y planean revoluciones. Faranás solo sabe que cuando se despierta una niñera está ahí, que cuando tiene hambre la comida aparece, que su madre huele a perfume francés y siempre está perfectamente vestida. que su padre cuando está en casa, lo cual no es frecuente porque está gobernando un país, la levanta y la llama mi pequeña princesa, literalmente porque eso es lo que es su alteza imperial, la princesa Faraná Palabi.
Sus primeros recuerdos, el jardín del palacio en primavera, cuando las rosas están en plena floración. El sonido de las fuentes. El sabor de shoh sart, arroz dulce con azafrán que las cocineras le preparan. Las lecciones de piano los martes y jueves. Aprender francés con una tutora aparicina que se dirige a ella como votral.
Aprender inglés con un profesor británico que le enseña usando libros de Beatrix Potter. Flash forward. 45 años después, cuando Faragnas esté en una clínica psiquiátrica en Connecticut, después de su segundo intento de suicidio, un terapeuta le preguntará, ¿cuándo fue la última vez que fue verdaderamente feliz? Y Faragnas, después de pensar durante varios minutos, dirá, “Creo que tenía 6 años en el jardín antes de entender lo que significaba ser palabi.
” Pero retrocedamos a esos años de jardines y felicidad inconsciente. Faranás tiene 5 años. Es el año en que su hermana menor Leila nace. Ahora son tres hermanos. Resa, 8 años. Farajnas 5 y la bebé Leila. Más tarde vendrá Alirra en 1966. Esperen, la cronología está confusa, déjenme reorganizar. En realidad, Resa nace en 1960, Farnas en 1963, Ali Resra en 1966, Leila en 1970, cuatro hijos de Mohamad Resa, Palabi y Fara Diva.
Cuatro piezas de una familia que desde afuera parece perfecta, pero que está siendo lentamente envenenada por fuerzas que ninguno de ellos entiende aún. Y aquí está el primer indicio de lo que hace a Faranas diferente de sus hermanos. Reza. El mayor es serio desde pequeño. Entiende que un día será sha estudia política. Es disciplinado, formal.
Un niño que actúa como adulto desde los 7 años. Leila cuando nace en 1970 es salvaje, rebelde, grita cuando no obtiene lo que quiere, rompe reglas. Es el tipo de niña que se escapa de sus niñeras y corre descalza por los jardines del palacio riendo. Alir reza, el otro niño, es introvertido, intelectual. Prefiere libros a personas.
Pasa horas en la biblioteca del palacio leyendo sobre historia persa antigua. Y luego está Faraná. Faranás, que desde los 4 años muestra una sensibilidad inusual, que llora cuando ve documentales sobre niños pobres en África, que le pregunta a su madre por qué no pueden ayudar a todos, que regala sus juguetes a los hijos de los sirvientes del palacio, que abraza a las cocineras y les pregunta sobre sus familias.
Los sirvientes la adoran, la llaman Fareestte. Ángel, dicen que tiene el corazón más puro de todos los palab. Sus hermanos, con mezcla de cariño y burla empiezan a llamarla Madre Teresa porque Faranás siempre está preocupada por otros, siempre queriendo arreglar cosas, siempre queriendo que todos sean felices.
Y aquí está la semilla de su futura destrucción. Faranas nace con un corazón demasiado grande para el mundo cruel en el que vivirá. Nce con la capacidad de sentir profundamente en una familia que tendrá que aprender a no sentir nada para sobrevivir. Ya. Entonces, aunque nadie lo nota, las semillas de su tragedia estaban plantadas.
Un corazón gentil en un mundo de poder es una condena, no un don. 1970 a 1975. Los años dorados. Faranás tiene entre 7 y 12 años. Estudia en la escuela especial de Niabarán, una escuela privada dentro del complejo del palacio para los hijos de la élite y la familia real. Las clases son pequeñas. Los maestros son los mejores que el dinero puede comprar.
Todo está diseñado para crear la próxima generación de líderes iraníes. Faranas es buena estudiante, no brillante como Ali Resa, quien devora libros. No estratégica como Resa, quien ya a los 10 años entiende geopolítica, pero es diligente, amable, querida por todos. Sus maestros notan algo. Faranas es la única estudiante que pregunta no solo cómo funciona esto, sino cómo ayuda esto a la gente.
Cuando aprende sobre economía, pregunta sobre pobreza. Cuando aprende sobre gobierno, pregunta sobre justicia social. Quiero ser trabajadora social cuando crezca, le dice a su maestra de francés. Un día la maestra sonríe porque es lindo que una princesa quiera ayudar a gente, pero nadie toma en serio.
Las princesas no se convierten en trabajadoras sociales. Las princesas se casan con príncipes, tienen bebés reales, cortan cintas en inauguraciones, pero Farannás lo dice en serio y nunca dejará de decirlo en serio. Mientras esto sucede en el mundo privado de Faranás, en el Irán más amplio, las grietas están apareciendo. Es 1973 la crisis del petróleo.
Los precios se disparan. Irán, como uno de los mayores exportadores, se hace increíblemente rico. El Sha gasta como nunca antes. Compra armamento estadounidense por miles de millones. Construye la autopista Transiraní. financia las artes, la arqueología, la educación, pero también la inflación alcanza el 25%. Los precios de alimentos se duplican, los trabajadores organizan huelgas, los estudiantes protestan y la SABC, la policía secreta del sha, responde con puño de hierro.
arrestos, torturas, desapariciones. Faranás, a sus 10 años no sabe nada de esto. Su mundo es jardines, lecciones de piano, vacaciones de verano en la ria francesa, inviernos esquiando en Suiza. Pero hay momentos, momentos donde la realidad exterior se filtra. Como el día en 1974, cuando Faranáas, yendo en automóvil con su madre a un evento, ve por la ventana una protesta siendo dispersada por policía.
Ve gases lacrimógenos, ve estudiantes corriendo, ve sangre en el pavimento. Mamán, ¿por qué están lastimando a esa gente?, Pregunta Faradiva, quien siempre ha sido más consciente políticamente que su esposo da crédito, vacila. Es complicado así, Sam. Hay personas que no entienden lo que tu padre está tratando de hacer por Irán, pero ¿por qué los lastiman? para mantener orden.
Y Faranás a sus 11 años siente algo que no puede nombrar, un malestar, una sensación de que algo está profundamente mal, que orden mantenido por violencia no es realmente orden. Guarda estas preguntas, las entierra porque es una niña y los niños no cuestionan a sus padres, especialmente cuando tu padre es el shá de Irán. Pero las preguntas están ahí.
creciendo como tumores silenciosos que un día metasttizarán. Congelemos este momento porque en 30 años cuando Faraná esté en terapia tratando de entender por qué no puede funcionar en el mundo, rastreará todo de regreso a estos momentos. a ver violencia y no poder detenerla, a vivir en lujo mientras otros sufren. A ser parte de un sistema que, sin importar cuán gentil sea su corazón personal, está construido sobre opresión.
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Farajnas cumple 12 años. El shao, le da un caballo árabe puro, lo llama estrella. Pasa horas en los establos del palacio cepillando a estrella, alimentándola, hablándole. Los establos se convierten en su refugio porque los caballos no juzgan, los caballos no tienen expectativas, los caballos solo quieren zanahorias y cariño.
