Tío del entonces político y futuro expresidente de Paraguay, Horacio Cartes. Una figura que va a aparecer en los márgenes de esta historia en más de una ocasión. El envío llega por vía aérea desde Paraguay, cientos de kilos de marihuana. Para Marset, que hasta ese momento operaba a escala de barrio, es un salto cuántico.
Na es la primera vez que su nombre aparece conectado a una red transnacional. Es la primera vez que alguien de ese nivel lo elige y esa elección va a cambiarlo todo, pero antes de que pueda disfrutar del negocio, lo agarran. Un año después, en octubre de 2013, la policía uruguaya lo detiene en flagrancia en las rutas del interior del país. Tiene 22 años.
Lo detienen con 172 kg de marihuana en el vehículo. El contraste entre esa imagen y la que vendría 13 años después no podría ser más brutal. Ese joven con 172 kg en la camioneta es el mismo hombre al que la dea. Ofrecerá 2 millones de dólares de recompensa. El mismo hombre al que varios gobiernos de la región van a dedicar años de inteligencia y millones de presupuesto operativo.
A el mismo hombre cuya captura el presidente de Bolivia va a calificar de hecho histórico para la humanidad. Pero en 2013 nadie sabe nada de eso. Marset es procesado con prisión. Le esperan años adentro y lo que pasa en la cárcel es clave para entender absolutamente todo lo que viene después. Sebastián Marset entra a la prisión uruguaya como un delincuente menor, un chico de barrio que aceptó un trabajo de transporte para una red que no era la suya, que aún no maneja las conexiones necesarias para operar a gran escala, que conoce el
negocio por la calle, pero no por los tableros de mando, donde se toman las decisiones reales. Pero en la cárcel hay gente de todas partes del continente. Hay contactos del Primero Comando da Capital, el PSC de Brasil. y la organización criminal más poderosa del continente americano junto a los grandes cárteles mexicanos.
Un grupo que maneja rutas, que tiene células en decenas de países, que puede mover droga de Bolivia a Bélgica sin que nadie los vea. Hay vínculos con estructuras de Colombia y de Paraguay. Hay representantes de la andrangueta calabresa, la mafia italiana más poderosa del mundo en el negocio del narcotráfico transoceánico. Hay redes de los Balcanes que distribuyen en el este de Europa.
Todo ese mundo converge en ese espacio cerrado donde Marset va a pasar los años más formativos de su vida criminal. Y en ese espacio, Marset hace lo que muy pocos saben hacer. Escuchar, observar, ganarse la confianza sin despertar sospechas”, da un exdirector de investigaciones de la Policía Nacional Uruguaya que participó en los esfuerzos internacionales de captura.
Lo va a describir así años después. Me parece que es una persona con una inteligencia considerable cuando arranca su trayectoria delictiva y supo manejar muy bien los contactos que seguramente haya hecho en la cárcel. generó confianza en mandos importantes de alguna organización de Bolivia y Paraguay principalmente.
En la cárcel Marset aprende las rutas, los contactos, los métodos de lavado de dinero, la lógica del crimen organizado transnacional en su dimensión más sofisticada. Lo dirá el mismo años después en una entrevista de televisión desde un lugar no identificado. En la cárcel se aprende mucho lo bueno y lo malo y también con una lucidez que sorprende.
El negocio que elegí no es muy bueno. Hay mucha traición. Aprendí a cuidarme. Sale de prisión en 2018. tiene 27 años y ya sabe exactamente lo que quiere construir. El mismo año de su liberación, el nombre de Marset vuelve a entrar en el radar judicial por otro motivo. Es imputado por el homicidio de Alfredo Rondán, un conocido de la infancia con quien mantenía deudas relacionadas con el tráfico de estupefacientes.
El caso se archiva en 2020 por falta de pruebas. Hay algo en ese archivo que los investigadores van a mencionar años después como parte de un patrón que se va a repetir. Las pruebas desaparecen, los testigos no hablan, los expedientes tienen vacíos inexplicables. Sebastián Marset parece tener una habilidad especial para no dejar rastro en los papeles o para que otros se encarguen de borrarlo.
En agosto de 2018 y sus registros migratorios muestran el primer viaje documentado a Bolivia. Está tanteando el terreno, estableciendo contactos, evaluando rutas, midiendo posibilidades. En 2019 instala su base principal en Paraguay y el Sebastián Marset, que el mundo va a conocer empieza a tomar forma.
