Aquí viene lo primero que te prometí. Hubo resistencia. Cuando se propuso llevar a Capilla a Londres, algunos dentro del sistema deportivo mexicano cuestionaron la selección. Tenía 19 años. [música] No tenía experiencia internacional. Era un muchacho del Deportivo Chapultepec que nunca había competido fuera de [música] México.
Y Londres, 1948 era los primeros Juegos Olímpicos después de la Segunda Guerra [música] Mundial. Los primeros en 12 años con toda la simbología que eso implicaba. No parecía el escenario ideal para apostarle a un debutante, pero Capilla fue y Capilla ganó el bronce en la plataforma de 10 m. Piensa en lo que significa eso.
19 años, primera competencia internacional de su vida. primera vez en unos Juegos [música] Olímpicos y se va a casa con medalla, con la primera medalla olímpica en clavados de la historia de México. El muchacho que sus electores cuestionaban regresó a la Ciudad de México siendo la primera medalla olímpica en clavados que el país había conocido jamás.
[música] Lo que ese regreso significó para Joaquín Capilla en términos de reconocimiento público fue el primer encuentro de su vida con algo que no estaba preparado para manejar, la fama. No la fama pequeña de un atleta local que todos conocen en su colonia, la fama nacional. El muchacho de 19 años que había puesto a México en el podio olímpico en una ciudad extranjera era de repente un nombre que la gente reconocía en la calle. Escucha esto.
En el México de finales de los 40, el deporte era uno de los pocos espacios donde el país podía construir orgullo colectivo en el escenario internacional no había todavía los medios masivos que después definirían la cultura popular. El cine nacional estaba en su época de oro, sí, pero el deporte olímpico tenía una dimensión distinta, casi sagrada, porque representaba México compitiendo en igualdad de condiciones con los países más poderosos del mundo.
Y Joaquín Capilla, en ese contexto no era solo un atleta, era una bandera. Grábate este dato. En 1948, en el México que recibió de vuelta en capilla con su bronce, los cuatro grandes del deporte nacional eran el clavadista Joaquín Capilla, el jinete Humberto Mariles, el beisbolista Beto Ávila y el boxeador Raúl Ratón Macías.
El mismo Capilla lo recordó así en 2009 con una mezcla de orgullo y melancolía que solo da el tiempo. Éramos los cuatro ases del deporte, cuatro hombres que representaban lo mejor que México podía ofrecer al mundo en su disciplina. y Capilla con 19 años y una medalla de bronce ya formaba parte de ese grupo.
Pero el bronce no era suficiente para lo que Capilla quería hacer [música] y lo siguiente en su agenda era Gelsinki 1952. En los Juegos Panamericanos de Buenos Aires 1951, el año antes de Helsinki, Capilla llegó como la figura central del equipo mexicano de Clavados. Ganó el oro en trampolín de 3 m.
ganó el oro en plataforma de 10 m, dos oros panamericanos en una sola edición y regresó a México no como una promesa que había confirmado su potencial, [música] sino como el mejor clavadista del hemisferio occidental en ese momento. Helsinki, 1952, fue diferente a Londres. No era el debut emocionante del muchacho novato que nadie esperaba que ganara.
Era Joaquín Capilla llegando a los juegos como uno de los favoritos, como el hombre al que los demás seguían en los entrenamientos previos para ver qué estaba haciendo y eso trajo una presión que Londres no había tenido. En los días previos a la prueba de trampolín de 3 m en Helsinki, Capilla se lesionó la mano izquierda.
No fue un accidente dramático. Fue el tipo de lesión que ocurre en los entrenamientos cuando el cuerpo está bajo tensión y el nivel de exigencia es máximo. Y a pesar de la lesión, a pesar del dolor, [música] compitió en trampolín. Quedó cuarto. Fue el mejor resultado posible en esas condiciones. Después llegó la plataforma de 10 m y Capilla se enfrentó al estadounidense Samuel Lee en lo que las fuentes describen como un mano a mano de los que definen [música] épocas.
LED terminó primero con 156,28 puntos. Capilla terminó segundo con 145,21 puntos. La Plata a poco más de 11 puntos de Lee, el primer mexicano en ganar medallas en más de una edición olímpica. Eso es lo que Helsinki le dio a Joaquín Capilla, además de la plata. Un récord de constancia que en 1952 nadie más en la historia del deporte mexicano tenía.
Y en Helsinki también fue algo más. Fue el abanderado de la delegación [música] mexicana, el atleta seleccionado para llevar la bandera de su país en el desfile inaugural de los Juegos Olímpicos. Es el honor más alto que un Comité Olímpico Nacional puede darle a uno de sus atletas. Y se lo dieron a Capilla con 23 años con dos medallas olímpicas en su vitrina como reconocimiento de que era la mejor representación de lo que el deporte mexicano era capaz de ser.
Piensa en la imagen. Un muchacho de 23 años, hijo de un padre que le pagaba tostones por saltar desde más alto, marchando al frente de la delegación mexicana Angelsinki con la bandera de su país en las manos. Esa imagen tiene todo el peso simbólico de lo que el deporte puede ofrecer a una nación que necesita héroes.
Pero lo mejor estaba por llegar y llegó en Melbourne en 1956. Escucha esto con atención porque es el momento más importante de la carrera de Joaquín Capilla y merece el espacio que le corresponde. Melbourne, 1956, los 16os Juegos Olímpicos de la era moderna. Capilla tenía 27 años y llegaba a Australia como el clavadista [música] con más experiencia olímpica de su generación no estadounidense.
Había sido bronce en Londres, plata en Helsinki. Faltaba el oro y el único país que se interponía entre capilla y ese oro era el mismo que se había interpuesto siempre, Estados Unidos. Los estadounidenses habían dominado los clavados olímpicos durante décadas. Era su disciplina, su territorio, su monopolio casi absoluto sobre los podios.