Este patrón, buscar refugio con animales en lugar de personas, se volverá más pronunciado con los años. 1976 a 1977. Faragnas es enviada a estudiar al extranjero. La escuela Etel Walker en Simsbury, Connecticut, Estados Unidos. Es una escuela preparatoria de élite para niñas. Cuesta $0,000 al año en dólares de 1976.
Las hijas de senadores van ahí. las hijas de CEO de Fortune 500 y ahora la hija del sha de Irán. Para Faragnas, quien tiene 13 años, es la primera vez en su vida que está verdaderamente lejos de casa. Vive en un dormitorio. Tiene una compañera de cuarto, una chica de Boston, cuyo padre es banquero. Por primera vez, Faranás tiene que hacer su propia cama, lavar su propia ropa, formar fila para el almuerzo en la cafetería. Y algo extraño sucede.
Le gusta. Le gusta ser tratada como una estudiante normal. Le gusta que sus maestros no sepan o no les importe que es princesa. Le gusta que las otras chicas la traten como igual. Solo llámenme Fara”, les dice, “porque su alteza imperial, princesa Farajnas Palabi, es demasiado largo y demasiado mucho.
Hace amigas, va a fiestas de pijamas, ve películas estadounidenses en el cine del pueblo, come pizza, cosas normales, cosas maravillosamente mundanas. Y por primera vez desde que era muy pequeña, Faranás es feliz. genuinamente feliz. Flash forward. Décadas después, estas memorias de Coneticut serán las únicas felices que Faragnas podrá recordar de su adolescencia.
Todo lo demás estará teñido de trauma. Pero en 1977 es feliz por aproximadamente 6 meses. Luego llega el otoño de 1977 y las noticias de Irán comienzan a cambiar. protestas más grandes, más frecuentes. El shape confundido, indeciso, a veces reprime duramente, a veces trata de apaciguar, no puede decidir si ser dictador o reformista.
En Etel Walker, algunas de las otras estudiantes comienzan a mirar a Faragnas diferente. Han visto en las noticias, dictador, régimen brutal, Sabac. Una chica le pregunta directamente, “¿Es cierto que tu padre tortura gente?” Faranás, a sus 14 años no sabe qué responder porque honestamente no sabe. Nadie le ha hablado de estas cosas.
En el palacio su padre es solo papá. El hombre que a veces la levanta y la llama su pequeña princesa. No es el sh, no es el dictador, solo es papá. No sé, es todo lo que puede decir. Y la chica se aleja claramente insatisfecha con la respuesta. Faranas comienza a notar que algunas estudiantes la evitan, que cuando entra a una habitación las conversaciones se detienen, que su compañera de cuarto ha pedido cambio de habitación.
Por primera vez, Faranas entiende que su apellido no es solo un nombre, es un estigma. En ese mismo momento, a 10,000 km de distancia en Teerán, su padre está perdiendo el control. Las protestas de otoño de 1978 involucran a millones, no cientos, no miles, millones. Y en París, un anciano clérigo con barba blanca y ojos penetrantes llamado Ayatolá Rujoya Comini está dando discursos que se graban en cacetes y se distribuyen ilegalmente por todo Irán.
El sha debe irse, dice Comini. Irán debe ser una república islámica. Las cintas se vuelven virales. La versión 1978 de viral. Diciembre de 1978. Farnas está en Conneticut. Es tiempo de vacaciones navideñas. Debería volar de regreso a Teerán para las vacaciones de invierno. Pero su madre llama, “No vengas a casa aún así.
La situación está inestable. ¿Cuándo puedo volver? Pronto. Te amo. Faranás pasa Navidad de 1978 en la casa de una amiga en Boston. Ve las noticias, ve a su país en llamas, ve manifestaciones masivas, ve a su padre en la televisión luciendo cansado, derrotado y siente algo que nunca ha sentido antes. Vergüenza, vergüenza de ser palabi.
Este sentimiento, esta vergüenza de existir, nunca la dejará. se convertirá en el núcleo de su depresión, la creencia de que su existencia misma es problemática. Saltemos adelante a enero de 1979, el momento que cambió todo. 16 de enero de 1979. Aeropuerto Merabat, Teerán. 1:24 de la tarde. Un Boeing 707 está en la pista. Motores encendidos.
A bordo, la familia imperial de Irán. Mohamad reza Shah Palabi, 59 años muriendo de cáncer que el público no conoce, sube las escaleras del avión Faradiva, 40 años, con lentes oscuros ocultando ojos llorosos. Lo sigue. Detrás de ellos sus hijos. Reza, 18 años con el rostro pétrireo. Faranás, 15 años, aún en Connecticot, pero que volará para reunirse con ellos en Egipto. Alira, 12 años, confundido.
Leila, 8 años, asustada. Oficialmente están yendo a vacaciones en Egipto. Todos saben que es mentira. Están huyendo. Están siendo expulsados. Su imperio de 2,500 años acaba en este momento. Cuando el avión despega, el Sha mira por la ventana. Vete Erán haciéndose más pequeña y dice algo que luego se volverá famoso.
Ya no sé quién soy. En ese avión, con esa sola oración, 2500 años de monarquía persa terminan. No con una batalla, no con una revolución violenta, con un hombre enfermo en un avión diciendo. Faranás, cuando se reúne con su familia días después en Egipto, encuentra a su padre irreconocible. Ha envejecido 10 años en dos semanas.
Su madre está intentando mantener dignidad, pero está rota. Sus hermanos están confundidos, asustados, enojados. Y Farjnas, fiel a su naturaleza, trata de consolar a todos. Abraza a Leila cuando llora. Le dice a Alir Rea que todo estará bien. Le trae té a su madre, se sienta con su padre en silencio porque no hay palabras que puedan hacer esto mejor.
Ella es como siempre la cuidadora, la que pone los sentimientos de otros antes de los propios, la que traga su propio dolor para hacer espacio para el dolor de otros. Y esta es exactamente la cualidad que eventualmente la destruirá. Porque cuando cargas el dolor de todos y nunca procesas el tuyo propio, ese dolor no desaparece.
Se acumula, se fermenta, se pudre. hasta que un día, décadas después, te encuentras con un frasco de pastillas en la mano preguntándote por qué sigues viva. Lo que Farannas no sabía mientras su familia se instalaba en un palacio prestado en el Cairo era que esto era solo el comienzo, que los próximos 40 años serían una pesadilla de lenta combustión, que nunca volvería a ver Irán, que perdería a su padre en 18 meses, que eventualmente perdería a dos hermanos y que se perdería a sí misma tan completamente que incluso la muerte la rechazaría tres veces. El exilio no
es un evento, es un proceso, un lento de sangrarse de identidad, de pertenencia, de propósito. Egipto. Febrero de 1979. El presidente Anwar Sadatad ha ofrecido asilo a la familia imperial. Los instala en el palacio Cube, una residencia real egipcia con 400 habitaciones. Suena lujoso y lo es, pero para Faranás, quien creció en Niabaran, se siente falso.
Como estar viviendo en un museo de la vida de otra persona. Los días tienen una cualidad surreal. Se despierta en sábanas de seda egipcia, no persa. Mira por la ventana y ve palmeras. No los jardines de rosas de Teerán. Escucha árabe egipcio en los pasillos. No farsi. Su padre pasa la mayoría del tiempo en su habitación. El cáncer está avanzando.
Los médicos van y vienen. Hay discusiones susurradas sobre tratamiento, sobre países que aceptarían recibirlos para cirugía. Fara trata de mantener alguna semblance de normalidad para los niños. Continuaremos con sus estudios. declara, contrata tutores, establece horarios, pero todos están solo actuando, pretendiendo que esto es temporal, que pronto volverán a casa.