Lo primero que hace en Paraguay es construir fachadas. Es la regla número uno del narcotráfico de alto nivel en el siglo XXI. El dinero sucio necesita un negocio limpio donde mezclarse y emerger del otro lado lavado, perfumado, imposible de distinguir del dinero honesto. Marset crea empresas con una energía que parece genuina.
Una se llama Total Cars, un taller de autos alta gama. Otra es una empresa agropecuaria con campos y ganado. Otra una productora de espectáculos. Esta última va a ser clave. Según el propio presidente Gustavo Petro de Colombia, Marset usa los conciertos y la producción musical para mover dinero en cantidades que sería imposible justificar de otra manera.
Compra artistas para que actúen en eventos que él organiza. Organiza festivales y shows. Los espectáculos son reales. Los artistas son reales. El público llena las gradas sin saber absolutamente nada. Y el dinero que financia todo ese aparato viene de la cocaína que sale de los laboratorios de Bolivia y los campos de Paraguay en contenedores que cruzan el Atlántico hacia los puertos del norte de Europa.
Pero de todas las fachadas que construye Sebastián Marsette durante estos años, ninguna va a ser tan audaz, tan extravagante y tan perfecta como el fútbol. Hay algo en Marset y el fútbol que va más allá de la estrategia. El niño que soñó con jugar en el Danubio nunca soltó del todo ese sueño y cuando tiene el dinero para hacerlo real, aunque sea de mentira, lo hace.
En Paraguay se inscribe como jugador profesional en el Deportivo Capiatá, un club de la segunda división. llega con billetera abierta, con actitud despreocupada, con una historia de fachada que encaja perfectamente. Un empresario uruguayo apasionado por el deporte que quiere darse el gusto de jugar al fútbol profesional.
Sus compañeros lo ven como un tipo con plata y con ganas de divertirse. Nadie en ese vestuario tiene idea de con quién comparte la cancha. Pero Marset no quiere cualquier camiseta, quiere la camiseta 10, el número del crack, el número del que conduce el juego, el número de Messi, el número de Maradona. Nay, el problema es que ese número ya tiene dueño en el Deportivo Capiatá.
El jugador Julio Razaba lo usa y Marset encuentra la solución que siempre encuentra cuando algo está en su camino. Abre la billetera, le ofrece $10,000 en efectivo a Irraaval para que le ceda el número y Razábal acepta. Y Sebastián Marset, uno de los narcotraficantes más peligrosos del cono sur, juega seis partidos oficiales en la segunda división paraguaya vistiendo la camiseta 10 del Deportivo Capiatá.
A los entrenamientos llega en Lamborghini Huracán, un automóvil que en ese mercado vale alrededor de 200,000. Sus compañeros lo miran, se ríen entre ellos, se preguntan, ¿quién es este tipo tan extravagante? Nadie hace demasiadas preguntas. El dinero tiene esa magia universal. Silencia la curiosidad antes de que se convierta en sospecha.
La directiva del club niega haber recibido dinero irregular. Los balances aseguran no muestran movimientos extraños. Pero los investigadores van a demostrar que la inversión de Marset en el fútbol paraguayo fue muy superior a lo que cualquier hincha apasionado gastaría. Según los reportes, al entrenador le regaló dos yates, una quinta y una casa.
Marset también se vincula a otros clubes. En Rubio Ñu lleva al técnico de su bolsillo, remosa el estadio con dinero propio y pone una de sus empresas como patrocinador oficial. En Riverplate de Paraguay hace lo mismo. No le interesa el fútbol como deporte en sí, o al menos no solo como deporte. Le interesa el fútbol como escudo, como manto, como la respuesta perfecta y convincente cuando alguien le pregunta a qué se dedica, de dónde viene el dinero, por qué viaja tanto pero la fachada futbolística v a alcanzar su punto más
delirante cuando Marset extiende sus operaciones a Bolivia. Allí no se limita a jugar, directamente compra un equipo. Se hace cargo de los Leones. El Torno FC, un club de la segunda división boliviana con sede en Santa Cruz de la Sierra, la ciudad que va a ser el escenario de su captura final. Se inscribe como jugador bajo el nombre Luis Amorim, utilizando documentación de la Confederación Brasileña de Fútbol que certifica su existencia bajo esa identidad falsa.
aparecen partidos televisados. sale en cámara con su cara, con sus brazos y cuello tatuados, con su físico delgado y su mirada que a veces parece absolutamente ausente. El narcotraficante más buscado del cono sur aparece en pantalla durante los partidos del fútbol boliviano de segunda división y nadie lo detiene, nadie lo reconoce, nadie lo delata porque nadie sabe quién es ese brasileño con nombre de debutante.
una operación de encubrimiento tan descabellada que parece inventada, tan absurda que si estuviera en una novela, el lector la cuestionaría, salvo que es completamente, documentalmente, verificadamente real. Mientras tanto, en las sombras, el verdadero negocio crece a una velocidad que las autoridades tardan años en dimensionar completamente.