En los 45 [música] años de historia olímpica moderna que precedían a Melbourne, ningún no estadounidense había ganado el oro en clavados de plataforma. Ninguno. La noche de la final de plataforma de 10 m en Melbourne, Capilla competía contra el estadounidense Gary Tobian y en la última ronda de la final, Tobian llevaba la ventaja.
Capilla necesitaba ejecutar el mejor clavado de su vida en el último intento de la competencia para ganar. Lo ejecutó. La puntuación de los jueces fue [música] suficiente. Gary Tobian había mantenido la delantera durante casi toda la [música] competencia y en el último clavado, en el momento donde toda la presión se concentra en un segundo y medio de vuelo desde 10 m de altura, Joaquín Capilla Pérez hizo lo que le había enseñado a nacer la plataforma del balneario Olímpico de la Calzada Zaragoza 20 años antes.
voló y aterrizó en el agua con la precisión suficiente para que los jueces levantaran las tarjetas que lo convirtieron en campeón olímpico. [música] El primer mexicano en vencer a los estadounidenses enclavados de plataforma en la historia de los Juegos Olímpicos. El primer mexicano en ganar el oro en esa disciplina. El primer no estadounidense en hacerlo en 45 años de historia olímpica en los clavados de plataforma.
Años después, Capilla recordó ese momento con las palabras de alguien que no ha olvidado ni el sonido ni el tacto de ese instante. Es una cosa preciosa cuando después de que te anuncian oficialmente que eres campeón olímpico, era el primer mexicano que después de 45 años le ganaba Estados Unidos. Nadie les había ganado a Estados Unidos.
Me volteo para que anuncien al segundo lugar y me seguían aplaudiendo. Y me seguían aplaudiendo. Me aplaudían como australiano. Era una cosa preciosa. Me aplaudían como australiano. Esa frase es todo. El público de Melbourne, que no tenía ninguna razón sentimental para aplaudir a un mexicano sobre un estadounidense, lo aplaudía como si fuera uno de los suyos, porque lo que habían visto no tenía nacionalidad, era solo excelencia.
En esos mismos juegos de Melbourne, Capilla también ganó el bronce [música] en trampolín de 3 m. Cuatro medallas olímpicas en tres ediciones distintas, un bronce, una plata, un oro y otro bronce. Nadie en la historia del deporte mexicano lo ha igualado hasta hoy. Grábate esto. Cuando Joaquín Capilla regresó de Melbourne a la Ciudad de México, el presidente Adolfo Ruiz Cortínez lo recibió personalmente con honores de estado.
El periódico La [música] afición, que era en ese momento uno de los más importantes del deporte mexicano, abrió una campaña para recolectar obsequios para el campeón olímpico entre el público. Los primeros regalos que llegaron fueron dos relojes de oro y una consola Filco de alta fidelidad. México estaba celebrando a su héroe con la intensidad que solo se reserva para los momentos donde el país siente que ha ganado algo que trasciende el deporte.
Y en ese momento de máxima gloria, de aplausos del público australiano, de recepción presidencial, de campaña de obsequios en los periódicos, empezó el problema. Aquí viene la segunda revelación que te prometí. El mismo capilla lo explicó con una claridad que duele leer décadas después de que todo pasó.
Dijo, “La verdad me deslumbré porque no estaba preparado para el mundo irreal de la gloria. No estaba maduro. Me volví altivo, soberbio, egocéntrico. Nada me merecía. Empecé a ser rechazado y entonces me dio por beber. Esas palabras son las de alguien que ha procesado honestamente lo que le pasó. No son las palabras de alguien que busca excusas o que culpa el sistema de sus decisiones.
Son las palabras de un hombre que se miró en el espejo con toda la brutalidad que se necesita para ver lo que no quieres ver de ti mismo. Pero piensa en el contexto que esas palabras describen. Tienes 27 años. Acabas de hacer la cosa más difícil que has hecho en tu vida. La más difícil que cualquier clavadista mexicano ha hecho hasta ese momento.
Y el mundo te dice que eres un ejemplo para la juventud, que eres el orgullo de la nación, que eres el máximo y nadie, absolutamente nadie dentro del sistema deportivo mexicano de los años 50 te dice lo que viene después. Nadie te prepara para el silencio que sigue a los aplausos. Nadie te habla sobre la identidad que construiste encima del trampolín y sobre qué queda de ti cuando el trampolín ya no [música] está.
El mismo Capilla lo dijo con esa crudeza que solo da la honestidad tardía. Sin embargo, nunca se me acercó a mí alguien que me previniera, que me hiciera ver que igual debía de prepararme para enfrentarme a la vida en cuanto terminase mi carrera deportiva. Y me pasó lo que a muchos cuando llegan de novatos a campeones y la fama los envuelve se pierden.
Grábate esas palabras porque son el diagnóstico más preciso y más doloroso del sistema deportivo mexicano de mediados del siglo XX y de muchos sistemas deportivos de cualquier siglo y cualquier país. El sistema te construye hacia arriba, te da los entrenadores, te da los torneos, te da las competencias, te da el viaje a los juegos y cuando llegas al oro, el sistema celebra el resultado.
Pero el sistema no tiene ningún protocolo para el momento en que el atleta tiene que bajar del podio y seguir siendo una persona. Capilla siguió compitiendo después de Melbourne. En Roma 1960 estuvo en sus cuartos y últimos Juegos Olímpicos, pero su nivel ya no era el de Melbourne. La edad y el inicio del problema con el alcohol empezaban a cobrar su primera factura.
No llegó al podio en Roma. Después del retiro competitivo, intentó mantenerse en el deporte haciendo lo que muchos atletas retirados intentan. Exhibiciones. Durante casi una década, Capilla viajó a Estados Unidos a hacer exhibiciones de clavados. Era una manera de seguir conectado a lo único que sabía hacer, de seguir generando ingresos, de seguir siendo Joaquín Capilla el clavadista, en lugar de ser simplemente Joaquín Capilla sin más.
