Los dos viven del baile, de los teatros, de la noche. La pequeña Margarita aprende a caminar entre bambalinas. Antes de hablar bien, ya escucha el ruido de las castañuelas. Antes de leer, ya conoce los pasos del fandango. Su mundo no es el de los demás niños. Es un mundo de espejos, de tacones que retumban contra el suelo, de aplausos lejanos.
Eduardo Cancino tiene una idea fija, una obsesión. Quiere ser el bailarín más famoso de América. Quiere su propio espectáculo, su propia compañía, su propia leyenda. Y para eso necesita una compañera de baile perfecta, alguien joven, hermosa, dócil, alguien que le obedezca sin discutir. Cuando Margarita cumple 12 años, su padre toma una decisión.
Una decisión que va a destruir a su hija para siempre. La saca de la escuela. Tú no vas a seguir estudiando, le dice. Tú vas a bailar conmigo. Margarita no entiende. Le gusta la escuela, tiene amigas, quiere ser maestra. Pero su padre no le pregunta qué quiere ella. Su padre no le pregunta nada.
Eduardo Cancino le compra vestidos ajustados, le pinta los labios de rojo, le enseña a sonreír de esa manera ambigua que enloquece a los hombres y le dice que ya no es una niña, que a partir de ahora es su pareja. su pareja de baile, forman un dúo, lo llaman The Dancing Caninos, padre e hija, pero en los carteles, en los anuncios, eso no aparece porque no conviene, porque hay leyes en Estados Unidos que prohíben que una menor de edad trabaje por las noches en clubes nocturnos.
Entonces, Eduardo Cancino se inventa una solución terrible. lleva a su hija a México, donde las leyes son más laxas. Y allí, en los casinos de Tijuana, en los hoteles de agua caliente, en los clubes nocturnos, al borde de la frontera, presenta a Margarita como su esposa. Sí, su esposa. Una niña de 12 años bailando con su padre, mientras los hombres en las mesas la miran como si fuera una mujer adulta.
Las noches son interminables. Las funciones empiezan a las 10 y terminan a las 4 de la madrugada. Margarita baila tres pases. Cambia de vestuario en camerinos donde no hay puerta. Come en cocinas húmedas, entre meseseros borrachos. Duerme en hoteles baratos donde el padre paga al recepcionista para que no haga preguntas y al día siguiente todo vuelve a empezar.
otra ciudad, otro hotel, otro cabaret. En esos años, Margarita pierde algo que nunca va a recuperar. Pierde su infancia, pierde la posibilidad de ir a la escuela, pierde la posibilidad de tener amigas, primeros novios, secretos de adolescente, fiestas de cumpleaños, pierde todo lo que para una niña normal sería simplemente la vida.
Algunos testimonios cuentan que ella estaba aterrorizada, que se escondía en los camerinos antes de salir al escenario, que vomitaba en silencio para que su padre no la viera y que cuando llegaba la noche, después del último pase, ya no podía dormir. Pero esto es solo el principio. Lo peor no se sabría hasta muchos años después.
Lo peor lo guardaría Rita en silencio durante décadas. Eduardo Cancino tiene además otra costumbre que nadie cuestiona. Margarita debe vivir con su padre cuando viajan. Misma habitación, misma vida. En número costo, número costo. Su madre, Volga se queda en casa con los hermanos pequeños. La niña está sola con él durante meses, en hoteles, en noches sin vigilancia.
No vamos a mostrar lo que ocurría detrás de esas puertas cerradas. No es necesario. Pero Rita Hayworth, ya adulta, lo confesaría décadas más tarde en susurros a personas muy cercanas. Confesaría que su padre la usó, que su padre la rompió y que jamás se atrevió a contarlo en voz alta. Porque en aquella época una niña que decía algo así no era creída por nadie.
Mientras tanto, sobre el escenario, Margarita sonreía. Sonreía como le habían enseñado a sonreír. Una noche, en el casino de agua caliente en 1934, alguien la observa desde una mesa del fondo. Es Winfield Sheihan, el jefe de los estudios Fox de Hollywood. Mira a esa adolescente que baila como una mujer madura.
Mira esos ojos enormes, ese pelo negro ache, esa cintura imposible y toma una decisión. Esta chica tiene que estar en mi próxima película. Margarita tiene 15 años. Eduardo Cancino acepta el contrato sin pensarlo, porque Eduardo Cancino siempre dice que sí cuando aparece dinero. Ese contrato es modesto, $ por semana.
Pero para una familia de bailarines de cabaret es una fortuna. Eduardo lo firma sin leer y ese mismo mes, Margarita es trasladada a Hollywood. La instalan departamento pequeño con su madre y sus dos hermanos. Por primera vez en años no comparte habitación con su padre. Por primera vez duerme sola. Por primera vez piensa que tal vez puede tener una vida propia.
Lo que Margarita no sabe todavía mientras firma su primer contrato con Fox es que está pasando de un infierno a otro. está saliendo de las manos de su padre solo para caer en las manos de Hollywood. Y Hollywood en los años 30 no es un refugio, es otra jaula. Pero esa noche, cuando vuelve al hotel, mira las luces parpadeantes del casino y siente algo que no había sentido nunca, una pequeña esperanza.
Quizás, piensa, quizás algún día pueda escapar, quizás algún día pueda ser libre. Esa esperanza le va a costar muy cara porque la niña que entra a Hollywood en 1934 no sabe que está a punto de desaparecer para siempre, que el nombre Margarita Cancino va a ser borrado del mapa, que su pelo va a ser arrancado mechón por mechón con una máquina eléctrica, que su línea de cabello va a ser modificada quirúrgicamente, que su acento va a ser silenciado, su origen ocultado, su identidad enterrada y todo para crear a una mujer. nueva, una mujer fabricada,
una diosa. Antes de seguir queremos hacerte una pregunta sencilla. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Hollywood, 1935. Margarita Cancino tiene 17 años. Acaba de firmar con los estudios Fox. Le dan papeles pequeños casi siempre como la chica latina exótica.
La encasillan, la etiquetan, le dan apellidos como Carmen, Lola o Conchita. Hace siete películas en dos años. Siete, pero nadie recuerda su nombre. Aparece como mexicana en Dantes Inferno, como egipcia en Charlie Chan en Egipto, como Argentina, como cubana, como brasileña. La estudios la mandan a clases de inglés para que pierda el acento.
