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La Terrible Historia de Luis Roldán: El Hombre que Robó al Estado Español en Sus Propias Narices

Roldan pertenecía más a la segunda categoría que a la primera. No era alguien con una historia de sufrimiento bajo el franquismo ni con una trayectoria de liderazgo ideológico dentro del movimiento socialista. Era alguien útil para las tareas que los partidos necesitan que se hagan en los municipios y en las provincias: organización local, gestión de relaciones con los afiliados, representación del partido en los actos que requieren presencia, sin que esa presencia sea suficientemente importante para que llegue un dirigente nacional.

El nombramiento de gobernador civil fue el reconocimiento de esa utilidad. Huesca no era Madrid ni Barcelona. Era una provincia pequeña con una administración civil modesta y con un perfil político que en el esquema de poder del PSOE de esa época no era estratégicamente crítico. Era el tipo de cargo que el partido daba a personas de confianza en las que quería invertir para ver qué daban de sí en una posición de responsabilidad concreta, con la idea de que si funcionaban bien habría posiciones más importantes para las que

considerarlos después. Roldán funcionó bien en Huesca, en el único sentido que importaba para el partido. No dio problemas, gestionó la provincia sin escándalos que llegaran a Madrid y demostró la lealtad que el sistema de nombramientos del PSOE premiaba por encima de cualquier otro criterio. En 1986, 4 años después de que el PSOE llegara al gobierno, Roldán fue nombrado gobernador civil de Huesca.

El cargo de gobernador civil es uno de esos cargos de la administración española que concentran una cantidad notable de poder local con una cantidad mínima de escrutinio externo. El gobernador civil representa al gobierno central en la provincia, coordina las fuerzas de seguridad locales, gestiona los conflictos entre administraciones y tiene acceso a información y a recursos que en las capitales de provincia medianas como Huesca producen una visibilidad que ningún cargo electo de menor rango puede igualar.

Para Roldán fue la primera prueba de que su lealtad al partido se traducía en nombramientos concretos con poder concreto y fue también la primera oportunidad de desarrollar los hábitos de gestión opaca que después aplicaría a una escala incomparablemente mayor. El salto que convierte a Roldán en un caso histórico ocurre en 1988, cuando el ministro del Interior, José Luis Corcuera, nombra a Roldán director general de la Guardia Civil.

El nombramiento fue extraordinario en varios sentidos que los contemporáneos registraron con sorpresa, aunque sin la alarma que en retrospectiva habría sido justificada. Roldán no era guardia civil, no tenía carrera militar, no tenía formación en seguridad pública ni en gestión de cuerpos policiales. era un cuadro político del PSOE con experiencia como gobernador civil en una provincia mediana y fue nombrado para dirigir el cuerpo de seguridad más importante del Estado español con más de 70,000 efectivos con presencia en todo

el territorio nacional con responsabilidades que abarcaban desde la seguridad en carretera hasta la lucha contra el terrorismo de ETA. La pregunta que el nombramiento de Roldá plantea y que en 1988 nadie hizo con suficiente insistencia como para que produjera una respuesta satisfactoria es la misma que define toda la historia que sigue.

¿Por qué lo pusieron ahí? Las interpretaciones que los analistas políticos han ofrecido durante los 30 años transcurridos desde entonces tienen distintos grados de generosidad hacia el gobierno de González. La interpretación más benévola es que el gobierno quería un director de la Guardia Civil que fuera político antes que militar, que respondiera a la autoridad civil con la obediencia que las democracias exigen a sus cuerpos de seguridad y que no tuviera las lealtades corporativas propias de quien ha construido su carrera dentro del cuerpo.

La interpretación menos benévola es que el gobierno quería en ese puesto a alguien que fuera lo suficientemente leal para gestionar los fondos reservados. de la manera que el gobierno necesitaba que se gestionaran y que su falta de formación técnica era una ventaja más que una desventaja en ese cálculo. Los fondos reservados son el mecanismo que convierte esta historia de un político corrupto en una historia sobre el Estado.

La historia de los fondos reservados en España es más larga que la democracia. existen bajo distintas denominaciones desde el siglo XIX, cuando el Estado español comenzó a necesitar partidas presupuestarias para financiar operaciones de inteligencia y de seguridad que no podían quedar registradas en los presupuestos ordinarios sin comprometer la efectividad de esas operaciones.

Durante el franquismo, los fondos reservados eran parte de un sistema de financiación paralela del Estado que incluía partidas para los servicios de inteligencia, para las fuerzas de seguridad y para una serie de gastos que el régimen prefería mantener fuera del escrutinio que incluso un parlamento sin oposición real podría en algún momento aplicar.

La democracia heredó esos fondos reservados, sin una revisión profunda de su estructura ni de los mecanismos de control que su uso requería para que fueran compatibles con los principios de un estado de derecho. Lo que hace a los fondos reservados especialmente problemáticos en términos de control democrático es una característica que en la teoría de la gestión pública se llama información asimétrica.

El Ministerio del Interior sabe exactamente cómo se usan esos fondos. El Tribunal de Cuentas no tiene acceso a esa información. El Parlamento recibe únicamente la información agregada que el Ministerio decide proporcionar y los ciudadanos no tienen acceso a ninguna información específica. Esa asimetría es en su uso legítimo, una característica de diseño.

No puedes auditar públicamente los pagos a los confidentes de una red de inteligencia sin destruir esa red de inteligencia. Pero esa misma asimetría, cuando quien gestiona los fondos tiene incentivos para enriquecerse con ellos, es la protección perfecta para el enriquecimiento ilícito. Los fondos reservados son el mecanismo que convierte esta historia de un político corrupto en una historia sobre el Estado.

Los fondos reservados son partidas presupuestarias del Estado español que por su naturaleza de seguridad no están sujetas a la auditoría ordinaria del Tribunal de Cuentas. Existen en todos los estados democráticos bajo distintos nombres. Son el dinero que los servicios de inteligencia, las fuerzas de seguridad y otros organismos del Estado necesitan para operaciones que por razones de seguridad nacional no pueden quedar documentadas en los registros ordinarios.

Pagan a los confidentes que infiltran organizaciones criminales o terroristas. financian operaciones encubiertas que no pueden tener recibo. Cubren gastos de inteligencia cuya revelación pondría en peligro a agentes o a fuentes. Son, en su uso legítimo, una herramienta necesaria para el funcionamiento de cualquier estado moderno.

El problema de los fondos reservados, que los escándalos de los años 90 en España pusieron de manifiesto con una claridad que ningún debate académico habría producido con la misma visibilidad pública, es que su ausencia de auditoría no distingue entre el dinero usado para pagar a un confidente de ETA y el dinero usado para enriquecer al director general que los gestiona.

El mecanismo de control que en teoría impide el abuso es la confianza política. El director general responde ante el ministro, el ministro responde ante el presidente y el presidente responde ante el parlamento y ante los votantes. Cuando esa cadena de responsabilidades funciona con integridad, los fondos reservados se usan para lo que deben usarse.

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