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Rita Hayworth: Todos Pensaban que Estaba Borracha… y la Verdad Era Peor

Los dos viven del baile, de los teatros, de la noche. La pequeña Margarita aprende a caminar entre bambalinas. Antes de hablar bien, ya escucha el ruido de las castañuelas. Antes de leer, ya conoce los pasos del fandango. Su mundo no es el de los demás niños. Es un mundo de espejos, de tacones que retumban contra el suelo, de aplausos lejanos.

Eduardo Cancino tiene una idea fija, una obsesión. Quiere ser el bailarín más famoso de América. Quiere su propio espectáculo, su propia compañía, su propia leyenda. Y para eso necesita una compañera de baile perfecta, alguien joven, hermosa, dócil, alguien que le obedezca sin discutir. Cuando Margarita cumple 12 años, su padre toma una decisión.

Una decisión que va a destruir a su hija para siempre. La saca de la escuela. Tú no vas a seguir estudiando, le dice. Tú vas a bailar conmigo. Margarita no entiende. Le gusta la escuela, tiene amigas, quiere ser maestra. Pero su padre no le pregunta qué quiere ella. Su padre no le pregunta nada.

Eduardo Cancino le compra vestidos ajustados, le pinta los labios de rojo, le enseña a sonreír de esa manera ambigua que enloquece a los hombres y le dice que ya no es una niña, que a partir de ahora es su pareja. su pareja de baile, forman un dúo, lo llaman The Dancing Caninos, padre e hija, pero en los carteles, en los anuncios, eso no aparece porque no conviene, porque hay leyes en Estados Unidos que prohíben que una menor de edad trabaje por las noches en clubes nocturnos.

Entonces, Eduardo Cancino se inventa una solución terrible. lleva a su hija a México, donde las leyes son más laxas. Y allí, en los casinos de Tijuana, en los hoteles de agua caliente, en los clubes nocturnos, al borde de la frontera, presenta a Margarita como su esposa. Sí, su esposa. Una niña de 12 años bailando con su padre, mientras los hombres en las mesas la miran como si fuera una mujer adulta.

Las noches son interminables. Las funciones empiezan a las 10 y terminan a las 4 de la madrugada. Margarita baila tres pases. Cambia de vestuario en camerinos donde no hay puerta. Come en cocinas húmedas, entre meseseros borrachos. Duerme en hoteles baratos donde el padre paga al recepcionista para que no haga preguntas y al día siguiente todo vuelve a empezar.

otra ciudad, otro hotel, otro cabaret. En esos años, Margarita pierde algo que nunca va a recuperar. Pierde su infancia, pierde la posibilidad de ir a la escuela, pierde la posibilidad de tener amigas, primeros novios, secretos de adolescente, fiestas de cumpleaños, pierde todo lo que para una niña normal sería simplemente la vida.

Algunos testimonios cuentan que ella estaba aterrorizada, que se escondía en los camerinos antes de salir al escenario, que vomitaba en silencio para que su padre no la viera y que cuando llegaba la noche, después del último pase, ya no podía dormir. Pero esto es solo el principio. Lo peor no se sabría hasta muchos años después.

Lo peor lo guardaría Rita en silencio durante décadas. Eduardo Cancino tiene además otra costumbre que nadie cuestiona. Margarita debe vivir con su padre cuando viajan. Misma habitación, misma vida. En número costo, número costo. Su madre, Volga se queda en casa con los hermanos pequeños. La niña está sola con él durante meses, en hoteles, en noches sin vigilancia.

No vamos a mostrar lo que ocurría detrás de esas puertas cerradas. No es necesario. Pero Rita Hayworth, ya adulta, lo confesaría décadas más tarde en susurros a personas muy cercanas. Confesaría que su padre la usó, que su padre la rompió y que jamás se atrevió a contarlo en voz alta. Porque en aquella época una niña que decía algo así no era creída por nadie.

Mientras tanto, sobre el escenario, Margarita sonreía. Sonreía como le habían enseñado a sonreír. Una noche, en el casino de agua caliente en 1934, alguien la observa desde una mesa del fondo. Es Winfield Sheihan, el jefe de los estudios Fox de Hollywood. Mira a esa adolescente que baila como una mujer madura.

Mira esos ojos enormes, ese pelo negro ache, esa cintura imposible y toma una decisión. Esta chica tiene que estar en mi próxima película. Margarita tiene 15 años. Eduardo Cancino acepta el contrato sin pensarlo, porque Eduardo Cancino siempre dice que sí cuando aparece dinero. Ese contrato es modesto, $ por semana.

Pero para una familia de bailarines de cabaret es una fortuna. Eduardo lo firma sin leer y ese mismo mes, Margarita es trasladada a Hollywood. La instalan departamento pequeño con su madre y sus dos hermanos. Por primera vez en años no comparte habitación con su padre. Por primera vez duerme sola. Por primera vez piensa que tal vez puede tener una vida propia.

Lo que Margarita no sabe todavía mientras firma su primer contrato con Fox es que está pasando de un infierno a otro. está saliendo de las manos de su padre solo para caer en las manos de Hollywood. Y Hollywood en los años 30 no es un refugio, es otra jaula. Pero esa noche, cuando vuelve al hotel, mira las luces parpadeantes del casino y siente algo que no había sentido nunca, una pequeña esperanza.

Quizás, piensa, quizás algún día pueda escapar, quizás algún día pueda ser libre. Esa esperanza le va a costar muy cara porque la niña que entra a Hollywood en 1934 no sabe que está a punto de desaparecer para siempre, que el nombre Margarita Cancino va a ser borrado del mapa, que su pelo va a ser arrancado mechón por mechón con una máquina eléctrica, que su línea de cabello va a ser modificada quirúrgicamente, que su acento va a ser silenciado, su origen ocultado, su identidad enterrada y todo para crear a una mujer. nueva, una mujer fabricada,

una diosa. Antes de seguir queremos hacerte una pregunta sencilla. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Hollywood, 1935. Margarita Cancino tiene 17 años. Acaba de firmar con los estudios Fox. Le dan papeles pequeños casi siempre como la chica latina exótica.

La encasillan, la etiquetan, le dan apellidos como Carmen, Lola o Conchita. Hace siete películas en dos años. Siete, pero nadie recuerda su nombre. Aparece como mexicana en Dantes Inferno, como egipcia en Charlie Chan en Egipto, como Argentina, como cubana, como brasileña. La estudios la mandan a clases de inglés para que pierda el acento.

La mandan a clases de equitación, de tenis, de etiqueta. La cambian de peluquería todas las semanas, pero ningún papel le funciona. El público no la reconoce, los productores la confunden con otras actrices del estudio. Las revistas la llaman La joven Cancino, sin saber muy bien qué hacer con ella. Un día, sin previo aviso, Fox decide no renovarle el contrato.

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