La mandan a clases de equitación, de tenis, de etiqueta. La cambian de peluquería todas las semanas, pero ningún papel le funciona. El público no la reconoce, los productores la confunden con otras actrices del estudio. Las revistas la llaman La joven Cancino, sin saber muy bien qué hacer con ella. Un día, sin previo aviso, Fox decide no renovarle el contrato.
La despiden. Margarita vuelve a casa devastada. Cree que todo ha terminado. Cree que va a tener que volver a bailar con su padre en clubes nocturnos. Cree que esa puerta de escape que se había abierto se cierra para siempre. Y entonces aparece un hombre. Se llama Edward Judson. Tene 41 años. Margarita tiene 18.
Él es un vendedor de carros de Texas con conexiones en Hollywood, deudas dudosas y muchísima ambición. Él la ve y entiende algo que nadie más había entendido. Margarita Cancino no es una actriz. Margarita Cancino es un proyecto, un negocio, un producto que necesita ser rediseñado. Se casan en mayo de 1937. Ella tiene 18 años.
Él tiene más del doble. La familia de ella no acude a la boda. Su madre llora. Su padre, en cambio, da el visto bueno, le conviene. Es un hombre menos del que ocuparse. Edward Judson la lleva a vivir a un departamento en Los Ángeles. Le compra ropa nueva, le contrata profesores de adicción, le enseña a comer con cubiertos de plata, le borra de la lengua cualquier rastro de español y un día, al final del verano de 1937, la lleva a una clínica.
Te van a mejorar”, le dice Margarita. No entiende qué quiere decir mejorarla. Lo entiende cuando se despierta en la camilla con la cabeza ardiendo. Le aplican electrólisis sesión tras sesión durante meses. Le arrancan uno por uno los pelos del nacimiento de la frente porque su línea de cabello, dicen, es demasiado latina, demasiado baja, demasiado evidente.
Le suben la frente artificialmente, le agrandan la cara, le cambian la cabeza. Algunos historiadores cuentan que las sesiones eran tan dolorosas que Margarita sangraba durante horas, pero seguía yendo porque su marido le había dicho que sin eso no tendría carrera, que sin eso no sería nadie. Después le tocan al pelo, le tiñen el cabello negro ache de un rojo cobrizo, casi pelirrojo, le cambian el peinado, le cambian el maquillaje, le cambian los gestos.
Edward Judson le clases de cómo entrar en una habitación, le da clases de cómo cruzar las piernas al sentarse, le da clases de cómo reír sin enseñarlas en sí, le compra perlas, pieles, vestidos de seda, le organiza apariciones en restaurantes de moda donde los fotógrafos saben que tienen que estar. La construye pieza por pieza, como si fuera un automóvil de lujo que va a vender muy caro.
Y por último, le cambian el nombre. Margarita Cancino, deja de existir. Un martes de octubre de 1937. Edward Judson lo decide por ella. Toma el apellido de soltera de la madre Hayworth y le añade una i para que suene más anglosajón y reduce Margarita a Rita. Rita Hayworth. Tres palabras, una identidad inventada.
Cuando se mira al espejo por primera vez, Margarita no se reconoce. La niña gitana de Brooklyn ha desaparecido. En su lugar hay una pelirroja con la frente alta, la sonrisa torcida, los ojos enormes. Una desconocida. Lo que ella no sabe todavía es que esa desconocida del espejo va a ser su salvación y su condena al mismo tiempo.
Edward Judson lleva el nuevo expediente a Harry Con, el todopoderoso jefe de los estudios Columbia Pictures. Con es un hombre brutal, un dictador. En Hollywood lo apodan King Con porque su despacho parece un trono y porque trata a sus actores como esclavos. Cuando ve a Rita Hayworth, se obsesiona inmediatamente. La firma, la encierra en contratos a largo plazo, le pone vigilancia.
Sí, vigilancia. Con manda a sus hombres a seguir a Rita por todas partes. Quiere saber con quién habla, dónde come, a qué hora vuelve a casa. le manda escuchas a su departamento, le interviene el teléfono. Si Rita sale a una fiesta sin su autorización, el día siguiente Con se lo reprocha.
Algunos testimonios cuentan que Con intentó acostarse con ella desde el primer día y que Rita, por primera vez en su vida, dijo que no. Con nunca se lo perdonó. La castigaba con papeles malos, con películas mediocres, con humillaciones públicas, pero al mismo tiempo no podía dejarla ir porque sabía que tenía entre manos a una estrella en construcción.
La rutina de Rita en los estudios Columbia es brutal. Llega a las 4:30 de la mañana, la sientan 2 horas en una silla de maquillaje, le pintan la cara, le delinean los ojos, le dibujan la boca, le pegan pestañas postizas. Una por una le retocan el nacimiento del pelo, le aplican una capa de polvo translúcido que tarda otra media hora en colocar.
Cuando Rita se mira al espejo, ya no se reconoce. Esa mujer que la mira de vuelta no es ella, es Rita Hayworth. Después la pasan a vestuario, le ajustan los trajes con alfileres, la aprietan con corsés, le calzan los zapatos de tacón, le revisan las uñas, le miden la cintura, las caderas, el pecho, toman notas, la pesan.
Si ha subido 1 kg, el dietista del estudio le diseña un nuevo régimen para la semana siguiente. Si la cara está hinchada, le aplican compresas de hielo durante 20 minutos antes de empezar a rodar. A las 7 de la mañana ya está en el plató hasta las 9 de la noche, a veces más tarde, cuando vuelve al departamento, está demasiado cansada para comer.
Se acuesta y al día siguiente, a las 4:30, todo vuelve a empezar. Edward Judson la espera en casa, cuenta el dinero, revisa los contratos, le dice qué fiestas tiene que aceptar y cuáles tiene que rechazar. Le dice con qué hombres tiene que hablar y con cuáles no debe ni siquiera cruzar la mirada.
