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Reina Alia de Jordania: El Rey la Esperó… Pero Nunca Regresó

Alia vivió en Egipto, en Turquía, en Londres, en Estados Unidos, en Roma. Cada pocos años una nueva ciudad, un nuevo idioma, una nueva escuela, nuevos amigos que dejaría atrás. Para algunos niños esa vida sería un desarraigo doloroso, una herida que nunca cierra. para Alia. En cambio, se convirtió en una fuente de fortaleza. Aprendió a adaptarse a cualquier ambiente.

Aprendió a conversar con cualquier persona, fuera un príncipe o un portero. Aprendió que el mundo era grande y que ella podía habitarlo entero. Sin miedo, con curiosidad, con los brazos abiertos. Hay que entender además en qué clase de mundo crecía ala. El Oriente Medio de los años 50 y 60 era un polvorín.

Los imperios coloniales se retiraban dejando heridas abiertas. Nacían naciones nuevas con fronteras dibujadas a la fuerza. Egipto vivía la revolución de Ner. Palestina sangraba. Jordania, el pequeño reino Hemí, donde su familia tenía sus raíces y su lealtad, intentaba sobrevivir entre vecinos poderosos y enemigos por todos lados.

Crecer en ese mundo, ser testigo desde la cuna de tantos cambios violentos. le dio a Alia algo que pocas mujeres de su edad tenían, una conciencia política aguda, una comprensión profunda de que la historia no era algo que pasaba en los libros, sino algo que aplastaba vidas reales todos los días. Pero esa vida nómada también dejó algo más profundo en ella.

Una niña que cambia de país cada pocos años aprende sin que nadie se lo enseñe. Que las fronteras son inventos de los hombres. Aprende que un ser humano vale lo mismo en el Cairo que en Londres, en Roma que en Amán. Aprende a no juzgar por el origen, por la religión, por la clase social.

Y esa lección aprendida en la maleta y en el desarraigo de la infancia sería la que más tarde la llevaría a abrazar a una huérfana de un campo de refugiados como si fuera su propia hija. La compasión de Alia nació en esos años de niña sin patria fija. En Londres asistió a una escuela junto a su hermano menor. Aprendió un inglés perfecto, sin acento, el inglés de las clases altas británicas.

En Roma, donde la familia se estableció durante 5 años, Alia floreció. La ciudad eterna, con su arte, su historia, su belleza desbordante, dejó una marca permanente en ella. Aprendió italiano con fluidez. Caminó entre las ruinas del foro romano, visitó los museos del Vaticano, se empapó de una cultura europea que conviviría para siempre con sus raíces árabes.

Roma le enseñó a amar la belleza, el arte, la historia. Roma la convirtió en una mujer de mundo antes incluso de ser adulta. Y aquí está una de las claves para entender a Alia Tucan. Era a la vez completamente árabe y completamente cosmopolita. Llevaba en la sangre la dignidad de Naplusa y en la mente la sofisticación de Roma y Londres.

Hablaba árabe, inglés e italiano con la misma naturalidad. Podía recitar poesía árabe clásica y discutir sobre cine europeo en la misma conversación. Era moderna, sin renunciar a sus orígenes. Era libre, sin perder sus raíces. Y esa combinación tan rara, tan luminosa, sería al mismo tiempo su mayor atractivo y la fuente de muchos de sus problemas, porque el mundo muchas veces no sabe qué hacer con las personas que no encajan en una sola casilla.

Quienes la conocieron en esos años la recuerdan como una joven elegante, hermosa y dulce, pero detrás de la dulzura había una mente afilada y una voluntad inquebrantable. Alia era una belleza pasiva de esas que solo adornan. Era una mujer que pensaba, que opinaba, que cuestionaba, leía vorazmente. Alia se interesaba por la política, por los deportes, por la escritura.

Tenía opiniones propias sobre todo y no le daba miedo expresarlas, algo poco común para una mujer árabe de su generación. Sus amigas de la universidad recordarían años después a una alía que se destacaba en cualquier grupo, no por arrogancia, sino por una luz natural que parecía emanar de ella.

Era de las personas que iluminan una habitación al entrar, generosa con su tiempo, leal con sus amistades, curiosa por todo y por todos. Practicaba deportes con la misma pasión con la que devoraba libros. soñaba en voz alta con un futuro en el que pudiera dejar una marca en el mundo. Nada en aquella joven brillante anunciaba una corona, pero todo en ella anunciaba que estaba destinada a algo más grande que una vida ordinaria.

Cuando llegó el momento de la universidad, Alía eligió un camino poco común para una joven árabe de su época. Estudió en el centro que la Universidad Loyola de Chicago tenía en Roma y más tarde en el Hunter College de Nueva York. su especialidad ciencias políticas con estudios de psicología social y relaciones públicas. No estudió para ser una esposa decorativa.

No estudió para encontrar marido, que era lo que se esperaba de las jóvenes de su clase. Estudió para tener una carrera, para tener una voz, para tener un lugar en el mundo de las ideas y del poder. Nueva York, en particular, la marcó. La gran ciudad estadounidense, vibrante, libre, llena de mujeres que trabajaban y decidían sobre sus propias vidas, le mostró un futuro posible que en el mundo árabe todavía parecía un sueño lejano, porque Alía tenía un sueño concreto.

Quería ser diplomática como su padre. Quería representar a su país, viajar por el mundo, sentarse en las mesas donde se tomaban las decisiones que cambiaban la historia. era ambiciosa en el mejor sentido de la palabra. Había crecido viendo a su padre moverse entre los poderosos del mundo y soñaba conseguir sus pasos, con llevar la voz de su pueblo a los foros internacionales.

Pero había un problema y ese problema tenía que ver con el simple hecho de haber nacido mujer. En la Jordania de los años 60 y 70, una mujer diplomática era prácticamente impensable. El mundo de la diplomacia árabe era un club cerrado de hombres. Las puertas que se abrían sin esfuerzo para su padre permanecían cerradas para ella.

No por falta de talento, no por falta de preparación porque le sobraba, sino simplemente por su género. Al chocó por primera vez contra ese muro invisible que tantas mujeres brillantes han conocido a lo largo de la historia. El muro que dice, “Hasta aquí puedes llegar y ni un paso más. El muro que no se ve, pero que detiene los sueños con la misma eficacia que una pared de piedra.

Fue una decepción amarga. Toda su educación, todos sus idiomas, todo su talento parecían chocar contra un techo de cristal que ella no había puesto y que no podía romper sola. Pero Alia no era de las que se rinden. Si no podía ser diplomática por la puerta grande, encontraría otra forma de servir, otra forma de estar cerca del poder y de la gente.

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