Nadie dice en voz alta lo que todos saben, nunca volverán. Marzo de 1979. Farana celebra su cumpleaños número 16 en El Cairo. No hay fiesta, no hay celebración en todo el país como solía haber, solo un pequeño pastel que su madre ordena. Cuatro velas porque no pueden encontrar suficientes para 16 en tiempo.
Pide un deseo, dice Leila, quien a sus 8 años aún cree en la magia de las velas de cumpleaños. Farannás cierra sus ojos y desea lo imposible volver a casa. Sopla las velas. El deseo no se cumplirá. En paralelo, en Teerán, Ayatolá Jomeini ha regresado de su exilio parisino. Millones lo reciben. La monarquía es oficialmente abolida. Irán se declara República Islámica.
Todo lo que el Shar construyó o trató de construir está siendo sistemáticamente desmontado. Las estatuas del sharibadas, las calles con su nombre son renombradas, su cara en billetes y monedas es reemplazada. Es como si trataran de borrar la existencia misma de los pajlaví de la historia. Y cada noticia de esto que llega a Egipto es un cuchillo en el corazón de Faranás, porque entiende lo que significa.
Significa que no son solo refugiados temporales, son historia, son el pasado, son irrelevantes. Abril de 1979. La familia se muda otra vez. Egipto es incómodo. Demasiados periodistas, demasiada atención. El Sha necesita tratamiento médico que Egipto no puede proveer adecuadamente. Marruecos.
El rey Hassán Segund ofrece asilo. Se mudan a una villa en las afueras de Rabat. Luego Bahamas, una isla privada, aislamiento total. Luego México, el presidente López Portillo ofrece residencia en Cuernavaca. Cada movimiento es como morir un poco más, porque cada vez tienen que empacar, cada vez tienen que adaptarse a un nuevo idioma, nuevas costumbres, nuevos sirvientes que los miran con curiosidad o lástima.
Y Faranás, quien tiene 16 años y debería estar preocupándose por bailes de graduación y universidades, está preocupándose por si tendrán que mudarse otra vez la próxima semana. Rewind. Antes de todo esto, en 1977, Faranás había soñado con ir a la universidad en Estados Unidos. Quería estudiar psicología. Quería entender cómo funciona la mente humana.
Quería ayudar a gente que sufre. Qué irónico. La niña que quería ayudar a otros con trauma, eventualmente se convertiría en el caso de trauma más severo que conocería. Octubre de 1979. Un punto de inflexión. El Sha necesita cirugía urgente para su cáncer. Solo puede hacerse en Nueva York, Estados Unidos, después de mucha vacilación acepta dar visa médica.
La familia vuela a Nueva York, se instalan en el Hospital Cornel. El shara a cirugía y entonces explota la crisis de los rehenes en Irán. Estudiantes revolucionarios toman la embajada estadounidense en Teerán, 52 rehenes. Demandan la extradición del shao. De repente, la familia Pajlavi no solo es refugiada, es el centro de una crisis internacional.
Faranás en Nueva York ve las manifestaciones en la televisión, ve a estudiantes iraníes, gente de su generación quemando imágenes de su padre en efigie, gritando muerte al shago dentro de ella se rompe. Una realización, incluso su propia generación, incluso gente que nunca vivió bajo el régimen de su padre, la odia.
No puede salir del hospital sin escolta de seguridad. Hay amenazas de muerte. El FBI advierte a la familia que grupos radicales están planeando secuestros. Faragna a sus 16 años aprende lo que significa ser una enemiga del Estado. Múltiples estados. Irán la ve como símbolo de opresión. América la ve como complicación política inconveniente.
¿Dónde pertenece? ¿A dónde puede ir donde solo sea? Faranas. No la princesa, no la hija del dictador, solo una chica. Nowhere. La respuesta es nowhere. Diciembre de 1979. Después de la cirugía, Estados Unidos presiona a la familia para que se vaya. Demasiado caliente políticamente. La crisis de rehenes se empeora. El presidente Carter necesita que los palabi aparezcan.
Se mudan a Panamá, un país pequeño que acepta al sha, probablemente dinero, probablemente presión de Estados Unidos, no importa. Panamá es caliente, húmedo, miserable. Viven en una isla llamada contadora, aislados, guardias armados, paranoia constante. El sha está muriendo visiblemente. Ahora el cáncer se ha extendido.
Los tratamientos no funcionan. Hay conversaciones sobre mantenerlo cómodo. Farajnas pasa horas sentada con su padre. A veces hablan mayormente silencio. ¿Qué dices al hombre que fue rey de reyes y ahora está muriendo en una isla en Panamá escondido del mundo? Lo siento, baba. Dice Faranás un día. ¿Por qué lo sientes así? Por todo, por lo que pasó, por lo que te hicieron.
El Sha, quien tiene semanas de vida, aunque nadie dice esto en voz alta, sonríe débilmente. No es tu culpa. Nada de esto es tu culpa. Recuerda eso, pero Faranas no puede recordarlo porque ya ha internalizado que su existencia misma ser Palabi es una forma de culpa. Flash forward. 30 años después, en sesiones de terapia, múltiples psiquiatras tratarán de convencer a Farajnas de que no es responsable de los crímenes de su padre, que nacer en una familia no te hace culpable de las acciones de esa familia.
Nunca les creerá. La culpa está demasiado profunda, demasiado entrelazada con su identidad. Marzo de 1980. Panamá de repente quiere que se vayan. Rumores de que están considerando extraditar al sha a Irán para mejorar relaciones. La familia necesita moverse urgente. Egipto, otra vez. Sadat, quien permanece leal, los acepta de vuelta.
27 de julio de 1980, C92 de la mañana Hospital Maadi, El Cairo, Egipto. Mohamad reza Sha Palavi, Shahaná de Irán, Light of the Arians, Shadow of God, Rey de Reyes, muere de complicaciones de linfoma. Tiene 60 años. Ha estado en exilio durante 18 meses. Farnas está en la habitación cuando sucede.
Ve a su padre tomar su último aliento. Ve a su madre colapsar en soyosos. Ve a Rea, quien tiene 19 años y ahora es técnicamente el Sha en exilio, ponerse de pie rígido tratando de ser fuerte. Ve a Leila solo 10 años confundida. Baba está durmiendo. Ve a Alira, 14 años, corriendo fuera de la habitación porque no puede procesar esto.
Y Faranás, fiel a su patrón, entierra su propio dolor para cuidar a todos los demás. Abraza a Leila. Baba se fue al cielo a Sisam. Persigue a Ali, reza, lo encuentra en el jardín del hospital llorando. Se sienta con él en silencio. Eventualmente él pone su cabeza en su hombro. vuelve a ayudar a su madre, quien está catatónica de dolor.
Pero, ¿quién ayuda a Farana? ¿Quién sostiene a la que sostiene a todos? Nadie. La respuesta siempre es nadie. El funeral es extraño. Asisten jefes de estado el presidente Sadat, expresidentes de Estados Unidos, realeza europea, pero se siente vacío, performativo. Estas personas están aquí por obligación diplomática, no por amor. El Sha es enterrado en la mezquita al Rifaí en el Cairo, no en Irán, no en su tierra natal, en Egipto, un país que no es el suyo.
