Y en un mundo donde todos gritaban, esa cualidad lo hacía diferente. Pero el mundo que lo rodeaba no era tranquilo en absoluto. Europa entera estaba cambiando de forma violenta. En Alemania, Adolf Hitler había llegado al poder en 1933. En Italia, Mussolini llevaba años construyendo su estado fascista. Los movimientos de extrema derecha florecían en todo el continente como hongos después de la lluvia.
y Rumanía no era la excepción. La guardia de hierro, un movimiento ultraderechista con tintes místicos y una brutalidad sin disimulo, ganaba seguidores a una velocidad alarmante. Carol II intentó gobernar entre esas fuerzas contradictorias, unas veces acercándose a las democracias occidentales, otras coqueteando con las potencias del eje.
Era un hombre de contradicciones profundas, capaz de grandes gestos y de pequeñas miserias, de decisiones valientes y de cobardías imperdonables. Y mientras él navegaba esas aguas turbulentas, Mijai observaba, aprendía y esperaba, sin saber que la historia ya estaba preparando para él una entrada que lo cambiaría todo. El verano de 1940 fue el momento en que Europa se rompió de verdad.
Francia había caído. Gran Bretaña resistía sola. La Unión Soviética y la Alemania nazi, unidas por un pacto que nadie creía que duraría, se repartía en Europa del Este como si fuera un pastel. Y Rumanía, atrapada geográficamente entre esos dos colosos, estaba a punto de pagar un precio devastador. Primero fue la Unión Soviética.
En junio de 1940, Moscú presentó un ultimátum. Krumanía tenía 48 horas para ceder Besarabia y el norte de Bucovina, sin negociación, sin debate. O cedía o la invadían. Carol II, sin aliados dispuestos a defenderla y con un ejército que no estaba preparado para enfrentarse a la maquinaria soviética, se dió. Más de 50,000 km² y varios millones de personas quedaron bajo control soviético de un día para otro. Pero eso fue solo el principio.
Semanas después, el arbitraje de Viena, dictado por Hitler y Mussolini, obligó a Rumanía a ceder el norte de Transyilvania a Hungría. Y como si eso no fuera suficiente, Bulgaria recibió el sur de Dobruja mediante el tratado de Crayova. En menos de 3 meses, Rumanía perdió un tercio de su territorio y varios millones de ciudadanos.
La humillación fue total. La población rumana estaba en shock. Las calles de Bucarest hervían de rabia y de dolor. Carol Segi, que había intentado maniograr entre las grandes potencias y había fallado en todos los frentes, se convirtió en el símbolo de esa derrota. Los mismos militares y políticos que lo habían sostenido comenzaron a alejarse.
La guardia de hierro y el general Ion Antonescu, un militar de lineadura con ambiciones propias, presionaron hasta que la situación se volvió insostenible. El 5 de septiembre de 1940, Carol II abdicó, “Esta vez de verdad y esta vez sin retorno posible.” Tomó un tren esa misma noche rumbo al exilio con Elena Lupescu.
Varios vagones llenos de pertenencias y una colección de obras de arte que algunos historiadores describen con cierta ironía como generosamente seleccionada. Abandonó el país en medio de la noche mientras grupos de la guardia de hierro intentaban atacar su tren varias estaciones. Y el joven Mihai, que tenía 19 años, se despertó siendo rey por segunda vez.
19 años. Esa era la edad de Mijai cuando volvió a sentarse en el trono que le habían quitado una década antes. Pero esta vez el contexto no podía ser más diferente. No era un niño rodeado de regentes benignos. Era un joven rey en un país devastado, ocupado en la práctica por tropas alemanas, gobernado por un dictador militar y encerrado en una Europa en llamas.
John Antonescu asumió el título de conducor, que vendría a ser algo similar al de Furer o Duche en los modelos fascistas de la época. Era él quien tomaba las decisiones reales, quien firmaba los decretos, quien ordenaba los movimientos del ejército, quien negociaba directamente con Berlín. Mijai desde el primer momento comprendió que su papel era principalmente ceremonial, era el símbolo de la continuidad del Estado, la figura que daba legitimidad constitucional a un régimen que de otra forma no tendría más base que la fuerza bruta. Lo que
Antonescu no calculó bien fue el carácter de ese joven silencioso. Mi aceptó la situación sin protestar abiertamente, pero observó. estudió a los hombres que lo rodeaban, aprendió los mecanismos del poder y fue construyendo con paciencia y discreción una red de contactos y una comprensión de la situación que con el tiempo lo llevaría a uno de los actos más audaces de toda la Segunda Guerra Mundial.
Mientras tanto, Rumanía entró formalmente en el eje. El 23 de noviembre de 1940, Antonescu firmó la adhesión al pacto tripartito junto a Alemania, Italia y Japón. Las tropas alemanas se instalaron en territorio rumano de manera permanente. El petróleo rumano, uno de los más importantes de Europa, comenzó a fluir directamente hacia la maquinaria de guerra nazi.