Le dice qué decir, qué no decir, cómo sonreír, cómo callar. Rita obedece porque eso es lo único que le enseñaron a hacer. Y entonces, en 1941, todo cambia. Rita aparece en una película llamada Sangre y arena junto a Tyrone Power. La crítica enloquece, la cámara la adora. Sus ojos brillan en blanco y negro como si tuvieran luz propia.
Después llega Nunca te enriquecerás con Fred Aster Aster. El bailarín más legendario de la historia de Hollywood la elige a ella entre todas las actrices del estudio. Bailan juntos y se nota. Se nota que Rita Hayworth no aprendió a bailar la semana pasada. Se nota que esa mujer ha bailado toda la vida. Para muchos críticos, Rita Hayworth se convierte instantáneamente en la mejor pareja que Asty jamás tuvo en pantalla.
Mejor incluso que Ginger Rogers. Astyer mismo lo declararía años después. En 1941, la revista Live la pone en su portada. Una fotografía en blanco y negro en pijama de seda arrodillada sobre una cama. Esa imagen va a recorrer el mundo. Cuando Estados Unidos entra a la Segunda Guerra Mundial, la fotografía se reproduce en millones de copias.
Los soldados estadounidenses la pegan en las paredes de sus barracas, en las cabinas de sus aviones, en los flancos de sus tanques. Rita Hayworth se convierte en la pinup oficial de la guerra junto con Betty Grable. Pero Rita es la que tiene algo más, ese algo que no se puede nombrar, esa mezcla de inocencia y peligro.
Las cartas comienzan a llegar a su departamento. Miles de cartas, decenas de miles. Soldados que le escriben desde el frente, desde Europa, desde el Pacífico. Le mandan flores marchitas guardadas en sobres. Le mandan poemas, le mandan promesas de matrimonio. Algunos le escriben desde trincheras en Italia, otros desde portaaviones en Filipinas, otros desde hospitales militares en Inglaterra con manos vendadas dictándole las cartas a las enfermeras.
Le piden fotografías firmadas, le piden que les diga que los espera, le piden que les recuerde por qué están luchando. Rita las lee a veces y llora, pero no por las razones que ellos creen. Llora porque sabe que la mujer que esos soldados aman no existe, que esa mujer es una invención de Edward Judson, de Harry Con, de los maquilladores, de los publicistas, de los fotógrafos.
Esa mujer es un fantasma y ella debajo sigue siendo Margarita Cancino, la niña de Brooklyn, la niña que aprendió a sonreír sobre el escenario, aunque por dentro estuviera muerta. Pero las cartas siguen llegando y la fama también. Y muy pronto, Rita Hayworth dejará de pertenecerse a sí misma, porque la cima está cerca y la cima en Hollywood es siempre el principio del abismo.
1943, Rider Hayworth tiene 25 años, ya es una estrella, pero todavía no es una leyenda, todavía no es la diosa. Lo que va a transformarla en leyenda es un hombre. Y ese hombre se llama Orson Wells. Wells tiene 27 años, pero parece tener 50. Acaba de revolucionar el cine con Ciudadano Kane. Es un genio absoluto, gordo, magnético, megalómano, brillante.
Y un día viendo una revista ve la foto de Rita Hayworth y le dice a un amigo, “Voy a casarme con esa mujer sin haberla conocido. Tr meses después lo cumple. Se casan el 7 de septiembre de 1943 en un palacio de justicia de los Ángeles. La unión más improbable de Hollywood, la pinup y el genio. La mujer más deseada del mundo y el hombre que despreciaba a Hollywood.
Para Rita es la primera vez que se siente vista, no vista como cuerpo, no vista como producto, vista como persona. Wells le habla durante horas de Shakespeare, de política, de filosofía. le presta libros que ella nunca había leído. Le dice que es inteligente, que tiene una sensibilidad rara, que su manera de escuchar es lo más interesante de ella.
Wells, en privado hace algo más extraño todavía. Le enseña magia, es uno de sus pasatiempos secretos. Hace trucos de cartas, hace desaparecer monedas, lee la mente, irrita, fascinada, le acompaña como ayudante en algunos espectáculos privados. Hay fotografías de ella vestida con un traje de lentejuelas, dejando que Wells la corte con una sierra ilusoria.
Para Rita, esos meses son los más felices de su vida. Por primera vez alguien le pregunta qué piensa, qué siente, qué le da miedo. Por primera vez alguien la mira a los ojos en lugar de mirarle el escote por primera vez en su vida, Rita Hayworth llora de felicidad. Pero Wells es un hombre devorado por sus propios proyectos.
Apenas se casan, ya está pensando en la siguiente película. Apenas vuelve a casa, ya quiere irse. Apenas duerme con Rita, ya está pensando en otras mujeres. Es un hombre genial, sí, pero no es un hombre presente. En diciembre de 1944 nace su hija Rebeca. Rita la mira y promete una cosa, algo que se promete a sí misma con todas sus fuerzas.
Que su hija nunca va a vivir lo que ella vivió. Que su hija nunca va a tener un padre como el suyo. Que su hija va a tener una infancia normal con escuela, con amigas, con horarios. Mientras Rita sostiene a Rebeca recién nacida, Harry Con la espera en su despacho. Quiere lanzar la película más ambiciosa de su carrera, una película que la va a convertir en la mujer más famosa del planeta.
Esa película se llama Gilda. El rodaje empieza en septiembre de 1945. Con elige al director Charles Vidor. Le da a Rita un compañero de pantalla, el actor Glenn Ford, un hombre tímido, callado, con el que Rita se entiende inmediatamente. Demasiado bien, dirán algunos. Durante el rodaje, Rita y Glenn Ford pasan horas conversando entre toma y toma.
Hay rumores, hay miradas, hay un silencio cargado entre ellos que el director utiliza a propósito para las escenas más cargadas de tensión. Rita está casada con Wells, pero Wells está en otro estudio rodando otra película con otra mujer. Algunas noches, Rita vuelve sola al departamento. Mira la cuna de Rebeca dormida y piensa que su matrimonio se está disolviendo.
La película cuenta la historia de una mujer fatal en Buenos Aires. Una mujer que coquetea con todos los hombres. Una mujer que canta, baila, miente, engaña, una mujer peligrosa. Y entonces llega esa escena, esa que cambió el cine para siempre. Rita Hayworth aparece en un escenario vestida con un traje negro de raso ajustado al cuerpo sin tirantes.
