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Le dijo a Antonio Aguilar “Si sabes cantar Amorcito Corazón, sube” — Pero Pedro Infante lo oyó todo

Dijo que quería cantar Amorcito Corazón. En la  cantina hubo un murmullo. Era la canción de Pedro Infante, la que había cantado en nosotros los pobres 4 años antes, la que se silvaba en los mercados y en los camiones y en los talleres de toda la República. No era  una canción cualquiera, era una canción que tenía dueño y el dueño era conocido.

En la mesa del fondo, Antonio Aguilar dejó de mirar la pared. Marcos Dueñas empezó a cantar. La voz era  buena, la técnica era correcta, los acordes llegaban en su lugar, pero había algo en la manera en que Marcos atacaba cada frase, como empujando la melodía en lugar de dejarla respirar, hacía que la canción perdiera exactamente lo que la hacía hacer esa  canción.

Amorcito corazón no era una canción de demostración, era una canción de ternura y la ternura no se demuestra, se tiene o no se tiene. Antonio escuchó todo sin moverse.  Había escuchado a muchos cantantes en dos años de XW. Cantes que eran buenos, cantantes que eran regulares, cantantes que tenían algo que él todavía no había encontrado en sí mismo.

Marcos Dueñas tenía voz, no había duda, pero había una diferencia entre tener voz y saber qué hacer con ella. Antonio lo sabía porque él mismo llevaba 2 años buscando esa respuesta. Antonio escuchó sin moverse, con esa manera suya de escuchar, la que venía de años de aprender a oír lo que no estaba en la partitura.

Cuando Marcos terminó, los aplausos fueron educados. Marco sostuvo el micrófono un momento más de lo necesario, miró al pequeño público con esa sonrisa de quien sabe que lo hizo bien y entonces miró hacia la mesa del fondo. Había notado al hombre del abrigo con  barro en los talones desde el principio. Lo había notado porque ese hombre no había aplaudido.

No después del acorrido del hombre mayor, no después de la muchacha de vestuario. Y tampoco ahora. Marcos sonrió hacia la mesa del fondo, una sonrisa que agradecía sin recibir. Dijo  con el micrófono todavía en la mano que notaba que el señor del fondo no  estaba muy convencido que si tenía alguna observación sobre cómo se canta Amorcito Corazón, pues que la compartiera, que estaban todos aquí para aprender. Algunas personas rieron.

Don Bernal desde la barra apretó el trapo de limpiar mesas sin terminar el movimiento. Antonio Aguilar no respondió de inmediato. Tomó un sorbo de cerveza, miró el fondo del vaso, luego levantó los ojos hacia Marcos con una expresión que era difícil de leer. Era la expresión de alguien que ha escuchado cosas parecidas antes, que sabe exactamente qué significan y que ha decidido por razones propias no  entrar.

Negó con la cabeza un gesto pequeño, sin palabras. Marcos extendió los brazos hacia el público. Ya ven. Y bajó del micrófono entre algunas carcajadas más. La cantina  volvió a su rumor habitual, conversaciones a media voz, el ruido de los vasos,  el ventilador girando sin convicción. Antonio no se movió de su mesa, siguió con la cerveza delante.

La miraba como si en el fondo del vaso hubiera algo que estuviera a punto de decirle algo importante. Había rechazado la invitación de Marcos y eso estaba bien. No tenía nada que demostrar en una cantina un viernes por la noche. No esa noche, pero algo  en la cantina había cambiado de temperatura, algo que Antonio sentía en la nuca sin poder nombrarlo. Pasaron 3 minutos.

Don Bernal miró hacia la mesa del fondo un momento, luego volvió a sus vasos. Había aprendido a no meterse en lo que no era suyo. Fue  entonces cuando se abrió la puerta de la paloma del sur. El ruido de la calle entró con la puerta, el sonido de la ciudad de noche, coches, voces lejanas, y luego la puerta volvió a cerrarse y el sonido desapareció.

Y quedó solo el hombre que había entrado. El hombre que entró no se detuvo en el umbral. Cruzó directamente hacia la barra sin mirar a los lados. Con ese paso de quien conoce el tipo de lugar, aunque nunca haya estado en  este en particular, llevaba una chamarra de cuero oscura y un sombrero de ala corta.

No era de charro, era simplemente de hombre que sale a la calle. Nada que llamara la atención, nadie que llamara la atención. Pidió una cerveza. Don Bernal se la puso sin preguntar el nombre, porque así era don Bernal. Pero mientras ponía la cerveza sobre la barra, don Bernal miró la cara del hombre y algo en esa cara le hizo detenerse. Exactamente un segundo.

El hombre tomó la cerveza y se dio la vuelta para mirar la cantina. Sus ojos recorrieron las mesas una por una. conocía  ese tipo de cantina, el olor a fritanga y tabaco, las mesas manchadas de años, el tipo de silencio que produce la gente que trabaja con las manos cuando finalmente se sienta. Pedro había crecido en lugares así antes del traje de charro, antes de las películas, cuando era carpintero en Huamuchil y los viernes por la noche eran exactamente esto.

Sus ojos se detuvieron en la mesa del fondo, en el hombre del abrigo con barro en los talones que seguía mirando el fondo de su vaso. cruzó la cantina, lo hizo despacio sin apuro. La cantina era pequeña, pero él la cruzó como si tuviera todo el tiempo del mundo. La gente lo miraba desde sus mesas sin entender todavía qué estaban mirando. Solo veían a un hombre con chamarra de cuero que caminaba hacia la mesa del fondo.

Un hombre como cualquier otro, un hombre que esa noche había decidido no ser ningún cartel. Antonio Aguilar levantó la vista cuando sintió que alguien se sentaba frente a él sin pedir permiso. Vio una chamarra de cuero, vio un sombrero de ala corta y luego vio la cara. Tardó 4 segundos en reconocerlo. No porque Pedro Infante fuera difícil de reconocer, sino porque Pedro, sin el traje de charro era una versión de sí mismo que muy poca gente había visto.

Era el Pedro de Huamuchil, el carpintero, el muchacho que había llegado a la Ciudad de México con la voz como único capital. y había construido todo lo demás con las manos. Pedro dijo el nombre de Antonio en voz baja con esa cadencia sinaloense que nunca perdió. Antonio dijo su nombre de vuelta con la voz de quien acaba de ver algo que no esperaba ver esta noche.

Pedro se recostó en la silla, miró el micrófono en el rincón, luego miró a Antonio, le preguntó en voz muy baja, ¿qué había pasado? Antonio dijo que nada, que había cantado y ya. Pedro asintió, pero siguió mirándolo con esa manera suya de mirar que hacía sentir a la gente que estaba siendo leída en un idioma que no sabían que tenían.

Antonio sostuvo esa mirada un momento y luego, sin saber muy bien por qué, le contó el bolero, la canción de Pedro, la manera en que Marcos Dueñas lo había mirado desde el escenario, la invitación con su filo de humillación apenas disimulado. Pedro escuchó sin interrumpir. Cuando Antonio terminó, Pedro miró la cerveza que tenía delante, la giró sobre la mesa y luego dijo algo que Antonio no esperaba escuchar.

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