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El día que María Félix le robó la Premiere a Sofía Loren – Lo que pasó 35 años después

Carmela, su asistente italiana, una mujer de 50 años con el pelo entreco, recogido en un moño apretado que llevaba una década trabajando para ella y que la conocía mejor que nadie en el mundo, excepto quizás Lupita en México. Mencionó casualmente la premiere mientras servía el postre, un tiramisu que había preparado personalmente porque sabía que era el único postre que María comía sin protestar.

Señora, esta noche es la premiere de la siara en el Quirinale. Dicen que la nueva actriz italiana, Sofía Loren, es extraordinaria en esa película. Dicen que va a ganar el Óscar. María tomó su copa de Barolo, la sostuvo frente a la luz de las velas, observó el color rubí del vino como si leyera un presagio en su profundidad.

¿A qué hora es? Empezó hace 20 minutos. Señora, ya deben estar todos adentro. La alfombra roja terminó. María miró el reloj de pared, un reloj antiguo del siglo XVII que había comprado en una subasta en Florencia y que solo adelantaba 3 minutos por semana. Una imperfección que María consideraba encantadora. Las 8:30. Sonriel.

Carmela conocía esa sonrisa. La había visto docenas de veces en una década de servicio. La primera vez que la vio fue cuando María decidió comprar un cuadro de Modigliani que costaba más que la villa entera. Y la última vez fue cuando decidió rechazar una invitación del presidente de Francia para cenar en el eleo porque tenía ganas de comer pasta en Trastére.

Era la sonrisa que significaba que María había tomado una decisión y que nada en el universo, ni Dios, ni el ni el sentido común, la detendría. Prepara el auto”, dijo María terminando su copa con un trago final. “Voy a ir, Carmela”. Parpadeó, “Señora, pero no está en la lista. No hay invitación. La premiere ya empezó. Todos están adentro.

Las puertas probablemente estén cerradas. No necesito invitación”, dijo María con la naturalidad de quien enuncia una verdad científica como la gravedad existe o el agua moja. Soy María Félix. Subió Cambiars. 15 minutos después bajó vestida con un valenciaga negro que había comprado en París tres meses antes.

Un vestido tan simple en su corte que era casi obseno en su elegancia, porque solo Valenciaga y solo María podían hacer que la simplicidad pareciera el lujo más caro del mundo. Sin joyas, decidió, excepto las esmeraldas. Se puso las dos esmeraldas colombianas en los oídos, piedras del tamaño de uvas que habían pertenecido a una condesa rusa antes de la revolución bolchevique y que María había comprado en una subasta en París por una cifra que los periódicos franceses calificaron de indecente y que María calificó de Ganga.

El pelo suelto cayendo en ondas perfectas sobre los hombros desnudos. Maquillaje mínimo, porque María, a los 45 no necesitaba maquillaje para ser devastadora. Lo necesitaba para no serlo tanto. Se miró en el espejo del vestíbulo. Un segundo. Tus Sarsfaca. Vamos, le dijo a Carmela. La noche nos espera.

20 minutos después, a las 8:50 exactas, el Rolls-Royce Plateado de María se detuvo frente al Teatro Quirinale. Los dos guardias de seguridad que flanqueaban la entrada se acercaron mecánicamente. La alfombra roja estaba vacía, enrollada ya a medias por un empleado que no esperaba más llegadas. Las puertas del teatro estaban entornadas.

La función estaba por comenzar. Uno de los guardias empezó a decir que la premiere había comenzado, que necesitaba ver una invitación, que el acceso estaba restringido por protocolo de seguridad. Las palabras se le murieron en la boca cuando la vieron salir del auto. Primero apareció una pierna larga enfundada en seda negra, después el vestido.

Después las esmeraldas que capturaron la luz de las farolas romanas y la devolvieron multiplicada como si las piedras tuvieran vida propia. Después el pelo, después el rostro y los guardias se quedaron congelados. Dos hombres romanos, acostumbrados a la belleza italiana, que es quizá la más extravagante del mundo, se quedaron absolutamente inmóviles como si hubieran visto una aparición.

Uno de ellos susurró algo en italiano que sonaba a maldición o a oración, probablemente ambas cosas al mismo tiempo. El otro simplemente asintió y abrió la puerta sin pedir nada, sin verificar nada, sin decir una sola palabra, porque hay rostros que son su propia invitación, hay presencias que hacen innecesario cualquier documento.

Y el rostro y la presencia de María Félix eran los más elocuentes del mundo. Si alguna vez conocieron a alguien que entraba a un lugar y el lugar cambiaba, alguien que no necesitaba presentarse porque su presencia lo decía todo, entonces saben de qué estoy hablando. Había mujeres así en la época de nuestras madres y nuestras abuelas, mujeres que no necesitaban filtros ni redes sociales para brillar.

Si ustedes las recuerdan, déjenme un comentario contándome quién era esa mujer en sus vidas. Se Games. María entró al lobby del teatro Quirinale caminando lentamente, no porque estuviera actuando una entrada dramática, no porque quisiera llamar la atención, no porque hubiera calculado el efecto de sus pasos sobre el mármol blanco.

Caminaba lento porque María Félix no tenía prisa jamás, nunca la había tenido. El mundo podía esperar. El mundo siempre esperaba cuando María llegaba. Era un principio universal. tan inmutable como la ley de la gravedad. El lobby era un espacio magnífico donde los invitados más importantes socializaban antes de entrar a la sala de proyección.

Candelabros de cristal de Murano colgaban del techo artesanado, derramando una luz dorada que hacía que todo pareciera una pintura renascentista. Sofía estaba en el centro rodeada de un semicírculo de admiradores que parecían girasoles orientados hacia su sol particular. Conversando animadamente con el embajador francés sobre su experiencia filmando en la campiña italiana.

Era el centro del universo social del Quirinale. Y entonces algo cambió. Fue sutil al principio, como cuando la presión atmosférica baja antes de una tormenta y solo los que tienen el oído fino lo perciben. Las cabezas empezaron a girar. No de golpe, gradualment. como una ola que nace imperceptible en la orilla y crece conforme avanza hasta convertirse en algo imposible de ignorar.

Las conversaciones no se detuvieron de inmediato, pero bajaron de volumen como si alguien estuviera girando lentamente la perilla de un radio. Un murmullo eléctrico recorrió el lobby. Un hombre empezó a circular de boca en boca, de oído en oído, como un incendio que se propaga entre la hierba seca en un día de viento. TX. María Félix está aquí. Es ella. No puede ser.

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