Y cuando Hitler lanzó la operación Barbarroja contra la Unión Soviética en junio de 1941, Rumanía entró en guerra junto a Alemania y Hai cumplió con sus funciones ceremoniales. Apareció en los actos oficiales, firmó lo que le pusieron delante, pero en privado, según testimonios de quienes lo rodeaban en esa época, nunca escondió sus dudas ni su incomodidad.
Era un rey sin poder real, sí, pero era un rey con conciencia. Y eso en el mundo que le había tocado vivir era más peligroso de lo que parecía. La guerra avanzaba y con ella avanzaba también el horror. Las tropas rumanas combatían junto al ejército alemán en el frente del este, primero en la reconquista de Besarabia y luego más allá, adentrándose en territorio soviético.
Los muertos se contaban por decenas de miles y mientras los soldados rumanos morían en las estas del, dentro del propio país se cometían crímenes que durante décadas quedarían en la sombra de la historia oficial. Las masacres de judíos en Yashi y en otras localidades rumanas en el verano de 1941 fueron algunas de las más brutales del holocausto en Europa del Este.
No fueron ejecutadas directamente por los alemanes, sino en gran medida por fuerzas rumanas bajo el mando de Antonescu. Miles de personas asesinadas en pogromos, en trenes de la muerte, en marchas forzadas que nadie sobrevivía. La participación rumana en el holocausto es una de las páginas más oscuras de la historia del país y es una página que tardó décadas en ser reconocida con honestidad.
Mi no tenía poder para detener esos crímenes. Eso es un hecho. Pero tampoco consta que hiciera gestiones directas para impedirlos durante esa primera etapa. Era un joven rey sin autoridad real, rodeado de hombres que no le informaban de todo y en un sistema donde su función era legitimar, no decidir. Con los años, esta parte de su historia sería objeto de debates históricos complejos que no admiten respuestas simples.
Lo que sí cambió de forma progresiva fue la situación militar. A partir de 1942, el avance alemán comenzó a frenarse. Stalingrado se convirtió en el símbolo del punto de inflexión. Las tropas del eje, incluidas las rumanas, sufrieron pérdidas catastróficas. El ejército rumano perdió en aquel invierno terrible más de 150,000 hombres.
La derrota de Stalingrado no fue solo un desastre militar, fue el momento en que muchos dentro y fuera del poder comenzaron a pensar que Alemania podía perder la guerra. Y si Alemania perdía la guerra, ¿qué pasaría con Rumanía? Esa pregunta que en 1941 habría sido considerada casi subversiva, comenzó a circular en los salones del poder de Bucarest con una urgencia creciente.
Antonescu seguía comprometido con el eje, pero otros, incluyendo el joven rey que escuchaba más de lo que hablaba, empezaban a pensar en otra salida. Hay momentos en la historia en que una sola decisión tomada en el momento justo cambia el curso de todo lo que viene después. El 23 de agosto de 1944 es uno de esos momentos.
Y para entender lo que ocurrió ese día, hay que entender lo que ocurrió en los meses previos. Desde finales de 1943, Mijai había comenzado a tejer una red de conspiradores. No lo hacía solo, pero fue él quien tomó la decisión más difícil. A su alrededor se agruparon representantes de los principales partidos políticos rumanos que llevaban años en la oposición a Antonescu.
Algunos militares de alto rango que veían el desastre acercarse y un pequeño grupo de colaboradores de confianza en el palacio. Todos coincidían en lo mismo. Rumanía tenía que salir de la guerra antes de que el ejército rojo llegara a sus fronteras y para eso había que deshacerse de Antonescu. El plan era sencillo en su concepto y aterrador en su ejecución.
Antonescu sería convocado al palacio real para una reunión. Una vez allí, sería arrestado. Simultáneamente, unidades militares leales al rey tomarían posiciones clave en Bucarest. Un nuevo gobierno sería nombrado de inmediato y Rumanía anunciaría un armisticio con los aliados. El problema era que había tropas alemanas en todo el territorio rumano y los alemanes, si se enteraban a tiempo, tenían capacidad para aplastar el golpe con una rapidez brutal.
Todo dependía de la velocidad, de la coordinación y de que el factor sorpresa funcionara a la perfección. La tarde del 23 de agosto, Mihai convocó a Antonesco al Palacio Real. Era una reunión aparentemente rutinaria. Antonescu llegó con su hermano Mijai Antonescu, que ejercía como vicepresidente del Consejo de Ministros.
