Si algo dejó en claro la última edición de los Martín Fierro de la Moda, es que la elegancia es a menudo solo una fachada para una tensión latente que, cuando explota, no tiene filtro. En el epicentro de este terremoto mediático se encontraron dos figuras que no necesitan presentación pero que, cada vez que coinciden, generan un cortocircuito inevitable: Moria Casán y Susana Giménez. Lo que comenzó como una velada de celebración al diseño argentino terminó convirtiéndose en un campo de batalla de egos, indirectas y comparaciones que quedarán para la historia de la televisión.
La noche prometía ser el escenario ideal para que Susana Giménez reafirmara su estatus de ícono indiscutido. Su aparición en la alfombra roja, imponente y fiel a su estilo de alta costura, buscaba marcar una presencia jerárquica. Sin embargo, el ojo clínico de la moda —y especialmente el de su eterna “archienemiga” mediática— no fue tan benevolente como ella esperaba. Mientras los flashes la rodeaban, Moria Casán, desde su “trono” de opinión, lanzaba un proyectil que desarmaría cualquier intento de sofisticación: comparó a la diva de los teléfonos con Mamá Cora, el icónico y desalineado personaje de Antonio Gasalla en Esperando la Carroza.
rdo de “La One”: Entre Chanel y Mamá Cora
La crítica de Moria no fue un simple comentario técnico sobre telas o cortes; fue un ataque directo a la construcción de la imagen de Susana. Con su habitual lengua karateca, Moria se enfocó en un detalle que pasó desapercibido para muchos pero que para ella fue el centro del desastre: el calzado. “Zapatitos, aunque sean Chanel, me dan Mamá Cora”, disparó Moria entre risas y complicidad con los cronistas.

La referencia no es menor. Vincular a la máxima diva del lujo con una anciana de barrio, por más entrañable que sea el personaje, es un golpe directo al corazón del glamour que Susana intenta sostener a los 80 años. Moria, además, deslizó una teoría sobre el cambio de calzado de la conductora, sugiriendo que “problemitas de cadera” la habrían alejado definitivamente de los tacones altos, restándole esa pose de “diva absoluta” que la caracterizó por décadas. Aunque reconoció que Susana sigue siendo una estrella que eleva cualquier evento, el daño narrativo ya estaba hecho: la imagen de la diva imbatible había sido humanizada —y ridiculizada— bajo la lente de Casán.
El misil de Verónica Lozano y la defensa de la industria nacional
Como si el frente de batalla con Moria no fuera suficiente, la noche sumó a una tercera protagonista con un discurso que resonó como una indirecta letal. Verónica Lozano, al subir al escenario para recibir su galardón, decidió no limitarse a los agradecimientos protocolares. Con una postura firme, la conductora de Cortá por Lozano hizo una defensa encendida de la moda local, dejando una frase que muchos leyeron como un cuestionamiento a las figuras que prefieren las etiquetas internacionales por sobre el talento doméstico.
“El 99,9% de los días que nos vestimos nosotros, nos vestimos con moda Argentina”, sentenció Lozano. En un contexto donde Susana Giménez suele jactarse de sus vestidos traídos de París o Nueva York y de sus accesorios de marcas de lujo global, las palabras de Verónica fueron interpretadas como un recordatorio de quiénes son los que realmente apoyan la industria nacional día a día. Lozano no necesitó nombrar a nadie para que el mensaje llegara a destino, generando miradas incómodas en la primera fila y una sensación de que la “vieja guardia” de la televisión está siendo cuestionada por sus propios pares bajo nuevas banderas éticas y estéticas.
El desplante de Susana: Un premio bajo sospecha
Susana Giménez, lejos de adoptar una actitud zen frente a las críticas o al discurso de Lozano, decidió jugar su propia carta de poder. Durante su discurso de aceptación, lejos de mostrarse emocionada o agradecida al estilo clásico, lanzó un reclamo que dejó a los organizadores de APTRA en una posición sumamente delicada. Según trascendió, la diva cuestionó la calidad del galardón que estaba recibiendo, insinuando que el premio no tenía el nivel de lujo o el tratamiento de materiales que una figura de su talla merecía.
Este comentario cayó como una bomba en plena transmisión. La incomodidad fue palpable entre los asistentes, quienes vieron cómo la diva transformaba un momento de reconocimiento en un acto de queja pública. ¿Fue una reacción al malestar que ya sentía por los comentarios de pasillo? ¿O simplemente una demostración de que Susana ya no tiene paciencia para protocolos que no cumplen con sus estándares internacionales? Lo cierto es que la imagen de la noche se fracturó: de un lado, la industria intentando celebrarse a sí misma; del otro, su máxima estrella cuestionando el valor de la propia celebración.
Lo que no se vio: Tensión en los pasillos y cuentas pendientes
Fuentes cercanas a la organización deslizaron que la atmósfera estaba cargada mucho antes de que se encendieran las cámaras. Se habla de encuentros evitados, de un operativo logístico para que Moria y Susana no se cruzaran de frente y de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Algunos aseguran que el ataque de Moria no fue una improvisación del momento, sino algo que venía “masticando” desde hace semanas, casi como una cuenta pendiente que decidió cobrar en el evento más importante de la moda.

En las redes sociales, el público se dividió rápidamente. Los defensores de Susana destacaron su trayectoria inalcanzable y su derecho a vestir como desee, acusando a Moria de resentimiento. Por otro lado, los seguidores de Casán celebraron su honestidad brutal, argumentando que ella es la única que se atreve a decir lo que muchos piensan pero nadie se anima a verbalizar frente a la “realeza” de la televisión.
Conclusión: El fin del “modo diplomático”
Esta edición de los Martín Fierro de la Moda demostró que en el mundo del espectáculo, la elegancia es apenas una capa superficial. Debajo de los vestidos de diseñador laten competencias feroces, egos heridos y una necesidad constante de marcar territorio. Las divas no olvidan, y cada detalle, desde un zapato hasta una frase sobre la industria nacional, es utilizado como un arma en una guerra simbólica por el trono de la relevancia.
Moria Casán y Verónica Lozano, cada una desde su lugar, desafiaron la hegemonía de Susana Giménez. Y la diva, con su reclamo sobre el premio, demostró que sigue siendo una figura que exige sumisión y excelencia, aunque el mundo a su alrededor esté cambiando las reglas. Lo único seguro es que esta historia no ha terminado: en el universo de las divas argentinas, cualquier cierre es apenas el preludio de un nuevo y más picante capítulo.