Y entonces ocurrió algo que cerró esa puerta también durante una exhibición en Nueva York sufrió un accidente que le reventó un tímpano. El diagnóstico médico fue claro. No podía seguir haciendo clavados de alta competencia ni de exhibición. La misma actividad que le había dado todo, que era el único idioma en el que su cuerpo sabía hablar con el mundo, le fue clausurada por un daño físico que no tenía vuelta atrás.
Y Joaquín Capilla, sin la plataforma, sin el trampolín, sin el público australiano aplaudiéndolo como si fuera uno de los suyos, se encontró con una pregunta para la que no tenía respuesta. ¿Y ahora quién soy? El alcohol ya estaba presente en su vida desde antes del tímpano reventado, pero con el cierre de la única salida que todavía le quedaba dentro del deporte, la bebida pasó de ser un problema a ser el problema central, el eje alrededor del cual todo lo demás comenzó a organizarse en dirección descendente.
[música] Piensa en el ciclo que describe con su propia voz la gloria de Melbourne, el deslumbramiento, la soberbia, la altivez, el rechazo que siguió al rechazo y después el alcohol como respuesta al rechazo. y después más rechazo porque el alcohol hacía más difícil mantener las relaciones, los compromisos, la imagen pública y después más alcohol como respuesta a ese rechazo adicional.
El ciclo de la adicción en su forma más clásica. [música] Cada consecuencia de la bebida se convierte en el motivo para beber más. Y lo que México perdió durante ese ciclo no fue solo a un deportista retirado, fue a un hombre que podría haber sido lo que muchos atletas de su generación y su calibre se convirtieron después. Entrenadores, formadores, voces autorizadas que transmiten lo que saben a la siguiente generación.
Capilla tenía ese potencial. Había entrenado brevemente a jóvenes clavadistas después de retirarse. Y ese camino se cerró también cuando el alcohol se convirtió en el centro de su vida. Grábate este contraste. En 1968, México vivió sus primeros Juegos Olímpicos en casa. [música] La Ciudad de México fue la sede de los Juegos Olímpicos de 1968.
El hombre con más medallas olímpicas en la historia del deporte mexicano debería haber sido parte central de esa celebración. Debería haber sido el portador de la antorcha o el que tomaba el juramento olímpico o al menos uno de los invitados de honor. Capilla lo recordó con una amargura mezclada de humor que es de los testimonios más desgarradores que dejó.
En 1968 dije, “Ay, pues seguro me van a llamar para aportar la antorcha.” No fue que Basilio. Bueno, para tomar el juramento olímpico tampoco. Bueno, para estar entre los invitados especiales, ¿no? Y entonces explicó por qué. Dijo que él acababa de salir en el periódico. ¿Con qué titular? Joaquín Capilla, el primer accidente de la barranca del muerto, lo describió con la voz de quien vocea periódicos en la calle imitando al vendedor ambulante que gritaba desencabezado, un titular de notas rojas sobre el campeón olímpico más exitoso
del país, chocando su coche borracho en una de las avenidas más concurridas de la Ciudad de México a las 3 de la mañana con todas las botellas regadas por el asfalto. Lo invitaron a los Juegos Olímpicos de su propio país porque el titular del periódico ya había decidido quién era.
Esta es la tercera revelación que te prometí, la que más pesa. Los 30 años de alcoholismo de Joaquín Capilla no son un resumen de dos frases. Son un timeline con fechas, con episodios específicos, con pérdidas que se pueden enumerar una por una porque él mismo las enumeró. Primero fueron los bienes materiales, una casa, automóviles, terrenos, todo lo que había acumulado en su época de gloria fue desapareciendo en el ciclo de la adicción.
Capilla dijo que nunca supo exactamente cuándo perdió qué. La adicción no te pasa una factura con detalle de gastos, te va quitando cosas mientras tu atención está en otro lugar. Después fue la familia, su primera esposa, su hija, los abandonó. según sus propias palabras, no de una manera dramática, sino de la manera en que la adicción separa a las personas gradualmente, a través de ausencias, de promesas rotas, de versiones de uno mismo que la familia ya no reconoce.
Perdí todo, mi prestigio, mi dignidad, el respeto de los demás, mi familia, mi matrimonio. Abandoné a mi esposa y a mi hija. Escucha esto. Fue arrestado cuatro veces por conducir en estado de ebriedad. cuatro veces que quedan en un registro. Probablemente hubo más situaciones similares que no terminaron en arresto, pero las cuatro que terminaron en la cárcel son el tipo de episodio que en la historia pública de cualquier atleta representa el contraste más brutal entre lo que fue y lo que estaba haciendo. el hombre que el
presidente de México había declarado ejemplo de la juventud, siendo procesado por la policía capitalina en cuatro ocasiones distintas. Y luego fue la revista Alarma, la revista de nota roja más popular de México en su época, famosa por sus portadas de crímenes y accidentes con las imágenes más crudas que el periodismo sensacionalista podía publicar.
Capilla llegó a las páginas de alarma. El mismo hombre que había estado en la afición como héroe nacional en las portadas de las revistas deportivas, en los reportajes de los periódicos de circulación nacional, terminó siendo nota de alarma sin necesidad de agregar ningún comentario adicional. Eso solo ya es la descripción más directa del descenso.
El delirium tremens, eso también está en el registro en sus propias [música] palabras. El delirium tremens es el estadio más severo del síndrome de abstinencia al alcohol, el que produce alucinaciones, temblores extremos, confusión mental, convulsiones. Es el punto donde el cuerpo ya no puede funcionar sin alcohol y donde funcionar con alcohol tampoco es funcionar.

Capilla describió ese periodo con una imagen que no puede leerse sin un escalofrío. Dijo que escuchaba voces y veía sombras amenazantes, que en ese estado el universo interno era un lugar de terror permanente que ninguna botella podía callar del todo. Y después lo que más impacta de todo lo que se sabe sobre esa época, los 9 meses sin bañarse, no es un rumor, no es una exageración periodística, es lo que él mismo dijo en la entrevista de la jornada en noviembre de 2009, 6 meses antes de su muerte, 9 meses sin tocar el agua.