Lo que Sebastián Marset construye entre 2018 y 2022. tiene un nombre que las investigaciones van a acuñar más tarde. El primer cartel uruguayo, el PCU, no es un cartel en el sentido clásico de los grandes cárteles mexicanos con ejércitos privados, con plazas territoriales, con batallas campales por el control de zonas.
Es algo más moderno, más sofisticado, nada más adaptado al siglo XXI. una red logística transnacional, una estructura cuya función principal no es controlar territorios, sino coordinar flujos. Flujos de cocaína desde los campos de cultivo de Bolivia y los laboratorios de Paraguay hasta los puertos de Amberes en Bélgica, Rotterdam en Países Bajos, Lisboa en Portugal, los mercados de consumo más lucrativos del planeta.
Para construir esa red, Marset se apoya en alianzas que se extienden por varios continentes. En Paraguay, su principal socio es Miguel Ángel Ins Fran, un hombre conocido en los submundos criminales de la región como tío Rico. Ins Fran es el patriarca de un clan familiar que tiene tentáculos en la política, en la iglesia, en los negocios y en el crimen organizado paraguayo.
Con él, Marset construye un entramado de empresas pantalla, are propiedades rurales y cuentas bancarias dispersas en varios países que hacen que el dinero se limpie antes de llegar a cualquier registro formal. El Primero Comando da Capital de Brasil aporta rutas terrestres, protección en parte del territorio y una red de contactos que facilita los movimientos de la mercancía desde Bolivia hasta los puertos del Atlántico Sur.
La endrangueta italiana, la mafia calabresa que controla buena parte del narcotráfico en Europa. Es el puente hacia los mercados de distribución del viejo continente. Las redes de los Balcanes aportan su propia infraestructura de distribución en el este de Europa. Es una alianza multinacional construida por un muchacho del barrio Piedras Blancas de Montevideo, que hace 10 años trasladaba marihuana por las rutas del interior uruguayo.
a la escala del negocio es difícil de imaginar sin números concretos. Las investigaciones de la DEA van a señalar que la red de Marset movilizó al menos 16 toneladas de cocaína hacia Europa durante los años de mayor actividad de la organización. De esas 16 toneladas, 11 fueron decomizadas en el puerto de Amberes en Bélgica, en una de las incautaciones más grandes del tráfico transoceánico de cocaína en años.
Las autoridades van a estimar que si esa carga hubiera llegado a su destino y hubiera sido distribuida en los mercados de consumo europeos, habría generado ganancias brutas de 433 millones de dólares. Solo ese envío, solo esa operación. Y es apenas una de las que la red manejó durante esos años. Para 2020 y 2021, la operación Aul Transap al el mayor operativo contra el narcotráfico en la historia de Paraguay comienza a revelar la magnitud real de lo que Marset y el clan Ins Fran han construido.
La operación montada en colaboración con la DEA estadounidense y Europol incauta más de 17,340 kg de cocaína vinculados directamente a la organización. Caen integrantes del clan Insfran, caen intermediarios financieros, caen operadores logísticos, caen funcionarios corruptos que facilitaron rutas y cerraron ojos.
El nombre de Sebastián Marset queda en el centro del tablero en letras mayúsculas, subrayado con rojo en cada expediente. La DEA lleva años siguiéndolo. Europol también. Interpol emite alertas y entonces, en el momento en que su nombre está en todos los radares, les ocurre el episodio que va a sacudir a un gobierno entero y que va a convertir a Marset en noticia en toda la región de una manera que ningún narco en la historia de Uruguay había logrado.
Es 2021. Sebastián Marset está en Dubai, los Emiratos Árabes Unidos. No está de vacaciones, no está de compras en los lujosos malls de la ciudad estado del Golfo Pérsico. Según el propio presidente colombiano, Gustavo Petro, que en más de una ocasión va a hablar de este tema con una intensidad que sugiere información de inteligencia directa, Dubai es la sede de lo que él llama una junta del narcotráfico, una especie de comité internacional de capos donde se coordinan envíos intercontinentales, se lavan fortunas y se toman decisiones que
afectan el mercado de las drogas en tres continentes. Marset, según Petro, forma parte de esa junta. Si desde allí, junto a socios que Petro describe como grandes capos de la cocaína en Europa y Medio Oriente, se diseñan las rutas que luego se ejecutan desde el otro lado del mundo.
