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Lupillo Rivera: El Oscuro Secreto que Escondió Detrás de Cada Corrido

Lo supo en curo días. La voz llegó después, ronca,  grave, con un filo que sonaba a hombre mayor desde que Lupillo era todavía un adolescente flaco en los pasillos de la Jordan School de Long Beach. Sus compañeros de escuela lo recuerdan callado, serio, siempre con una gorra puesta y los audífonos encima. No era el popular ni el gracioso, era el que se sentaba al fondo y observaba.

Esa capacidad de observar sin hablar, de leer una habitación sin delatar lo que pensaba, la aprendió en la casa de  Pedro Rivera, donde decir lo que uno pensaba en voz alta tenía un costo que no siempre valía la pena pagar. A los 17  años, Lupillo ya cantaba en Fiestas de paisanos en el sur de California.

15 añeras, bodas en salones rentados con manteles de papel, reuniones de familias que extrañaban el  norte de México y encontraban en esa voz ronca algo que les recordaba a casa. Cobraba lo que le daban, a veces $50,  a veces solo la cena. Su padre lo llevaba en la camioneta, lo dejaba cantar y al terminar recogía  el dinero.

No había contrato, no había manager, no había plan escrito. Había un padre que  sabía que su hijo tenía algo y un hijo que todavía no sabía qué hacer con eso, ni si quería  hacerlo. Lo que Lupillo sentía en esos años no era pasión por la música, era algo más complicado. la necesidad de que su padre lo mirara con respeto, con la certeza de que ese muchacho callado del fondo del salón valía algo en este  mundo.

Y esa necesidad, la de ser visto por Pedro Rivera como algo más que el cuarto hijo, es la que va a explicar cada decisión que Lupillo tomó  en los siguientes 20 años, incluyendo las peores. El primer disco de Lupillo Rivera salió en 1996. Lupillo tenía 23 años. La portada lo mostraba con sombrero de paja, camisa vaquera y una sonrisa que todavía no era la del toro del corrido, sino la de un muchacho de Long  Beach disfrazado de norteño tratando de convencer al mundo y de convencerse a sí mismo. El disco vendió  poco,

nada que encendiera una estación de radio ni que llenara un salón de baile grande. Pedro Rivera lo distribuyó en los tianguis del sur de California, caja por caja, mercado por mercado. Lupillo ayudaba los fines de semana a vender sus propios discos entre los puestos de fruta y las mesas de ropa usada.

Había algo en eso que Lupillo nunca dijo en voz alta, pero que sus hermanos vieron en su cara cada sábado. El segundo disco llegó en 1997, el tercero en 1998. Ninguno despegó de manera significativa. Para 1998, Lupillo llevaba 3 años grabando, 3 años vendiendo  en tianguis, 3 años siendo el hijo de Pedro Rivera que cantaba corridos y que todavía no había encontrado la puerta grande.

Y mientras él empujaba esa puerta, su hermana menor estaba del otro lado empujando con más fuerza. Jenny Rivera había comenzado su carrera antes que Lupillo,  también bajo la dirección de su padre, también distribuida en los mismos tianguis. Pero Jenny tenía algo que Lupillo no tenía o que al menos no sabía usar todavía.

Jenny tenía una historia personal que la gente podía tocar con  las manos. Madre soltera desde los 15 años, sin papeles durante años, trabajando de secretaria mientras grababa sus primeros discos. Jenny no vendía música,  vendía su propia vida y la gente del barrio la reconocía en cada canción porque era su propia vida también. Lupillo lo veía.

lo veía sin  decirlo, sin admitirlo, sin procesar del todo lo que significaba que su hermana menor estuviera  encontrando el camino que él llevaba tres años buscando. Entonces, en 1999, algo cambió. Lupillo entró al estudio con una  energía distinta, más oscura, más dispuesta a romper algo. Grabó despreciado una canción que no sonaba a muchacho de Long Beach disfrazado de norteño.

Sonaba a un hombre al que le habían  quitado algo y que no iba a quedarse callado. La canción pegó primero en las radios del sur de California, después en las estaciones de Fénix y Houston,  después en México. De repente, Lupillo Rivera tenía un nombre propio que no necesitaba el apellido de su padre para que la gente volteara.

Tenía 26 años y por primera vez en su vida sentía que Pedro Rivera  lo miraba de la manera que siempre había querido que lo mirara. Pero ese primer destello de reconocimiento  trajo consigo algo que Lupillo no esperaba. Trajo a las personas  equivocadas a su puerta y esas personas no llamaron al timbre.

Llegaron directo a sentarse a la mesa. Despreciado abrió una puerta que Lupillo no estaba seguro de querer cruzar. En el mundo de la música regional mexicana de finales  de los 90, el éxito de una canción no era solo un asunto de ventas y de radio, era una señal. Una señal que llegaba a ciertos oídos en ciertos ranchos del norte de México  que estaban siempre atentos a que cantantes nuevos estaban llenando salones y a que cantantes nuevos podrían llenar los suyos.

Los corridos por encargo eran en ese momento el motor financiero real detrás de muchos de los artistas más grandes del género. El sistema era simple en apariencia. Un hombre con dinero mandaba un mensajero. El mensajero llegaba con un sobre. Dentro del sobre había un nombre, una historia,  una lista de hazañas reales o inventadas que ese hombre quería ver convertidas en canción.

El cantante componía el corrido, lo grababa, lo cantaba en las fiestas privadas de ese hombre  y el pago llegaba en efectivo en cantidades que ningún contrato discográfico podía igualar. Lupillo recibió su primer encargo de ese tipo a principios del año 2000. No fue a través de su padre ni de ningún manager oficial, fue a través de un intermediario que apareció en un ensayo en Long Beach con un sobremila y una sonrisa tranquila.

Le dijeron que el encargo venía de gente seria, que pagaban bien y que lo único que pedían era discreción. Lupillo abrió el sobre, leyó  el nombre, guardó silencio un momento y dijo que sí. Ese sí cambió todo, no porque fuera el primero en decirlo en la industria, sino porque Lupillo lo dijo en el momento exacto en que su carrera empezaba a tener peso  propio, en que su nombre empezaba a valer algo en los dos lados de la frontera, en que cruzar esa línea ya no era el acto anónimo de un cantante desconocido, sino

una decisión con consecuencias visibles y con un costo que no se paga de inmediato, sino en cuotas durante años. Cuando ya no recuerdas bien por qué dijiste que si la primera vez, el primer corrido por encargo que grabó Lupillo Rivera nunca apareció en ningún disco  oficial. Se distribuyó en copias privadas que circularon únicamente en fiestas cerradas en el norte de México y en algunos salones del sur de California,  donde la entrada no estaba abierta al público general. Lupillo lo cantó en fiestas

privadas ese mismo año. Llegaba en avioneta o en camioneta con vidrios polarizados. Cantaba dos horas, cobraba  en efectivo y se iba antes de que amaneciera. Nadie tomaba fotos, nadie grababa video. El problema con ese mundo no es que sea violento, el problema es que es generoso primero.

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