Empieza a cantar Put the blame on mame. Se mueve con una sensualidad que las cámaras de la época apenas pueden capturar y entonces lentamente se quita un guante negro de seda, solo un guante. Y eso bastó. Eso bastó para que millones de hombres en todo el mundo se quedaran en silencio en las salas de cine, para que jóvenes oficiales europeos colgaran su póster en sus oficinas, para que escritores como Truman Capote escribieran páginas sobre ella, para que el mundo entero la nombrara, oficialmente la diosa del amor. Lo que
el público no sabe, lo que los críticos no entienden, es que esa escena no fue un acto de seducción, fue un acto de rebeldía. Rita Hayworth esa noche frente a la cámara no estaba ofreciendo su cuerpo, estaba diciéndole al mundo entero, “Mírenme, idiotas, esto es lo que ustedes quieren ver. Esto es lo que ustedes adoran y esto no soy yo.
” Pero el mundo no quiso entender ese mensaje. El mundo solo vio el guante. Guilda se estrena en marzo de 1946. Es un éxito planetario. Rita Hayworth ya no es una actriz, es un símbolo y entonces ocurre algo que va a destrozarla por dentro. El primero de julio de 1946, en el Atolón de Bikini, en el océano Pacífico, Estados Unidos prepara un test nuclear. Es la operación Crossroads.
Una bomba atómica va a ser lanzada para estudiar sus efectos sobre barcos militares. Los técnicos del ejército, antes de armar el dispositivo, deciden personalizarlo. Pintan el casco de la bomba con un dibujo. La cara de una mujer. Reita Hayworth. La idea les parece graciosa. Una broma militar, un homenaje a su pinup favorita.
Cuando Rita se entera, está en su camerino, le dicen que su foto está en la bomba más destructiva jamás creada por el ser humano. La bomba que ya había arrasado Hiroshima y Nagasaki 6 meses antes. Su reacción es inmediata. Se levanta, tira el espejo de mano contra la pared, tira los frascos de perfume, tira las flores, grita, llora, maldice.
Sus ayudantes se asustan, llaman a Orson Wells. Wells llega corriendo desde otro estudio, la encuentra sentada en el suelo del camerino, abrazándose las rodillas, repitiendo una sola frase. Mi cara en una bomba. Mi cara en una bomba. Algunos testimonios cuentan que rompió todo a su alrededor, que estuvo días sin hablar, que llamó a Orson Wells llorando.
Wells intentó protestar oficialmente. Dicen que llegó hasta el Pentágono. Dicen que pidió que retiraran su foto, pero la bomba ya había sido lanzada. Su rostro ya había desaparecido en el hongo nuclear y nadie podía borrar eso. A partir de ese día, Rita Hayworth nunca volvió a ser la misma. Ese momento la marcó para siempre.
Más adelante, en una entrevista privada diría que aquel día comprendió por fin lo que era Hollywood. Ey, lo que era ser una estrella, lo que era ser una mujer pública. No soy una persona dijo entre lágrimas. Soy un objeto que pasa de mano en mano hasta que ya no sirvo. Su matrimonio con Orson Wells se está deshaciendo. Wells desaparece durante semanas.
Cuando vuelve a casa hay otras mujeres, hay deudas, hay caos. En 1947, ruedan juntos su última película. La dama de Shanghai. Wells, toma una decisión brutal. Le corta el pelo a Rita, se lo tiñe de rubio platino, quiere borrar a la pelirroja, quiere borrar a Gilda, quiere que el mundo recuerde que esta mujer es suya.
El día en que la peluquera del estudio le corta el pelo a Rita, ella llora. Llora en silencio mientras los mechones cobrizos caen al suelo. Wells está allí observando, dirigiendo el corte como si fuera una escena de su película. La cabellera roja. Esa cabellera que la había convertido en leyenda, esa cabellera por la que Harry Kone había pagado fortunas en electrolisis y tinturas, cae mechón tras mechón.
Cuando termina, Rita se mira al espejo y sonríe levemente. Una sonrisa amarga. Otra vez murmura. Otra vez me cambian. Cuando Harry Cone ve la película montada, monta en cólera. Le ha pagado a Rita una fortuna por su cabello pelirrojo y Wells se lo ha cortado. La película fracasa, el matrimonio también.
Se divorcian en 1948. En el momento de firmar los papeles, Rita le dice a un amigo cercano una frase que se hará famosa. Los hombres se van a la cama con Guilda y se despiertan conmigo. Tres palabras y una sentencia. La historia de toda su vida. Pero lo que nadie sospechaba, ni siquiera ella, es que el peor capítulo de esta historia todavía no había empezado.
Y aquí es donde esta historia se vuelve verdaderamente peligrosa. Verano de 1948. Rita Hayworth se sube a un avión. No quiere ver a nadie. No quiere periodistas, no quiere fotógrafos, solo quiere desaparecer durante un tiempo. Aterriza en el sur de Francia, Kan, la Riviera, un palacio frente al mar. Allí la espera una invitación a una fiesta organizada por Elsa Maxwell, una periodista mundana que reúne a las celebridades de Europa.
Rita acepta sin saber que esa noche va a cambiar su vida para siempre. En la fiesta hay un hombre, tiene 37 años. Es delgado, moreno, con una sonrisa de seducción permanente. Es el príncipe Ali Khan, hijo del Aga Kan, tercero, heredero de una de las mayores fortunas del mundo islámico. Playboy internacional, conquistador profesional.
Cuando vea, se acerca lentamente, le dice una sola frase en voz baja. He esperado este momento toda mi vida. Rita ríe. Cree que es una de esas frases que los hombres ricos le dicen siempre. Pero esta noche, por primera vez desde Wells, Rita siente que vuelve a ser una mujer. No una imagen, no una pinup, una mujer de verdad.
Al Khan no la deja sola, la sigue por toda la riviera. Le manda flores a su hotel, le hace llegar joyas, le organiza fiestas en su yate, le presenta a duques, a estrellas, a multimillonarios. La invita a su mansión en Kan, a su castillo en Suiza, a su residencia en Irlanda. Le compra un caballo de carrera y se lo bautiza con su nombre.