Los dos hombres entraron al despacho del rey sin saber lo que les esperaba. Hablaron. La conversación fue tensa. El rey le pidió directamente a Antonesco que iniciara negociaciones para un armisticio con los aliados. Antonesco se negó. En ese momento, Mihai salió de la habitación con un pretexto y al poco tiempo entraron los hombres que habían estado esperando.
Y Jon Antonesco, el conducador de Rumanía, fue detenido y encerrado en una habitación del palacio donde estaría guardado durante días. en condiciones que algunos testimonios describen como un armario acondicionado. El hombre más poderoso de Rumanía quedó reducido a prisionero en el espacio de unos minutos. Esa misma noche, Mijai se dirigió a la nación por radio.
La voz del rey son unos receptores de radio de todo el país. Era una voz joven, firme, sin temblor visible. Y lo que dijo cambió de forma inmediata y radical la posición de Rumanía en la Segunda Guerra Mundial. Rumanía acepta un armisticio con las potencias aliadas. Las hostilidades contra el ejército rojo, el ejército británico y el ejército estadounidense cesaban de inmediato.
El país se unía a la lucha contra la Alemania nazi. En cuestión de horas, lo que había sido un aliado del eje se convertía en un país beligerante contra él. Las consecuencias fueron inmediatas. Los alemanes, que tenían entre 12 y 15 divisiones en territorio rumano o en sus inmediaciones, traccionaron con una rapidez y una violencia que los conspiradores habían calculado, pero que no dejaba de ser aterradora.
La Luzpa Pafe bombardeó el centro de Bucarest. Hubo combates en las calles. Unidades alemanas intentaron tomar el palacio real. El plan del golpe se ejecutó bajo fuego real con muertos en las calles de la capital. Pero el plan funcionó. Las unidades rumanas leales al rey resistieron y luego contraatacaron. En pocos días, las tropas alemanas fueron expulsadas o capturadas.
El ejército rojo avanzaba desde el este y los rumanos, en lugar de combatirlo, lo recibían como aliado. Era un giro de 180 gr ejecutado con una precisión que dejó a muchos analistas militares de la época sin palabras. Las consecuencias estratégicas fueron enormes. El acto del 23 de agosto abrió el flanco sur del Frente del Este.
Bulgaria capituló días después. Yugoslavia quedó expuesta. El dominio alemán sobre los Balcanes se desmoronó a una velocidad que sorprendió a los propios aliados. Generales soviéticos y occidentales reconocieron posteriormente que el golpe rumano acortó la guerra en Europa en varios meses, salvando posiblemente cientos de miles de vidas.
Churchill lo llamó uno de los actos más valientes de la guerra. En los años siguientes, organismos militares de varios países aliados estimaron que la acción de Mijai acortó el conflicto entre 6 meses y un año. El rey tenía 23 años y acababa de cambiar la historia de Europa. Pero la historia rara vez recompensa a quienes la cambian.
Y en el caso de Mihai, la recompensa que llegó tenía la forma de una trampa cuidadosamente construida. El ejército rojo entró en Rumanía no como liberador, sino como ocupante. La diferencia era sutil en la retórica y brutal en la práctica. Las tropas soviéticas se instalaron en el país con la misma naturalidad con que los alemanes lo habían hecho 4 años antes.

Y junto a ellas llegaron los comisarios políticos del Partido Comunista Rumano, un partido que hasta ese momento había sido marginal, casi insignificante en la política nacional y que de pronto se encontraba respaldado por el ejército más poderoso que había pisado nunca suelo rumano. Los acuerdos de porcentajes, esa negociación que Churchill y Stalin realizaron en octubre de 1944 con una informalidad que resulta escalofriante, vista en perspectiva, habían asignado a la Unión Soviética una influencia del 90% sobre Rumanía.
A cambio, los soviéticos dejaban a los británicos campo libre en Grecia. Prumanía fue entregada con un trazo de pluma sobre una servilleta. Mi no estaba en esa sala. Nadie le preguntó. Mientras tanto, el rey intentaba gobernar, nombraba ministros, participaba en las reuniones del consejo, intentaba mantener las formas constitucionales en un país que estaba siendo reconfigurado desde abajo por fuerzas que no respondían a ninguna Constitución.
Los comunistas, con el respaldo soviético, se fueron infiltrando en los ministerios clave, en el ejército, en la policía. No de golpe, poco a poco, con una paciencia que era en sí misma una forma de violencia. En febrero de 1945, la presión alcanzó un punto crítico. El viceprimer ministro soviético, Andrey Bisinski llegó a Bucarest.
No fue una visita diplomática, fue una orden de personal. Bisinski exigió al rey que nombrara a Petru Grosa como primer ministro. Groza era el líder del Frente de los Arados, un partido agrario que actuaba de hecho como pantalla del Partido Comunista. Mi se resistió. Bisinski le dio dos horas para decidir. Cuando el rey siguió resistiéndose, Bisinski salió del despacho dando un portazo tan fuerte que, según los testigos, hizo temblar los cuadros de las paredes.
