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La Terrible Historia de Emilio Botín: El Hombre que Nadie en España se Atrevió a Investigar

El Banco de Santander fue fundado en 1857 por un grupo de comerciantes de la capital cátabra que querían financiar el comercio del grano que salía hacia las colonias americanas. Durante medio siglo fue un banco regional sin ninguna aspiración global. Administraba los depósitos de los comerciantes locales, financiaba las exportaciones del puerto de Santander y crecía al ritmo que crecía la economía de la región.

El primer botín que entra en el banco es Emilio Botín López, bisabuelo del Emilio que protagoniza esta historia, que se incorporó a la institución a principios del siglo XX y que fue el que estableció la primera conexión orgánica entre la familia y la dirección de la entidad. Lo hizo de la manera que las familias con visión estratégica entran en las instituciones que quieren controlar, construyendo presencia en el accionariado, ocupando posiciones en los órganos de gobierno y cultivando la confianza de los accionistas externos,

de manera que cuando llegó el momento de nombrar a alguien de la dirección, el apellido Botín era el que más naturalmente ocupaba ese espacio. En 1909, la familia Botín tenía ya un papel en la dirección del banco que en los años siguientes se fue consolidando hasta convertirse en algo que en el lenguaje del gobierno corporativo moderno se llamaría accionista de referencia con control efectivo de la gestión.

El abuelo Emilio Botín Sanz de Sautuola heredó ese papel y lo formalizó como presidencia ejecutiva. El abuelo es también el que está vinculado por matrimonio con Ana de Sautuola. a la familia del descubridor de las pinturas de Altamira, el arqueólogo aficionado que identificó las pinturas prehistóricas de la cueva en Cantabria y que no vivió para recibir el reconocimiento que la comunidad científica tardó décadas en darle.

Esa conexión familiar con una historia de incomprensión y de justicia tardía es uno de los detalles que los biógrafos del clan botín mencionan con una regularidad que va más allá de lo anecdótico. La familia que construyó el banco más grande de España lleva en su historia genealógica la de un hombre que tuvo razón sobre algo importante y al que nadie le creyó a tiempo.

El padre Emilio Botín López lo reforzó durante los años del franquismo con la habilidad del banquero que entiende que el régimen que gobierna el país es el entorno en el que tiene que operar y que la manera de operar en él es construir relaciones que produzcan protección sin comprometer la independencia necesaria para tomar buenas decisiones de negocio.

El padre fue también quien estableció la relación con Cantabria como territorio de referencia de la familia. La finca de Puente San Miguel en Torre La Vega fue el escenario de veranos, de reuniones y de conversaciones que varias generaciones de botín vivieron con la intensidad que los espacios físicos dan a los lazos familiares cuando se comparten durante suficiente tiempo.

La relación entre los botín y Cantabria nunca fue simplemente geográfica, fue la identidad de una familia que usaba su origen regional como anclaje en un mundo de ambición global. y que cuidaba esa relación con la misma atención estratégica que cuidaba sus relaciones con los grandes inversores internacionales.

Y en 1986, cuando el padre falleció, el testigo pasó al hijo Emilio Botín Sanz de Sautuola García de los Ríos, que tenía 52 años, llevaba 20 trabajando en el banco en distintos cargos y tenía una visión sobre lo que el banco podría ser que era radicalmente diferente de lo que era en ese momento. Para entender la magnitud de lo que Emilio Botín encontró en 1986, hay que entender el sistema bancario español de esa época y la posición específica del Santander dentro de ese sistema.

España tenía en ese momento siete grandes bancos privados que controlaban la mayor parte del crédito del país. El sistema bancario español de esa época era el resultado de décadas de regulación franquista que había diseñado el sector como un oligopolio protegido. Los grandes bancos tenían acceso a depósitos baratos gracias a la limitación regulatoria de los tipos de interés.

Prestaban ese dinero a márgenes regulados que producían una rentabilidad estable y predecible. y operaban en un ambiente de competencia limitada que hacía innecesaria la innovación de producto y la eficiencia operativa que los mercados más competitivos producen. Era un sector rentable sin ser eficiente, estable sin ser dinámico y seguro para sus participantes a costa de ser caro para sus clientes.

La integración de España en la Comunidad Económica Europea en 1986 iba a cambiar todo eso. La libre circulación de capitales y la llegada de competidores europeos obligarían al sistema a modernizarse con la urgencia que produce la competencia que antes no existía. Emilio Botín entendió eso desde el primer día de su presidencia y lo que diseñó durante los primeros años no fue solo una estrategia de crecimiento del Santander, sino una estrategia para estar en la mejor posición posible cuando la apertura del mercado europeo

cambiara las reglas del juego, de maneras que el sistema todavía no había procesado completamente. Para entender la magnitud de lo que Emilio Botín encontró en 1986, hay que entender el sistema bancario español de esa época. España tenía en ese momento siete grandes bancos privados que controlaban la mayor parte del crédito del país.

El banco central, el Banco español de crédito, el Banco de Bilbao, el Banco de Vizcaya, el banco hispanoamericano y el Banco Popular. El Santander era el séptimo, el más pequeño de los siete grandes, con una presencia significativa en Cantabria y el norte de España, pero sin la escala nacional que sus competidores habían construido durante décadas de expansión.

El sistema financiero español de esa época era también, por su propia estructura un sistema cómodo para sus participantes. La regulación limitaba la competencia de precios en los depósitos, los márgenes eran estables y predecibles y las grandes entidades habían llegado a un equilibrio implícito que permitía a cada una operar en su espacio sin guerra de precios que amenazara la rentabilidad del conjunto.

un club y Emilio Botín decidió que la mejor manera de ser el miembro más poderoso del club era destrozar el club. La estructura accionarial del Santander durante los años de la presidencia de Emilio Botín es uno de los aspectos del banco que sus informes anuales describían con la precisión formal que la legislación de mercados de valores requería, pero que los analistas externos con frecuencia encontraban difícil de interpretar con suficiente claridad.

La familia Botín nunca poseyó una mayoría del accionariado del banco. El Santander es una sociedad cotizada y sus acciones están en manos de inversores institucionales, fondos de inversión, pequeños accionistas y otros propietarios cuyo conjunto es incompatiblemente mayor que la participación familiar.

Lo que la familia tenía era algo cualitativamente diferente de una mayoría accionarial. tenía el control efectivo de la institución a través de una combinación de participación accionarial directa de presencia en el Consejo de Administración y de la autoridad personal que Emilio Botín ejercía sobre la gestión de una manera que sus defensores describían como liderazgo ejecutivo y sus críticos describían como poder personal sin contrapesos efectivos.

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