Le organiza una caravana en el desierto marroquí con tiendas de seda, beduinos contratados, antorchas en la arena. Es un mundo de fantasía, un cuento de hadas para una niña de Brooklyn que nunca había salido de Estados Unidos. Rita se deja llevar. Después de Wells, después de la bomba atómica, después de Hollywood, este mundo parece otro planeta.
Aquí no hay productores, no hay contratos, no hay vigilancia, solo champaña, mar, risas. Y entonces, una noche en el yate del príncipe, frente a la costa de San Tropez, ocurre algo que la prensa de medio mundo va a poner en la primera plana. Rita Hayworth está embarazada de un príncipe y todavía no se ha divorciado oficialmente de Orson Wells. El escándalo es planetario.
La Iglesia Católica condena la unión. Los estudios Columbia se enfurecen. Harry Con la suspende del contrato, pero Rita ya no escucha. Rita está enamorada por primera vez en su vida. Se casan el 27 de mayo de 1949 en el Castillo del Príncipe en Bayauris, Francia. Es la boda más fotografiada de toda Europa.
Rita lleva un vestido azul claro, un sombrero blanco, un ramo de orquídeas. Se convierte oficialmente en princesa por primera vez en su vida cree que ha encontrado la felicidad. Pero Ali Khan no es Ali Khan en el matrimonio, es otro hombre, un hombre que no puede dejar de seducir a otras mujeres, un hombre que desaparece durante semanas, un hombre al que le importan más los caballos de carrera, las cenas con duquesas y los casinos que su esposa.
Rita vive en un palacio, pero está sola. tiene a su disposición sirvientes, cocineros, jardineros, secretarias, pero no tiene amigas, no tiene familia cerca. Sus suegros, los agachan, la observan con desprecio. La consideran una intrusa, una americana sin clase, una bailarina convertida en princesa por un capricho del heredero.
Las cartas que ella escribe a su madre en Brooklyn son devastadoras, algunas se conservan todavía. Le habla del frío de los castillos, del aburrimiento de las cenas oficiales, de los días enteros, sin escuchar una palabra cariñosa, le habla de las noches en las que Ali Khan no vuelve a dormir y nadie sabe dónde está. Mamá le escribe, “Creo que me equivoqué otra vez.
” En diciembre de 1949 nace su segunda hija. La llaman Yasmine, una niña con sangre americana, española, irlandesa y musulmana. Rita la sostiene en brazos en la maternidad de la en Suiza. La mira durante horas y se promete por segunda vez en su vida que esa niña no va a vivir lo que ella vivió. Pero Ali Khan no acude al hospital.
Está en Doville, en una carrera de caballos. Algunos testimonios cuentan que Rita lloró tres días seguidos y aquí, en la soledad de ese hospital suizo, mientras nadie la mira, Rita Hayward se dice a sí misma, una verdad que llevaba 30 años huyendo, una verdad que le había contado solo a una persona en toda su vida, una verdad que la había definido sin que ella supiera nombrarla, que su padre la había violado de niña, que el hombre que le había enseñado a bailar AR la había también destrozado, que durante años había buscado, sin saberlo, a hombres que se
le parecían, hombres dominantes, hombres ausentes, hombres que no la veían a ella, sino al objeto que ella podía representar, que se había casado con Edward Judson porque era 41 años mayor que ella, que se había refugiado en Wells porque era un padre genial que no podía estar presente, que se había entregado a Alan porque le ofrecía un trono, una identidad nueva, una huida, que toda su vida había sido un intento desesperado de sustituir al padre que la había roto y que ahora, en ese hospital suizo, sostenía a una niña recién nacida
que iba a heredar todo eso si ella no rompía la cadena. Esa noche, según testimonio íntimo recogido años después, Rita le hace una promesa silenciosa a Yasmí, una promesa que va a cumplir. Le promete que va a luchar, que va a salir del castillo, que va a alejarla de Alican, que va a llevarla a un lugar donde pueda crecer libre.
Promesa de madre rota, promesa de hija herida. Promesa de mujer que por primera vez se atreve a decir basta. Eat and Arcas. En esa habitación de hospital, en silencio, Rita Hayworth llora por primera vez por la niña que fue, por Margarita Cancino, por la niña a la que nadie protegió. Si esta historia te está impactando, dale like.
Ahora nos ayuda enormemente a seguir contando estas vidas olvidadas. Si esta historia te está afectando, no apartes la mirada. Lo que viene es todavía más doloroso. Al Khan vuelve dos semanas después del nacimiento. Trae regalos, trae sonrisas, trae promesas. Pero Rita ya sabe. El matrimonio se va apagando, las infidelidades se acumulan, las peleas también.
En 1951, Rita huye con la niña hasta Estados Unidos. La prensa europea la acusa de robar a la heredera. Feiron. Hay un juicio internacional, hay aviones privados. Hay abogados que cobran fortunas. Se divorcian en 1953. Rita ha pasado de ser princesa a ser madre soltera con dos hijas, una sin padre presente, otra sin padre interesado y una carrera que se ha estancado durante 5 años.
Vuelve a Hollywood, pero Hollywood ya no es la misma. Las espectadoras han cambiado. Marilyn Monroe está naciendo como nueva diosa. Audrey Hebburn está renovando el ideal femenino. Rita, con 35 años ya empieza a parecer mayor en una industria que adora la juventud. Harry Con la recibe con desprecio, le da papeles secundarios, la castiga por haberlo abandonado por Alicie Kan, la llama la princesa caída y entonces aparece Dick Hames.
Dick Hesante mediocre, un actor mediocre, un alcohólico, un hombre violento, un endeudado crónico, un manipulador profesional. Cuando conoce a Rita, ve un cheque en blanco. Se casan en septiembre de 1953. Las amigas de Rita le suplican que no lo haga. Su madre llora. Sus hermanas le ruegan, pero Rita no las escucha.