Mi cedió. No tenía otra opción. Pero lo que vino después mostró que no había aceptado la situación como definitiva. Durante más de un año, Mihai practicó lo que algunos historiadores han llamado la huelga real. Era una forma de resistencia pasiva tan inhabitual en la historia política que resulta difícil encontrar precedentes.
Básicamente, el rey se negó a firmar los decretos del gobierno grosa. Sin su firma, los decretos carecían de la validez constitucional necesaria para ser considerados leyes en toda forma. Era un gesto simbólico en cierto sentido, porque el gobierno siguió funcionando de todas formas, pero era también una declaración pública y sostenida de que el rey no reconocía como legítimo lo que estaba ocurriendo.
Grosa respondió con su propio juego. Siguió gobernando como si la firma del rey fuera un trámite opcional. Los soviéticos observaban sin intervenir directamente, al menos de momento. Y los partidos democráticos, el Partido Nacional Campesino y el Partido Nacional Liberal, que seguían existiendo, aunque cada vez con menos espacio real, intentaban aprovechar la situación para presionar por elecciones libres.
En el verano de 1945, Mijai dio un paso más. viajó a Londres para asistir a la boda de su prima, la princesa Isabel, heredera al trono británico. Era una visita privada, pero tenía un componente político evidente. El rey de Rumanía se reunió con representantes de los gobiernos aliados occidentales. Transmitió su preocupación por la situación en su país, buscó apoyo o al menos comprensión.
Lo que obtuvo fue, en el mejor de los casos, simpatía sin consecuencias. Los británicos y los norteamericanos sabían perfectamente lo que estaba pasando en Rumanía. Tenían sus propios informes, sus propios diplomáticos sobre el terreno. Pero los acuerdos de Yalta y los compromisos previos con Stalin limitaban su margen de maniobra, o al menos eso era lo que repetían en las reuniones diplomáticas.
La realidad era que Rumanía no era una prioridad para Occidente en ese momento y Mijai lo comprendió con una claridad dolorosa. Volvió a Bucar sin promesas concretas. El gobierno grosa seguía en su lugar. Los comunistas seguían consolidando su control y el rey seguía siendo el obstáculo incómodo que el nuevo orden tenía que resolver de alguna manera.
Las elecciones del 19 de noviembre de 1946 fueron una farsa tan descarada que resulta difícil describirla sin cierta incredulidad. El bloque de los partidos democráticos, que era en la práctica el Frente Electoral Comunista, obtuvo oficialmente el 70% de los votos. Los observadores independientes, los diplomáticos extranjeros, los propios líderes de los partidos de oposición, todos coincidían en que los resultados habían sido manipulados de manera masiva.
Votos falsificados, urnas cambiadas, opositores intimidad o directamente detenidos antes de las elecciones, colegios electorales controlados por militantes comunistas. El aparato represivo funcionó con una eficiencia que era en sí misma una demostración de hasta dónde había llegado el control soviético sobre las instituciones rumanas.
El Partido Nacional Campesino, que según estimaciones independientes había obtenido la mayoría real de los votos, terminó con una representación parlamentaria casi simbólica. Julio Maníu, el histórico líder del Partido Nacional Campesino, fue arrestado poco después, juzgado en un proceso grotesco y condenado a cadena perpetua. Tenía 74 años.
moriría en prisión años después en condiciones que sus biógrafos describen como deliberadamente crueles. Era el mensaje más claro posible para cualquiera que pensara en resistir. Mi observaba como el país que había jurado defender se transformaba ante sus ojos en algo completamente diferente. Las instituciones que conocía eran vaciadas de contenido y llenadas con nuevos hombres que respondían a Moscú.
El ejército rumano, ese mismo ejército que había ejecutado el golpe del 23 de agosto, era purdado de sus oficiales más capaces y sustituido por cuadros comunistas. La prensa independiente desaparecía título a título. Las universidades eran intervenidas, las iglesias vigiladas y el palacio real se iba quedando cada vez más solo.
Los visitantes de confianza se reducían, los teléfonos eran intervenidos, los colaboradores más cercanos al rey eran presionados, amenazados, algunos detenidos. El cerco se cerraba con la misma lentitud metódica con que una boa aprieta a su presa sin prisa, sin pausa, con la certeza de quien sabe que el tiempo juega a su favor. El año 1947 comenzó con una campaña de humillación sistemática que iba más allá de la política.
era personal, era diseñada para erosionar no solo el poder institucional del rey, sino su dignidad, su imagen pública, su capacidad de ser percibido como una figura de autoridad. Los periódicos controlados por el régimen publicaban caricaturas, artículos que lo ridiculizaban, insinuaciones sobre su vida privada. En los mítines del partido, los oradores comunistas lo mencionaban con un desprecio apenas disimulado, como si ya fuera un vestigio del pasado que se sostenía en pie por pura inercia.