El hombre que había pasado su vida en el agua, cuya relación con el elemento líquido era la razón de todo lo que había sido, estuvo 9 meses sin bañarse, con barbas de indigente, conviviendo con teporochos, siendo uno más de los hombres invisibles que la ciudad de México tiene la capacidad de ignorar con una eficiencia brutal. Piense en eso.
La ciudad que había aplaudido su regreso de Melbourne con obsequios de relojes de oro y consolas de alta fidelidad, esa misma ciudad, 20 años después no reconocía en ese hombre barbado y sucio al atleta que había puesto a México en el Podio olímpico. O si lo reconocía, miraba hacia otro lado. Porque en la Ciudad de México de los años 70 y 80 la capacidad de ignorar a los que están en la calle era y sigue siendo extraordinaria.
La Barranca del Muerto es una zona de la Ciudad de México, una barranca real en la zona poniente de la capital que en esa época albergaba comunidades de personas en situación de calle. No es solo el nombre de la estación de metro, es un lugar con una historia de miseria urbana que la Ciudad de México siempre ha preferido no mirar de frente.
Y Joaquín Capilla, el máximo medallista olímpico en la historia del deporte mexicano, llegó a ese lugar. Grábate este contraste porque es el más brutal de toda esta historia, del estadio olímpico de Melbourne, donde miles de australianos lo aplaudían como si fuera uno de los suyos, a la barranca del muerto en la ciudad de México, conviviendo con teporochos con 9 meses de mugre encima.
Ese es el arco completo de lo que el deporte da y lo que puede quedar cuando todo lo demás falla. Y entonces llegó 1987, el año que lo cambió todo. Aquí viene la cuarta y última revelación que te prometí. Una mañana de 1987, Joaquín Capilla estaba en los andenes del metro Juanacatlán. Esa estación, para quien no conoce el metro de la Ciudad de México, está en la línea uno, en el poniente de la ciudad, cerca de la barranca del muerto.
Y lo que Capilla estaba planeando hacer en ese andén no era tomar el metro para ir a ningún lugar. lo explicó con sus propias palabras en la entrevista que dio 45 días antes de su muerte para medio tiempo. Yo me iba a suicidar de esa soledad. Me iban a aventar al metro, no donde para, sino donde va entrando para que no le diera tiempo de parar.
Escucha eso de nuevo. [música] El hombre que Melbourne había ejecutado el clavado más importante de su vida en el último intento de la competencia, que había volado desde 10 m de altura con la precisión suficiente para ganar el oro olímpico, estaba parado en un andén del metro de la Ciudad de México, calculando en qué punto de la vía el tren no podría frenar a tiempo.
Era su último salto, no desde el trampolín, desde ese andén. Y entonces dijo que escuchó una voz no externa, una voz dentro de él que le preguntó, “Si tú te mueres, ¿a dónde te vas?” Capilla lo describió como una intervención divina, como el momento en que algo más grande que él intervino en el instante en que el impulso hacia la vía era más fuerte que cualquier razón para quedarse.
Y sea cual sea la interpretación que cada quien le dé a ese momento, lo que es verificable es que Joaquín Capilla no saltó hacia las vías del metro Juanacatlán en 1987. Se quedó en el Andén y eventualmente salió de esa estación. Fue Carmen Zavala, la mujer que se convirtió en su segunda esposa, quien lo ayudó a dar los pasos siguientes.
Lo llevó a Alcohólicos Anónimos. Lo llevó a una congregación cristiana donde Capilla encontró, según sus palabras, la estructura espiritual que necesitaba para mantenerse alejado de lo que había sido su vida durante 30 años. En 1987, a los 58 años, Joaquín Capilla dejó el alcohol y también el cigarrillo del que dijo que fumaba casi tres cajetillas diarias antes de dejarlo.
La manera en que describió el momento en que dejó de fumar tiene el mismo tono de intervención inesperada que el momento del metro. Estaba en un retiro cristiano, seguía fumando. Alguien le dijo que pusiera los cigarrillos en el suelo y los pisara y lo hizo y no volvió a fumar. Puede sonar simple cuando se cuenta en dos oraciones, pero detrás de esas dos oraciones hay 30 años de adicción.
La adicción no se deja en 30 segundos de voluntad. Lo que Capilla describes al hablar de su recuperación es la combinación de una crisis que llegó al punto más bajo posible, una intervención externa en el momento correcto y una estructura de apoyo que el sistema deportivo mexicano nunca le ofreció, pero que encontró fuera de él. A partir de 1987, Capilla empezó a reconstruir no su carrera deportiva, que no volvió sino su vida.
Comenzó a estudiar teología, terminó la licenciatura, después la maestría y al momento de su muerte en 2010 estaba trabajando en el doctorado. El hombre que había pasado 9 meses sin bañarse en la barranca del muerto estaba cursando un doctorado en teología a los 80 años. Si eso no te parece extraordinario, necesitas releer esta historia desde el principio.
También se convirtió en pastor, en predicador. Dio testimonio de su historia en múltiples congregaciones ante públicos que incluían, según sus propias palabras, a presidentes, secretarios de Estado y banqueros. y dijo algo sobre ese público específico que es la observación más incómoda de todo su testimonio, que los poderosos eran los más duros, los que más les costaba escuchar, los que tenían más dificultad para sentarse frente a alguien y reconocer que podían necesitar ayuda.
En 2005, como homenaje a su trayectoria, la fosa del Centro Deportivo Olímpico Mexicano quedó marcada con su nombre. La piscina donde los clavadistas mexicanos entrenan lleva el nombre de Joaquín Capilla. Es el tipo de reconocimiento que no tiene el glamur del podio, pero que habla de un legado que la institución deportiva finalmente eligió honrar en los términos correctos.
