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¡FILTRADO! SEBASTIÁN MARSET: EL NARCO QUE JUGÓ AL FÚTBOL Y ORDENÓ M4TAR UN FISCAL EN SU LUNA DE MIEL

Tío del entonces político y futuro expresidente de Paraguay, Horacio Cartes. Una figura que va a aparecer en los márgenes de esta historia en más de una ocasión. El envío llega por vía aérea desde Paraguay, cientos de kilos de marihuana. Para Marset, que hasta ese momento operaba a escala de barrio, es un salto cuántico.

Na es la primera vez que su nombre aparece conectado a una red transnacional. Es la primera vez que alguien de ese nivel lo elige y esa elección va a cambiarlo todo, pero antes de que pueda disfrutar del negocio, lo agarran. Un año después, en octubre de 2013, la policía uruguaya lo detiene en flagrancia en las rutas del interior del país. Tiene 22 años.

Lo detienen con 172 kg de marihuana en el vehículo. El contraste entre esa imagen y la que vendría 13 años después no podría ser más brutal. Ese joven con 172 kg en la camioneta es el mismo hombre al que la dea. Ofrecerá 2 millones de dólares de recompensa. El mismo hombre al que varios gobiernos de la región van a dedicar años de inteligencia y millones de presupuesto operativo.

A el mismo hombre cuya captura el presidente de Bolivia va a calificar de hecho histórico para la humanidad. Pero en 2013 nadie sabe nada de eso. Marset es procesado con prisión. Le esperan años adentro y lo que pasa en la cárcel es clave para entender absolutamente todo lo que viene después. Sebastián Marset entra a la prisión uruguaya como un delincuente menor, un chico de barrio que aceptó un trabajo de transporte para una red que no era la suya, que aún no maneja las conexiones necesarias para operar a gran escala, que conoce el

negocio por la calle, pero no por los tableros de mando, donde se toman las decisiones reales. Pero en la cárcel hay gente de todas partes del continente. Hay contactos del Primero Comando da Capital, el PSC de Brasil. y la organización criminal más poderosa del continente americano junto a los grandes cárteles mexicanos.

Un grupo que maneja rutas, que tiene células en decenas de países, que puede mover droga de Bolivia a Bélgica sin que nadie los vea. Hay vínculos con estructuras de Colombia y de Paraguay. Hay representantes de la andrangueta calabresa, la mafia italiana más poderosa del mundo en el negocio del narcotráfico transoceánico. Hay redes de los Balcanes que distribuyen en el este de Europa.

Todo ese mundo converge en ese espacio cerrado donde Marset va a pasar los años más formativos de su vida criminal. Y en ese espacio, Marset hace lo que muy pocos saben hacer. Escuchar, observar, ganarse la confianza sin despertar sospechas”, da un exdirector de investigaciones de la Policía Nacional Uruguaya que participó en los esfuerzos internacionales de captura.

Lo va a describir así años después. Me parece que es una persona con una inteligencia considerable cuando arranca su trayectoria delictiva y supo manejar muy bien los contactos que seguramente haya hecho en la cárcel. generó confianza en mandos importantes de alguna organización de Bolivia y Paraguay principalmente.

En la cárcel Marset aprende las rutas, los contactos, los métodos de lavado de dinero, la lógica del crimen organizado transnacional en su dimensión más sofisticada. Lo dirá el mismo años después en una entrevista de televisión desde un lugar no identificado. En la cárcel se aprende mucho lo bueno y lo malo y también con una lucidez que sorprende.

El negocio que elegí no es muy bueno. Hay mucha traición. Aprendí a cuidarme. Sale de prisión en 2018. tiene 27 años y ya sabe exactamente lo que quiere construir. El mismo año de su liberación, el nombre de Marset vuelve a entrar en el radar judicial por otro motivo. Es imputado por el homicidio de Alfredo Rondán, un conocido de la infancia con quien mantenía deudas relacionadas con el tráfico de estupefacientes.

El caso se archiva en 2020 por falta de pruebas. Hay algo en ese archivo que los investigadores van a mencionar años después como parte de un patrón que se va a repetir. Las pruebas desaparecen, los testigos no hablan, los expedientes tienen vacíos inexplicables. Sebastián Marset parece tener una habilidad especial para no dejar rastro en los papeles o para que otros se encarguen de borrarlo.

En agosto de 2018 y sus registros migratorios muestran el primer viaje documentado a Bolivia. Está tanteando el terreno, estableciendo contactos, evaluando rutas, midiendo posibilidades. En 2019 instala su base principal en Paraguay y el Sebastián Marset, que el mundo va a conocer empieza a tomar forma.

Lo primero que hace en Paraguay es construir fachadas. Es la regla número uno del narcotráfico de alto nivel en el siglo XXI. El dinero sucio necesita un negocio limpio donde mezclarse y emerger del otro lado lavado, perfumado, imposible de distinguir del dinero honesto. Marset crea empresas con una energía que parece genuina.

Una se llama Total Cars, un taller de autos alta gama. Otra es una empresa agropecuaria con campos y ganado. Otra una productora de espectáculos. Esta última va a ser clave. Según el propio presidente Gustavo Petro de Colombia, Marset usa los conciertos y la producción musical para mover dinero en cantidades que sería imposible justificar de otra manera.

Compra artistas para que actúen en eventos que él organiza. Organiza festivales y shows. Los espectáculos son reales. Los artistas son reales. El público llena las gradas sin saber absolutamente nada. Y el dinero que financia todo ese aparato viene de la cocaína que sale de los laboratorios de Bolivia y los campos de Paraguay en contenedores que cruzan el Atlántico hacia los puertos del norte de Europa.

Pero de todas las fachadas que construye Sebastián Marsette durante estos años, ninguna va a ser tan audaz, tan extravagante y tan perfecta como el fútbol. Hay algo en Marset y el fútbol que va más allá de la estrategia. El niño que soñó con jugar en el Danubio nunca soltó del todo ese sueño y cuando tiene el dinero para hacerlo real, aunque sea de mentira, lo hace.

En Paraguay se inscribe como jugador profesional en el Deportivo Capiatá, un club de la segunda división. llega con billetera abierta, con actitud despreocupada, con una historia de fachada que encaja perfectamente. Un empresario uruguayo apasionado por el deporte que quiere darse el gusto de jugar al fútbol profesional.

Sus compañeros lo ven como un tipo con plata y con ganas de divertirse. Nadie en ese vestuario tiene idea de con quién comparte la cancha. Pero Marset no quiere cualquier camiseta, quiere la camiseta 10, el número del crack, el número del que conduce el juego, el número de Messi, el número de Maradona. Nay, el problema es que ese número ya tiene dueño en el Deportivo Capiatá.

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