La estrategia era clara. Si no podían eliminarlo de golpe, al menos podían ir vaciando de significado todo lo que él representaba. En ese contexto de presión creciente, Mihai tomó una decisión que sus adversarios intentarían usar en su contra, pero que en realidad decía mucho sobre el tipo de hombre que era.
Se enamoró y decidió casarse. La elegida era la princesa Ana de Borbón Parma, hija del príncipe René de Borbón Parma y de la princesa Margarita de Dinamarca. Era una mujer de carácter firme, con educación europea, criada en los valores de una familia real que había conocido también el exilio y la adversidad. Ana no era el tipo de persona que se dejaba intimidar fácilmente y esa cualidad que Mijai sin duda reconoció en ella iba a ser fundamental en los años que vendrían.
El gobierno comunista intentó bloquear el matrimonio, puso obstáculos burocráticos, generó retrasos, usó todos los mecanismos a su disposición para impedirlo o al menos para vaciarlo de contenido. Pero Mihai fue a ver a Grosa directamente, le presentó la situación como un feta con plí y obtuvo finalmente el permiso necesario.
La boda se celebró el 10 de junio de 1947 en Atenas. Fue una boda extraña, melancólica en cierta forma. Mi sabía que el tiempo se abotaba. Ana lo sabía también. Y sin embargo, quienes estuvieron presentes aquella tarde en Atenas recuerdan que hubo también algo genuinamente luminoso en ese momento.
Dos personas eligiéndose la una a la otra en medio de la tormenta. Esa lección al menos era completamente suya. Cuando Mijai y Ana regresaron a Bucares después de la boda, el ambiente que los esperaba era el de alguien que vuelve a una casa que ya no le pertenece del todo. El gobierno siguió con sus presiones, pero en los meses siguientes adoptó una táctica diferente.
Dejó de atacar al rey de frente y comenzó a aislarlo de forma más quirúrgica. Los últimos colaboradores de confianza en el palacio fueron siendo removidos uno a uno. Los ministros, que todavía mostraban algún respeto institucional hacia la monarquía, fueron reemplazados. El acceso del rey a información independiente se redujo al mínimo.
Era como si estuvieran construyendo un muro invisible alrededor del palacio, ladrillo a ladrillo, sin que en ningún momento fuera posible señalar un acto único y concreto de hostilidad. Mientras tanto, en el resto del país la colectivización comenzaba a despegar. Los grandes terratenientes eran expropiados.
Las fábricas pasaban a control estatal. Los comerciantes privados eran presionados hasta la quiebra. El modelo soviético se instalaba pieza a pieza en la economía y en las sociedad rumanas, y quienes se resistían desaparecían en una red de prisiones que se expandía sin cesar. El verano de 1947 fue el último verano de Rumanía como monarquía, aunque en ese momento nadie lo anunciara con esas palabras.
Los movimientos que se producían detrás de Sena en los despachos del partido, en las conversaciones con los asesores soviéticos apuntaban todos en la misma dirección. La monarquía era el último obstáculo formal para la proclamación de una república popular de corte soviético y ese obstáculo tenía que desaparecer.
La pregunta no era si ocurriría. La pregunta era, ¿cómo? ¿Cuándo? ¿Y qué pasaría con el joven rey que había tenido la audacia de arrestar a un dictador 3 años antes y que ahora se encontraba solo, rodeado, con su esposa recién llegada y con la sensación de que el tiempo que le quedaba se medía ya en semanas, no en meses.
El 30 de diciembre de 1947 es una fecha que en Rumanía tiene el peso específico de las fechas que marcan el fin de una era. Ese día comenzó, como muchos otros días del invierno de Bucarest, frío y gris, con la ciudad bajo una capa de silencio que en retrospectiva parece premonitoria. Mi fue convocado a una reunión con el primer ministro Petru Grosa y con el líder del Partido Comunista, George Giorgiu Dej.
La convocatoria fue presentada como una reunión de rutina. El rey fue al encuentro sin sospechar lo que le esperaba o quizás sospechándolo, pero sin poder hacer nada al respecto. Lo que ocurrió en esa sala ha sido reconstruido a partir del propio testimonio de Mihai, que lo relató en varias entrevistas a lo largo de los años con una precisión y una ecuanimidad que sorprendían a quienes lo escuchaban.
Grosa y Georgiu Dej le presentaron un documento. Era un acta de abdicación ya redactada, ya completa, esperando solo su firma. Le dijeron que tenía que firmar, que si no lo hacía habría consecuencias graves. No especificaron exactamente cuáles, pero el contexto lo decía todo. Miles de estudiantes y jóvenes que habían expresado simpatía por la monarquía serían arrestados.