En 2009, el año anterior a su muerte, la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte le otorgó el Premio Nacional del Deporte. El reconocimiento más alto que el sistema deportivo mexicano puede dar. Se lo daban a los 80 años. 53 años después de Melbourne, la misma institución que en 1968 no lo invitó a los Juegos Olímpicos de su propio país por el titular de alarma.
En 2009 le daba su máximo premio. El 8 de mayo de 2010, Joaquín Capilla Pérez murió de un infarto agudo al miocardio. Tenía 81 años. Había vivido 22 años de sobriedad después de 30 años de alcoholismo. Había ganado cuatro medallas olímpicas, un doctorado en teología y la segunda vida que nadie apostaba que iba a construir.
Eso es lo que México no pone en el centro cuando recuerda a Joaquín Capilla cada vez que México gana una medalla en clavados y alguien dice que nadie ha igualado sus cuatro preseas. México pone el podio de Melbourne, el oro, [música] el australiano que lo aplaudía como si fuera uno de los suyos. la recepción presidencial, los relojes de oro de la afición y todo eso es real y merece estar en el centro de la historia, pero también merece estar ahí lo que no existe en ningún póster conmemorativo del CONADE, el hombre en el andén del
metro Juanacatlán en 1987, calculando a qué distancia del tren tenía que estar para que no le diera tiempo de frenar y la voz que le preguntó a dónde iba a ir si saltaba y la decisión de no saltar. Esa parte de la historia de Joaquín Capilla es tan importante como el clavado en Melbourne, porque Melbourne le costó años de entrenamiento, [música] dedicación y talento natural.
El andén de Juana Catlán le costó 30 años de vida. Pero hay algo que todavía no te he contado, algo que necesitas saber para entender la historia de Joaquín Capilla en su dimensión completa. Porque lo que pasó entre Melbourne en 1956 y el andén del metro Juana Catlán en 1987 no es un bloque uniforme de 30 años de caída.
Es una historia con texturas específicas, con momentos puntuales donde el camino pudo haber sido diferente y no lo [música] fue, con episodios que el tiempo ha borrado de la conversación pública sobre el campeón olímpico, pero que son parte inseparable de lo que lo llevó hasta ese andén. Y hay algo más que necesitas saber sobre lo que el México de los 50 y los 60 hacía con sus héroes deportivos una vez que los había celebrado.
Porque la historia de Capilla no ocurre en el vacío, ocurre en el contexto específico de un sistema que sabía perfectamente cómo construir ídolos y que nunca se preguntó seriamente qué pasaba cuando el ídolo ya no podía sostener el peso de lo que el sistema había construido sobre él. Grábate esto.
Cuando Joaquín Capilla regresó de Melbourne en 1956, el México que lo recibió era un país que estaba en el inicio de lo que los historiadores económicos llaman el milagro mexicano. La economía crecía a tasas que en América Latina nadie más estaba viendo en esa época. La ciudad de México se transformaba físicamente con nuevas avenidas, nuevos edificios, nuevas infraestructuras que proyectaban la imagen de un país moderno y en ascenso.
Y en ese México de optimismo y expansión, el oro olímpico de Capilla encajaba perfectamente en la narrativa que el sistema político [música] quería construir. Somos grandes, somos capaces, somos modernos, somos un país que puede competir con los mejores del mundo y ganar. Capilla fue funcional para esa narrativa.
El presidente Ruiz Cortínez lo usó como imagen, los medios lo usaron como portada. Las marcas que empezaban a existir en el México consumidor de la época lo usaron como referencia de lo que un mexicano podía hacer. Y esa funcionalidad duró exactamente lo que dura la novedad de un oímpico antes de que la siguiente noticia, el siguiente héroe, el siguiente momento de orgullo nacional lo desplace.
En el México de los 50 no había una cultura de gestión del atleta después de su carrera. No había departamentos de bienestar en las federaciones deportivas. No había programas de reinserción laboral para los deportistas retirados. No había psicólogos deportivos que acompañaran la transición desde la competencia de alto rendimiento hacia la vida civil.
No había nada de eso porque el sistema deportivo mexicano de esa época había construido su infraestructura completamente orientada hacia la producción de resultados y hacia el manejo de la imagen pública de esos resultados. Todo lo que venía después del resultado era literalmente un problema del atleta.
Y Joaquín Capilla era en ese sentido el tipo de persona más vulnerable al abandono posterior a la gloria. No porque fuera débil. Sus 30 años de alcoholismo no son una historia de debilidad. Son la historia de alguien que llegó al pico de lo que su disciplina puede ofrecer sin haber desarrollado la infraestructura emocional y psicológica para gestionar lo que ese pico hace con la vida de una persona. Escucha esto.
El mismo Capilla identificó con precisión el mecanismo que lo destruyó. Dijo que la fama lo envolvió y que no estaba preparado para ese mundo irreal. Esa frase, El mundo irreal de la gloria, es la descripción más exacta de lo que le pasa a un atleta joven cuando alcanza el nivel más alto de su disciplina, sin haber tenido tiempo de desarrollar una identidad que exista fuera de ese nivel.
El mundo de la gloria es irreal porque te dice que eres invulnerable, que mereces todo, que las reglas normales no aplican para ti. Y cuando ese mundo termina, cuando la realidad regresa con su frialdad habitual, el contraste es tan brutal. que el espacio entre lo que eras y lo que eres se convierte en un abismo que algunos atletas nunca cruzan.
Piensa en los cuatro ases del deporte mexicano de esa época que el mismo Capilla mencionó. Humberto Mariles, el jinete medallista olímpico en Londres, 1948. Beto Ávila, el bisbolista, Ratón Macías, el boxeador y Joaquín Capilla. Cuatro hombres en la cima del deporte mexicano a mediados del siglo XX. Y la historia de cada uno de ellos, cuando se examina más allá del momento de la gloria tiene su propio peso de sombras.
