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Reina Nazli: Del Trono de Egipto a Morir Olvidada en Los Ángeles

Una joven que hace preguntas incómodas. Una joven que se niega a aceptar respuestas fáciles y entonces llega la tragedia que lo cambia todo. El 24 de octubre de 1915, su madre Taufica muere. Nasle tiene 21 años. La pérdida es devastadora. Su padre, destruido por el dolor, toma una decisión inusual para la época.

envía a Nasle y a su hermana menor Eminá, que tiene apenas 7 años, aún internado en París, 2 años en la ciudad luz, 2 años respirando un aire completamente diferente. En París, Nasle descubre lo que significa ser una mujer libre. Camina por los bulevares, asiste al teatro, lee a los filósofos franceses, ve mujeres que trabajan, que opinan, que deciden sobre sus propias vidas y algo se enciende dentro de ella.

Una llama que ningún palacio, ningún sultán, ningún hijo autoritario logrará apagar jamás. Hay algo que pocos saben sobre la infancia de Nasley, algo que explica mucho de lo que vino después. En la casa de los Sabri, en el Cairo de principios de siglo, las conversaciones en la mesa no eran sobre vestidos o recetas de cocina, eran sobre política, sobre el futuro de Egipto, sobre la ocupación británica.

El abuelo de Nasley había sido cuatro veces primer ministro. Su padre movía las palancas del poder agrícola del país. En esa casa, Nasle aprendió desde pequeña que el poder no es algo que se hereda pasivamente, es algo que se conquista, se defiende y si es necesario se arranca con las manos. Su padre, Abdel Rahim Sabripachá, no era un hombre convencional.

En una época donde la educación femenina se consideraba innecesaria o incluso peligrosa, él insistió en que sus hijas recibieran la misma formación. que cualquier varón de la aristocracia. ¿Por qué? Nunca lo sabremos con certeza. Quizás fue la influencia de su suegro, el progresista Sheriff Pachá. Quizás fue su propia visión de un Egipto moderno.

Lo que sí sabemos es que esa decisión, educar a Nasle como a una igual, fue el primer acto de una cadena de eventos que terminaría en tragedia. Porque cuando educas a una mujer para pensar por sí misma y después la encierras en una jaula, estás creando una bomba de tiempo. En el Liceo de la Madre de Dios, Nasley no solo aprende francés y matemáticas, aprende a argumentar, a debatir, a cuestionar la autoridad.

Las monjas francesas que dirigen la escuela le inculcan un sentido de justicia y dignidad que contrasta violentamente con las tradiciones del aren otomano que todavía dominan la alta sociedad egipcia. Es una educación que la prepara para un mundo que todavía no existe en Egipto, un mundo donde las mujeres tienen voz.

En el colegio Notredam de Sion en Alejandría, Nasle florece aún más. Lee a Molier, descubre a Víctor Hugo. Se fascina con la historia de Juana de Arco, otra mujer que desafió a los hombres de su tiempo y pagó con su vida. Se identificó Nasle con ella. Es difícil saberlo, pero hay algo poético en el hecho de que ambas terminaron siendo destruidas por los mismos hombres que alguna vez las necesitaron.

y los dos años en París, entre 1915 y 1917, mientras Europa se desangra en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, son los años que definen a Natley para siempre. Mientras los soldados mueren en Verdun y en el some, una joven egipcia camina por las calles de un París oscurecido por la guerra, pero todavía vivo, todavía libre.

Ve a mujeres manejando tranías porque los hombres están en el frente. Ve a mujeres trabajando en fábricas de municiones. Ve a mujeres tomando decisiones que antes estaban reservadas exclusivamente para los hombres y algo se remueve dentro de ella, una comprensión profunda de que el orden establecido no es inevitable, de que las cosas pueden cambiar, de que las jaulas pueden abrirse, pero cuando regresa a Egipto, la jaula está esperando.

¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. Su familia la obliga a casarse con su primo turco Jalil Sabri. No hay elección, no hay consulta, solo una orden y una boda. El matrimonio es un desastre desde el primer día. 11 meses de incompatibilidad total. 11 meses que terminan en divorcio.

Algo escandaloso para la sociedad egipcia de la época. Pero a Nasle no le importa el escándalo. Prefiere la vergüenza pública a una vida de mentiras privadas. Después del divorcio, Nasle se enamora de verdad por primera vez. El hombre se llama Said Saglou, sobrino del gran líder nacionalista Saad Saglou, el padre de la independencia egipcia.

Saed es joven, apasionado, comprometido con la causa nacional. Están a punto de comprometerse cuando la revolución de 1919 estalla como un volcán. Las calles de Egipto arden, los británicos reprimen con brutalidad y Said, bajo presión política, huye del país precipitadamente. Otro amor que se esfuma, otra puerta que se cierra en la cara de Nasley y justo cuando parece que el destino le ha cerrado todas las puertas, se abre una que lo cambiará todo.

Una puerta que parece dorada, pero que esconde una jaula. Una noche en la ópera del Cairo, Nasle siente una mirada. No es una mirada casual, es una mirada pesada, insistente, que no viene del escenario, sino de un palco privado. El hombre que la observa es el sultán Foad. tiene 51 años, un rostro severo, ojos calculadores.

Ya estuvo casado antes con la princesa Shivaar, nieta de Ibrahim Pachá, un matrimonio que terminó en escándalo y divorcio en 1898. Desde entonces, 20 años solo, 20 años sin heredero varón. Y esa obsesión, un hijo, un heredero, es lo único que impulsa su búsqueda. La noche de la ópera merece ser contada con más detalle, porque ese momento, el instante en que los ojos del sultán Fuad se posaron sobre Nasle, es el momento que dividió su vida en dos, un antes y un después, un antes de libertad y un después de encierro. La ópera de El

Cairo, inaugurada en 1869 por el Jedibe Ismaí para celebrar la apertura del canal de Su era el escenario donde la élite egipcia se mostraba al mundo. Esa noche Nasle lleva un vestido europeo. Su cabello está peinado al estilo parisino. Habla en francés con sus acompañantes. Ríe con libertad.

No lleva velo, no baja la mirada. Es en todos los sentidos una mujer moderna atrapada en un país que no lo es. Fuad la observa desde su palco. Un hombre de 51 años con una cicatriz en la garganta, resultado de un intento de asesinato años atrás que le dejó la voz permanentemente ronca. Casi un silvido. Un hombre que lleva 20 años buscando una nueva esposa después de su escandaloso divorcio de la princesa Shibakiar.

20 años sin heredero varón. Y para un monarca, no tener heredero no es un problema personal, es una crisis de estado. Fad no ve en Nasle una compañera, ve una solución a su problema dinástico, joven, sana, de familia poderosa, educada. Sí, pero eso se puede controlar o eso cree él. La propuesta llega con la sutileza de un decreto real.

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