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JUGUETES ROTOS: 10 Estrellas de los 70 que acabaron solas y destruidas por el alcohol

Esa duda le impedía dormir y pronto encontró en la botella el único remedio para acallar su conciencia. Cuando llegó la transición, la sociedad cambió y buscó nuevos referentes.  Urte, símbolo de una época de fuerza bruta, quedó obsoleto. El público le dio la espalda sin miramientos. Los contratos desaparecieron, las ofertas se esfumaron y sus negocios de hostelería mal gestionados quebraron.

El ídolo se vio solo, arruinado y olvidado, vagando por un mundo que ya no tenía sitio para él. El alcohol pasó de ser un compañero de fiesta a una necesidad vital, un anestésico para soportar la vergüenza. Se le veía en los bares de barrio, con el rostro hinchado por la bebida, contando batallas que a nadie importaban, mendigando un poco de respeto. La degradación fue absoluta.

Sus acreedores lo acosaban. Su familia se desmoronaba bajo la crisis económica y la depresión se instaló en su mente como una niebla negra. José Manuel se sentía como un animal de circo abandonado. La ironía final llegó en el verano de 1992, mientras el país vibraba de euforia preparándose para la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, el evento deportivo más importante de la historia de España.

El antiguo símbolo nacional tomaba la decisión más oscura. El día 21 de julio, acorralado por las deudas y la desesperación, Urten tomó una decisión trágica y definitiva en su piso del Paseo de la Castellana. Su vida se apagó de golpe  con la misma violencia con la que la realidad había destrozado sus sueños.

No murió por el golpe, murió porque la soledad pesaba más que las piedras que levantó en su juventud. Fue el final de un hombre bueno devorado por la maquinaria de la fama. Miguel Vargas Jiménez Bambino. Si hubo alguien que encarnó la esencia de la fiesta interminable, del desenfreno y del desgarro emocional en la España de los años 70, ese fue indiscutiblemente Miguel Vargas Jiménez, conocido por la historia como Bambino.

Él no fue un canta ortodoxo ni un artista al uso. Fue el creador de un estilo único y visceral, la rumba dramática,  que convirtió las noches de Madrid en un espectáculo de pasiones desbordadas. Nacido en Utrera, tierra de arte, bambino llegó a la capital para revolucionar los tablaos con una energía que parecía no tener fin.

Su forma de interpretar no dejaba indiferente a nadie. Se rompía la  camisa, bailaba con una furia casi mística y cantaba al desamor intensidad  que cada actuación parecía la última de su vida. Era el rey de la madrugada, el ídolo de la jetset, de los intelectuales y de los canayas, un hombre que vivía a 1000 revoluciones por minuto y que hizo del exceso su marca de identidad.

Pero la filosofía de vida de Bambino era tan fascinante como peligrosa, vivir el presente absoluto sin preocuparse jamás por el mañana. Para el genio de Utrera, el dinero no servía para acumular patrimonio ni para asegurar el futuro, sino para una única y sagrada misión, gastarlo. Sus juegas se convirtieron en leyenda urbana.

Se cuenta que podía entrar en un local y no salir hasta tres días después, invitando a todo aquel que cruzara la puerta, pagando cuentas astronómicas en taxis, flores y alcohol para sus amigos y  amores pasajeros. La generosidad era su vicio y su ruina. Para mantener ese ritmo frenético de actuaciones y fiestas que duraban  hasta el amanecer, el alcohol y otras sustancias estimulantes se convirtieron en la gasolina imprescindible de su motor.

Durante años, su cuerpo aguantó el castigo estoicamente, alimentado por la adrenalina del escenario y el aplauso incondicional de un público que lo adoraba como a un dios pagano de la alegría. Sin embargo, el tiempo y las modas son verdugos implacables en el mundo del espectáculo. Con la llegada de la década de los 80 y la explosión de la movida madrileña, los gustos musicales de España cambiaron radicalmente.

La rumba flamenca y el estilo desgarrado de Bambino comenzaron a verse como algo del pasado,  una reliquia de otra época. El teléfono, que antes no paraba de sonar con ofertas millonarias, comenzó a guardar un silencio doloroso. Su voz, castigada por décadas de tabaco negro y noches en vela, perdió la potencia de antaño, aunque conservaba ese duende inimitable que herizaba la piel.

Pero la industria ya no quería duende, quería  novedad. Bambino se vio desplazado, viendo como los focos se apagaban lentamente sobre su figura, sin ahorros, pues todo lo había entregado a la noche y con la salud minada por los excesos de una vida vivida al límite, el artista tuvo que regresar a su utrera natal, lejos del glamur y las luces de neón que tanto le habían dado y tanto le habían quitado.

El final del rey de la rumba fue una crónica de soledad y enfermedad. Aquel cuerpo que había sido un torbellino de energía se vio atacado por un cáncer de garganta, una cruel ironía del destino para un hombre que había vivido de su voz y de su garganta. Sus últimos años los pasó en casa de su hermana dependiendo del cuidado de su familia.

Lejos de la opulencia y el derroche que lo rodearon en sus años dorados, la multitud que antes lo vitoreaba y bebía a su costa desapareció, dejándolo solo frente al espejo de su propia mortalidad.  Falleció en el año 1999. Dejando trás de sí un legado musical inmenso, pero también la triste elección de que la fiesta, por muy gloriosa y eterna que parezca, siempre termina y cuando llega la cuenta, a veces el precio a pagar es la propia  vida.

Bambino se fue, pero su eco sigue resonando en cada copa rota de la madrugada.  Nadioscas. En la década de los 70 no existía en España un nombre que evocara más fantasías, deseo y misterio que el de Nadiuska. Esta belleza de origen alemán y polaco aterrizó en el país justo cuando la sociedad comenzaba a despertar de la larga noche de la censura, convirtiéndose de inmediato en el mito erótico por excelencia del cine del destape.

Su rostro perfecto y su cuerpo escultural acaparaban todas las portadas de las revistas y los productores de cine se peleaban ferozmente por tenerla en sus carteles, aunque fuera simplemente para lucir su figura ante una audiencia hambrienta de libertad. Parecía que tenía el mundo entero a sus pies, que era la dueña absoluta de su destino en una España que la adoraba como a una diosa inalcanzable.

Sin embargo, detrás de esa fachada de glamour, lentejuelas y sonrisas ensayadas ante los flashes, se escondía una realidad de manipulación y soledad que pronto se tornaría en una pesadilla. Nadiuskaa fue en muchos sentidos la víctima propiciatoria de una industria profundamente machista que la veía únicamente como un objeto de consumo rápido, un cuerpo bonito, sin voz ni voto.

se relacionó con hombres muy poderosos e influyentes que prometieron protegerla y elevarla a la cima, pero que en realidad controlaban cada uno de sus movimientos con mano de hierro. Cuando ella intentó revelarse, tomar las riendas de su propia carrera y dejar de ser un simple maniquí decorativo, el sistema que la había encumbrado decidió castigarla con una brutalidad inaudita.

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