Humberto Mariles, el jinete que ganó dos oros y un bronce en Londres, 1948, fue arrestado en 1964 por dispararle a un automovilista en una discusión de tráfico en la Ciudad de México y murió en 1972 en una prisión de París, Francia, [música] detenido por narcotráfico. El héroe olímpico más condecorado de México en 1948, muerto en una cárcel francesa por tráfico de drogas.
No estoy diciendo que el destino de Mariles sea el mismo que el de Capilla. Son historias diferentes con dinámicas diferentes. Pero la concentración de vidas complicadas en ese grupo de cuatro hombres que eran la élite del deporte mexicano en los 50 dice algo sobre el contexto. Dice que la gloria olímpica en ese México específico no venía acompañada de ninguna estructura que ayudara a los atletas a gestionar lo que la gloria hace con una persona y que las consecuencias de esa ausencia de estructura se pagaron.
de maneras distintas y en momentos distintos en las historias de varios de esos hombres. Piensa en el contexto social más amplio. El México de los 50 y los 60 era un país donde la cultura del alcohol tenía una presencia normalizada en los círculos sociales de la clase media y alta urbana. El éxito social se celebraba bebiendo, los negocios se cerraban bebiendo, las amistades se construían alrededor de las cantinas.
La masculinidad en particular tenía una relación estrecha con la capacidad de beber y un atleta exitoso, un campeón olímpico que de repente tenía acceso a todos los círculos sociales donde esa cultura operaba, estaba expuesto a ese ambiente de una manera para la que nadie lo había preparado. Capilla mismo lo describió al hablar de sus primeros años después de Melbourne.
Pasó de convivir con deportistas y entrenadores, un ambiente con sus propias reglas y su propia disciplina, a convivir con los círculos de famosos y figuras públicas del México de la época. María Félix y Pedro Infante son los nombres que él mismo mencionó, los dos iconos más grandes del cine mexicano de la época dorada, la mujer más bella y el hombre más popular del cine nacional, junto con el campeón olímpico que acababa de derrotar a los estadounidenses en Melbourne.
Ese es un universo social muy específico, un universo donde el exceso es parte del estilo de vida, donde las fiestas duran lo que duren, donde nadie te dice que ya fue suficiente porque todos están en el mismo plan. y un muchacho de 27 años del Deportivo Chapultepec que había pasado su adolescencia y su juventud entrenando, no tenía las herramientas para navegar ese universo sin perderse.
Grábate esto. La primera vez que Capilla bebió de manera que él mismo identificó como excesiva no fue en la barranca del muerto, fue en las fiestas con María Félix y Pedro Infante. Fue en los círculos de Glamour que le abrieron las puertas después de Melbourne. Fue exactamente en el momento en que el mundo le decía que todo estaba bien, que todo era posible, que era el rey.
Y esa contradicción, el inicio del problema en el momento de máxima gloria, es la que hace que la historia de Capilla sea tan difícil de reducir a una narrativa simple de triunfo y caída, porque no cayó desde el podio directamente al suelo. cayó mientras todavía estaba en el podio, mientras el país seguía aplaudiéndolo, mientras los presidentes seguían recibiéndolo.
Y para cuando el sistema se dio cuenta de que algo estaba saliendo mal, la caída ya llevaba demasiada inercia para detenerla con aplausos. El episodio de La Barranca del Muerto merece más detalle del que normalmente se le da. No es solo una anécdota de nota roja, es el momento específico donde la vida pública de Capilla, como héroe nacional colisionó de manera irreversible con la realidad privada de lo que su vida se había convertido.
El propio Capilla describió esa noche con su inimitable mezcla de humor amargo y honestidad sin filtros. Venía de una fiesta. Las botellas se habían acabado. Decidió salir a conseguir más. A las 3 de la mañana manejando una carcachita prestada. se metió a periférico, llegó a la barranca del muerto, chocó contra la banqueta y una camioneta le pasó por encima con todas las botellas regadas por el asfalto.
Y al día siguiente ese accidente fue la portada de alarma con su nombre, el primer accidente de la barranca del muerto lo llamaron. No el primer accidente de la historia de esa zona, sino el primero en ese periférico recién inaugurado. Y el protagonista era el campeón olímpico más importante de la historia del deporte mexicano.
Piensa en lo que significa para un hombre de esa época, con esa formación, con ese nivel de orgullo construido alrededor de ser ejemplo de la juventud mexicana, aparecer en la portada de alarma, no en el reportaje deportivo, en la nota roja, en las páginas que cubrían crímenes y accidentes con las fotografías más brutales que el periodismo sensacionalista podía publicar.
Capillan no describió ese momento como vergüenza. Lo describió con el humor de quien ha procesado algo tan doloroso que la única manera de hablar de ello es con distancia irónica. Pero detrás de ese humor hay una imagen devastadora, el hombre que fue declarado ejemplo de la juventud mexicana, siendo ejemplo de una manera muy diferente a la que el presidente Ruis Cortínez había imaginado.
[música] Y eso explica por qué en 1968, cuando los Juegos Olímpicos llegaron a México, a capilla no lo llamaron para nada. No fue crueldad del sistema, fue la lógica de un sistema que administra imágenes. Y la imagen de Capilla en 1968 no era compatible con la imagen que el Comité Olímpico Mexicano quería proyectar ante el mundo en los juegos de su propio país.
Queta Basilio encendió el pbetero en México 1968. fue la primera mujer en la historia olímpica en encender el fuego olímpico. Fue un momento histórico por sus propios méritos, una decisión que tenía su propia justicia. Pero para Capilla, que llevaba 12 años siendo el máximo medallista olímpico de México y que vio desde afuera su propia invisibilidad institucional en los juegos de su propia ciudad, [música] fue el símbolo más claro de lo que el sistema hace cuando ya no le sirves para la imagen que quiere proyectar.

te borra de la fotografía. Escucha esto. Hay un periodo específico en los años 70 sobre el que las fuentes son escasas en detalle, pero que las palabras del propio capilla permiten reconstruir en términos generales los años del delirium tremens, los años de las voces y las sombras amenazantes, los años donde el alcoholismo dejó de ser un problema social y se convirtió en un problema médico de la mayor seriedad.
