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LO DEJARON SIN NADA: LA CRUEL BATALLA POR LOS MILLONES DE PERET

Dejó de ser el artista para convertirse en el hermano Pedro. Y aquí viene el dato que les pondrá la piel de gallina. Durante nueve largos años, este hombre que llevaba la música en el ADN se prohibió a sí mismo cantar cualquier cosa que no fuera alabanza. 9 años de silencio secular, 9 años donde tararear una rumba en la ducha era considerado una traición a su fe.

¿Se imaginan la tortura psicológica de reprimir el talento que te hizo único? Pero para entender por qué un hombre llega a este extremo, a este punto de ruptura total con su identidad, tenemos que viajar mucho más atrás, porque los demonios de Pered nacieron en 1982. Nacieron en el barro, en el hambre y en la lucha desesperada por sobrevivir en una España gris y rota.

No podemos entender su renuncia a la riqueza si no entendemos primero su origen en la miseria más absoluta. Pedro Pubil Calaf nació en los corrales de Mataró en un asentamiento que eufemísticamente llamaban barrio, pero que en realidad era un conjunto de chabolas donde el viento se colaba por las rendijas y el frío calaba hasta los huesos.

Eran los años de la posguerra, tiempos de cartillas de racionamiento, de miradas bajas y de miedo a la autoridad. Sergitano en aquella época no era solo una identidad, era una sentencia a vivir en los márgenes. Peret no nació con una guitarra bajo el brazo, nació con la necesidad urgente de buscarse la vida.

Desde muy pequeño, Pedro aprendió que el mundo se divide en dos, los que comen y los que miran. Y él juró que nunca más volvería a mirar. Su padre, un hombre estricto, buscavidas, tratante de telas, le enseñó el arte del comercio. Imaginen a un niño pequeño con los zapatos desgastados recorriendo los pueblos de Cataluña, llamando puerta por puerta para vender retales de tela a las amas de casa.

Aquello no era vida para un niño, era una escuela de dureza. Allí, en esos umbrales de puertas ajenas, Peret aprendió a leer a la gente, a sonreír aunque tuviera el estómago vacío, a seducir con la palabra. Esa carisma que luego usaría para conquistar estadios la forjó vendiendo sábanas para poder comer ese día. Pero había algo más en esos asentamientos gitanos, algo que el resto de la sociedad ignoraba.

A pesar de la pobreza, a pesar de que a veces la cena era un poco de pan duro, había música. La música no era un entretenimiento, era el oxígeno. En las bodas, en los bautizos o simplemente alrededor de una hoguera improvisada, las guitarras sonaban y las penas se espantaban a taconazos. El pequeño Pedro observaba a los mayores.

Veía como esos hombres rudos con las manos callosas de trabajar la chatarra o el campo se transformaban cuando tocaban las cuerdas. Veía el respeto que generaban. Y entendió algo fundamental. El que tiene la guitarra tiene el poder. Sin embargo, el camino no fue un cuento de hadas. No se imaginen que un día cogió la guitarra y triunfó.

No hubo humillaciones, hubo rechazos que dolían más que una bofetada. En aquella época los locales decentes no querían contratar a gitanos a menos que fuera para hacer gracias exóticas. Peretvo que tocar en lugares de mala reputación, antros cargados de humo de tabaco negro y olor a vino barato, donde los clientes eran peligrosos y las damas de compañía buscaban clientes entre las mesas.

Fue en ese ambiente hostil en la calle de la cera de Barcelona, donde se empezó a cocinas algo revolucionario. Peretía tocar flamenco puro. El flamenco era dolor, era quejío, era una herida abierta. Y Peret, quizás como mecanismo de defensa ante tanta miseria, quería alegría, quería ritmo, quería algo que hiciera que la gente olvidara sus problemas, igual que él quería olvidar los suyos.

Y así, casi por accidente o quizás por desesperación técnica, nació el ventilador. Presten atención porque este es un momento histórico. Hasta entonces, los guitarristas tocaban las cuerdas y luego golpeaban la caja de la guitarra por separado para hacer percusión. Pero Peret, con esa ansiedad de joven que quiere comerse el mundo, empezó a hacerlo todo a la vez.

Movía la mano con una velocidad endiablada. rasgueando y golpeando en un ciclo continuo, girando la muñeca como si fuera las aspas de un ventilador. El sonido era hipnótico, era una locomotora rítmica. Cuando lo hizo por primera vez en público, la gente se quedó paralizada. No habían escuchado nada igual.

No era solo música, era una invitación primitiva al movimiento. Pero cuidado porque el éxito prematuro en un ambiente marginal es un arma de doble filo. Mientras Peret perfeccionaba su técnica y empezaba a hacerse un nombre en los tablados de Barcelona, también empezaba a conocer el lado oscuro de la noche. Y aquí entramos en Terreno Pantanoso, queridos espectadores.

La Barcelona de los años 50 y 60 era una ciudad de contrastes brutales. Por un lado, la grisura del régimen. Por otro, la vida subterránea, vibrante y peligrosa. Peret, joven apuesto, con esa mirada penetrante y esa sonrisa de medio lado, se convirtió rápidamente en un objeto de deseo.

Y no solo hablo de fans admiradoras, hablo de personajes influyentes, de gente con poder que veía en ese chico gitano una especie de juguete exótico. Se cuenta, aunque pocos se atreven a confirmarlo en voz alta, que tuvo que navegar por aguas muy turbias para conseguir sus primeras oportunidades reales. Lavores, amistades convenientes, fiestas privadas en villas de la zona alta, donde se mezclaba la aristocracia con la farándula y donde ocurrían cosas que jamás saldrían en los periódicos de la época.

El joven Pedro estaba descubriendo que el talento no bastaba, hacía falta astucia y a veces hacía falta tener el estómago muy fuerte. ¿Qué tuvo que callar Peret en esos primeros años? ¿A cuántas personas tuvo que sonreír mientras por dentro sentía repulsión? Esa es la carga invisible que los artistas llevan en la maleta.

Y mientras su fama crecía localmente, también crecían los rumores, las envidias, porque en su propia comunidad el éxito no siempre se perdona. Aquí es donde entra en escena un conflicto que ha sido silenciado durante décadas, una guerra fría musical que dividió familias y creó rencores eternos. La rivalidad con el Pescadilla.

Antonio González, el Pescailla, marido de la gran Lola Flores, era otro genio, un patriarca respetado. Y en los círculos íntimos de la rumba catalana existía un debate feroz. ¿Quién inventó realmente la rumba? Para los partidarios del Pescadilla, Pérez era un usurpador, un joven arrogante que había cogido un ritmo que ya existía en las bodas gitanas, lo había acelerado y lo había vendido a los pos, los no gitanos, como si fuera suyo.

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