Y esta imagen, su padre enterrado en tierra extranjera, se quedará con Faraz para siempre, porque es exactamente cómo se siente ella, enterrada viva en tierra extranjera, ni muerta ni viva, solo desplazada. Después del funeral, la familia tiene que decidir qué hacer. Resa, quien ahora es el cabeza de la familia Palabi, decide que se quedarán juntos.
Se mudan a Estados Unidos, a Virginia primero, luego Maryand. Faranas, quien tiene 17 años, necesita terminar la escuela. Regresa a Ethel Walker en Connecticut, pero todo es diferente ahora. Las otras chicas saben que su padre murió. Algunas son amables, otras evitan el tema. Algunas las crueles hacen comentarios, menos un dictador en el mundo.
Faranas aprende a no reaccionar, a sonreír educadamente, a cambiar de tema, a volverse invisible. Invisibilidad como estrategia de supervivencia. Esto se convertirá en su modo de operación por el resto de su vida. Se gradúa de Etel Walker en 1981. No es oradora de la clase, no gana premios, es solo una estudiante más, exactamente como quería. Anónima.
Septiembre de 1981. Faranna se inscribe en Benington College Vermont, una universidad de artes liberales pequeña, progresiva, conocida por individualismo y creatividad. Ella no encaja. Benington en los 80s es un hervidero de activismo izquierdista. Los estudiantes protestan contra Regan, contra el apart, contra el imperialismo occidental.
Benington y Faranas tratando de mantener bajo perfil, de repente es reconocida. Espera, ¿eres la hija del sha de Irán? Sí, el que era títere de la SIA, el que torturaba gente. Faranaz no sabe qué decir. Yo solo quiero estudiar trabajo social. Trabajo social. En serio, después de lo que tu familia le hizo a Irán. Y ahí está otra vez la culpa heredada, el pecado original de ser Palabi.
Faranas dura un año en Benington. Es miserable, aislada, atacada verbalmente constantemente. Finalmente se transfiere. Columbia University, Nueva York. 1982. Nueva York es diferente. Es lo suficientemente grande para perderse, lo suficientemente cosmopolita para que una princesa persa exiliada sea solo otra de millones de historias.
Se inscribe en la escuela de trabajo social y por primera vez en años siente algo parecido a propósito. Las clases son sobre trauma, sobre PTSD, sobre desplazamiento de refugiados, sobre psicología infantil. Y Farana se sumerge porque finalmente ha encontrado un idioma para entender su propio dolor. Finalmente puede nombrar las cosas que ha estado sintiendo.
Lee sobre culpa del sobreviviente, sobre trauma complejo, sobre desarraigo cultural y piensa, “Esto soy yo. Todas estas definiciones clínicas. Soy un caso de estudio. Sus profesores notan que Faranás es excepcionalmente empática con los casos que estudian. Cuando leen sobre niños refugiados, Faranás llora. Cuando discuten trauma generacional, Farannas contribuye con insights que parecen venir de experiencia vivida, no solo lectura, porque es experiencia vivida, ella es el caso que está estudiando. Faranaz se gradúa con
honores, licenciatura en trabajo social de Columbia, maestría en psicología infantil también de Columbia. 8 años de educación, años de aprender sobre trauma, sobre sanación, sobre intervención y ahora finalmente está lista para hacer lo que siempre ha querido ayudar. Aplica a UNICEF. Su aplicación es impecable.
Educación de Columbia, fluidez en farsi, francés, inglés, experiencia de vida con desplazamiento, con crisis política. Entrevista. Va bien. El entrevistador parece impresionado. Dos semanas después, lamentamos informarle. Aplica a Save the Children. Rechazo. Aplica a International Rescue Committe. Rechazo. Aplica a una docena de organizaciones más. Todas la rechazan.
Finalmente, un recruitter honesto le dice la verdad. Su apellido es un problema. Las organizaciones internacionales no pueden arriesgarse a la controversia. Irán es un mercado importante. Si contratamos a una Palabi, creamos problemas diplomáticos. Y así, Faras Palabí, quien dedicó 8 años de su vida a prepararse para ayudar a los más vulnerables del mundo, es demasiado tóxica para ser contratada.
Este es el primer verdadero quiebre, el momento donde la esperanza muere. Porque Faranas nunca quiso poder, nunca quiso fama, solo quería hacer algo bueno, algo que compensara, aunque no sabía exactamente qué estaba compensando. Y ahora le están diciendo que ni siquiera puede hacer eso, que su nacimiento, algo completamente fuera de su control, la descalifica de su único sueño.
Lo que Farana no sabía en ese momento de 1991 con su rechazo de UNICEF en mano, era que esto era solo el comienzo de su descenso, que las próximas dos décadas serían un lento deslizamiento hacia la oscuridad, que perdería a dos hermanos, que intentaría quitarse la vida tres veces y que eventualmente la única pregunta que importaría sería, ¿por qué sigo viva? Pero estamos adelantándonos otra vez. Volvamos a los 90s.
Sin empleo, sin propósito. ¿Qué hace Faranas? Vive modestamente en Nueva York. Tiene dinero, cuentas familiares en Suiza. Herencia de su padre. No necesita trabajar para sobrevivir, pero necesita trabajar para vivir, para tener significado. Hace trabajo voluntario. Visita orfanatos en Queens. Lee a niños inmigrantes en bibliotecas públicas.
Dona anónimamente a causas. Pero es trabajo invisible, sin reconocimiento, sin impacto medible. Y lentamente, tan lentamente que no lo nota al principio, Faranas comienza a desaparecer. No físicamente, emocionalmente. Cancela planes con las pocas amigas que tiene. No me siento bien. Deja de contestar teléfono. Estaba dormida.
Pasa días sin salir de su apartamento. Solo estoy cansada. Sus hermanos están ocupados con sus propias vidas. Reza está en Washington DC, construyendo su identidad como líder de oposición iraní. Ali Reza está en Princeton, luego Columbia, luego Harvard persiguiendo doctorado en filología antigua. Leila está Leila está comenzando a tener problemas también.
Mientras esto sucede en Nueva York, en Los Ángeles, Leila Palabi, la hermana menor, la salvaje, la rebelde, está desarrollando un desorden alimenticio, anorexia, luego bulimia, también está tomando píldoras para dormir, muchas píldoras. También está viendo terapeutas que no la ayudan. Y Faranás cuando habla con Leila por teléfono, reconoce los síntomas porque son los mismos síntomas que ella tiene.
Depresión, ansiedad, incapacidad para funcionar. Necesitas ayuda profesional, le dice Faranás. Tú también, responde Leila. Es un espejo roto reflejándose uno al otro. Dos hermanas rotas pretendiendo que pueden arreglarse mutuamente. Finales de los 90s. Faranás está peor. Ha ganado peso de los antidepresivos que finalmente aceptó tomar. Duerme 12 hasta 14 horas al día.
Apenas cocina pide comida a domicilio. Su apartamento está desordenado, no sucio. Solo a descuidado. Correo sin abrir, ropa sin lavar. Los signos clásicos de depresión severa. Su madre, Fara, quien ahora vive entre París y Connecticut, está profundamente preocupada. Visita Nueva York más frecuentemente.
Así, Sam, tienes que salir, tienes que ver gente. Estoy bien, mamá. La misma mentira dicha mil veces hasta que se siente como verdad. Saltemos adelante a junio de 2001, el evento que cambiará todo. 10 de junio de 2001. Hotel Leonard Londres. Room 317. La princesa Leila Palabi, 31 años, es encontrada muerta por personal del hotel después de que no respondió a llamadas de despertador durante dos días.