El delirium tremens no es algo que el cuerpo experimenta en las primeras etapas de la adicción. Es la manifestación de un nivel de dependencia física tan profundo que el sistema nervioso ya no puede funcionar normalmente en ausencia del alcohol. Las alucinaciones visuales y auditivas que produce, las que Capilla describió como voces y sombras amenazantes, son consecuencia directa de esa dependencia extrema y el tratamiento del delirium tremens en el México de los 70, especialmente para alguien que no tenía los recursos económicos que alguna vez
había tenido. No era el sistema de apoyo especializado que existe hoy, era básicamente sobrevivir al proceso. que capilla sobrevivió al delirium tremens es, en cierto sentido, un milagro médico. Las complicaciones de ese síndrome pueden ser fatales y él lo atravesó probablemente más de una vez en condiciones que distaban enormemente de las que hubiera tenido si el sistema deportivo que se benefició de su imagen durante años hubiera construido algún tipo de red de apoyo para el momento en que la gloria terminó. Y mientras todo
eso ocurría, el sistema deportivo mexicano seguía produciendo sus campeonatos, sus olimpiadas, sus héroes de siguiente generación. El mundo no se detiene para esperar a que sus excampeones resuelvan sus crisis personales. La cartelera del siguiente evento ya estaba impresa. El próximo titular deportivo ya estaba siendo preparado en las redacciones y Joaquín Capilla, el que había sido el titular por excelencia, era cada vez más claramente una historia del pasado.
Piensa en el contraste temporal. En 1956, México no hablaba de otra cosa que no fuera Capilla. En 1976, 20 años después, Capilla era prácticamente invisible para el sistema deportivo y mediático del país. En 20 años, un hombre pasó de ser el orgullo nacional más celebrado a ser parte del mobiliario invisible de la ciudad, uno más de los que el México en expansión prefería no ver demasiado de cerca.
Grábate esta imagen porque resume todo, los 9 meses sin bañarse. Él mismo lo dijo, no como exageración dramática, sino como descripción factual de un periodo de su vida. Y durante esos 9 meses, con las barbas del indigente que describe la jornada en su entrevista de 2009, conviviendo con teporochos, durmiendo en la calle o en cuartos de miseria sin servicios, el nombre de Joaquín Capilla existía en los libros de historia del deporte mexicano como el máximo medallista olímpico del país.
[música] Existía en algún archivo fotográfico del podio de Melbourne. Existía en la memoria de quienes lo habían visto competir, [música] pero no existía en ningún programa de apoyo, en ningún directorio de federaciones deportivas que llamara a ver cómo estaba, en ningún sistema que hubiera convertido la gratitud institucional hacia sus logros en algo tangible en el momento donde más lo necesitaba. Escucha esto.
[música] Hay una dimensión de la historia de Capilla que rara vez se menciona cuando se habla de su caída y que tiene que ver con el tímpano reventado en Nueva York. Ese momento que las fuentes confirman como documentado. Es el instante donde el cierre de la única salida que todavía le quedaba dentro del deporte se volvió definitivo.
Capilla había intentado mantenerse cerca de lo único que sabía hacer haciendo exhibiciones. No era [música] lo mismo que competir en los Juegos Olímpicos. No era lo mismo que pararse en la plataforma de Melbourne con el oro en juego. Pero era conexión, era identidad, era una manera de ser todavía Joaquín Capilla, el clavadista. y no simplemente Joaquín Capilla sin más.
Y cuando el tímpano le dijo que eso también había terminado, no había otra puerta. No había un plan B que el sistema deportivo mexicano hubiera ayudado a construir. No había una segunda carrera trazada, ni un rol de entrenador formalizado, ni una posición dentro de la federación que reconociera que este hombre sabía cosas sobre los clavados que nadie más en el país sabía de la misma manera.
Lo que había era el alcohol, que ya estaba presente, que ya era el mecanismo con el que Capilla respondía al vacío, y el cierre de la última conexión con lo que había sido, lo dejó frente a ese vacío sin ningún amortiguador que no fuera la botella. Grábate. Este patrón es el mismo que aparece en la historia de Fabián el gitano después de que le quitaron la máscara.
Es el mismo que aparece en la historia de decenas de atletas en decenas de deportes alrededor del mundo cuando la carrera termina. Y no hay una estructura de apoyo que acompañe la transición, no porque todos los atletas sean frágiles, sino porque la identidad construida sobre el rendimiento físico en un deporte de alto rendimiento es, por definición una identidad que depende de poder seguir siendo ese rendimiento.
Y cuando el cuerpo ya no puede o cuando el sistema ya no te da el espacio para ejercerlo? La pregunta de quién eres sin eso es una pregunta que el deporte nunca te enseña a responder. Capilla lo dijo con esa honestidad que ya conoces. Me pasó lo que a muchos cuando llegan de novatos a campeones y la fama los envuelve se pierden muchos.
Él no se veía como un caso único, se veía como un caso dentro de un patrón y tenía razón. El patrón existe y en el México deportivo de la segunda mitad del siglo XX, ese patrón tuvo suficientes ejemplos como para que nadie pudiera decir que no lo veía. El problema es que verlo y construir los mecanismos para cambiarlo son dos cosas muy distintas.
Y el sistema deportivo mexicano en su historia ha sido consistentemente mejor en lo primero que en lo segundo. Hay algo más que pertenece a esta parte de la historia y que tiene que ver con la recuperación misma, porque la recuperación de capilla no fue un proceso suave ni lineal, fue tan brutal a su manera como la caída. 30 años de adicción no se deshacen en una decisión tomada en un andén de metro.
Se deshacen en meses y años de trabajo cotidiano contra algo que el cuerpo y la mente han interiorizado completamente. Capilla describió la recuperación en términos de su fe cristiana y eso merece ser respetado como lo que fue para él, el marco que le dio sentido y estructura al proceso de dejar atrás lo que era.