Está sola, está agotada. Necesita un hombre, cualquier hombre que la abrace. Dick Hes la golpea por primera vez tr meses después de la boda. La golpea en un hotel de Nueva York después de una pelea por dinero. Le rompe el labio. Rita llora, pero no llama a la policía. Al día siguiente, Dick Hames le manda flores, le pide perdón, le promete que nunca más.
le dice que la ama, que ella es su única salvación, que sin ella se va a morir y Rita le cree como han creído millones de mujeres maltratadas a lo largo de la historia, la golpea por segunda vez en un avión frente a otros pasajeros. La golpea por tercera vez en un restaurante de Hollywood frente a periodistas. Las fotos salen en los diarios.
La opinión pública la mira con lástima. Los estudios Colombia comienzan a alejarla. Las hijas de Rita lo presencian todo. Yasmín con 5 años ve como su madre llora en la cocina. Rebeca con 11 años escucha los gritos detrás de las puertas. Las dos niñas crecen sabiendo que el amor en su casa siempre es violento. Rita guarda silencio durante 2 años.
Solo en 1955 encuentra el coraje de divorciarse. Algunos testimonios cuentan que Dick Hames le robó cientos de miles de dólares antes del divorcio, que la dejó endeudada, que utilizó su nombre para obtener visas y créditos, pero Rita, una vez más no quiso hablar mal de un marido en público. A los 37 años, Rita Hayworth ya ha tenido cuatro maridos.
Ha tenido dos hijas. Ha sido princesa, ha sido diosa, ha sido peinup, ha sido reina, ha sido juguete. Y nada de eso le ha dado la única cosa que de verdad quería desde que tenía 12 años. Sentirse a salvo. A los 39 años, en 1958, Rita Hayworth se vuelve a casar. Es su quinto matrimonio y el último, su marido se llama James Hill, un productor de Hollywood inteligente, pero igualmente complicado.
Esta vez no hay flores, no hay champaña, no hay luna de miel en la riviera, hay cansancio, hay esperanza moderada, hay miedo. El matrimonio dura 3 años. 3 años de discusiones constantes, de proyectos cinematográficos fallidos, de noches en las que Rita bebe demasiado para dormir. Hay algo en Rita que está cambiando, algo que nadie entiende todavía.
empieza a olvidar cosas pequeñas al principio. Una cita olvidada, un nombre que no encuentra, una llave que pone en el refrigerador. Una tarde se sienta a desayunar y olvida cómo se usa una taza. La sostiene entre las manos durante un minuto entero. La mira como si fuera un objeto extraño. Después la deja sobre la mesa sin beber y se va.
Otra tarde se mira al espejo y no se reconoce. pregunta a la sirvienta quién es esa señora del espejo? La sirvienta se asusta, no sabe qué decir. Estos episodios no duran mucho, duran segundos, a veces minutos. Después, Rita vuelve en sí, se ríe, dice que está cansada, dice que es por el alcohol, dice que es por la edad, pero ella sabe que no es ninguna de esas cosas.
Ella siente en el fondo que algo dentro de su cabeza está fallando, algo grave, algo irreversible. En los rodajes le cuesta memorizar sus líneas. Antes era impecable. Una toma, dos como mucho. Ahora necesita 7, 8, 10. Las anota en cartelitos detrás de los muebles. Los directores se enojan. Los productores rumorean. Rita está bebiendo, dicen.
Rita, acepta esa explicación porque es más fácil que la otra, la otra que ella misma no puede nombrar. En 1961 se divorcia de James Hill. Vuelve a estar sola, ya tiene 42 años y Hollywood la ha empezado a olvidar. Sigue trabajando, sigue rodando películas, pero ya no son las películas de antes, son películas medianas.
mal financiadas que se estrenan en salas de segunda categoría. La crítica la trata con condescendencia. Le dicen que está envejeciendo bien. Le dicen que todavía conserva algo del esplendor de antes. Frases envenenadas, frases que en Hollywood significan estás acabada, pero los olvidos no son normales. Una tarde en su departamento en Beverly Hills, Rita olvida a sus dos hijas, olvida sus nombres durante varios minutos, mira a Yasmí y le pregunta quién es.
Yasmín se asusta. Tiene 15 años. cree que su madre está borracha, pero Rita no está borracha. Rita está aterrorizada. A partir de ese momento, los olvidos se multiplican. Se pierde en su propio barrio, se va a manejar y olvida cómo se vuelve a casa. Se sienta en restaurantes y olvida lo que iba a pedir. A veces, en medio de una conversación, se queda en silencio durante minutos enteros con la mirada perdida.

La prensa se da cuenta y la prensa en Hollywood es despiadada. Empiezan los titulares. Rita Hayworth, perdida en el aeropuerto. Rita Hayworth, embriagada en un avión transatlántico. Rita Hayworth, inestable en un rodaje. Cada titular es un puñal. Cada foto borrosa de una mujer cansada se publica como prueba de su decadencia.
La opinión pública, la condena. La señalan como ejemplo de la estrella alcohólica. La comparan con Judy Garland, con Marilyn, con todas las mujeres que el sistema ha destruido. Los paparazzi la persiguen. Se esconden detrás de los carros estacionados en su calle, la fotografían a través de las ventanas del restaurante, donde a veces va a almorzar sola.
La fotografían cuando sale del peluquero. La fotografían cuando llora en la banqueta de un parque sin saber dónde está. Y cada una de esas fotografías se vende a las revistas por miles de dólares. Las revistas inventan titulares: La caída de la diosa Rita Hayworth, irreconocible, de pinup a fantasma. Algunas publican fotos antiguas al lado de las nuevas, con flechas y comentarios crueles, como si estuvieran haciendo una autopsia anticipada de su rostro.
Los programas de televisión hacen chistes sobre ella, los comediantes la imitan tambaleándose, los presentadores hablan de esa actriz que era tan hermosa y mírenla ahora. Y el público se ríe porque no sabe, porque nadie le ha contado la verdad. Y Rita, que apenas bebe, no sabe cómo defenderse porque ella misma no entiende lo que le pasa.
Algunos testimonios cuentan que iba al supermercado y se quedaba 20 minutos delante de un estante porque no recordaba qué había venido a comprar, que olvidaba pagar, que olvidaba volver a casa, que se sentaba en bancos públicos durante horas esperando que alguien viniera a buscarla. Su hija Jasmine, que vive entre Suiza y Estados Unidos, no entiende qué le pasa a su madre cuando llama por teléfono.