La sangre que se derramara estaría sobre sus manos y él mismo, por supuesto, no tendría ningún futuro en el país. Mi pidió tiempo para consultar con sus asesores jurídicos. Le dijeron que no había tiempo. Pidió hablar con representantes diplomáticos extranjeros. Le dijeron que no era posible. Intentó van horas, minutos, cualquier margen que le permitiera pensar o buscar alguna salida. No había salida. Fir.
el acta de abdicación. En ese momento, sin drama, sin discurso, sin ceremonia de ningún tipo, la monarquía romana terminó. Tenía 26 años. Esa misma tarde, la radio estatal romana anunció la abdicación del rey y la proclamación de la República Popular Romana. El anuncio fue presentado como el resultado de un proceso democrático, como la voluntad del pueblo, como el paso natural hacia un futuro de progreso y justicia social.
La realidad era que había ocurrido en una sala cerrada, sin testigos independientes, bajo coersión directa y con un documento que el propio Mihai diría más tarde que firmó, sintiéndose como alguien que firma bajo el cañón de una pistola apuntada a su cabeza, aunque la pistola no fuera literal. Al régimen no le bastó con la abdicación.
Querían que Mijai desapareciera física y simbólicamente. Le dieron un plazo de horas para abandonar el país. No días, horas. le permitieron llevarse una cantidad limitada de pertenencias personales. Sus cuentas bancarias, sus propiedades, los bienes de la familia real, todo quedó confiscado.
El palacio real pasó a ser propiedad del Estado. Mi Ana salieron de Rumanía en Tren el mismo día de la abdicación rumbo a Suiza. No hubo despedida pública, no hubo ninguna oportunidad de dirigirse a la población. El régimen tenía miedo, incluso de una despedida. Tenía miedo de lo que podría significar ver a ese joven rey en una estación de tren rodeado de rumanos que habían salido a decirle adiós.

Años después, Mijai recordaría ese tren, esa noche, ese cruce de frontera. Recordaría mirar por la ventana hacia la oscuridad y pensar que quizás no era para siempre, que quizás habría una forma de volver. Era la esperanza de un joven de 26 años. tardaría exactamente 45 años en poner el pie en Tierra Rumana de nuevo.
Y cuando lo hizo, lo que encontró lo sorprendería de formas que no había anticipado. El exilio comenzó en Suiza y se extendió por décadas como una vida paralela construida sobre los cimientos de lo que podría haber sido. y Ana se instalaron inicialmente en la Confederación Elbética en una modestia que contrastaba de manera brutal con lo que habían dejado atrás.
El rey sin corona, el hombre que había cambiado el curso de la Segunda Guerra Mundial, tenía que ganarse la vida y se la ganó. Eso es quizás uno de los aspectos menos conocidos de la historia de Mihai y uno de los más reveladores de su carácter. No se instaló en la nostalgia ni en el lamento. Aprendió a trabajar.
Estudió ingeniería. Utilizó su pasión por los aviones y la mecánica para construir una carrera en la industria aeronáutica. Trabajó en empresas del sector, fue asesor técnico, consultor. Era el tipo de hombre que prefería hacer cosas concretas antes que hablar de lo que algún día haría. Ana fue su compañera en el sentido más completo de la palabra.
Tuvieron cinco hijas: Margarita, Elena, Iriana, Sofía y María, criadas en el exilio con una educación que mezclaba la conciencia de su origen con la necesidad práctica de vivir en el mundo real. Las cinco mujeres que nacieron de esa unión reflejan en sus trayectorias distintas y en su carácter algo de los dos padres que las formaron.
Mientras tanto, en Rumanía, el nombre de Mihai era oficialmente un tabú. No aparecía los libros de historia, salvo para ser mencionado de pasada con desprecio. Los archivos relacionados con la monarquía eran inaccesibles. Las fotografías del rey eran confiscadas. Hablar de él en términos favorables podía tener consecuencias.
El régimen de Nicolae Chauchescu, que consolidó su poder en los años 60 y construyó uno de los sistemas totalitarios más personales y opresivos de todo el bloque soviético, se aseguró de que el pasado monárquico de Rumania fuera borrado con una minuciosidad que decía mucho sobre el miedo que ese pasado seguía generando.
En el exilio, Mijai no permaneció en silencio. Desde los primeros años utilizó todas las plataformas que tenía a su disposición para denunciar lo que estaba ocurriendo en Rumania. Dio entrevistas a medios occidentales. Se reunió con líderes políticos europeos y norteamericanos. Participó en organizaciones de exiliados rumanos.