Pero en Dubai, las autoridades lo detienen. Lo agarran usando un pasaporte paraguayo falso, una de las múltiples identidades que ha construido a lo largo de los años. Está preso en los Emiratos Árabes Unidos. La situación parece el principio del fin y entonces sucede algo que va a convertir a Sebastián Marset en el centro de un escándalo político sin precedentes en la historia reciente de Uruguay.
Algo tan inverosímil que si lo escribes en una novela, el editor te dice que lo saques porque nadie lo va a creer. Mientras está detenido en Dubai bajo nombre falso con causas penales abiertas en Uruguay. A Marset solicita un pasaporte uruguayo a través del consulado de su país en la región. La solicitud viaja hasta Montevideo. Hay alertas previas.
El embajador uruguayo en la región ya había enviado advertencias sobre los antecedentes del solicitante. Hay causas judiciales documentadas en el sistema. Cualquier burocracia mínimamente funcional debería de tener esa tramitación en cuestión de minutos, de horas en el peor de los casos. Pero el pasaporte sale. El gobierno uruguayo de Luis La Calle Pou, uno de los gobiernos considerados más serios y transparentes de la historia reciente del país, entrega un pasaporte legal a uno de los narcotraficantes más buscados de América del Sur. Y Marset, con ese
documento uruguayo en la mano, abandona Dubai, sale libre. El estado que debería haberlo retenido se convirtió sin quererlo, una en el instrumento de su fuga. Cuando el escándalo estalla públicamente en Uruguay, el daño político es devastador y rápido. Renuncia al canciller Francisco Bustillo.
Renuncia al ministro del Interior, Luis Alberto Ever. Renuncia el subsecretario del Interior, Guillermo Maciel. renuncia el asesor político Roberto Lafluff. La vicecanciller Carolina H ya había renunciado antes cuando los primeros detalles del caso empezaron a filtrarse. Cinco funcionarios de alto nivel del gobierno uruguayo cayeron por culpa de un pasaporte por la incapacidad del sistema de detectar que el hombre al que estaban documentando era un narco internacional buscado por múltiples países.
La Cancillería y el Ministerio del Interior argumentaron que desconocían los antecedentes del caso, que la normativa vigente en ese momento no impedía la tramitación. Las investigaciones judiciales archivaron el caso en 2024 sin encontrar conductas penalmente perseguibles. Nadie fue condenado y Marset siguió suelto.
Lo que viene después del episodio de Dubai es una escalada en todos los sentidos. Marset ya no se preocupa demasiado por mantener un perfil completamente bajo. Aparece en videos, concede entrevistas desde lugares no identificados. En 2023 habla en un programa uruguayo de televisión con una confianza que roza la arrogancia clínica, la de alguien que cree que es intocable.
Cuando hablan de Sebastián Marset, dicen, dicen, dicen, “Pero yo quiero ver algún día si me capturan de todo lo que dicen, de qué tienen pruebas.” La frase flota en el aire durante años. Durante años nadie puede responderle porque nadie puede encontrarlo. Pero antes de esa entrevista, antes de esa arrogancia pública, antes de que Marcette empiece a aparecer en videos exhibiendo hombres armados a su alrededor, ocurre el crimen que va a definir su historia para siempre.
El crimen que va a perseguirlo en todos los expedientes, en todas las acusaciones, en todas las discusiones sobre quién es realmente este hombre. El crimen que va a convertirlo en algo más que un narco exitoso. En el hombre que mató a un fiscal en su luna de miel frente a su esposa embarazada en una playa del Caribe. El 10 de mayo de 2022, el fiscal paraguayo Marcelo Pechi y su esposa, la periodista Claudia Aguilera, llegan a la isla de Barú, cerca de Cartagena, en la costa caribeña de Colombia.
Es su luna de miel. Son una pareja que irradia una felicidad que todos los que los conocen van a recordar después de lo que pasa ese día. Ah, Claudia está embarazada. Van a ser padres. El bebé que llevan en camino va a nacer en un mundo donde el padre ya no estará. Marcelo Pechi es uno de los fiscales antinarcóticos más importantes de Paraguay.