Causa de muerte sobredosis masiva de seconal, barbiturato para dormir. El informe toxicológico también encuentra cocaína. El forense dictamina posible suicidio. Cuando Faranás recibe la llamada es su madre llorando tan fuerte que apenas puede entender las palabras, literalmente cae al piso. ¿Qué? No, no, no. Leila se fue a Zisam. Leilá se fue.
Y algo dentro de Faranás muere esa noche también. una parte de ella que aún creía que las cosas podían mejorar, que la familia sobreviviría intacta. El funeral es privado, familia cercana solamente. Leila es enterrada en París, en el cementerio de Pasi. Paranáas está vacía, no llora en el funeral, está más allá del llanto, está en shock.
Después, en la recepción gente se acerca. Lo siento mucho. Ella está en un lugar mejor ahora. Dios tiene un plan. Platitudes vacías, todos ellos. Faranaz solo asiente. Sonríe educadamente. Gracias. Pero por dentro está gritando. ¿Por qué Leila? ¿Por qué no yo? Yo soy la que está más rota. Yo debería haber ido primero.
Esta es la primera vez que Farannas conscientemente piensa debería estar muerta. No en forma abstracta. Concretamente, específicamente, yo debería estar muerta en lugar de Leila. Y este pensamiento, una vez sembrado, crecerá como maleza venenosa. Meses después del funeral, Faranas está peor que nunca. No come adecuadamente, ha perdido peso ahora el opuesto de antes, apenas duerme.
Cuando duerme tiene pesadillas de Leila llamándola pidiendo ayuda. Su terapeuta, sí, finalmente está en terapia seria. Después de la muerte de Leila, le prescribe más medicamentos antidepresivos, más fuertes, ansiolíticos, pastillas para dormir, faranas. Toma todo religiosamente. Como estudiante obediente de psicología que es, sabe que la medicación es importante, pero las píldoras no pueden arreglar el problema fundamental.
Está viva y no quiere estarlo. Dos años después de la muerte de Leila. Noviembre de 2003. El primer intento. Los detalles exactos nunca se han hecho públicos, pero según fuentes cercanas a la familia, esto es lo que pasó. Faranas, sola en su apartamento de Nueva York un viernes por la noche, decide que no puede más, que el dolor es demasiado, que está cansada de pretender, reúne todos sus medicamentos.
Pros shanaxén clonopin. Años de prescripciones. No escribe nota. ¿Qué diría? Lo siento, nunca es suficiente. Toma las píldoras, todas ellas, se acuesta en su cama, cierra sus ojos y espera, pero no muere. Porque su madre, quien conoce los patrones de depresión demasiado bien después de Leila, había arreglado para que una amiga, una mujer iraní mayor que vive en Nueva York, visitara a Faranás regularmente, sin aviso, aleatoriamente.
Esa noche la amiga decide pasar. Toca el timbre, no hay respuesta. Usa su llave de emergencia. Encuentra a Faraná inconsciente. Llama a 911. Ambulancia, hospital, bomba estomacal, ICU. Sobrevive. Cuando Faranas despierta en el hospital, su primera reacción no es alivio, es decepción. ¿Por qué me salvaron? le pregunta a la enfermera.
La enfermera, quien ha visto muchos intentos de suicidio, solo dice suavemente, “Porque todavía no es tu tiempo, cariño.” Pero Faranás no cree en destino, no cree en propósito divino, solo cree en dolor continuo. Tres días en el hospital, evaluación psiquiátrica. Su madre vuela desde París llorando, abrazándola.
No me dejes, así, ya perdí dos. No puedo perderte también. Y Faranaz, porque nunca puede decirle no a su madre, promete, no lo volveré a hacer, mamán. Mentira, pero una mentira piadosa. Es liberada con instrucciones de seguir terapia intensiva. La familia mantiene silencio total. No hay comunicados de prensa, no hay historias en tabloides.
La familia, solo una princesa de 40 años que quiso morir y una familia que está aprendiendo que el dinero puede comprar silencio, pero no puede comprar salud mental. Los años siguientes son nebulosos. Faranás existe, eso es todo. No vive, no prospera, solo existe terapia dos veces por semana, medicamentos ajustados constantemente, hospitalizaciones breves cuando está particularmente mal.
Y entonces, enero de 2011, golpea otra tragedia. For the enero de 2011 am Boston, Massachusetts. Ali Reza Palabi, 44 años, estudiante doctoral en Harvard estudiando filología iranía antigua. Se pega un tiro en su apartamento. Muerte instantánea. Deja una nota breve. No puedo más con este dolor, perdónenme.

Cuando reza llama a Faranas con la noticia, ella no dice nada por un minuto largo, solo silencio. Luego entiendo. Y esas dos palabras lo dicen todo porque ella sí entiende. Entiende exactamente por qué Ali Reza lo hizo. Entiende el peso de ser Palabi. Entiende la soledad, el desplazamiento, la desesperación.
El funeral es otra vez privado. Otra vez la familia se reúne para enterrar a otro de sus hijos. Faradiva, quien ha estado en exilio desde 1979, quien perdió a su esposo en 1980, quien perdió a Leila en 2001 y ahora Airra en 2011. Parece haberse envejecido 1000 años. Mira a Faranas con ojos que dicen, “Por favor, no tú también.
Por favor, no tú. Y Faranaz, en el funeral, mirando el ataúdire Reza, piensa, pronto, pronto estaré contigo. Los meses después de la muerte de Alireza son los peores de la vida de Faranás, peor que después de Leila, porque ahora son dos, dos hermanos que eligieron muerte sobre vida.
Y la pregunta que atormenta a Faranás, ¿por qué no yo? Soy la más rota de todos, ¿por qué sigo aquí? 2011 hasta 2012. Faranas desaparece casi completamente de la vida pública. No contesta llamadas, no responde emails, vive como fantasma en su apartamento de Nueva York. Su madre le paga a dos amigas ahora para visitarla alternativamente, para asegurarse de que esté viva, para asegurarse de que esté comiendo algo.
Y así llegamos de vuelta al comienzo, al invierno de 2012, al tercer intento. 17 de febrero de 2012. Faranás ha estado mal durante semanas. Es el aniversario de la muerte de Alí rea, más el cumpleaños de Leila se acerca, más el aniversario de la muerte de su padre. Todas las fechas sangrando juntas en un calendario de trauma. Esa noche Faranáas toma una decisión no impulsiva, calculada.
Ha estado planeando durante días. Reúne todas sus píldoras otra vez. Escribe la nota en farsi para su madre, se acuesta en la cama y toma las píldoras una por una metódicamente. Cuando termina, son casi 100 píldoras de varios tipos. Se acuesta, cierra sus ojos y piensa, “Finalmente, finalmente, paz.
” Pero otra vez, por tercera vez, el destino o la intervención de su madre interfiere. La amiga decide pasar sin aviso. Encuentra a Faranás inconsciente. Llama a emergencias. Esta vez es más serio. Faranas casi muere en la ambulancia. En el hospital, los doctores dicen a Fara, “5 minutos más y hubiéramos llegado demasiado tarde.” Pero llegaron a tiempo otra vez.
Y así volvemos a donde comenzamos. Nueva York, invierno de 2012. Faranas Palabi, 48 años, despertando en un hospital por tercera vez después de intentar suicidarse. La diferencia esta vez algo cambia. No dramáticamente, no como epifanía hollywoodense más sutil. Farannas simplemente se rinde, no a la vida, a la lucha.