Mantuvo contactos con las comunidades de la diáspora romana, distribuidas por Europa occidental y por América. Pero el mundo de la guerra fría tenía sus propias lógicas y Rumania ocupaba en esas lógicas un lugar peculiar. Chauchesku había desarrollado una política exterior que lo presentaba ante Occidente como un comunista independiente, alejado de Moscú, capaz de mantener relaciones diplomáticas con Israel cuando el bloque soviético las había cortado.
Capaz de condenar la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968. capaz de enviar sus deportistas a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1984, cuando el resto del bloque los boicoteaba. Esa imagen independiente le valió créditos, préstamos, visitas de estado y un margen de maniobra internacional que no correspondía en absoluto con la brutalidad del régimen que ejercía dentro de sus fronteras.
En ese contexto, las denuncias de Mijai sobre las condiciones reales de vida en Rumania eran escuchadas con cortesía, pero raramente convertidas en presión política concreta. El rey en el exilio era un símbolo poderoso para los rumanos de la diáspora, pero para los gobiernos occidentales era un elemento incómodo que podía complicar relaciones diplomáticas que consideraban útiles.
La geopolítica tenía pocas consideraciones con los símbolos, por muy nobles que fueran. Miil lo aceptó con la misma ecuanimidad que parecía aplicar a todos los golpes que la vida le daba. siguió trabajando, siguió hablando, siguió manteniendo viva la idea de que Rumania no era solo el régimen que la gobernaba, sino algo más profundo y más antiguo que ningún partido político podía confiscar del todo.
Y siguió esperando con esa paciencia que era quizás su rasgo más definitorio. En diciembre de 1989, el mundo observó atónito como la revolución rumana derrocaba a Chausesku en el único levantamiento violento de toda la ola revolucionaria que ese año barrió Europa del Este. Fueron días de un caos y una emoción que resultan difíciles de describir.
El dictador y su esposa Elena fueron juzgados en un proceso sumario que duró pocas horas y ejecutados el día de Navidad con imágenes transmitidas en directo por televisión a todo el mundo. Mi siguió los acontecimientos desde Suiza con la intensidad y la contención emocional que lo caracterizaban. preparó su regreso.
Pensó que el fin del comunismo significaría también la posibilidad real de volver a su país, de contribuir a la reconstrucción, quizás de que la cuestión de la monarquía fuera sometida a una decisión popular, libre y genuina. Lo que no había calculado bien era que el poder en Rumania no había pasado a manos completamente nuevas.
El Frente de Salvación Nacional, que tomó el control inmediatamente después de la caída de Chauchescu, estaba compuesto en gran parte por antiguos miembros del Partido Comunista que habían caído en desgracia con el dictador o que simplemente habían calculado a tiempo que el sistema se derrumbaba. Gu Iliescu, que emergió como el hombre fuerte de la Nueva Rumanía, había sido un alto funcionario comunista.
La ruptura con el pasado era real, pero también parcial y en algunos aspectos superficial. En la primavera de 1990, Mihai intentó por primera vez regresar a Rumanía. Llegó al aeropuerto de Bucarest. Las autoridades le impidieron el acceso. Lo pusieron en un avión de vuelta. Así de sencillo. El hombre que había arriesgado su vida por Rumanía en 1944 no tenía derecho entrar en el país que había ayudado a liberar del nazismo.
El segundo intento de regreso en la Pascua de 1992 fue diferente en su forma, pero igualmente traumático en su desenlace. Esta vez el gobierno romano no pudo impedirle físicamente la entrada al país. Mihai llegó a Bucarest y fue recibido por una multitud que los historiadores calculan entre 500,000 y un millón de personas.
Las calles de la capital rumana se llenaron de una manera que las autoridades no habían anticipado ni deseaban ver. Era la confirmación de algo que el régimen postcomunista temía. El afecto popular hacia el rey no había sido borrado por cuatro décadas de propaganda. Había sobrevivido en los rincones de la memoria familiar, en las fotos guardadas en cajones, en los relatos transmitidos en voz baja de generación en generación.
Y cuando Mijai apareció en Bucarest, ese afecto emergió con una fuerza que dejó sin palabras a quienes lo presenciaron. El gobierno respondió de la única manera que sabía. En los días siguientes a su llegada, Mijai fue expulsado de nuevo del país. Las autoridades revocaron la visa que le habían concedido y le ordenaron que abandonara el territorio.
El pretexto era administrativo, burocrático. La realidad era política y era simple. La imagen de un millón de personas saludando al antiguo rey en las calles de Bucarest era demasiado peligrosa para un gobierno que llevaba el apellido de la vieja nomenclatura. Mi pasó varios años más en el exilio, ahora con la amargura añadida de haber visto con sus propios ojos lo que quedaba de su relación con el país.
No era una ilusión, no era nostalgia de los emigrantes que magnifican lo que han dejado atrás. había ido, había visto, había tocado y le habían quitado eso también. El regreso definitivo no llegó hasta 1997, cuando el gobierno de Emil Constantinesco, el primero en Rumanía, verdaderamente no comunista desde 1944, le devolvió el pasaporte rumano y le permitió volver sin restricciones.