A veces Rita le habla como si tuviera 10 años. A veces le habla como si fuera Margarita Cancino, la niña gitana de Brooklyn. A veces no le contesta. En 1972, Rita rueda su última película. Se llama The Wath of God. Tiene 53 años. Apenas puede memorizar tres líneas seguidas. El rodaje es una pesadilla. El director casi pierde la razón.
Tienen que filmar las escenas frase por frase, leyéndolas detrás de la cámara. Cuando termina, Rita le dice al director una sola frase con voz quebrada. Lo siento, lo siento mucho. Yo era buena antes. Lo era de verdad. Esa fue su última película. Después, durante años, vivió en silencio en su departamento de Manhattan, sin invitaciones, sin contratos, sin amigos.
Las visitas eran escasas. Sus antiguos amantes, los hombres que la habían adorado, los productores que se habían enriquecido con su nombre, ninguno aparecía. Algunos, según la prensa, decían que estaba demasiado deteriorada para visitarla. Otros decían que era doloroso verla así. La verdad es más sencilla.
Cuando una estrella deja de servir, el mundo la abandona siempre, sin excepción. Solo Yasmín la visita todas las semanas. Solo Yasmín le manda flores. Solo Yasmín le manda libros. Aunque Rita ya no los puede leer, solo Yasmín le pone discos antiguos, fotografías nuevas, esperando una chispa, y los rumores seguían que estaba alcoholizada, que estaba loca, que había acabado en la calle.
Lo único que la gente no sabía era que mientras los periódicos la juzgaban, mientras los productores la olvidaban, mientras los antiguos amantes presumían de ella en cenas de Beverly Hills, una enfermedad le estaba comiendo el cerebro lentamente, una enfermedad que en aquellos años casi nadie sabía diagnosticar, pero lo peor todavía no había llegado. Es el año 1980.
Rita Hayworth tiene 62 años. Vive en un departamento en el East Side Manhattan. Está sola, vacía, olvidada. Una tarde de verano, su hija Yasmí la encuentra desorientada en plena Quinta Avenida. Rita lleva una bata blanca y unas chinelas. Tiene los pies sucios, no sabe dónde vive. No sabe quién es Yasmín. Yasmín la lleva a su casa.
llora, decide que ya no puede más, decide buscar respuestas. La lleva a un neurólogo y el neurólogo, después de varias pruebas dice algo que va a cambiar la conversación pública mundial sobre una enfermedad que nadie nombraba todavía. Su madre tiene la enfermedad de Alzheimer. Yasmín no entiende. Hasta ese momento, en 1980, casi nadie en Estados Unidos había oído hablar de esa palabra.
Era un diagnóstico raro de manuales médicos, casi desconocido por el gran público. El neurólogo le explica que es una enfermedad que destruye el cerebro lentamente, que arranca los recuerdos uno por uno, que apaga la mente como se apaga una vela, que no tiene cura y le explica también algo todavía más doloroso.
Su madre lleva enferma probablemente desde hace 15 o 20 años. 15 o 20 años. Es decir, todos esos titulares de los periódicos, todas esas burlas, todos esos rumores de borracha caída, todos esos episodios públicos que la habían humillado durante dos décadas, nada de eso era alcoholismo. Era Alzheimer.
Yasmín sale del consultorio y vomita en la calle. Llama a su hermana Rebeca, llama a la familia, llama a los amigos. Llora durante días. Su madre no fue alcohólica. Su madre fue víctima de una enfermedad que el mundo entero confundió con vicio y nadie le pidió perdón. Nadie nunca. Yasmín toma una decisión que va a cambiar la historia de la medicina.
Decide hacer público el diagnóstico de su madre. Llama a los periodistas, concede entrevistas, va a la televisión. habla en el Congreso de Estados Unidos. Funda el Rita Hayworth Gala for Alzheimers Research, una organización benéfica que sigue funcionando hasta hoy. Por primera vez, una celebridad mundial pone cara y nombre a una enfermedad que millones de familias sufrían en silencio.
Por primera vez, los hospitales reciben fondos masivos para investigar el Alzheimer. Por primera vez, los médicos de Estados Unidos comienzan a reconocer los síntomas en pacientes ancianos. R. Heywarth, sin saberlo, sin entender lo que ocurría a su alrededor, se convierte en la cara mundial de la lucha contra el Alzheimer. Pero ella no comprende nada.
Sus últimos años son un descenso lento. Jasmine la cuida personalmente, le instala una enfermera permanente, le compra un departamento adaptado, le pone fotografías por todas las paredes para que recuerde quién es. Pero las fotografías ya no le sirven. Yasmín abandona su carrera para cuidarla. Vive a pocas cuadras del departamento de su madre. Va a verla todos los días.
Le habla, le canta, le pone música antigua, pone discos de flamenco para ver si algún recuerdo profundo, alguna emoción de la infancia vuelve por unos segundos. Algunas veces funciona. Algunas veces, al escuchar las castañuelas españolas, Rita aplaude levemente y sonríe como si por unos segundos volviera a ser Margarita Cancino, la niña gitana de Brooklyn que bailaba con su padre.
Pero no es alegría, es solo un reflejo, un eco. Otras veces Rita se vuelve violenta, grita, pega a las enfermeras, tira los platos contra las paredes. Yasmín lo entiende. Sabe que no es su madre, sabe que es la enfermedad, pero le duele igual. Algunos testimonios cuentan que Rita pasaba horas mirando las fotos de Guilda sin reconocer a la mujer del traje negro, que cuando le ponían sus películas en la televisión, ella aplaudía como si fuera una espectadora cualquiera, como si esa pelirroja brillante en la pantalla fuera
una desconocida lejana. A finales de 1986, Rita ya no habla. A principios de 1987, Rita ya no come por sí misma. El 14 de mayo de 1987, Rita Hayworth muere en su departamento de Nueva York. Tiene 68 años. Jasmine está a su lado. Le sostiene la mano, le canta una canción flamenca que su abuelo Eduardo le había enseñado irónicamente hace décadas.