Un hombre que hizo de la lucha contra el crimen organizado no solo su profesión, sino su vocación. encabezó la operación a Ultran Saapí, la mayor ofensiva contra el narcotráfico en la historia de su país. Sus investigaciones pusieron en la mira al clan Ins Fran, la familia criminal más poderosa de Paraguay. Sus investigaciones pusieron en la mira a Sebastián Marset.
Sus investigaciones pusieron en la mira a toda la red que los dos construyeron juntos durante años. Marcelo Pechi sabe que su trabajo genera enemigos. Sabe que hay gente muy poderosa a la que le conviene que él no siga trabajando. Pero nadie, ningún fiscal del mundo o ningún investigador, por más valiente que sea, puede prever que sus enemigos van a ir por él hasta el último día de su luna de miel.
Esa tarde en la playa de Barú, sicarios se acercan al lugar donde Pechi descansaba con su esposa. Los investigadores van a reconstruir después cada detalle, fotograma por fotograma, de lo que ocurrió en esos segundos que cambiaron todo. Los disparos, el cuerpo del fiscal en la arena. Claudia Aguilera, su esposa, con el bebé de ambos en el vientre, inclinada sobre él, susurrándole palabras que nadie más escucha.
Marcelo Pechi muere en la playa de Colombia, donde había ido a celebrar el principio de una nueva etapa de su vida. Es uno de los asesinatos más brutales, más calculados y más deliberadamente simbólicos del crimen organizado en América del Sur en años recientes. Y no solo por la frialdad quirúrgica de la ejecución, sino por el mensaje que envía a todo el sistema judicial de la región.
Nadie está a salvo. No importa dónde estés, no importa qué día sea, no importa que estés de luna de miel con tu esposa embarazada en una isla del Caribe. Si estás en nuestra lista, vamos por ti y te encontramos. Las investigaciones colombianas destapan la mecánica del crimen con una precisión que le da más escalofríos aún al cuadro.
El cerebro operativo es Francisco Luis Correa Galeano, un hombre de 43 años que contrató a los sicarios, coordinó la logística y supervisó la ejecución desde el exterior. Colombia condena eventualmente a nueve personas por el magnicidio, incluyendo coordinadores de diferentes funciones y ejecutores directos.
Pero los autores intelectuales, los que dieron la orden, una a los que pagaron, los que tenían el motivo real, siguen en las sombras. El fiscal general de Paraguay, Emiliano Rolón, ubica públicamente a Sebastián Marset en el segundo anillo de los autores intelectuales junto al tío rico Miguel Ángel Ins Fran.
La información, señala, proviene de su homóloga colombiana. Según las investigaciones, el motivo fue la detención de varios hermanos del clan Ins Fran durante la operación Aulranapí. En abril de 2022, Miguel Ángel Ins Fran, furioso por ver a su familia caer, habría ordenado la muerte del fiscal como acto de venganza, convencido de que Pechi instruyó las capturas.
Marset, su socio en el negocio, coparticipó en esa decisión y para mover el dinero del sicariato. Según el presidente Petro, Marset utilizó una iglesia evangélica con sede en Paraguay y Colombia como vehículo de transferencia de fondos. Los conciertos de su empresa de espectáculos también sirvieron para mover parte de ese dinero.
Francisco Correa Galeano, el principal testigo que podría haber revelado toda la cadena de mando, nunca llega hacerlo completamente. El 2 de enero de 2025 en la cárcel La Picota de Bogotá, a exactamente 16 días de que un juez le fuera a notificar el cese de la acción penal por su cooperación con la justicia, Correa Galeano es asesinado.
Estaba en su celda bebiendo licor clandestino y escuchando música con otros reclusos, violando las normas del establecimiento. En medio de una discusión acalorada, a un compañero de celda llamado Samuel Zuleta Márquez saca un puñal de fabricación artesanal y le traspasa el pecho.
El hombre que conocía el nombre del autor intelectual del asesinato de Marcelo Pechi muere 16 días antes de poder hablar formalmente ante la justicia. La coincidencia es tan perfecta que resulta imposible no preguntarse si fue realmente una coincidencia. y Gustavo Petro, el presidente de Colombia, añade otro capítulo a esta historia cuando la captura de Marset se confirma en marzo de 2026.