Pero detrás de la fe había algo más concreto. Había Carmen Zavala, la mujer que lo encontró en el momento más bajo, que lo llevó a Alcohólicos Anónimos, que lo llevó a la congregación, que se quedó con él mientras el proceso ocurría. Carmen Zavala es la persona que aparece brevemente en los reportajes sobre Capilla y que merece mucho más espacio que el que normalmente se le da.
Porque en la historia de Joaquín Capilla, el sistema deportivo mexicano no fue quien lo rescató, no fue la federación, no fue el Comité Olímpico, no fue la CONADE, fue una mujer que lo eligió en su momento más oscuro y que decidió que lo que quedaba de ese hombre valía la pena. Y esa decisión privada tomada fuera de cualquier sistema institucional fue lo que hizo posible los 22 años de sobriedad que siguieron.
Piensa en lo que eso dice sobre la naturaleza de la recuperación. No vino de las instituciones que se habían beneficiado de su gloria, vino de una persona, de una relación, de la decisión individual de alguien que decidió que la historia de Joaquín Capilla no había terminado en el andén del metro Juanacatlán. Y después de Carmen vinieron los estudios de teología, que también merece más atención de la que se le da, porque la decisión de estudiar teología no era para Capilla simplemente una actividad para mantenerse ocupado. Era la
construcción de una identidad nueva, una identidad que no dependía de cuántos kilos podía mover, ni de la altura desde la que podía lanzarse, ni de si los jueces levantaban las tarjetas correctas. Era una identidad construida sobre algo que el cuerpo no podía quitarle. de la misma manera en que el tímpano le había quitado los clavados.
Escucha esto. Capilla dijo que antes de su conversión nunca había visto una Biblia, que empezó a estudiarla desde cero y que el mismo espíritu de aprendizaje obsesivo que lo había llevado a pedirle clases adicionales a Harry Andrews después del horario escolar en Wilmington, el mismo espíritu que lo había hecho practicar con Luke Donaldson a las 6 de la mañana en los autobuses de gira.
Ese mismo espíritu lo llevó a la teología con una intensidad que terminó produciendo primero la licenciatura, después la maestría y al momento de su muerte estaba en el doctorado. Ese detalle es fundamental porque muestra que lo que Capilla perdió durante los 30 años de alcoholismo no era la capacidad de aprender, de comprometerse, de trabajar con disciplina hacia un objetivo.
Lo que perdió fue el marco, la estructura que le diera algo concreto hacia donde dirigir todo eso. Y cuando la teología y la fe le dieron ese marco, todo lo que era antes de la caída volvió a estar disponible, solo que ahora en dirección diferente. En sus últimos años, Capilla predicaba, daba testimonio, contaba su historia frente a personas que incluían desde congregaciones humildes hasta presidentes y secretarios de Estado.
Y en esas presentaciones la historia que contaba tenía una estructura muy específica: el pico de Melbourne, la caída del alcoholismo, el andén del metro y la reconstrucción. Era un arco narrativo que él había vivido en primera persona y que contaba con la autoridad que solo da haberlo vivido. Y eso, el contraste entre la magnitud del reconocimiento tardío y la ausencia total de estructura en el momento donde más se necesitaba es el diagnóstico más preciso de cómo funciona el sistema deportivo mexicano con sus héroes. Te
celebra en el podio, te recibe con honores presidenciales, te abre campañas de obsequios en los periódicos y después [música] espera 50 años para darte el Premio Nacional del Deporte. Mientras en el intermedio sobrevives como puedes, con lo que tienes, [música] si es que sobrevives. Joaquín Capilla sobrevivió y eso lo convierte en una de las historias más poderosas y más incómodas que el deporte mexicano tiene en su archivo.
Poderosa porque la recuperación fue real. Porque los 22 años de sobriedad fueron reales. Porque el doctorado en teología fue real, porque el testimonio que dio durante esos años fue real. E incómoda, porque para que esa recuperación fuera posible, Capilla tuvo que tocar un fondo que ningún campeón olímpico debería tener que tocar.
tuvo que estar en ese andén, tuvo que escuchar esa voz, tuvo que tener la suerte de que Carmen Zavala estuviera en el lugar correcto, en el momento correcto. Y esa incomodidad, la de un sistema que deja a sus campeones solos en el Andén esperando que llegue Carmen Zavala o que no llegue, es la parte de la historia de Joaquín Capilla, que el deporte oficial mexicano no ha terminado de procesar con honestidad.
Desde aquí continúa la conclusión tal como estaba escrita. La gloria es eterna, dijo alguien alguna vez sobre el deporte. Pero esta historia demuestra que la caída puede ser definitiva si nadie construye las redes de seguridad que los atletas necesitan cuando bajan del podio y que la redención cuando ocurre tiene el mismo peso que el oro olímpico, aunque nadie la transmita en televisión y nadie le abra una campaña de obsequios en los periódicos.
Si la historia de Joaquín Capilla te enseñó algo que no sabías, si ahora entiendes que el máximo medallista olímpico de México también estuvo a un paso de ser una nota en el registro de suicidios del sistema de transporte colectivo, si ahora ves que la gloria deportiva y el abismo más profundo pueden compartir la misma vida y la misma persona sin que el sistema deportivo que celebró la gloria haya construido ningún puente entre ambos extremos.
Entonces, haz algo por mí. Dale like a este video, suscríbete al canal, no por mí, por el gerero capilla para que su historia completa, no solo el segundo de Melbourne, sino también el andén de Juana Catlán y el doctorado en teología a los 80 años llegue a más gente para que la próxima vez que alguien diga capilla el del oro olímpico, alguien más pueda agregar, sí.
Y lo que vino después es la parte de su historia que también merece escucharse. Porque en el Olimpo del deporte mexicano los oros se recuerdan, los andenes no. Y eso también es parte de lo que somos como país.