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La Enfermera Que CURÓ al Che en Bolivia — 56 Años Después REVELA Lo Que Él Le DIJO

Julia comenzó a limpiar sus heridas. Había dos balas alojadas en su pierna izquierda, una en el hombro, otra había rozado sus costillas. Esto va a doler”, le advirtió Julia mientras preparaba alcohol. “Ya nada me duele”, respondió el Che. El dolor físico es lo de menos ahora. Mientras Julia trabajaba, el Che la observaba con curiosidad.

“¿Cuántos años tienes?” “23. “Eres muy joven para estar aquí. ¿Por qué elegiste ser enfermera?” Julia no sabía por qué estaba respondiendo. Tal vez porque su voz era suave, casi paternal. Mi hermana menor murió de fiebre cuando teníamos 12 años. No había médicos en nuestro pueblo. Juré que aprendería a salvar vidas.

El che cerró los ojos por un momento. Cuando los abrió, tenían lágrimas. Yo también fui médico una vez antes de convertirme en esto. Durante las siguientes tres horas, Julia limpió y vendó cada herida. El Che hablaba poco al principio, pero gradualmente comenzó a abrirse. ¿Tienes hijos, Julia? No, aún no estoy casada.

Yo tengo cinco, dijo el Che. Su voz se quebró. Cinco hijos que crecerán sin padre. Hildita tiene 22 años ahora. Aleida tiene siete. Camilo cinco. Celia cuatro. Y Ernesto, mi pequeño Ernesto solo tiene dos años. Nunca me conocerá. Julia vio como las lágrimas corrían por las mejillas sucias del revolucionario.

Este no era el guerrillero implacable de las historias. Era un padre destrozado. ¿Por qué viniste aquí entonces?, preguntó Julia suavemente. Si sabías que era peligroso, ¿por qué dejar a tus hijos? El ch la miró fijamente. Porque hay cosas más grandes que la familia Julia. O eso es lo que me decía a mí mismo.

Ahora aquí, muriendo en este piso sucio, ya no estoy tan seguro. Todavía no sabes lo que está por venir, porque lo que el Chele confesó en las siguientes horas revelaría sus mayores arrepentimientos y las verdades que nunca quiso admitir públicamente. Alrededor de las 6 de la tarde, Julia le trajo agua y un poco de pan. El Che apenas podía comer, pero agradeció el gesto.

Los soldados dijeron que no debía darte comida. Y sin embargo, aquí estás, dijo el Che con una pequeña sonrisa. Eres rebelde sin saberlo. Julia se sonrojó. Se sentó en el suelo junto a él. Afuera escuchaba a los soldados hablar, reír, beber. Esperaban órdenes. Todos sabían lo que venía. Julia, dijo el Che de repente. ¿Puedo pedirte algo? Sí, claro. Necesito que escribas algo.

Mis manos. No puedo sostener un lápiz. Julia sacó un pequeño cuaderno de su bolsillo. Era donde anotaba las dosis de medicamentos para sus pacientes. ¿Qué quieres que escriba? El Che respiró profundamente. Quiero que escribas la verdad. No para los periódicos, no para la historia oficial, solo para ti, para que alguien sepa quién fui realmente en mis últimas horas.

Y así comenzó la confesión más extraordinaria que nadie había escuchado. Julia escribió cada palabra. Escribe esto, dijo el Che. Mi nombre es Ernesto Guevara de la Cerna. Nací en Argentina hace 39 años. Iba a ser médico. Iba a curar a la gente, pero en algún momento del camino me convertí en alguien que mata.

Y ahora, irónico, ¿verdad? Me estoy muriendo y la única persona que intenta salvarme es una enfermera a quien amenazaron de muerte si no lo hacía. Julia dejó de escribir. No es solo por eso dijo suavemente, también porque es lo correcto. El Ch la miró con genuina sorpresa. Después de todo lo que has escuchado sobre mí, ¿todavía crees en hacer lo correcto? Siempre, respondió Julia.

para un momento. No te pierdas este detalle, porque lo que el Che reveló en los siguientes minutos cambiaría completamente la comprensión de Julia sobre la revolución y el precio que pagó por sus ideales. ¿Sabes cuál es mi mayor arrepentimiento, Julia?, preguntó el Che. Su voz era apenas un susurro. Julia negó con la cabeza su lápiz listo.

No es haber dejado Argentina. No es haber luchado en Cuba, no es ni siquiera estar aquí muriendo en Bolivia. Hizo una pausa, sus ojos mirando al techo agrietado. Mi mayor arrepentimiento es haber creído que el fin justifica los medios. Durante años ordené ejecuciones, firmé sentencias de muerte, envié hombres a peleas que sabía que no podían ganar y me decía a mí mismo, “Es por la revolución, es por el futuro, es por construir un mundo mejor.

” Pero Julia, ¿sabes que descubrí que un mundo mejor no puede construirse sobre cadáveres? Que la sangre derramada incluso por la mejor causa mancha para siempre. Julia sintió un escalofrío. Esto era traición a todo lo que el Che representaba públicamente. ¿Estás diciendo que te arrepientes de la revolución? El Che negó débilmente.

No me arrepiento de haber luchado contra la injusticia. Me arrepiento de cómo lo hice. Me arrepiento de haberme vuelto tan duro que olvidé que cada enemigo que maté tenía una madre, una esposa, hijos como los míos ahora. Lágrimas caían sobre las páginas del cuaderno mientras Julia escribía. Hay un hombre, continuó Elche Che, un soldado en Cuba.

Yo ordené su ejecución en 1959. Su nombre era Pedro, tenía 24 años. Antes de morir me miró y dijo, “Comandante, tengo una hija de 6 meses. ¿Quién cuidará de ella?” Y yo le respondí, “La revolución cuidará de ella.” Lo ejecuté de todos modos. El Che cerró los ojos. Durante 8 años. Cada vez que veo a mi hijo Ernesto, pienso en esa niña.

La revolución cuidó de ella, Julia. No lo sé. Probablemente no. Aún no has visto la mayor sorpresa, porque lo que el Che confesó sobre Fidel Castro destruiría décadas de mitos sobre su hermandad revolucionaria. Eran casi las 9 de la noche. Julia había encendido una pequeña lámpara de aceite. Las sombras bailaban en las paredes.

Afuera, los soldados habían encendido una fogata. Sus voces borrachas llenaban la noche. “Julia escribe esto también”, dijo el Che. “Quiero hablar de Fidel.” Julia sintió la tensión en su voz. Fidel Castro fue mi hermano, mi líder, el hombre en quien confié mi vida mil veces, pero también fue mi mayor decepción.

Julia levantó la vista sorprendida. Cuando nos conocimos en México en 1955, Fidel era puro fuego revolucionario. Hablaba de justicia, de igualdad, de destruir la tiranía. Yo creí cada palabra. Dejé mi vida en Argentina por seguirlo. El che tosió. Julia le dio más agua, pero después del triunfo en Cuba, algo cambió en Fidel.

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