50 años después de haber salido en aquel tren nocturno de diciembre, Mihai volvió a casa. El regreso no fue un triunfo en el sentido político del término. Mi no volvió para reclamar un trono. Volvió como ciudadano, como rumano, como el hombre mayor que había sido joven rey y que ahora con 76 años quería simplemente pasar tiempo en el país que nunca había dejado de considerar suyo, aunque le hubieran prohibido pisarlo.
El gobierno de Constantinescu le devolvió parte de los bienes confiscados en 1947. El castillo de Pelés, la residencia real histórica en Sinaya, fue uno de los temas más disputados en los años siguientes, con una batalla legal que se extendió por décadas y que reflejaba las dificultades enormes de intentar reparar, aunque fuera parcialmente, las injusticias de una confiscación totalitaria.
Mihai y Ana se instalaron en Rumanía de forma permanente a partir de finales de los años 90, dividiendo su tiempo entre Bucarest y otras residencias. El rey, que ya no era rey en términos jurídicos, pero que muchos rumanos seguían llamando así por respeto y por algo que iba más allá del protocolo, se convirtió en una figura de reconciliación nacional.
Participó en actos conmemorativos. habló sobre la historia del país con una honestidad que a veces incomodaba a quienes preferían versiones más sencillas del pasado. Apoyó causas relacionadas con la integración europea de Rumanía, proceso que se completó con la adhesión del país a la Unión Europea en enero de 2007.
En el año 2011, el parlamento romano votó para concederle una pensión vitalicia como jefe de Estado. Era un reconocimiento tardío, imperfecto, pero era algo. En 2014, el presidente Trayan Bacescu le devolvió las condecoraciones militares que le habían sido arrebatadas. Pequeños gestos que no reparaban nada en lo fundamental, pero que eran, al menos admisiones implícitas de una deuda histórica que el país tenía con ese hombre.
Ana de Borbón Parma, su compañera de toda una vida, murió en agosto de 2016 después de una larga enfermedad. La pérdida fue onda, visible, de esas que marcan el final de una época interior que nadie más puede ver del todo. El 5 de diciembre de 2017, en su residencia de Aubón en Suiza, Mihai, primero de Rumanía, murió a los 96 años.
Había vivido casi un siglo que contenía más historia de la que la mayoría de las personas pueden imaginar para una sola vida. Había sido rey dos veces. Había conocido a Hitler. Había desafiado a Stalin. Había arrestado a un dictador. A los 23 años había firmado su abdicación bajo coersión a los 26. Había vivido 45 años de exilio.
Había vuelto a su país y había visto como las nuevas generaciones de rumanos lo descubrían como si fuera un personaje de una historia que nadie les había contado bien. Sus restos fueron trasladados a Rumanía con honores de estado. El féretro fue expuesto en el palacio de la Cotroceni, sede de la presidencia rumana, y las colas de ciudadanos que se formaron para rendir homenaje se extendían durante horas.
Hombres y mujeres mayores que lloraban, jóvenes que no habían nacido cuando él era rey y que, sin embargo, sentían que algo importante estaba terminando. El funeral fue celebrado en la catedral de Crtea de Arges, el lugar histórico de enterramiento de los reyes romanos. con la presencia de miembros de las casas reales europeas y de representantes de estado de varios países.
La historia de Mihai i primero es la historia de un hombre al que la historia misma nunca trató con justicia. Fue coronado sin pedirlo. Le quitaron la corona sin consultarle. Le devolvieron el trono en medio de una guerra. Le arrancaron ese trono en una sala cerrada. Le prohibieron entrar en su propio país durante décadas.
Y cuando por fin le dejaron volver, lo que encontró era irreversible. No había monarquía que restaurar, no en el sentido jurídico, pero había algo que nadie le había podido confiscar del todo, la memoria, el respeto, el afecto genuino de un pueblo que, por más que le hubieran contado otra versión, guardaba en algún lugar la historia real.
Porque la historia real no necesita que los estados la reconozcan para existir. Sobrevive en los cajones donde se guardan las fotografías, en los relatos que los abuelos hacen a los nietos cuando creen que nadie está escuchando. en la cola silenciosa de personas que esperan durante horas para despedirse de alguien que les fue presentado como enemigo y que reconocen, sin que nadie tenga que explicárselo, como algo mucho más cercano a un símbolo de lo que significa pertenecer a un lugar y no poder estar en él.
Mii primero de Rumanía, el rey que nació dos veces, que fue expulsado dos veces y que aún así nunca dejó de ser en el corazón de quienes lo conocieron o simplemente lo recordaron, el rey. Yeah.