Petro denuncia públicamente algo que sacude los cimientos mismos de la justicia colombiana, que el nombre de Marset fue borrado de los expedientes formales del caso Pechi, que funcionarios de alto nivel de la fiscalía colombiana eran cercanos al narco uruguayo, de que esa cercanía permitió que su nombre desapareciera de los documentos donde debería haber figurado y Petro va más allá aún.
asegura que Marset intentó ordenar su propio asesinato mientras ejercía la presidencia de Colombia, que el narco uruguayo quiso eliminar a un presidente en funciones. También señala que Marset y sus socios controlan minas de esmeraldas en Colombia, un negocio que los investigadores conocen como una de las formas más sofisticadas de lavado de activos que existen.
Las esmeraldas no tienen número de serie, no tienen rastreo electrónico, no pasan por sistemas bancarios, son el efectivo del siglo XIX en el crimen organizado del siglo XXI. Si la mitad de lo que dice Petro es cierto, Sebastián Marset no es simplemente un narco exitoso, es una amenaza de estado. Ah, para finales de 2022 y durante todo 2023, Marset es ya el fugitivo más buscado del cono sur.
sabe que lo buscan, sabe que el cerco se va cerrando, pero sigue operando, sigue apareciendo públicamente en videos, sigue manejando negocios desde la clandestinidad. En julio de 2023, la policía boliviana monta un operativo en Santa Cruz de la Sierra para capturarlo. Es la misma ciudad donde el operativo final va a terminar 3 años después.
Pero en julio de 2023 alguien filtra la información. Las fuentes hablan de funcionarios corruptos que alertaron a Marset antes de que los agentes llegaran al lugar. Él escapa con su familia, los pierde en la oscuridad de Santa Cruz. A él y su esposa Yanina García Troche se evaporan bajo identidades brasileñas falsas que ya tienen preparadas desde hace tiempo.

Él como Luis Paulo Amorim Santos, ella como Larisa Márquez Magdalena. Dos personas que no existen documentadas perfectamente para existir en el papel. La fuga de 2023 parece volverlo más audaz, no menos. En los meses siguientes aparecen videos donde exhibe a hombres armados a su alrededor. Mensajes grabados donde habla con una tranquilidad que contrasta con la paranoia que debería sentir cualquier fugitivo en su situación.
Es un mensaje deliberado al mundo narco y al mundo judicial. Estoy vivo, estoy armado, estoy rodeado. Vengan si quieren. Los servicios de inteligencia analizan esos videos fotograma por fotograma. Buscan pistas en el fondo, en la luz, en los sonidos y en los objetos que aparecen en el cuadro.
Buscan la ventana que deje ver dónde está. Mientras tanto, el entramado que construyó va perdiendo piezas una a una. En agosto de 2023, el expresidente Evo Morales acusa al gobierno boliviano de turno de haber protegido a Marset durante su estadía en el país. El gobierno lo niega. En noviembre de 2023, la policía boliviana detiene al piloto personal de Marset, Johan Guzmán Parada.
El mismo mes, el pastor José Ins Fran, que había sido candidato a gobernador de un departamento paraguayo por el partido Colorado, se entrega a las autoridades al picado por el caso Marset. En octubre de ese año, el cuñado de Marset, Sebastián Alberti Rossi, que llevaba 3 años prófugo de la justicia uruguaya, también se entrega.
En enero de 2024, el gobierno boliviano anuncia que desarticuló la red de narcotráfico de Marset en Bolivia, afectando más de 30 millones de dólares de su patrimonio en ese país. En noviembre de 2023, la policía boliviana había revelado audios atribuidos al entonces embajador paraguayo en los Emiratos Árabes, Ángel Barchini, donde presuntamente le ofrecía ayuda a Marset cuando el narco estaba detenido en Dubai.
Barchini negó todo y en julio de 2024 llega el golpe que lo deja verdaderamente solo. Su esposa Yanina García Troche, la madre de sus hijos, es detenida por las autoridades. El hombre que construyó un cartel con tentáculos en cinco países pierde a la última persona de su círculo íntimo que seguía libre. Las autoridades bolivianas, que saben que está en Santa Cruz de la Sierra, vos saben también que está acorralado.
Es cuestión de tiempo. Desde mayo de 2025, la DEA lo incluye formalmente entre sus fugitivos de mayor prioridad global. Y cuando el 22 de febrero de 2026 cae abatido Nemesio Cervantes, el Mencho, el líder del cártel Jalisco Nueva Generación en México, en uno de los operativos más importantes de la historia del combate al narcotráfico en ese país.
