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JOSÉ ORTEGA CANO : EL OSCURO SECRETO QUE CONFESÓ ROCÍO JURADO ANTES DE MORIR

Miedo de no estar a la altura. Pero aquí está lo que nadie cuenta. El hombre que España vio durante años cogido del brazo de Rocío Jurado estaba siendo borrado por dentro. Y ese borrado fue lo que terminó en una carretera de Sevilla 15 años después. dejó de ser el torero para convertirse en el marido de el que aparecía detrás en las fotos, el que esperaba en el camerino, el que viajaba en el séquito de ella.

Los periodistas que antes lo buscaban para hablar de toros, ahora solo querían preguntarle por su mujer. Y él, que había construido su nombre a golpe de faenas en plazas duras durante 20 años, aguantó eso con la misma discreción con la que los toreros aprenden desde el primer día. ¿Qué es no mostrar nunca lo que sientes? Porque mostrar lo que sientes es peligroso y callar el dolor tiene siempre un precio.

Siempre. Lo que ese precio fue para Ortega Cano es algo que Rocío Jurado vio con claridad meridiana antes que nadie. Y lo que ella hizo con esa claridad en sus últimas semanas de vida es la segunda verdad que te prometí. Pero todavía no. Antes necesitas saber los 7 años que lo dejaron sin nada. En 1998 nació José Fernando.

Ortega Cano tenía 44 años. Rocío tenía 51. Un hijo tardío e inesperado que iba a convertirse en el eje de todo lo que vino después. También adoptaron a Gloria Camila, una familia grande, complicada, con historias que se cruzaban de maneras que la prensa del corazón convertía en titulares cada semana. Y entonces, en 1999, mientras España seguía viendo a la pareja perfecta en las revistas, Rocío Jurado recibió un diagnóstico que lo cambió todo.

Cáncer de páncreas, uno de los más agresivos. Uno de los más implacables, el tipo de tumor que no duele al principio, que no da señales claras hasta que ya está muy avanzado y el de Rocío lo estaba. Y aquí es donde todo cambia, porque lo que vinieron después fueron 7 años que destruyen a cualquiera por dentro, aunque por fuera siga sonriendo en cada foto.

Operaciones, quimioterapia, hospitales en España y en el extranjero, noches que no terminaban, remisiones que generaban esperanza y recaídas que aplastaban esa esperanza contra el suelo. Viajaron varias veces al M de Anderson Cancer Center de Houston. Ortega Cano estuvo en cada viaje, en cada prueba, en cada conversación con los médicos, cuando ella no tenía fuerzas para más preguntas.

Eso no se lo reconoce nadie. Estuvo, no se fue, no la abandonó. Se quedó durante 7 años siendo el cuidador de la mujer más grande de España mientras la veía apagarse poco a poco. 7 años al lado de alguien que se muere despacio te destruyen de una manera que no se ve desde fuera, desde y cuando por fin muere, el cuidador no solo pierde a esa persona, pierde también el único motivo que tenía para levantarse cada mañana.

la estructura entera de su vida y eso no aparece en ningún telediario. Y aquí llega la segunda verdad que te prometí, la que Rocío Jurado se llevó casi a la tumba y que sus allegados más cercanos han repetido en privado durante años con una mezcla de tristeza y de espanto lo que ella dijo sobre él antes de morir.

No te muevas. En sus últimas semanas de vida, Rocío Jurado hablaba de sus miedos, no de la muerte, porque la muerte ya la había aceptado. Hablaba de lo que vendría después de su muerte. Le preocupaban sus hijos. Le preocupaba a José Fernando, especialmente ese niño de 7 años que iba a quedarse sin madre. Pero más que cualquier otra cosa le preocupaba a Ortega Cano.

Las personas que estuvieron a su lado en esos últimos meses han contado lo mismo una y otra vez en entrevistas que han pasado completamente desapercibidas porque nadie quería escucharlas. Rocío sabía que él no iba a saber estar solo. Rocío sabía que sin ella el suelo que él pisaba desaparecía. No porque fuera un hombre débil, sino porque era un hombre cuya identidad había estado construida primero sobre los toros y luego sobre ella.

Y la pregunta que a Rocío le quitaba el sueño era, ¿quién era José Ortega Cano sin el toreo y sin ella? Ella lo decía a los que estaban cerca con esas palabras exactas, que cuando ella faltara el hilo que sostenía a todos, se rompería, que Ortega Cano sin ella no tenía suelo, que los niños iban a crecer en un hogar sin centro.

Y dijo una frase más, que las personas que la escucharon repiten todavía hoy con escalofríos. dijo que tenía miedo de que él hiciera daño a alguien sin querer. Esas palabras, sin querer. Una mujer que se estaba muriendo, dejando un testamento privado de miedos a las personas que más quería y entre esos miedos puso ese, que su marido hiciera daño a alguien.

Y aquí está el segundo gran gancho de esta historia, porque lo que Rocío Jurado dijo no fue una preocupación abstracta de una mujer enferma. Fue una profecía exacta. 5 años después, Ortega Cano hizo daño a alguien, a un hombre llamado Carlos Parra, que iba a trabajar a las 2 de la madrugada. Y la pregunta que nadie en España se ha atrevido a hacer en voz alta en 13 años es esta.

Si Rocío lo había visto venir con esa claridad, si lo había dicho a sus allegados, si esas palabras estaban dichas en privado años antes del accidente, ¿quién más lo sabía? ¿Quién más vio venir lo que venía? ¿Y por qué nadie hizo nada? Esa cadena de silencios es la que vamos a desmontar ahora, una a una. Y el último silencio, el más cómplice de todos, lleva el nombre de un programa de televisión que invitaba a Ortega Cano semana tras semana, mientras él bebía cada noche.

Eso lo decía Rocío Jurado semanas antes de morir y eso es exactamente lo que ocurrió. El 1 de junio de 2006, Rocío Jurado murió en su casa de Chipiona. José Fernando tenía 7 años, Gloria Camila tenía cinco, Ortega Cano tenía 52. Y en ese momento el suelo desapareció exactamente como Rocío había dicho que desaparecería. Imagina por un momento que tu madre en su lecho de muerte dijera con esa misma claridad que tu padre iba a hacer daño a alguien. Imagina cargar con esa frase.

Imagina lo que tuvo que sentir Gloria Camila años después cuando vio en las noticias que se había cumplido. Imagínalo 5 segundos. Y entonces vuelve a esta historia. Lo que siguió durante los cinco años siguientes fue exactamente lo que Rocío había temido. Una caída lenta, silenciosa, invisible para quien no miraba de cerca, pero completamente imparable para quien sí miraba.

Ortega Cano se levantaba cada mañana en una casa que olía a ausencia. dos hijos pequeños que lo miraban esperando que papá tuviera respuestas que él no tenía, un nombre propio que dependía del apellido de ella para seguir brillando en los titulares. Un cuerpo de torero retirado que ya no tenía plaza ni faenas, solo tiempo, demasiado tiempo.

En el mundo del toreo, cuando te retiras, desapareces de golpe. No hay despedida. Un día estás y al día siguiente ya no estás. Para un hombre que había construido toda su identidad sobre eso desde los 15 años, ese silencio es un tipo de muerte que no aparece en ningún telediario. Ortega Cano había perdido los toros, luego había perdido a Rocío.

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