Sus últimas horas son tranquilas, no hay dolor, no hay angustia, solo silencio. Y entonces, según testimonio íntimo de Yasmín, ocurre algo extraño, un detalle pequeño, casi cinematográfico. A las pocas horas de morir, alguien sintoniza la televisión en la habitación y por una de esas casualidades increíbles, una de las cadenas estaba pasando Hilda, justo esa escena, la del guante negro.
La de Put the Blame on Mame. Yasmín lo mira. Está temblando. Su madre acaba de morir y allí en la pantalla su madre está bailando otra vez. Joven, brillante, eterna. Yasmín apaga la televisión y susurra una frase que después contaría a la prensa. Por fin descansa. El funeral es íntimo, pequeño. No hay millones de fans en la puerta. No hay alfombras rojas.
No hay paparatzi histéricos, solo familia, amigos cercanos y una placa de mármol que lleva su nombre real grabado junto al artístico Margarita Carmen Cancino, Rita Hayworth, las dos mujeres juntas por primera vez y para siempre. Pero la historia no termina ahí. Cuando Rita Hayworth muere en 1987, los periódicos de medio mundo le dedican primeras planas, pero ya no son los titulares humillantes de los años 70.
Son obituarios respetuosos, llenos de admiración, llenos de culpa también, porque por primera vez la prensa entiende lo que le hicieron pasar a esa mujer. Por primera vez le piden perdón en silencio en sus líneas. Su hija Yasm sigue trabajando. Recauda millones de dólares para la investigación contra el Alzheimer.
Da conferencias en universidades, en hospitales, en gobiernos. Cuenta la historia de su madre una y otra vez. No para vengarse, no para escandalizar, solo para que ningún otro paciente en el mundo sea jamás llamado borracho cuando en realidad está enfermo. Hoy, casi 40 años después, esa fundación sigue siendo una de las más importantes en la lucha contra esta enfermedad.
La fundación financia laboratorios. Financia equipos de neurología en universidades pequeñas que de otro modo no podrían investigar. Paga residencias para investigadores jóvenes. Imprime folletos en español, en inglés, en francés, para que las familias que viven con un enfermo de Alzheimer entiendan lo que les está pasando.
Folletos que se distribuyen en clínicas de barrio, en consultorios de pueblo, en hospitales públicos donde antes nadie hablaba de esta enfermedad. Cada año en Nueva York se organiza una gala, la llaman la Rita Heyworth Gala. Asisten estrellas de Hollywood, magnates de Wall Street, políticos, médicos. Se recaudan millones en una sola noche.
Yasmín sube al escenario, cuenta la historia de su madre, habla del estigma, habla del silencio, habla de los años perdidos en los que su madre fue confundida con una borracha. Y el público escucha en silencio, sabiendo que detrás de cada uno de ellos hay alguien, una abuela, un padre, un tío, que probablemente vivirá lo mismo.
La imagen de Rita Hayworth, mientras tanto, sigue recorriendo el mundo. La pelirroja del guante negro aparece en posters, en tatuajes, en graffitis, en pinturas. aparece en una de las películas más famosas de la historia, Sueños de fuga, donde el cartel de Hilda oculta el túnel de escape del protagonista, como si Rita, incluso después de muerta, ayudara a los hombres a liberarse de sus prisiones.
Madona se vistió como ella. Lana del rey la cita constantemente. Pedro Almodóbar le rinde homenajes en sus películas. Generaciones enteras de actrices la mencionan como inspiración. La diosa del amor sigue caminando por el imaginario colectivo con su sonrisa perfecta y su tristeza secreta.
Pero quizás lo más importante de su legado no sea el cine, no sean las películas, no sea Hilda. Quizás lo más importante sea esa fundación que su hija Yasmín levantó en su nombre. Esa fundación que ha cambiado la vida de millones de personas que sufren Alzheimer en todo el mundo. Porque Rita Hayworth, la mujer que durante toda su vida fue mirada y nunca vista, terminó dándole al mundo algo que ningún hombre le pudo robar.
Una causa, un sentido, una luz para los que vienen después. Hoy en hospitales de Argentina, de México, de Colombia, de España, de Estados Unidos, hay médicos que diagnostican el Alzheimer en sus etapas tempranas gracias a la investigación que la fundación de Rita Hayworth hizo posible. Hay familias que ya no se sienten solas.
Hay pacientes a los que ya no se les llama borrachos cuando se pierden. Es la victoria póstuma de una mujer que en vida nunca pudo ganar. Pero detrás del icono, lo que perdura ahora ya no es la imagen. Lo que perdura es la verdad. La verdad de una niña que nunca fue protegida. La verdad de una mujer que nunca fue creída, la verdad de una estrella que durante décadas fue tratada como objeto, como mercancía, como diosa cuando convenía y como caída cuando ya no servía.
Si miramos su historia con los ojos de hoy, en una época en la que las mujeres por fin se atreven a hablar, Rita Hayworth aparece como una de las grandes víctimas silenciosas del siglo XX. Una víctima de su padre, una víctima de sus maridos. una víctima de la prensa, una víctima de un sistema que la convirtió en imagen y luego no quiso ocuparse de la persona que había detrás.
Y nos deja a nosotros una pregunta, una pregunta que se queda flotando incluso después de apagar el video. ¿Cuántas mujeres más en este mismo momento están sonriendo en cámara mientras se rompen por dentro? ¿Cuántas niñas siguen siendo silenciadas por padres a los que nadie cuestiona? ¿Cuántas enfermedades silenciosas se siguen confundiendo con vicios para no asumir la verdad? Rita Hworth no contestó a esas preguntas, no pudo.
No le dieron tiempo, no le dieron voz, pero su historia contada en voz alta todavía las hace resonar. Y quizás esa sea la única justicia posible, que su nombre, ese que le robaron a los 12 años, ese que nunca volvió a recuperar del todo, vuelva a ser pronunciado con respeto. Margarita Cancino, la niña gitana de Brooklyn que se convirtió en la mujer más deseada del mundo y que lo dio absolutamente todo a cambio de absolutamente nada.
En la próxima historia te voy a contar la vida de otra estrella mundial, otro mito olvidado, otra mujer cuya verdadera historia todavía nadie se atreve a contar entera. Una mujer que parecía tenerlo todo y que también guardaba un secreto devastador. Suscríbete y activa la campanita para no perderte la próxima historia.
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