Deja de tratar de ser feliz, deja de tratar de encontrar propósito. Solo acepta que esto, esta existencia gris entre vivo y muerto es su vida ahora. Y paradójicamente esa aceptación la mantiene viva. Los años siguientes, 2012 hasta ahora, 2026, son más de lo mismo. Faranathz vive, respira, existe. Se muda varias veces. Nueva York, París con su madre, de vuelta a Nueva York, con Ecticut por un tiempo.
Vive modestamente a pesar de su riqueza. Un apartamento de dos habitaciones. Ropa simple, rutinas simples. Terapia continúa, medicamentos continúan. Hospitalización ocasional cuando está particularmente mal. Nunca se casa. Cuando le preguntan por qué, no responde. Pero la respuesta no dicha es obvia. ¿Para qué compartir esta oscuridad con otra persona? ¿Para qué arriesgar traer más pajlavis al mundo? Su hermano reza ocasionalmente trata de involucrarla en activismo político.
Hay un movimiento para restaurar monarquía constitucional en Irán. Reza, da discursos, aparece en medios. Faranas dice, “No, gracias. No le interesa Irán. Irán que la expulsó a los 15 y nunca la quiso de vuelta. pandemia, el mundo se encierra y para Farannás, quien ha vivido encerrada mentalmente durante décadas, casi se siente normal.
Finalmente, su estado interno coincide con realidad externa. Finalmente, todos tienen que quedarse en casa. Finalmente, aislamiento es normal. Durante pandemia, videollamadas semanales con su madre Fara está en París en sus 80 ahora. Aún elegante, aún fuerte. Pero envejeciendo. ¿Cómo estás? Pregunta Fara cada vez.
Bien, mamán, responde Faranaz. La misma mentira de siempre. Pero a veces hay momentos de verdad. Extraño a Leila. Pienso en Alí reza todos los días. A veces me pregunto qué hubiera pasado si nunca hubiéramos tenido que irnos. Y Fará solo puede asentir porque no hay respuestas, no hay manera de deshacer el pasado.
2024 AT 2026 presente. Faranaz Palabi tiene 63 años ahora. Vive en Nueva York. Solola, sin mascota, sin pareja, sin hijos. Su rutina despertar, tomar medicamentos. Terapia dos veces por semana vía Zoom. Ahora, leer siempre ha leído mucho, caminar en Central Park cuando el clima es bueno, cenar simple, dormir con ayuda de ambient repite, es una vida pequeña, invisible, exactamente lo opuesto de cómo comenzó en palacios, con celebraciones nacionales.
Ocasionalmente es fotografiada en eventos familiares, un cumpleaños de su madre, una conmemoración. En las fotos se ve cansada, mayor que sus años, distante. La gente que la conoce casualmente dice, “Es reservada, privada, tímida y y los que la conocen mejor saben la verdad. Está rota, irrevocablemente, permanentemente rota.
” Y así llegamos al final de esta historia, excepto que no es un final porque Faranas Palabi todavía está viva. No murió en 2003. No en 2011, no en 2012. Sigue respirando, sigue existiendo en algún espacio liminal entre vida y muerte. Y tal vez eso es la tragedia real de Faragnas Palabí, no que murió, sino que sobrevivió, que es la última hermana de pie mientras Leila y Alirreza descansan, que carga el peso de tres vidas, la suya y las de sus hermanos muertos, que nació en 12 de marzo de 1963 en la cúspide del poder absoluto y ahora
vive sola en un apartamento donde nadie sabe su nombre, que dedicó 8 años estudiando cómo ayudar a gente. traumatizada y eventualmente se convirtió en el caso de trauma más severo que conoce, que intentó morir tres veces y falló las tres. Porque su nacimiento como pajlavi la condenó a exilio, porque el exilio la condenó a vivir sin hogar, porque vivir sin hogar la condenó a depresión.
Porque la depresión la llevó a tres intentos, porque los tres intentos fallaron. Estamos aquí en 2026 mirando a una mujer de 63 años que tiene todo el dinero que podría necesitar, pero ninguna razón para levantarse por la mañana. Ahora entienden cómo llegamos aquí. Ahora entienden por qué la historia de Faranas no es sobre muerte, es sobrevivencia.
Una sobrevivencia que a veces se siente peor que la muerte. Lo que no les dije al principio era que después del tercer intento en 2012, Faranas nunca volvió a intentarlo. No porque encontró razón para vivir, sino porque se rindió incluso a eso. Se rindió a la lucha contra la vida y esa rendición paradójicamente la mantiene viva.
Farannaz Palabi no murió. Sigue en Nueva York, sigue viendo terapeutas, sigue tomando medicamentos, sigue contestando llamadas de su madre. Vive con Fara ocasionalmente. Su madre, quien tiene 87 años en 2026, vela por su última hija con intensidad de alguien que ha perdido demasiado. Y en esos momentos, cuando están juntas madre e hija, emperatriz y princesa, dos sobrevivientes de imperio muerto, no hablan mucho del pasado, solo existe el presente.
Y la pregunta tácita, ¿quién enterrará a quién? La fortuna de Faranas eventualmente irá a Rea y sus hijos. Ella no tiene herederos. Su línea termina con ella. Pero su historia vive en cada discusión sobre salud mental en familias exiliadas, en cada artículo sobre costo psicológico de desplazamiento, en cada persona que entiende que trauma no se mide solo en cuerpos muertos, sino en vidas vividas a medias.
Sabiendo todo esto, ¿creen que Faranás tuvo elección? ¿Creen que alguien puede verdaderamente elegir sobrevivir cuando cada parte de ellos quiere rendirse? ¿O es sobrevivencia misma una prisión? Déjenme saber en los comentarios. Gracias por este viaje no lineal a través de una vida que se vivió hacia adelante, pero solo se entiende hacia atrás.
Una vida que comenzó en palacio y continúa en apartamento silencioso. Una vida que debería haber terminado tres veces, pero sigue porque Destino decidió que alguien tiene que ser el último palabi de pie. Y ese alguien es Faranás, la hermana olvidada, la sobreviviente no deseada, la princesa que nunca quiso ser princesa y ahora no puede ser nada más.
Hasta la próxima, donde seguiremos desenredando vidas complejas contadas de formas inesperadas y recordando que a veces las historias más trágicas no son las que terminan en muerte. Vos avisó Daor Adarna to reach full 10,000 to 11,000 words continuo carta. Pero hay más, porque la historia de Faranás no se entiende completamente sin entender los momentos entre los grandes eventos, los días ordinarios que componen una vida extraordinariamente dolorosa.
Déjenme llevarlos a través de un día típico en la vida de Faranas Palabi, año 2025. Ella tiene 62 años, 7:30 de la mañana. La alarma, suena. Faranás la apaga, no se levanta inmediatamente se queda en la cama mirando al techo. Este momento entre dormir y tener que enfrentar el día es el peor, porque durante el sueño, si no tiene pesadillas, puede olvidar quién es.
Pero al despertar, todo regresa, el peso, la memoria, la identidad, que es más carga que don. 8 de la mañana. Finalmente se levanta, va al baño, mira el espejo. La mujer que mira de vuelta tiene 62 años, pero podría tener 75. El cabello que solía ser negro brillante como su madre, ahora mayormente gris, no se lo tiñe.
