hombre que cambiaría su vida para siempre.

Su nombre era Ardeshir Saedi. Y era todo lo que una joven princesa podía desear en teoría. Guapo, carismático, ambicioso, de familia aristocrática persa, educado en Estados Unidos, con conexiones políticas poderosas. Su padre Faslola Sajedi, había sido el general que lideró el golpe de 1953, que restauró el poder del Sha.

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