La DEA reorganiza internamente su lista de prioridades. El Mencho está muerto. Ismael, el mayo Sambada, el cofundador del cártel de Sinaloa, está detenido. El tablero global del narcotráfico se reorganiza. Y Sebastián Marset, el narco uruguayo de 34 años que empezó con 172 kg de marihuana en una camioneta, sube al tercer puesto en la lista de prioridades globales de la DEA o la recompensa por información que lleve a su captura, está en ill00000.
No hace falta que nadie la cobre. En las semanas previas al 13 de marzo de 2026, el Ministerio de Gobierno Boliviano trabaja con una discreción absoluta. El nuevo presidente de Bolivia, Rodrigo Paz, que asumió en noviembre de 2025, poniendo fin a casi dos décadas del movimiento al socialismo, tiene una agenda de seguridad radicalmente diferente a la de sus predecesores.
En febrero de 2026, su gobierno restableció las relaciones con la DEA, interrumpidas desde 2008 durante el gobierno de Evo Morales. El presidente Paz fue recibido por Donald Trump en Mar Lago como parte de una cumbre latinoamericana sobre seguridad y combate al crimen organizado. El contexto político y diplomático es el más favorable que Marset ha enfrentado en años.
Y lo que es más importante, la inteligencia boliviana tiene su ubicación. El operativo que se monta en los días previos es un texto de libro sobre cómo se hace esto correctamente cuando se ha aprendido de los errores del pasado. Las autoridades bolivianas no identifican una locación, identifican dos, la residencia de Marset y la casa donde vive y opera su equipo de seguridad personal a 8 minutos de distancia de la primera.
El plan que el ministro Marco Antonio Oviedo explicará en detalle después de la operación es tomar primero la vivienda de los escoltas para neutralizarlos antes de que puedan alertar a su jefe o trasladarse a protegerlo. Los drones están en el aire desde antes de que empiece el operativo. Los agentes los detectan en tiempo real.
Cinco personas armadas dentro de vehículos blindados que sienten el movimiento policial y intentan moverse. Los drones los ven, los agentes los interceptan. La primera vivienda cae limpiamente sin muertos ni heridos. Y entonces, con el equipo de seguridad neutralizado van por Marset. La vivienda donde está es amplia de dos plantas con piscina y plantas tropicales, acceso por dos calles diferentes y un sistema de monitoreo de cámaras y sensores de movimiento que cubre toda la propiedad.
Es una fortaleza doméstica, discreta por fuera y preparada por dentro, pero no es suficiente porque los agentes que entran esa madrugada vienen preparados para todo y encontraron el único momento en que las defensas están comprometidas. Cía a las 2:30 de la mañana entran los agentes de la Felcan y la Utop boliviana.
No hay disparos, no hay resistencia activa. El hombre que según el presidente de Colombia quiso asesinar presidentes. El hombre al que se acusa de haber ordenado el asesinato de un fiscal en su luna de miel. El hombre que durante 13 años fue construyendo un imperio desde los márgenes del mundo legal.
es esposado sin mayor resistencia y puesto contra la pared junto a sus acompañantes. Junto a él caen cuatro personas, dos venezolanos, un colombiano y una mujer de apellido Marcalba. Presuntamente su media hermana Tatiana, quien había ingresado al país con él. En el lugar, los agentes encuentran armamento sofisticado, múltiples dispositivos electrónicos que los peritos van a analizar durante semanas buscando información sobre la estructura de la red. Sí.
Dos vehículos estacionados, un Mercedes-Benz Classe G y una Toyota Hilux, ambos con blindaje certificado de nivel tipo si el nivel más alto disponible para vehículos civiles en el mercado. El mismo nivel de blindaje que usan los jefes de estado. El operativo se extiende hasta pasadas las 9 de la mañana. La ciudad de Santa Cruz de la Sierra empieza a despertar sin saber lo que pasó a pocos kilómetros mientras dormía.
Luego Marset es trasladado al aeropuerto Birubirú de la ciudad, el mismo aeropuerto por el que entró tantas veces con nombres y documentos falsos. Un avión con matrícula estadounidense lo espera en la pista. Agentes de la DEA lo reciben formalmente. El ministro boliviano aclara para el registro histórico.
Los agentes estadounidenses no participaron en el operativo de captura, solo en el traslado. Man Bolivia hizo el trabajo. Bolivia entregó al hombre que Bolivia misma había perdido en 2023. Y con escala en Lima, Perú, Sebastián Marcete es llevado a los Estados Unidos para enfrentar cargos federales de narcotráfico y lavado de dinero ante la justicia del país que más duramente lo había buscado.