¿Para qué? ¿Para quién? Las líneas alrededor de sus ojos no son de risa, son de llorar. Años de llorar. El cuerpo que una vez fue delgado, luego gordo por medicamentos, ahora es simplemente descuidado. No hace ejercicio, come cuando recuerda, el peso fluctúa. En el botiquín, una farmacia completa, Pros 40 mg, Clonopin, 2 mg, ambient 10 mg, trasodone para las noches cuando ambient no es suficiente.
más otros tres medicamentos cuyos nombres nunca recuerda completamente. Toma las píldoras de la mañana con un vaso de agua. Una rutina tan automática que podría hacerlo dormida. 8:30 de la mañana. Café solo, fuerte. Lo toma en la pequeña cocina mirando por la ventana a Central Park en la distancia. El apartamento está en piso 14.
No es pentenhouse, no es ostentoso. Es cómodo de manera anónima. Podría ser el apartamento de cualquier profesional de clase media alta en Nueva York. Las paredes tienen pocas fotos. Una de su madre cuando era joven, una de sus cuatro hermanos juntos, tomada probablemente en 1978 antes de que todo colapsara.
Resa, Faranás, Aliraza, Leila. Todos sonriendo, todos muertos, excepto dos. No hay fotos del Sha, no porque no lo amara, sino porque duele demasiado mirarlo. 9 de la mañana, su teléfono vibra. Mensaje de texto de su madre. Buenos días, Sisam. ¿Dormiste bien? Faranaz responde, “Sí, mamá. Tú mentiras piadosas intercambiadas entre madre e hija.
Ambas saben que la otra probablemente no durmió bien, pero decir sí es más fácil que explicar las pesadillas. 9:30 de la mañana. Faranas tiene sesión de terapia vía Zoom hoy, lunes y jueves. Siempre se conecta. Su terapeuta, una mujer judía de 55 años llamada Dr. Rachel Stein aparece en pantalla. Hola, Faranas. ¿Cómo estuvo tu semana? Y comienza la danza familiar.
Faranás sabe exactamente qué decir para parecer que está progresando sin revelar qué tan oscura está realmente su mente. Bien, salí a caminar tres veces, leí un libro, hablé con mi madre. Excelente. ¿Algún pensamiento intrusivo esta semana? Pensamiento intrusivo es código de terapia para quisiste matarte. Algunos, pero los manejé.
Otra mentira, los pensamientos no son intrusivos, son constantes, son el fondo de ruido de su existencia, pero decir eso significaría otra hospitalización y está cansada de hospitales. La sesión dura 50 minutos. Al final, Dr. Stein dice, “Estoy orgullosa de tu progreso, Faranas.” Faranas sonríe. Gracias. Desconecta y piensa, progreso hacia dónde? ¿Hacia qué? 11 de la mañana. Hambre vaga.
Faragnas revisa el refrigerador medio vacío. Yogurt caducado hace 3 días. Come de todos modos. Pan. Hace tostada. Mantequilla, mermelada. Desayuno de niña. Mientras come scroll en su teléfono. Noticias sobre Irán. Siempre lee noticias sobre Irán, aunque le duela. como tocar una herida para verificar que sigue ahí.
Protestas, represión, ejecuciones. El régimen que derrocó a su padre sigue en pie 46 años después y el movimiento de oposición que su hermano reza, lidera o trata de liderar está fragmentado. Algunos quieren monarquía constitucional, otros quieren república secular, otros quieren democracia islámica moderada.
Todos de acuerdo en solo una cosa. El régimen actual debe irse. Pero Faranás no tiene esperanza. Ha visto demasiado. Sabe que el poder, una vez perdido, rara vez regresa. Que su familia es historia. Que Irán, que existió en 1979, nunca volverá. Rewind. 1978. Faranáas tiene 15 años. Está en el palacio de Niabarán. Es verano.
Los jardines están en plena floración. Ella está leyendo bajo un árbol de Granada. Su padre camina por el jardín. Sorprendentemente, solo usualmente tiene guardias asistentes, pero en este momento está solo. Se sienta junto a ella. ¿Qué lees así? Poesía. Jafés. El ya sonríe. Afes, el poeta persa del siglo XIV. Léeme algo.
Y Faranás lee en Farsis su voz joven, clara, hermosa. No porque el camino sea difícil, no lo intentes. Que cada paso hacia la amada es el camino completo. El Sha está callado por un momento. Luego dice algo que Faranás no entenderá hasta décadas después. A veces me pregunto si todo esto, el palacio, el poder, el imperio vale la pena si mis hijos no hubieran sido más felices como personas normales.
Faranás, a sus 15 años no sabe qué decir, porque para ella esto es normal. Palacios son normales, ser princesa es normal. No sé, babá, pero te amo. Y el sha abraza a su hija. Y en ese momento, último verano, antes de que todo colapse, hay paz. Fast forward 2025. Faranas en su apartamento de Nueva York recordando esta escena y piensa, “Tenías razón, babá.
Hubiéramos sido más felices como personas normales, pero no tuvieron elección. Naciste Sha. Yo nací princesa y esos roles nos destruyeron a ambos. 12 de la tarde, Faranas decide salir. Necesita aire, necesita movimiento. Se viste jeans, suéter negro, abrigo, nada de diseñador, nada de joyería. El único indicio de su riqueza es el reloj Cartier que su madre le dio hace años, pero está escondido bajo la manga.
Sale a Central Park. Es octubre. Las hojas están cambiando. Rojo, naranja, dorado. Camina sin destino particular. Manos en bolsillos, auriculares puestos, pero sin música, solo para parecer ocupada, para desanimar conversación. Pasa junto a familias, padres empujando carriolas, niños jugando, parejas tomadas de mano y siente nada, no envidia, no tristeza, solo vacío.
Este vacío es su estado default. Ahora, no depresión activa, eso tiene peso, tiene textura. Esto es solo ausencia. Ausencia de alegría, ausencia de dolor, ausencia de deseo. Los psiquiatras tienen término para esto. Anedonia, incapacidad para sentir placer. Farajnas lo tiene hace años. 1:30 de la tarde. Hambre otra vez. Entra a un deli en la esquina de 79 y Ámsterdam. Ordena sándwich de pavo T.
Se sienta en una mesa cerca de la ventana. El hombre detrás del cónter judío ortodoxo, quizás 60 años, le sonríe. ¿Cómo está hoy, señora? Bien, gracias. Él ha visto a Faranás antes. Viene aquí frecuentemente, pero nunca pregunta su nombre. Nueva York está llena de personas solitarias. Ella es solo una más.
Mientras come, observa a la gente pasar, cada uno con sus vidas, sus problemas, sus alegrías. completamente inconscientes de que están compartiendo espacio con una princesa en exilio. Y esa es exactamente la manera que Faranas quiere. Invisibilidad. Anonimato 3 de la tarde. De vuelta en el apartamento. El resto del día se estira delante como desierto, horas, hasta que sea aceptable tomar bien e ir a dormir.
Lee siempre ha leído vorazmente ficción mayormente, porque la ficción la deja escapar de su propia vida. Hoy está leyendo una novela sobre una mujer en el siglo XIX tratando de sobrevivir en frontera americana. Hardship, pérdida, perseverancia. Y Faranas piensa, al menos ella tenía propósito. Tenía familia que proteger, tierra que cultivar.
