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Asi FUE la LUJOSA VIDA de MIROSLAV STERN – Mansiones, Carros, Lujos

Era hermosa, de una manera que iba más allá de la simetría de sus facciones. Tenía una presencia frente a la cámara que era difícil de ignorar. Una mirada que lo decía todo sin necesidad de palabras. En 1945 regresó a México y se inscribió en la academia escénica del maestro japonés Sequisano, uno de los nombres más respetados en la formación actoral del país.

Fue en ese espacio donde conoció a Jesús Jaime Gómez Obregón, conocido como el Bambi, us un joven proveniente de una familia de la alta burguesía mexicana. Miroslava se enamoró de él con la misma intensidad con la que hacía todo en su vida. Y se casaron el 2 de febrero de 1946, convencida de haber encontrado por fin un ancla de estabilidad y amor.

Pero pocos meses después, la realidad le arrebató esa ilusión. También descubrió que su esposo tenía una orientación que no correspondía al tipo de matrimonio que ella esperaba. y que la había elegido únicamente como cobertura social. Fue otro golpe directo al corazón, otro capítulo doloroso que se sumaba a una historia ya marcada por demasiadas heridas.

El divorcio llegó rápidamente. Sin embargo, y a pesar de todo ese dolor acumulado, Miroslava encontró en el cine el refugio que la vida real le negaba. En 1946 debutó en bodas trágicas junto a Roberto Silva y Ernesto Alonso, quien con el tiempo se convertiría en su amigo más leal y cercano. Pero fue en 1947 cuando todo cambió.

Protagonizó A volar joven junto a Mario Moreno Cantinflas y esa película la transformó de actriz prometedora en estrella indiscutible. El público mexicano quedó completamente cautivado por esta joven checoslovlobaca de belleza exótica, acento encantador y magnetismo natural frente a la cámara. Los productores se disputaban su nombre y los espectadores hacían fila para verla.

Entre 1947 y 1949 filmó varias producciones en México y luego cruzó la frontera para participar en tres películas estadounidenses, incluyendo Adventures of Casanova. Pero el cine mexicano la reclamaba. La época de oro estaba en pleno esplendor y Miroslava se había convertido en una de sus columnas más brillantes.

Trabajó junto a figuras como Arturo de Córdoba, C. Jorge Negrete, Pedro Armendari, Pedro Infante, Cantinflas y Luis Buñuel. era reconocida unánimemente como una de las actrices más hermosas del continente. Su carrera apuntaba hacia lo más alto. Pero antes de que la tragedia pusiera punto final a su historia, Miroslava vivió con una elegancia y un estilo que la convirtieron en icono de su época.

¿De cuánto dinero estamos hablando realmente cuando mencionamos su fortuna? ¿Cómo era el día a día de una de las mujeres más hermosas del cine mexicano? Prepárate porque los detalles van a sorprenderte. La fortuna de Miroslava Stern. Carrera cinematográfica. Miroslava Stern era una de las actrices mejor remuneradas del cine mexicano de su tiempo.

En los años que correspondieron al pico de su fama, entre 1952 y 1955, sus honorarios resultaban verdaderamente impresionantes en el contexto económico de la época. Cobraba entre 15,000 y 25,000 pes por película. Y hay registros documentados de que en producciones de mayor envergadura llegó a percibir hasta 30,000 pesos. Para dimensionar lo que eso significaba, basta con saber que el salario mínimo en el México de los años 50 rondaba los 3 pesos diarios, es decir, alrededor de 90 pesos al mes.

Dicho de otra manera, Miroslava ganaba con una sola película, lo que un trabajador promedio tardaba casi 20 años en acumular. trabajando todos los días. Trasladando esas cifras a valores actuales, estaríamos hablando de entre 300,000 y 600,000 pesos por producción. Y considerando que una película tomaba entre cuatro y 6 semanas de rodaje y que Miroslava filmaba entre tres y siete proyectos al año en sus etapas más activas, las cuentas hablan por sí solas.

En sus mejores años, particularmente entre 1951 y 1953, cuando llegó a filmar hasta siete películas en un solo año, sus ingresos anuales pudieron haber oscilado entre 105,000 y 210,000 pesos de aquella época, lo que en valores de hoy equivaldría a más de 2 millones de pesos anuales.

Para una mujer de 25 años en el México de mediados del siglo XX, esas cifras eran sencillamente extraordinarias. Miroslava estaba jugando en la misma liga económica que María Félix y Dolores del Río, las grandes divas del cine nacional. No era una actriz secundaria bien pagada. Era una estrella de primera categoría con un salario que lo demostraba, pero sus fuentes de ingreso no se limitaban a las pantallas.

Miroslava era también una de las mujeres más fotografiadas de México. Su rostro aparecía constantemente en portadas de revistas de cine, publicaciones de moda y periódicos de circulación nacional. Por cada sesión fotográfica profesional cobraba entre 1000 y 3000 pesos y realizando dos o tres sesiones al mes podía sumar entre 2000 y 9000 pesos adicionales cada mes, cantidades que complementaban con holgancias cinematográficas.

Su imagen también era codiciada por marcas de productos de lujo, cosméticos finos, perfumes exclusivos, ropa elegante y joyería de calidad, pagaban bien por asociar su nombre y su rostro a sus productos. Los estudios la usaban para las campañas de promoción de sus películas. Los diseñadores le prestaban o regalaban vestidos a cambio de que posara con sus creaciones.

Las joyerías le facilitaban piezas valiosas para eventos y estrenos. Todo contribuía a sostener y engrandecer su imagen pública. Además, los estudios cinematográficos le ofrecían contratos que garantizaban un número mínimo de películas al año y un salario base estable. Eso le daba una seguridad económica que pocas personas en cualquier profesión podían permitirse.

No dependía de conseguir cada papel a la suerte del mercado. Tenía un piso financiero garantizado. Sin embargo, y a pesar de todos esos ingresos, Miroslava no era una mujer que acumulara riqueza. Vivía bien, con comodidad y con gusto. Gastaba en ropa de alta costura, en mantener su imagen al nivel que su carrera exigía, en viajes, en obsequios para su familia y en los cuidados médicos que su estado de salud mental requería de forma continua, pero tampoco derrochaba.

Quienes la conocieron describían a una mujer que valoraba el dinero, probablemente porque la guerra le había enseñado desde muy joven que todo puede perderse en un instante. Cuando murió en 1955, dejó deudas pendientes que ella misma instruyó saldar en la carta que le dirigió a su abogado Eduardo Lucio. no había construido una fortuna millonaria.

Había vivido bien mientras pudo, con elegancia y con estilo, pero sin acumular el tipo de patrimonio que el nivel de sus ingresos hubiera permitido si hubiera pensado en el largo plazo. Su riqueza estaba más en los vestidos de su armario, en las joyas de su tocador y en los muebles de su casa que en cuentas bancarias repletas de dinero.

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