El presidente boliviano Rodrigo Paz convoca una conferencia de prensa y sale ante las cámaras con una frase que resume el peso histórico del momento. Es un hecho histórico para la región y la humanidad. Uno de los narcotraficantes más grandes del continente ha caído bajo el rigor y las capacidades del Estado.
No exagera en el contexto regional, con el Mencho abatido en México apenas tres semanas antes y Marset capturado en Bolivia, el tablero del crimen organizado en América Latina cambia en cuestión de días de una manera que los analistas de seguridad van a estudiar durante años. El ministro paraguayo del Interior, Enrique Rera, revela después un detalle que fascina a los investigadores y que dice mucho sobre la psicología de Marset.
El video que circuló meses antes en el que Marset aparece rodeado de hombres armados en una exhibición deliberada de poder, fue clave para ubicar su paradero. Las imágenes analizadas minuciosamente por los servicios de inteligencia de varios países dejaron pistas de localización que los analistas lograron identificar.
La brabuconería de ese video, esa necesidad profunda de mostrar que seguía siendo poderoso, incluso desde la clandestinidad, la incapacidad de quedarse completamente invisible. Mu fue la grieta por donde entró la inteligencia. El hombre que durante años operó como un fantasma decidió en un momento de ego hacerse visible y ese momento le costó todo.
Gustavo Petro, el presidente de Colombia, toma las redes sociales con la ferocidad de quien llevaba años esperando este momento y tiene mucho que decir. Este señor me quería asesinar en el ejercicio de mi cargo como presidente de la República. Escribe y agrega. era muy amigo de gente de la fiscalía de alto nivel que permitieron que se borrara su nombre de los expedientes del asesinato del fiscal paraguayo Pechi en Cartagena, Colombia.
Y luego la frase que detiene la respiración de quien la lee. El fiscal Pechi fue asesinado en su luna de miel y ante su mujer embarazada, no como si la vendeta reviviera. Petro también señala que Marcet y sus socios son grandes capos de la cocaína en Europa y Medio Oriente y que poseen minas de esmeraldas en Colombia.
Es un hombre en la descripción de Petro que construyó un imperio de sangre, cocaína y piedras preciosas desde los márgenes del cono sur. Y en Uruguay la reacción es más silenciosa, pero igual de cargada. El país que sin querer le entregó el pasaporte que le permitió escapar de Dubai, ve como ese hombre al que documentó termina esposado en un avión de la DEA rumbo a Estados Unidos.
El país donde nació, donde creció, donde aprendió a leer y a llevar la bandera en los actos, donde sus primeras causas penales fueron por hurto menor. Ve como su historia termina en un tribunal federal estadounidense. Es un arco que ningún novelista habría atrevido a imaginar. La historia de Sebastián Marset es muchas historias al mismo tiempo.
Es la historia de una transformación que desafía la imaginación y que obliga a preguntarse qué factores convierten a un niño abanderado de la primaria en un capo narcotransnacional. Es la historia de la porosidad de las instituciones latinoamericanas ante el dinero del crimen organizado, de los funcionarios que cierran los ojos a cambio de algo, de los sistemas judiciales donde los expedientes desaparecen y los testigos mueren antes de declarar.
Es la historia de la sofisticación con que el narcotráfico del siglo XXI opera sin necesitar territorios físicos, usando el sistema financiero global como su instrumento principal. Es la historia de cómo el dinero puede comprar camisetas de fútbol, conciertos, equipos enteros oí y convertir al narco en una figura pública que pasea por estadios sin que nadie lo reconozca.
Es también la historia de un sistema que a pesar de todos sus fracasos, a pesar de la corrupción, a pesar de los años que tardó, a pesar de la fuga de 2023, terminó encontrándolo. Terminó deteniendo los vehículos blindados de nivel siete. Terminó poniéndolo contra la pared en el barrio Las Palmas de Santa Cruz de la Sierra a las 2:30 de la madrugada, sin muertos, sin heridos, sin posibilidad de fuga esta vez.
En aquella entrevista televisiva de 2023, Marset desafió al mundo con una frase que sonó a declaración de guerra. Si me capturan de todo lo que dicen, ¿de qué tienen pruebas? La respuesta llegó en la madrugada del 13 de marzo de 2026 en un barrio de Santa Cruz de la Sierra. Mientras los drones sobrevolaban su techo y los agentes bolivianos cerraban el cerco en silencio. Las pruebas, Sebastián.
están esperando en un tribunal federal de los Estados Unidos. Y ahora tú también.