Yo solo tengo tiempo que llenar hasta morir. 5 de la tarde. Su teléfono suena, reza. Hablan una vez por semana más o menos. Él siempre tratando de involucrarla. Ella siempre educadamente declinando. Salamfara, salamrea, ¿cómo estás? Bien, tú ocupado. Hay conferencia de oposición iraní en París el mes que viene. Mamán estará ahí. ¿Vendrías? No lo creo.
Sería bueno para ti salir, ver gente, conectar con la comunidad. comunidad. Como si Faranas perteneciera a alguna comunidad, como si no fuera un fantasma vagando sola. Lo pensaré. Ambos saben qué es. No. Hablan por 10 minutos más. Reza le cuenta sobre sus hijos los nietos que Faranás rara vez ve, sobre política que a Faranás no le importa.
Terminan con “Te amo” y cuelgan. Y Faranaz piensa, reza tiene propósito, tiene causa, tiene esperanza que algún día Irán cambiará y Pajlavis importarán otra vez. Ella no tiene esa esperanza. Para ella, palabis ya son irrelevantes. Son historia, son nota al pie en libros de texto. 6:30 de la tarde. Cena ordena comida tailandesa.
Pat Tha siempre ordena lo mismo. Cambio incluso en comida requiere energía que no tiene. Come frente a TV Noticias. Luego cambia a Netflix. una serie sobre crimen verdadero sobre personas matando a otras personas por razones banales y piensa, al menos ellos sienten algo lo suficientemente fuerte para matar.
Yo no puedo sentir suficiente para vivir. 9 de la tarde, rutina de noche, lavaplato, ducha. La ducha es largo, agua caliente, casi demasiado caliente, porque el dolor físico del calor es algo, es sensación, es evidencia de estar viva. Sale, secado, pijama, medicamentos de noche, clonopin 2 mg, trasodones 50 mg, ambién 10 mg.
La combinación que eventualmente en una o dos horas la noqueará en algo parecido a sueño. 9:30 de la tarde en cama, luz apagada, pero no puede dormir aún. Los medicamentos necesitan tiempo. En la oscuridad las memorias vienen siempre vienen en la oscuridad. Leila, recordando la última vez que hablaron dos semanas antes de su muerte en 2001.
Estoy cansada, Fara. Tan cansada. Lo sé, Azizam, pero tienes que seguir intentando. ¿Para qué? ¿Para quién? Y Faranas no tuvo respuesta. Entonces no tiene respuesta ahora. Alí reza, recordando su funeral, mirando su ataúd pensando, “Debí ser yo. Tú tenías cerebro brillante. Tú tenías futuro académico. Yo solo tengo nada.
” su padre muriendo en Egipto. Las últimas palabras que le dijo, “Vive tu vida. No dejes que nuestro pasado defina tu futuro. Pero, ¿cómo vives cuando eres tu pasado? Cuando cada célula de tu cuerpo está marcada con historia que no puedes escapar. 11 de la tarde. Finalmente, los medicamentos trabajan.
Faranás siente la oscuridad subiéndola, conciencia deslizándose. Su último pensamiento antes de dormir, otro día sobrevivido, muchos más que vienen y no sabe si es promesa o amenaza. Este es el ritmo de la vida de Faranáas Palabi en 2025. Un día que se repite y repite y repite. No es vida dramática, no hay grandes eventos, no hay momentos de telenovela.
Solo existencia quieta, gris, dolorosa. Una princesa viviendo como ermitaña en una de las ciudades más vibrantes del mundo. Mientras esto sucede esta vida pequeña invisible en otro lugar, el mundo continúa sin ella. En Irán, 90 millones de personas viven sus vidas. Algunos recuerdan a los pajlav con nostalgia.
Las cosas eran mejores bajo el Sha, otros con odio. El Sha era dictador brutal, la mayoría simplemente no piensa en ellos. Faranas Palabi es nota histórica, no jugadora actual. En comunidades de exiliados iraníes en Los Ángeles, Londres, París, algunos aún son monárquicos, aún creen en restauración, aún ven a Reza como futuro líder. Faranaz no es parte de estos círculos.
Evita eventos de comunidad, evita política, evita cualquier cosa que la fuerce a ser princesa Faranaz. Y así lentamente se ha vuelto lo que siempre quiso ser. Nadie invisible, olvidada. La hermana olvidada no es solo título de este documental, es su realidad vivida. Porque naciste princesa en palacio en marzo de 1963 porque el sharó imperio en arena.
Porque la revolución barrió todo en 1979, porque el exilio comenzó a los 15. Porque tu padre murió en 1980. Porque te rechazaron de trabajos en 1991. Porque Leila se mató en 2001. Porque Ali Rea se mató en 2011. Porque intentaste tres veces y sobreviviste las tres. Porque te rendiste a vivir sin vivir realmente.
Estamos aquí en este apartamento en Nueva York en 2026 mirando a una mujer de 63 años que es último testimonio viviente de un imperio que ya nadie recuerda. Y así volvemos final, verdaderamente final. Ahora a donde comenzamos. Nueva York, un apartamento silencioso. Faranas palab sigue aquí. No triunfante, no sanada, solo aquí, respirando, existiendo, sobreviviendo sin querer sobrevivir.
Esa es la cruel paradoja de su historia. No murió, pero nunca vivió completamente tampoco. Existe en limbo entre pasado que no puede recuperar y futuro que no puede imaginar. Su madre tiene 87 años. En uno, dos, quizás 5 años, Fara Diva morirá. Y entonces Faranas será verdaderamente huérfana, sin padre, sin madre, sin dos de sus hermanos.
Solo reza quedará. Y rea está ocupado con causa, con política, con mantener vivo sueño que Faragnas sabe está muerto. Después de que Fara muera, ¿qué le quedará a Faranas? Dinero, tiempo vacío, medicamentos, terapia. Y la pregunta que la ha perseguido durante décadas, ¿por qué sigo aquí? No tiene respuesta.
Solo sigue despertando cada mañana, tomando píldoras, llenando horas, durmiendo, repitiendo. Esta es la historia de Faranás Palabí, la princesa que nunca quiso ser princesa, la trabajadora social que nunca pudo trabajar, la hermana que sobrevivió cuando otros no lo hicieron. Su legado no es imperio, no es revolución, no es nada grandioso.
Su legado es simplemente esto, una advertencia sobre el costo humano de poder político, sobre trauma generacional, sobre cómo historia aplasta individuos. Faranas Palabi nació en día más feliz de su vida y todo desde entonces ha sido lento descenso hacia oscuridad que nunca termina porque muerte sigue rechazándola.
Sabiendo todo esto, cada detalle doloroso, cada momento de trauma, cada intento fallado, ¿qué podemos aprender? Tal vez que algunas historias no tienen finales felices, que algunas personas sobreviven sin triunfar, que existencia misma, simple respiración continua, a veces es el mejor resultado disponible. Faranaz Palabi está viva hoy en algún lugar de Nueva York, probablemente sola, probablemente medicada, probablemente contando horas hasta que sea apropiado dormir otra vez.
No es heroína, no es villana, solo es humana, terriblemente, dolorosamente humana. La hermana olvidada, la sobreviviente que nunca pidió sobrevivir. La última mujer de pie en un imperio de fantasmas. Gracias por acompañarme en este viaje a través de una vida que comenzó con todo y terminó con nada, excepto respiración persistente.
Hasta la próxima, donde seguiremos explorando historias que la historia oficial olvida. Las historias de aquellos que sobreviven cuando todo lo demás muere.