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Johan Friso: el príncipe que quedó en coma tras un accidente en la nieve

Y eso para un príncipe acostumbrado a que muchas personas lo trataran con deferencia calculada era algo verdaderamente raro y valioso. Sin embargo, el camino hacia el matrimonio no fue sencillo. En los Países Bajos, los miembros de la familia real necesitaban la aprobación del Parlamento para casarse y conservar sus derechos dinásticos.

Era una norma establecida, conocida y Frizo la conocía perfectamente. Lo que nadie esperaba era la tormenta que desataría la revelación del pasado de Mbel. Porque Mbell en su juventud había tenido una relación con un hombre llamado Class Bruinsma, uno de los narcotraficantes más poderosos y peligrosos de los Países Bajos en los años 80.

un hombre que fue asesinado en 1991 frente a un hotel de Ámsterdam. Cuando esta información salió a la luz durante el proceso de aprobación parlamentaria en el año 2003, el escándalo fue mayúsculo. Mbell había admitido conocer a Bruinsma, pero inicialmente había minimizado la naturaleza y profundidad de esa relación. Cuando los detalles reales emergieron, la confianza pública quedó gravemente dañada.

El Parlamento neerlandés no estaba dispuesto a dar su aprobación bajo esas circunstancias y el ambiente político y mediático se volvió asfixiante. Frizo se encontró ante una encrucijada que definiría su carácter de una manera que ni sus años de estudios ni su carrera financiera habían podido anticipar.

podía ceder a la presión institucional, posponer o cancelar la boda y preservar su posición dentro de la línea de sucesión. O podía elegir Mabel. Eligió Amabel. La decisión fue anunciada con una dignidad serena pero firme. Friso renunció voluntariamente a sus derechos de sucesión al trono neerlandés, no con amargura, no con resentimiento, sino con la convicción de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo y por qué.

La boda se celebró el 24 de abril de 2004 en Delft, la misma ciudad donde años atrás Friso había estudiado ingeniería con la misma determinación con la que ahora construía su vida. La ceremonia fue íntima para los estándares de la realeza europea, pero no por ello menos cargada de emoción. La reina Beatriz, su madre, estuvo presente, sus hermanos también.

Había una tensión subyacente que todos reconocían, pero nadie nombraba abiertamente, porque en las familias reales los sentimientos más profundos suelen vivir en el espacio entre las palabras. Pero también había amor genuino y visible en la mirada de Frizo cuando Mabel llegó al altar. Después de la boda, la pareja se instaló en Bruselas, donde Mabel continuó su trabajo en organizaciones internacionales y Frizo desarrolló su carrera en el sector financiero privado.

Tuvieron dos hijas, Luana, nacida en 2005 y Saria, nacida en 2006. La vida que construyeron juntos era cosmopolita, activa, llena de viajes y compromisos internacionales, lejos del protocolo rígido de la Aya, pero no lejos de quienes amaban. Y en ese mundo que habían edificado con tanto esfuerzo y tanta valentía, el STI ocupaba un lugar especial, no como deporte de exhibición, sino como pasión genuina, como ese espacio donde el ruido del mundo desaparece y solo quedan la montaña, la nieve y el cuerpo moviéndose

en perfecta armonía con la velocidad. Friso era un esquiador experimentado, confiado, que conocía bien las pistas y respetaba las montañas. O al menos eso creía, porque hay momentos en que la montaña no avisa, no lanza señales ni envía mensajes, simplemente actúa con la indiferencia absoluta de la naturaleza frente a los planes y los sueños de los seres humanos.

Y en febrero de 2012 la montaña actuó. El invierno de 2012 llegó a los Alpes con una generosidad de nieve que los esquiadores celebraban. Las estaciones de montaña de Austria estaban en plena temporada y Lam Harberg, uno de los destinos de esqui más exclusivos y admirados de Europa central, recibía como cada año a familias adineradas, deportistas profesionales y visitantes que buscaban en sus laderas blancas una combinación perfecta de lujo y aventura.

Entre ellos, como tantas otras veces, se encontraba Frizo de Holanda. Lech Arberg no era un lugar desconocido para la familia real neerlandesa. Durante décadas, los Orange Nasau habían frecuentado ese rincón del Boralberg austríaco con una regularidad que lo convertía casi en una segunda casa invernal.

Las pistas, los hoteles, los restaurantes de montaña, todo resultaba familiar. Y esa familiaridad a veces es la antesala de la confianza excesiva, no porque Frezo fuera imprudente por naturaleza, sino porque la repetición de una experiencia agradable puede adormecer instintos que en circunstancias nuevas permanecerían alerta. El 2 de febrero de 2012 era un viernes.

El sol brillaba sobre leche con esa intensidad que tiene la luz de alta montaña en pleno invierno. Una luz que lo vuelve todo más nítido, más limpio, más irreal. Frizo salió a esquiar como lo había hecho tantas veces. No había nada en ese día que lo distinguiera de otros días similares vividos en esa misma montaña durante años anteriores.

Nada, excepto lo que estaba a punto de ocurrir. Las autoridades austriacas y los testigos presentes reconstruyeron posteriormente los hechos con la frialdad necesaria que exige cualquier investigación. Friso se encontraba esquiando fuera de las pistas señalizadas en una zona no balizadas conocida como fuera de piste.

Un tipo de esquí que practican esquiadores experimentados en busca de nieve virgen y pendientes sin el tráfico habitual de las pistas oficiales. No era una actividad prohibida en esa zona, pero sí implicaba riesgos adicionales que cualquier esquiador avanzado conocía. Entre esos riesgos, el más temido y el más impredecible era el de los aludes.

Una luz no siempre ruge, no siempre anuncia su llegada con el estruendo que el imaginario popular le atribuye. A veces es silencioso en su inicio, una fractura casi imperceptible en la capa de nieve que en cuestión de segundos se convierte en una masa en movimiento de toneladas de material compacto y frío. Eso fue lo que ocurrió aquel 2 de febrero en la ladera donde esquiaba Frizo.

La nieve se dio y él quedó sepultado. Los minutos que siguieron fueron los más decisivos de toda la historia. Las personas que estaban cerca actuaron con rapidez. Los servicios de rescate de montaña fueron alertados de inmediato y respondieron con la eficiencia que caracteriza a los equipos de emergencia de las regiones alpinas austriacas.

equipos entrenados para este tipo de situaciones, precisamente porque en esas montañas los saludes no son excepciones, sino posibilidades siempre presentes. Pero la rapidez no siempre es suficiente frente a la brutalidad de la naturaleza. Frizo estuvo enterrado bajo la nieve durante aproximadamente 20 minutos.

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